Faemino y Cansado y la teoría de mesas

El miércoles, en lugar de ver la final de la Champion como haría cualquiera que no quiera parecer al día siguiente un marginado social, fuimos a ver a Faemino y Cansado a la Sala Galileo Galilei.  Un poco de humor nunca viene mal. De hecho siempre viene bien. Pero no era mi intención ni hablar de la genialidad de la pareja, ni tampoco a reventar alguno de sus sketches, sino de algo que me llamó la atención. Las mesas  (sí, ya sé que pueda sonar raro, pero es que está escribiendo una persona que no vio la final de la Champion, ya lo avisé desde el principio).

Cuando uno va a comprar las entradas puede elegir entre de pie o sentado. Y si es sentado, como el aforo no es muy grande, a veces toca mesa compartida. Ese no fue nuestro caso, que aún comprando entradas el día de la final tuvimos que conformarnos con una mesa en la parte de arriba, segunda fila. Pero por estar en la segunda fila, veíamos mejor lo que ocurría en la primera que en el escenario.

En una mesa de cuatro se sentó una pareja. Se trataba de una mesa compartida. Parece que el concepto es claro, pero sin embargo hasta los conceptos claros son susceptibles de ser interpretados. Y si no, no hay más que seguir leyendo.

Cuando llegó otra pareja a la mesa diciendo “creo que compartimos mesa”, los que ya estaban sentados les preguntaron cómo preferían el reparto de los sitios. Nosotros habíamos pensado sentarnos uno junto a otro y no uno frente a otro, para que así al menos un miembro de cada pareja tenga visibilidad directa al escenario. Perfecto, como prefiráis.
Interpretación: compartir una mesa significa que todos los usuarios comparten derechos y obligaciones, y las decisiones son tomadas por consenso y de la forma más justa posible para todos los integrantes.

En otra mesa de cuatro, justo al lado de la anterior, también había sentada una pareja. Se habían sentado uno frente a otro, ocupando los dos sitios con vista directa al escenario.
De pronto llegó la otra pareja “buenas noches, creo que compartimos mesa”. Uno de los que estaban ya sentados emitió un gruñido y continuó mirando al escenario aún vacío, como para evitar así cualquier riesgo de conversación o contacto directo. La pareja recién llegada ocupó los asientos que quedaron libres.
Interpretación: compartir una mesa significa sentarse en el mismo lugar que otras personas. El que primero llega decide dónde, que para eso se ha esforzado en llegar pronto. El que llega después se conforma con lo que queda.

Me habría gustado poder observar más interpretaciones. Porque aunque parece que no, seguro que hay tantas como usuarios de mesa. Y después me pregunto qué interpretación le habría dado yo al concepto “compartir mesa”. Porque así, a toro pasado, lo fácil es decir sin duda que la primera, que queda mejor, como muy rollo cívico y solidario. Pero eso no es más que lo que hubiera deseado interpretar. Lo que hubiera interpretado no lo sabré hasta que no me encuentre en situación. Porque al final, primera interpretación, segunda, tercera y las que hubiera, son todas humanas.

Y bueno, pensándolo mejor, no voy a reventar un sketch, lo voy a fusilar. Este lo contaron el otro día y además está grabado en la sala Galileo Galilei. Y sí,  tendré cuidado, no vaya ser que se entere Ramoncín y me de un cabezazo…

Orquídeas

No sé por qué un día, hace unos meses, me entró una vena verde. Y a mí, que la historia de las plantas siempre me ha resultado indiferente, me entró el instinto vegetal y sentí la necesidad de hacerme cargo, y cuidar, y llenar mi casa de ellas.

Y como es natural, una reconoce su ignorancia y su falta de savoir faire, y comienza comprando variedades sencillitas. Esos palitos verdes largos que metes en un vaso con agua que con cambiar un par de veces al año es suficiente y que no mueren nunca… por ejemplo. Bueno, pues con ellos comencé con mi aprendizaje: sí, sí mueren.

Tras este fracaso no me amilané, y compré más palos  y además unas plantitas para la cocina. ¿Cuáles quiere? No sé, deme unas que sean resistentes, que aguanten calor y frío, que no necesiten mucha luz, que no sean muy delicadas.  De modo que me dio unas de las etiquetadas para torpes. Pero también se me murieron. Volví a repetir, y compré otras tres. Sobrevivió una.

Nilda, la mujer que cuida de los niños por las tardes me debió ver tan desesperada que un me trajo unos esquejes de una variedad de un cactus me dejó  ya plantaditos. También murieron.

Así reforzada por mis éxistos me crecí, y decidí aventurarme con una especie delicada; compré una orquídea. Fue a principios de abril. Pero contra todo pronóstico no está muerta. No sólo no ha perdido las flores que traía, no sólo se abrieron todas las que venían de camino, sino que están saliendo nuevos brotes. Está espectacular, pletórica. Es feliz. A pesar de recibir de vez en cuando algún balonazo que otro. Pero es feliz.

Y no deja de resultarme paradójico que haya fracasado con especies normales, fáciles de cuidar y mantener, y que, sin embargo, haya sido capaz de hacer feliz a una especie rara, sensible y delicada.

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Y de verdad siento el exceso de fotos, pero es tan bonita… Sin duda lleva consigo el encanto de lo difícil.

Un barrio

Esta tarde ha ocurrido algo insólito. Algo que en casi ocho años no me había pasado. He dejado de vivir en Madrid.

Y ha sido esta misma tarde, cuando después de una sesión de parque hemos decidido sentarnos a tomar algo en una terraza. Y estando allí sentados, como si fuera lo más normal del mundo en una ciudad donde para ver a un amigo hay que llamar, buscar un vacío en la agenda, utilizar varios medios de transporte público, e invertir cuatro o cinco horas, ha aparecido mi amiga Reichel, hombre hola, me tomo una con vosotros. Y así, sin grandes aspavientos y como si aquello fuera lo más normal del mundo, hemos estado charlando, comiendo croquetas, bravas y cañas.

Pero de pronto ha aparecido mi hermana con un amigo, y se han sentado también. Así, como si fuera lo más normal del mundo. Con las croquetas y las bravas. Y las cañas y el tinto de verano.

Así que con esos encuentros casuales, debidos quizás a la casualidad, quizás al calor del verano, quizás a una tarde con magia, vividos con naturalidad, como lo más normal del mundo, de pronto he perdido la conciencia de ser ciudad para convertirme en barrio.

Relato: De nuevo ayer

Sabía que llegaría algún día en que me arrepentiría de lo que deseaba. Por ejemplo, el día en que, postrado en una cama, yazca agonizante mirando cómo se desvanece mi vida y busque esas horas perdidas con las que no hice otra cosa sino ansiar que trancurrieran deprisa.

O mucho antes.

Pero hay momentos en los que uno no se ve con un tiempo caduco. O el tiempo caduco da lo mismo. O simplemente me permití el lujo de mandar la caducidad a la mierda, y de desear, sí, de desear que ese día que actuaba como frontera, desapareciera. Y mandé a la mierda ese día.

Y sí, desapareció, como desaparecen todos. Pero sólo una vez que hubieron transcurrido las veinticuatro horas de rigor. Veinticuatro horas que fueron veinticuatro mundos. Y los minutos mil cuatrocientos cuarenta mundos.  Y todo eso sin una sola cana nueva, ni una arruga. Tan sólo desesperación y ansiedad, y rabia. Y por último resignación. Resignación a esos mundos.

Pero desaparecieron. Y cuando por fin llegó ese momento que había recreado mentalmente desde el día en que nací aún sin saberlo, cuando por fin estuvimos frente a frente, cuando sin querer evitarlo se empezó a caer mi piel a pedazos mientras mi boca era incapaz de articular palabras porque también se deshacía, cuando llegó el día que no debió haber acabado nunca, aquel que encontraré cuando busque yaciendo agonizante en una cama, aquel que no duró un mundo sino un suspiro, o tres, o diez, aquel que no duró un mundo peros se convirtió en el mío.

Cuando por fin llegó ese momento, lo único que fui capaz de desear es que fuera de nuevo ayer.

Timi Yuro

Papá, ayer encontré la versión de la que te hablaba, era de Timi Yuro. Sorry, a mí es que me va más el soul. Y si no recordaba su nombre no será porque no haya escuchado hasta la saciedad temas suyos, especialmente Hurt. Pero claro, yo es que no me fijo en quién. Como en los autores de los libros. Yo me voy directamente al qué.

Igual que tampoco me suelo fijar en las letras de las canciones. Claro, eso puede parecer algo así como una excusa del tipo, no no es que yo no sepa inglés, es que no me fijo. Vale, no, no sé inglés como para entender una letra entera sin ayuda. Pero eso no es más que una excusa. Existen las letras por escrito. Existen los diccionarios. Existen las canciones en español, cuyas letras siempre me han parecido algo secundario. Me da igual lo que digan sus letras en general, si bien es cierto que las hay llenas de poesía. Pero lo que más me importa es lo me dice a mí su música.

El caso es que he terminado divagando. Ayer, cuando encontré a Timi Yuro (ya no se me olvida), me pasé la tarde pegándome un atracón de ella. Así que he decidido ponerlo también aquí. Después de todo, aquí darle al play es opcional. En mi casa no tuvieron la suerte de poder elegir. Sorry.