cómo construir un círculo

Él dobla los cables sin utilizar el codo, con dobleces perfectamente simétricas, y después los sujeta con un velcro para que no se enmarañen antes de guardarlos en su sitio. Ella tiene un cajón enorme para todos los cables del mundo, por si algún día los guarda, sin doblar, enredados los unos con los otros.

Él tiende las camisas, que siempre lava del revés, en perchas. las saca de la lavadora, las pone del derecho, las coloca en las perchas, con especial cuidado para que los ganchitos de las perchas queden siempre en la misma dirección, y abrocha el botón superior. Ella a veces lava las camisas del derecho y otras del revés, en función de cómo se las haya quitado, que no es siempre de la misma manera. a veces tiende las camisas con pinzas, otras veces en perchas. cuando es así  casi nunca les abrocha el botón superior, aunque alguna vez lo hace para variar. lo que no ha conseguido nunca, hasta ahora, es tenderlas en perchas y que los ganchitos le queden siempre en la misma dirección.

Él revisa sus pertenencias todas las mañanas antes de irse. guarda las llaves en el bolsillo de las llaves, rellena la caja de los filtros, comprueba cuánto tabaco le queda y piensa en qué día debe ir a comprar para que en ningún caso la despensa de tabaco se vacíe, coge el móvil que previamente ha cargado, revisa a su alrededor para asegurarse que todo queda guardado y en su sitio, y después de darle un beso largo, se marcha. Ella a veces prepara sus cosas, y a veces no. unos días aparecen por arte de magia todas juntas, cerca del bolso, como de forma casual, y otros no. algunos días fuma cigarros como Lucky Luke porque ha olvidado reponer los filtros de su caja de filtros, otros días se deja las gafas de sol y se pasa el día guiñando los ojos para esquivar al astro rey, a veces se va sin el móvil, y también se ha olvidado, aunque con menor frecuencia, las llaves de casa o el almuerzo.

Él se desviste en cuanto llega a casa. con una percha en la mano, cuelga el traje, cuelga la corbata, lo deja dentro del armario, da la vuelta la camisa para lavarla, y se pone ropa cómoda. Ella se desnuda cuando se acuerda, a veces cuando llega a casa, a veces antes de preparar la cena, otras después, casi siempre antes de cenar, pero no siempre. antes de meterse en la cama, seguro. deja los vaqueros encima de la silla del dormitorio, la camisa o camiseta tiradas por el suelo, y hasta el día siguiente no guarda nada, aunque a veces le da por recoger en el momento, y otras, por amontonar la ropa en la silla durante varios días.

Él comprueba con regularidad los niveles de gasolina, y reposta cuando el depósito baja de la mitad. Ella busca una gasolinera cuando hace ya unos cuantos kilómetros que entró en reserva.

Él aparca el coche conservando la equidistancia entre el coche de delante y el de atrás, pegándolo a la acera. por último endereza el volante y al salir pliega los espejos. Ella no repara en la distancia al bordillo, ni en el lugar donde miran las ruedas, ni si la posición del vehículo es perfectamente paralela a la acerca, o si forma con ella un cierto ángulo. sale del coche y si está lo suficientemente bien como para no molestar, cierra y se va.

A ella le gusta mirarle. Cómo tiende, cómo se desnuda cuando llega a casa, cómo prepara sus cosas por las mañanas. Le asombra su método.

A él le gusta mirarla. Cómo tiende, cómo se desnuda cuando se desnuda, cómo prepara o no sus cosas. Le asombra su caos.

El método y el caos viven juntos. Y se aman.

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corrientes circulares en el tiempo

  • Que me da igual si se llama Martín el Humano o Fernando décimo!
  • Dices que te da igual, pero luego no te da igual.
  • A mí sí pero a tu profesor no, así que también te lo tienes que saber, a mí lo que me importa es que sepas el qué y el por qué, no su nombre, la historia al fin y al cabo. Te lo has leído una vez en diagonal y a duras penas recuerdas unos nombres sueltos que no significan nada porque sabes que después voy a llegar yo, me lo voy a leer, y te lo voy a contar, lo que viene siendo que yo te voy a estudiar el examen, ¿sí o sí?

El niño rubio resopla, está tan aburrido del curso que no sabe si podrá sobrevivir a la última tarde de estudio, ni siquiera al último sermón materno, por mucho que sea consciente de que es el peaje por aliviar un poco la tortura medieval. La madre resopla, se infunde ánimos en voz baja, se propone no perder la paciencia con el último examen del curso y se resigna a bajarse al barro y a estudiarle al hijo el dichoso reino de Aragón en la primera mitad del siglo XV. Coge el libro, lee en voz baja y en diagonal, y tras un suspiro, se lanza con la dinastía de los Trastámara:

  • Cuando muere el rey Martín el Humano que no tiene hijos, surge un problema. Hay dos candidatos, Fernando de Antequera (el Trastámara), y un tal Conde de Urgel.
  • Sí, pero aquí se resuelve bien el problema, porque llegan a un acuerdo y no estalla una guerra por la sucesión como pasó en Castilla.
  • Pues sí, no hubo guerra, pero tanto como acuerdo no diría yo. Por lo visto Aragón y Valencia apoyaban a Fernando y Cataluña al conde de Urgel. Y ya sabes lo que pasa con el dos contra uno, de ahí las tensiones después entre Fernando y las cortes catalanas, que no estaban del todo conformes, no lo reconocían, y boicoteaban todas las propuestas del rey. La cosa es que Fernando muere pronto, y hereda el trono su hijo, Alfonso el Magnánimo, y las tensiones fueron a más. Incluso fueron motivo de disputa las expansiones territoriales por el mediterráneo, que favorecían la economía catalana.
  • ¿Por qué lo llaman magnánimo si tiene tensiones con las cortes catalanas y con la nobleza?
  • Pues no sé, habrá que saber por qué eran esas tensiones…. Aquí llegamos a la época de crisis. Claro, estamos a principios del XV, la población había sido diezmada por la peste y las guerras, había menos cosechas porque había menos gente para trabajarlas –es lo que tiene morirse en masa-, y los nobles en Cataluña –al igual que en Castilla- habían decidido que la crisis no iba con ellos, y que si disminuían sus ingresos porque se les habían muerto los campesinos, los que quedaban vivos iban a compensar las pérdidas pagando más impuestos.
  • Vamos, como ahora.
  • ¿Lo ves? Si no es tan complicado…, ¿y qué eran los campesinos de remensa?
  • Payeses de remensa, mamá. Pues los campesinos libres teóricamente podían ir a trabajar donde quisieran, pero para abandonar las tierras de un noble tenían que pagar un impuesto. Cuando la cosa se puso fea con la crisis, para evitar que los campesinos huyeran en busca de condiciones mejores, los nobles subieron los impuestos que debían pagar por abandonarlos hasta un límite imposible, así que los campesinos se quedaban adscritos en la práctica a un señor, y a merced de las condiciones que quisiera imponerles. Y esos campesinos que no podían abandonar sus tierras eran los de remensa.
  • Eso es, y a esto hay que sumarle los malos usos, que eran las condiciones abusivas que imponían los nobles a los payeses que no podían marcharse. Bueno, pues la cosa es que el tal Alfonso el magnánimo, que igual por eso lo llamaron así, quiso acabar con las remensas y los malos usos, e impuso una ley a los nobles que las prohibían. Pero los nobles se negaron a acatarla, y entonces se produjo una revuelta campesina.  Al final, el rey, harto de las tensiones con los nobles  y mucho más satisfecho con sus conquistas por el Mediterráneo, se termina largando a Nápoles. Y la cosa, con el rey fuera,  se termina de desestabilizar. Con su sucesor, su hermano Juan II, estalla la guerra civil.
  • ¿Y por qué los campesinos no protestaron antes con las condiciones que les imponían?
  • Pues porque en general las personas somos muy de aguantar, tenemos una cuerda muy larga. Y porque además, los campesinos estaban acostumbrados a obedecer y a respetar las normas que les imponían. Consideraban que no tenían ninguna fuerza ni poder de negociación, algo así como “y yo qué voy a hacer si soy un simple campesino, contra el señor, que tiene castillos, y caballos, y armas, y perros”. Es la cultura de la resignación y el sometimiento. Sin embargo, en número, eran muchos más campesinos que nobles.
  • Bueno venga, la guerra civil, a ver si de esto te sabes algo.
  • Pues que lucharon y al final ganó Juan….. ¿segundo?.
  • Y dale, que sólo te has mirado los nombres en negrita, ni te lo has leído…

(El niño rubio se despanzurra en la silla, con la cabeza hacia atrás y cara de dolor, temiéndose un nuevo sermón, y piensa que es injusto que a una persona sólo se le pueda juzgar y condenar una vez por un mismo delito, mientras que una madre no tenga fijado un límite legal de juicios y sermones para sus descendientes. Carta blanca para el reproche ilimitado. Si ya sabe que no se lo ha estudiado, ¿para qué insiste? La madre lo mira y se contiene, y piensa que si ya sabe que no lo ha estudiado, para qué insiste? Así que suspira y se lee la pregunta llamada “La guerra civil”.

  • Bueno, pues así las cosas en el campo resulta que mientras, en la ciudad, había dos partidos. Por un lado estaba la Biga, formado por la alta burguesía y la oligarquía catalana, un grupo reducido formado por las personas de mayor poder económico, que eran las que ostentaban todos los cargos municipales. Se hacían llamar “los honrados”. Por otro lado estaba la Busca, que era la agrupación de pequeños artesanos y comerciantes, asfixiados por la crisis, que querían acceder a los puestos de poder municipal para tratar así de recortar los privilegios con los que los oligarcas preservaban sus riquezas.
  • Vamos, como el PP y Podemos ahora, no?

La madre se cuestiona si no debería dejar de poner el Intermedio por las noches.

  • Es un tanto reduccionista, pero si a ti te sirve….
  • ¿Y entonces?
  • Entonces estalla la guerra civil, que por lo que dice en tu libro tiene dos bandos: por un lado está el rey que se alía con los payeses de remensa y con el partido de la Busca. Y por otro la nobleza, el clero, y el partido de la Biga. Al final, efectivamente, gana el rey Juan II y termina doblegando a la nobleza. Pero jamás solucionó los problemas de los remensas.
  • ¿Por qué? ¿El rey no hizo nada? Pero si le habían ayudado a ganar la guerra. Los campesinos lo habían apoyado luchando durante diez años!
  • Sí, pero ya ves, una vez recuperado el poder, se le olvidaron las promesas.
  • Vamos, como ahora, no?
  • Oye, si tienes curiosidad, esto continúa con el hijo del rey Juan II, Fernando el Católico….podemos investigar cómo acaba…

El niño rubio ve su oportunidad, se arrima de nuevo al teclado, se pone sus auriculares, y antes de irse para el resto de la tarde, replica:

  • No te lo tomes a mal, pero puedo esperar al curso que viene…
  • Yo también.

Ventas de alma

La señora de la cama del box contiguo era cantante lírica. No lo supe por su aspecto, ella misma me lo dijo. Yo estaba  a los pies de la cama de mi abuela y la miraba dormir. No existe intimidad en las urgencias del hospital. En la cama de la derecha, a menos de un metro, había una chica joven acompañada por la que debía ser su madre, charlaban animadas, aunque la chica llevaba una vía en el brazo. En la cama de la izquierda la cantante, acompañada por la hija. Detrás un señor muy viejecito respiraba como un pez fuera del agua, con los ojos cerrados, con la que debía ser la hija al lado, que lloraba. Y ya. La cercanía física parecía ilusoria, porque en realidad cada cama era un universo estanco en el que nadie se comunicaba ni parecía ver u oír a los enfermos de al lado. A menos que alguien rompiera esa ley cósmica hospitalaria, y traspasara las barreras de la distancia metafísica. Como la señora del box de la izquierda. “No estés preocupada”. Bastaron tres palabras. En realidad no estaba preocupada, o no al menos muy preocupada, porque acababa de venir el médico a decirme que le iban a dar el alta y que ya habían llamado a una ambulancia para llevarla de vuelta. Estaba más bien triste, por verla allí, con ese aspecto tan frágil, y sobre todo por lo definitivo de esa fragilidad, por el deterioro que ya no tiene vuelta a atrás, por el desamparo ante la vejez irremediable, pero de esas meditaciones me sacan tres palabras “no estés preocupada”. Me giro y le doy las gracias. La mujer continúa diciendo que mi abuela es muy simpática, que antes se despertó y se puso a saludar. Sí, lo de traspasar las barreras metafísicas siempre que puede es también muy de mi abuela, ella lo llama ser sociable.

En los boxes de urgencias no hay intimidad ninguna. Aunque quiera evitar hablar con la señora de la cama de al lado, porque prefiero seguir mirando a mi abuela dormir, ya no puedo. No hay salida. Resignada ante la imposibilidad de escapar de una conversación, me giro, soy educada y le pregunto a la señora cómo se encuentra, porque una vez que se han derribado las barreras de la distancia es imposible volver atrás estando a menos de un metro, y me siento obligada a tener que continuar compartiendo universo hospitalario sin haber sido consultada.

La señora de al lado, consciente de la posición de fuerza en que la colocaban las convenciones sociales, decidió exprimirla (nunca se sabe cuándo la vida te va a ofrecer una nueva oportunidad), y me contó con todo lujo de detalles los problemas pulmonares que la habían llevado hasta allí, cuándo comenzó a padecerlos, las veces que ha estado en urgencias, cuántos días la mantuvieron ingresada en cada una de las ocasiones, su dieta hiposódica, y hasta incluso dónde vive. Pero en realidad todo esto era un rodeo para llegar al punto donde desde el principio, y con esas tres palabras, quería llegar. “Antes de mi enfermedad yo cantaba.”  Hay verbos que conjugados en pasado son dolorosos. “Lírica. En un coro. Pero ahora no puedo, me ahogo. Cantar era mi vida.” Entonces realmente se animó, le empezaron a brillar los ojos, se incorporó de la cama, y  me contó los lugares donde habían actuado, en la Iglesia de la calle Goya, en el Colegio del Pilar, en homenajes a Miguel Ángel Blanco, y también me cantó sus greatests hits, allí, en medio de urgencias, eso sí, sin impostar la voz, himno patrio incluido. Modificó hasta el tiempo verbal, que volvió al presente para categorizar su tesitura: yo soy mezzo soprano. La mujer del box de al lado había sufrido una trasformación completa, y allí estaba, erguida, brillante, segura, orgullosa, sacando pecho, entonando con devoción las canciones de su vida.

La hija decidió tomar cartas ante lo que le debió parecer un comportamiento totalmente inapropiado, y reprendió a su madre con el argumento de que si llegaban los médicos y se la encontraban cantando, la iban a mandar a su casa, por lo que deduje que debía gustarles la experiencia en planta.

Yo me sentí un poco incómoda con tanto cante de música sacra, patria, y zarzuela, – la señora de la cama de al lado gozaba de un extenso y nutrido repertorio- en medio de las urgencias hospitalarias, pero no me incomodaba la posibilidad de que su sana apariencia hiciera que la enviaran de vuelta a casa, sino las molestias que pudiera estar ocasionando a las personas que estaban allí, cuyas enfermedades, dolores o traumatismos no predisponen a la fiesta, el cante o la lírica.

Pero mi abuela continuaba durmiente, la chica joven de la cama de la derecha leía con su madre la revista Cosmopolitan, el viejecillo que estaba tumbado a mi espalda seguía con los ojos cerrados respirando como un pez fuera del agua, y su hija continuaba llorando. Nadie parecía reparar en los cantos de la señora de al lado. El resto de los universos hospitalarios se mantenían intactos en su unicidad y singularidad. Continuaban con esa protección que les impedía ver u oír más allá de los barrotes de sus camas. Tan sólo el mío y el de la señora que canta en el box de al lado estaban conectados. Tres palabras habían bastado para aniquilar las fronteras. Qué frágiles. Miro a mi abuela que sigue durmiendo. Los médicos llegan para atender a la señora de al lado, y corren una cortina que restablece el aislamiento. A partir de ese momento vuelo a mirar a mi abuela esperando el momento en que llegue la ambulancia para sacarnos de allí.

Refugio esencial

Murúa Niño recordó el primer aura, el que le llevó al hospital. Sabe su nombre porque es el que recibió en el parte de alta. Migraña con aura. Un diagnóstico inferido ante la falta de evidencias de otra enfermedad como ictus, tumor cerebral, o alguna otra de esas temibles.

El aura supo antes que Murúa Niño que la amaba, pero ese desconocimiento no significaba en absoluto que no existiera, muy a pesar de que esa existencia atentaba contra todos sus criterios morales, prácticos y razonables.

El segundo aura, y los sucesivos, ya no lo llevaron al hospital. Los conocía. Sabía cómo empezaban, cómo transcurrían y como terminaban. Dolor de cabeza seguido por un cosquilleo en alguno de los dos brazos hasta que el afectado se dormía del todo. Escucha lejana, como si hubiera dejado de estar allí y estuviera orbitando y mirando desde lejos. Y después una afasia que duraba unos minutos y posterior entumecimiento de la nuca. Poco a poco volvía a aparecer el lenguaje, el sonido a escucharse cercano, el brazo dejaba de estar dormido, y tras un último hormigueo terminaba. Auras aparatosos y espectaculares, pero inofensivos. Auras señales.

Las señales llegaron con las dudas, cuando Murúa Niño sabía que la amaba pero no quería aceptarlo. Cuando se sentía culpable. Cuando sabía pero negaba. Cuando pensaba que podía elegir. Se puede elegir lo que se hace, pero no lo que se siente. Y ni lo que se hace siquiera, porque auras, tristeza, apatía, libros, canciones, sombras, piedras, el universo al completo, se habrían alineado para empujarle a descubrir, a aceptar, a maravillarse con quién era, qué eran. No le habrían dejado no ser. Universo y existencia. Universo y esencia. Esencia y vida.

Con la aceptación, la alegría y la urgencia de ser desaparecieron las señales, conscientes de su inanidad. Murúa Niño, tras el descubrimiento y la felicidad de esa nueva existencia, tan familiar por otra parte, pues -en cierto modo- le parecía que por fin se había encontrado consigo mismo, se llenó de fuerza, y no hubo miedo, mudanza, esfuerzo, dolor o complicación que le impidieran renunciar a vivir ese descubrimiento esencial de ser con ella.

Murúa Niño a veces corre el riesgo de pensar que no necesita señales por el mero hecho de que ya están juntos. Pero estar es un verbo difuso, que implica muchas cosas que no tienen necesariamente que ver con el ser, y que además hace confundir ambos verbos o la propia identidad. A veces, incluso, estar impide ser, lo pospone, lo nubla, lo apacigua, lo duerme. Cuando esto ocurre, el universo se pone contento porque vuelve a sentirse necesario, y piensa en escoger las señales, y las envía para sacudir a Murúa Niño del rutinario estar, y en esta ocasión le ha bastado con hacerle pensar en esas auras del pasado para hacerle consciente de su alejamiento del ser, y de su necesidad de ser, con ella, de su necesidad urgente, inaplazable, alejada de los criterios razonables y serenos, porque en ese maravillarse del reencuentro esencial, en acudir al refugio aunque esto suponga salir corriendo, en rendirse ante lo sagrado, reside el equilibrio de su universo: la fuerza, el valor, la luz, la esencia, su propia vida.

El comedor especial

Al comedor especial van los residentes que necesitan ayuda. Comen en el primer turno, cerca de las doce. A los que pueden hablar les dan a elegir entre dos o tres primeros y dos o tres segundos. ¿Qué prefiere, doña Ascensión, sopa, macarrones o crema de calabacín?

Doña Ascensión pide macarrones. Es la única que ha pedido macarrones. Los demás tienen puré.

Tres señoras vestidas de blanco van dando de comer a los residentes. Cuando llega el turno de doña Ascensión no quiere los macarrones, y mastica mucho más de las treinta veces recomendadas en tragar cada bocado. La señora vestida de blanco coge el plato y lo trae de vuelta con macarrones y puré, todo mezclado. Así se lo come mejor, verdad  doña Ascensión? Doña Ascensión no contesta, pero ahora abre la boca cada vez que el tenedor se para delante.

Al fondo una señora grita no. Le está dando el puré la rubia. ¿Cómo que no? A comer. Noooooooo. Sólo dice no. Grita no. Como si no fuera el último resquicio de voluntad propia que le hubiera dejado el tiempo, y se resistiera a dejar de usarlo. No. Un manotazo descoordinado estuvo a punto de hacer caer la cuchara que la rubia le llevaba a la boca. La rubia se enfadó. Si no come después no vienen sus hijos a verla. Así que a comer, ¿no quiere que venga su hijo? Pues eso. Y le mete una cucharada tras otra el puré, con una actitud de irritación evidente.

A la rubia le tocan las rebeldes, y ya se le está agotando la paciencia. Así que se niega a perdonarle el melón a Pruden, que no ha rechistado esta vez para todo lo demás. Pero ahora también dice no, y a pesar del no se encuentra con un trozo de melón en la boca, así que es imposible comprender lo que farfulla, pero, posiblemente, y dado que con la edad se perdona la impertinencia e incluso la vulgaridad, esté mandando a tomar por culo a la zorra esa que le hace tragar.

Gisela está sentada en la última mesa. Al lado de María Luisa. Gisela tiene una piel transparente que enseña sus venas. Y el pelo blanco, algodonoso, peinado con mimo en un moño. Está vestida con pulcritud, y mientras espera su turno para comer mira al infinito y se frota una mano contra otra, como si se las estuviera lavando. Se puede frotar las manos pero o no puede o no quiere coger el cubierto y comer por sí misma. En el comedor especial están los residentes que necesitan ayuda. No pueden o no quieren comer. Ninguno parece tener hambre allí. Y sólo a las tres señoras de blanco parece preocuparles que no se debiliten.

Se vuelve a escuchar el grito desde el fondo. No!!!!

Entonces, Gisela, levanta la cabeza, sin dejar de mirar al infinito, y clama papá, donde estás?

Desde el fondo la señora que sólo grita no, grita ahora mamá.

Una señora vestida de blanco se acerca corriendo y regaña a Gisela con condescendencia por no haber comenzado a comer. En realidad está tratando de distraerla para evitar más preguntas de esas que hacen llorar al comedor especial.