Autodemostración empírica

La gente suele decir que los hijos envejecen en el sentido de que, el ver cuánto crecen ellos, te hace sentir que, inexorablemente, lo haces tú también.

Yo sin embargo no tengo esa percepción. De hecho, muchas veces me siento más joven con 30, y con bastante menos pudor y sentido del ridículo, que con 18 -bueno, vale, lo del Pokémon de ayer es una excepción, pero, ¿qué sería de una regla sin excepciones?-

Por ejemplo, no consigo recordar si de pequeña jugaba a hacer teatro. Sí recuerdo que de haber jugado, no debía hacerlo muy allá, porque en las obras de teatro que representábamos en el cole, jamás tuve un papel estelar. En las ocasiones más afortunadas, dije alguna frase. En las más habituales, fui figurante. Y en alguna que otra, me quedé de puro atrezzo.

A principio de curso, Pablo tuvo que aprenderse una frase en inglés, para hacer una mini obra. Era la siguiente “Oh! I’m not a frog! I’m a prince! Thank you princess!” Aprendérsela no fue un problema. El problema fue declamarla. Pablo con su elevado e innato sentido del ridículo, y su timidez, la pronunciaba rápidamente, en voz baja y entre dientes. De modo que hubo que hacer un esfuerzo e intentar enseñarle a quitarse el sentido del ridículo, por lo que me pasé una semana repitiéndole la frase, absolutamente sobreactuada, casi a grito pelado, gesticulando cómicamente, y haciéndole reír. Venga, Pablo, ¡ahora tú! Y conseguimos que gritara (sí, sí, a veces declamaba la familia al completo). Pero cuando llegó l ahora de la verdad, dijo: Yo no pienso hacer eso en clase. Bueno, en cierto modo le comprendo.

Sin embargo, mis incursiones teatrales no terminaron ahí. Una vez que se le coge el gustillo…

Todo empezó –o continuó- el día en que Miguel llegó a mi dormitorio con una pelota como proyectil, apuntándome amenazador. Entonces salió la actriz que llevo dentro, y, con cara de pánico y unos gritos desgarradores, comencé a suplicar “NO, NO, POR FAVOR, ¡¡¡SOCORRO!!”, mientras me llevaba las manos a la cabeza, y comenzaba a correr. Miguel corrió detrás de mí riendo a carcajadas  y blandiendo la pelota hasta acorralarme contra la cama , donde no tuve otra defensa que agazaparme escudándome con una almohada. Entonces el pequeño atacante se apiadó, incluso se preocupó, soltó la pelota, y vino a abrazarme. Él se lo pide todo, héroe y villano.

Bien, pues mi interpretación fue tan grandiosa, que ahora TODAS las tardes, cuando llego a casa y me cambio de ropa, llega mi público intruso, que ya casi se ha convertido en fan, y me dice “Mamá, coge la almohada y di No, No, Pol Favol”. De modo que no me ha quedado más remedio que mejorar mi capacidad interpretativa. Porque no es lo mismo actuar cuando en un momento gamberro te sale de dentro, que por obligación cada día. El hecho de hacerlo bien siempre es lo que distingue a un aficionado de un verdadero profesional. Pero volviendo al tema de antes, eso de que los niños envejecen, pues eso, que no: hace unos años yo era demasiado mayor para estas cosas. Acabo de autodemostrármelo empíricamente.

Y de lo de hacer una discoteca en el salón y quitarse los zapatos lanzándolos por los aires para bailar mejor, hablaremos otro día…

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El Pokémon y la evolución

-Mamá, ¿jugamos a las cartas?

-¿Al cinquillo?

-No, a Pokémon.

Yo no sé jugar.

¡Te enseño!

Vale. (Reparte doce cartas para cada uno). ¿Con cuál empiezo?

-Con la que más vida tenga. Es el número que tienes ahí.

-Ah, vale, pues éste. Mismagius. 90 puntos de vida.

-¿Y?

-¿Y qué?

Que qué ataque lanzas….

Ah… pues… el ataque psicoondas!

Vale, pues yo te saco a Roserade, y lanzo un picotazo venenososo. Dale la vuelta a la carta, mamá, que te he envenenado. Y me tienes que dar otra carta.

¿Por qué?

Porque es así. –Esto empieza a sonarme a tongo– Ahora saco a Infernape, con un envite Ígneo.


Envite Ígneo. Tócate los cojones…. Para que luego digan que con la literatura se aprende vocabulario.


Pues yo te saco a Drapion, que también envenena, así que dale la vuelta tú a tu carta.

¡Pero qué dices! Si Infernape no se puede envenenar, y además te ha hecho 90 puntos de daño, así que me tienes que dar otras tres cartas.


No me cabe la menor, cuando le dije que no sabía jugar ha visto su oportunidad para darme para el pelo. Dejo de hacer el menor intento por aprender unas normas movedizas que se mueven según su voluntad. Le doy las tres cartas y confío en que me gane con un par de ataques más. Pero se va a enterar con la próxima partida de Scrabble.


Vale, mamá, ahora te voy a sacar a Skuntank. Este mola mazo, tiene 110 de vida, ¡110! Y está en primera evolución. Anda, dame tu carta de energía.


Que digo yo, con esta facilidad por los idiomas por qué no le dará más al inglés.


Mamá, mamáaaa que me des tu carta de energía.

Toma.

Por cierto, mamá, ¿vas a evolucionar?

 

¿A evolucionar? No sé si es porque no puedo evitar darle el sentido tradicional, tan contrario a la evolución. Pero ya es demasiado para mí.

 

Pablo, tocada y hundida.

 

Espero haberle contestado.

El seguro y la apuesta

Hacerse una tarjeta de crédito de esas que son gratuítas de por vida, y que además te regalan dos vuelos, noches de hotel, o una bonificación de 100 euros, puede salir muy caro. No me refiero al uso irresponsable. Me refiero a que si efectivamente el tiempo es oro, a mí las llamadas que tan frecuentemente me hacen sus emisores, me han hecho perder ya unos cuantos kilates.

La otra mañana, en el trabajo, me llaman al móvil de parte de uno de los bancos emisores. El comercial muy amable me preguntó si era un buen momento para informarme de un seguro que ofrecían con mi tarjeta. Y yo muy amablemente le dije que no.

Dos horas más tardes, me pasa una llamada la recepcionista de mi oficina. Otro comercial de otro banco. Este comercial que sabe que está llamando a un trabajo, no sólo no tiene la poca consideración de no preguntar también por si era un buen momento, sino que, sin darme opción a replicar, comienza a ofrecerme otro seguro asociado a mi visa (¿es que es el mes del seguro o qué?). Que si fallecemos mi pareja o yo en accidente me pagan tanto. Que si fallezco, pero no es en un accidente cuanto. Que si enfermo en el extranjero me pagan la hospitalización. Que si la diño en el extranjero se encargan de repatriar mi cuerpo. Y todo esto por nueve euros al mes. Joder, yo sigo sin entender por qué se les llama seguros de vida. Si lo que aseguran es mi muerte. Escucho calladita pero rabiosa toda la perorata. El tipejo este que no para de hablar de mi muerte, y en horas de trabajo. Y encima le pone precio. Será cabrón.

– ¿Le interesa?

– No, muchas gracias.

– ¿Me puede decir por qué? Si sólo son nueve euros al mes!

– Porque a pesar de eso, he decidido arriesgar, y he apostado por mi suerte.

El por qué de una pregunta

El viernes subíamos en el ascensor tres compañeros de trabajo y yo, y tres mujeres. De una de ellas ni me acuerdo. Otra estaba embarazada. La tercera estaba buena que te cagas. Miro a uno de mis compañeros, el que siempre está hablando de mujeres, y me asombro descubriendo que mira a la que está embarazada, y no a la que esperaba estaría mirando. Cuando ya se están abriendo las puertas del ascensor, le pregunta a bocajarro: “¿Cuánto te queda?” . La mujer se sobresalta ante la pregunta del desconocido y pregunta ” ¿Qué?”  Y mi compañero le repite la pregunta señalándole el vientre. Entonces ella le contesta que dos meses.

La embarazada  debió quedarse pensando en el por qué de la pregunta. ¿Estaré demasiado gorda para mi tiempo? ¿Se me nota más de la cuenta? ¿Para estar de siete meses estoy bien o no?

Cuando terminó la jornada, nos quedamos tomando una caña. Entonces le preguntamos al compañero por qué le había hecho esa pregunta a la mujer. Él contestó que no sabía cómo entrarle a la que estaba buena que te cagas, y no se le había ocurrido mejor forma de hacerse notar que el preguntarle a la embarazada.

Por la tarde, un amigo me comentó que le gustaría que hombres y mujeres se comprendieran mejor, porque en el fondo, no somos tan distintos.

Bueno, yo le deseo mucha suerte, porque, en vista de la anécdota, creo que la va a necesitar.

Mi reflejo en el plato.

Mi futuro marido me ha dejado instalada en esta mesa. Le he pedido una botella de cava, porque me pienso emborrachar. Y le he dejado dicho que ni quiero carta, ni quiero que nadie me bombardee con sugerencias. Tráeme tú lo que consideres oportuno, y no te molestes en explicarme lo que es, pues no pienso entenderlo. Pero sobre todo, no olvides el cava.

Trago el primer sorbo mirando mi reflejo en un plato de cuatro esquinas. Apenas distingo el rojo de los labios. Levanto la cabeza y comienzo a mirar a mi alrededor. Al principio me he sentido incómoda en este lugar. Como si todo el mundo me estuviera mirando. Como si todo el mundo se estuviera riendo. Como si todo el mundo supiera que yo no he estado en un restaurante así en mi vida, ni muy probablemente vaya a volver. Como si a pesar de mi vestido negro ceñido, largo hasta las rodillas, las medias de cristal y los zapatos de salón, fuera destilando una vulgaridad que azotara a los aquí presentes.

Pero con la segunda copa ya estoy cómodamente apoyada en mi silla, como si del salón de mi casa se tratara. Ahora soy yo la que mira. Miro a toda esa gente. ¡¡Mira a toda esa gente!! Probablemente habrán reservado su mesa con varios meses de antelación, y se habrán encargado de que todo su círculo lo sepa. Para llegar después y pasar la noche hablando de cotizaciones bursátiles y de política exterior. Míralos con esas cabezas sin pelo, esas tripas tan grandes, esas tetas tan operadas, y esos labios siliconados. Con sus BMW en la puerta, sus despachos llenos de títulos, sus currículum llenos de ascensos. Míralos, gastando alegremente trescientos euros por cubierto, poniendo cara de orgasmo cuando de una sola pinchada vacían el plato, y se meten en la boca algo que no tiene aspecto de alimento, aroma de alimento, ni sabor de alimento, pero les encanta. Porque cuesta trescientos euros.

Y mira el chef, explicando por las mesas en qué consisten sus platos, que no son platos, son obras de arte, sugiriendo las exquisiteces de las texturas en la lengua, en el paladar, en la boca. Míralo, cómo gesticula excéntrico, cómo abre los ojos, cómo los cierra, cómo se contonea hacia delante, hacia atrás, cómo articula los brazos, cómo todo ese movimiento le hace perder el equilibrio a su flequillo, que se desmorona sobre la frente, y le da ese aspecto de sufrir algún trastorno serio. Es que lo vive, está sintiéndose tan maestro, que le parece increíble cómo puede poner al servicio del mundo una genialidad tan grande por un precio, proporcionalmente, tan pequeño. De verdad que he empezado a reírme sola, y no soy capaz de parar. Y no tiene nada que ver con el cava. ¿A eso le llama él creatividad? Creatividad es abrir la nevera de mi casa, y ser capaz de preparar una cena con media lechuga rancia y un huevo. Eso es creatividad, grandísimo estafador. Que yo no sabré en qué consiste la reacción de Maillard, pero cuando las he pasado putas, siempre he tenido una idea genial con la que seguir sobreviviendo. Y si no, mírame ahora. ¿Esto es o no es jodida creatividad?

Mira, por aquí viene Walter con el chef.

  • Señor, ésta es Cristina Fernández, mi futura esposa.

  • Walter, qué ceremonioso eres. Es usted el genio, verdad?

  • Encantado de conocerte, Cristina, es un placer haberte invitado esta noche,  aprecio mucho a Walter, y qué menos que conozcas el sitio donde trabaja tantas horas. Es un gran profesional. Por cierto, Walter, qué guapa es, ¿cómo la has engañado? (risas por compromiso) Cristina, te cuento lo que he pensado para ti.

  • Oh, no, por favor, me pongo enteramente en tus manos.

  • Perfecto, aunque me gusta explicar mis creaciones, creo que el conocimiento es fundamental para que la degustación adquiera todas sus dimensiones.

  • A mí me gustan las sorpresas.

  • Como quieras. Espero que disfrutes de la velada. Siento no poder dejarte a Walter, pero me resulta imprescindible.

  • El cava está siendo un compañero extraordinario. Muchas gracias.

Ya se van los dos. El chef con grandes y alegres zancadas, menando su flequillo y su arte. Walter le sigue, como un perrillo. Sumiso y fiel. Tan pequeño, tan indio. Sin duda debe ser bueno. Debe destacar de alguna manera, aunque así a simple vista me cueste trabajo creerlo. No he podido evitar que el paso del tiempo me haya convertido en una escéptica. No hay ningún título de hostelería que remunerar, ni experiencia previa, ni siquiera seguridad social. Eso sí, lo ha moldeado a su imagen y semejanza, como cualquier dios haría. Y Walter se siente afortunado. Tanto, que no le ha importado endeudarse para poder pagar el contrato que le va a permitir seguir trabajando tranquilo. Pobre Walter.

Claro, que las deudas de Walter son las que me van a permitir salir adelante durante un par de años. Por ahí viene sonriente con un plato sobre el que hay un vaso de los de chupito. Sorbete de mar, con esencia de berberecho y tamiz floral. Gracias Cristina. No me des las gracias, has pagado por ello.

Me pregunto si las veces que nos queden por hacer el paripé serán tan sencillas como disfrazarme de elegancia, sonreír sin ganas y emborracharme con un cava prohibitivo. Sólo siento tener que probar la guarrería esa de berberecho. Lo haré por Walter, que su jefe no diga que su futura mujer es una rancia. Y que cuando nos separemos no le diga “te lo dije”. Pobre Walter. Voy a brindar por él, y por la noche de bodas, que igual hasta se la regalo; hoy me siento generosa. Alzo la copa y vuelvo a buscar mi reflejo en el plato. Pero apenas veo el rojo de los labios.

Magia desde Pekín V.2.

Cuando el viento partió la rama del árbol, Karl se encontraba tranquilo en el balcón mirándola caer. Estaba tan absorto con el espectáculo, que apenas fue capaz de dar unos pasos hacia su izquierda, con lo que evitó morir aplastado, que siempre es un alivio. Al fin y al cabo, una magulladura en el hombro a cambio de ser espectador en primera fila de semejante vendaval, le pareció un balance muy a su favor. Y con la cabeza bien alta, como orgulloso ganador de aquel trueque, se dirigió a la sala de Urgencias del Schlosspark-Klinik de Berlín.

 

El busca despertó a Elke a primera hora. En los días de guardia podía sonar en cualquier momento. ¿Por qué no a primera hora? Es un momento como otro cualquiera. Elke se levantó sin esfuerzo, y preparó café, para que se fuera haciendo mientras se duchaba. Se vistió, cogió el pijama azul, lo dobló con cuidado, vació la cafetera en un termo, y se puso su abrigo. Cuando salió a la calle supuso el por qué la habían llamado.

 

Enviaron a Karl a la sala de espera. Se sentó y miró a su alrededor. Algunas personas con brechas, unos cuantos niños colorados y semidesnudos con un termómetro en la axila, y él. No eran demasiados. Pero no cesaba de ver entrar camillas traídas por ambulancias. Y escuchaba gritos del personal sanitario “un tráfico”, “un derrumbamiento”. Y los miraba correr de un lado a otro mientras en la sala de espera estaban todos tan quietos. Era como estar en casa y ver las hojas de los árboles agitarse desde dentro. Pero él había salido al balcón, para verlo desde fuera, y una rama se había roto, y tenía el hombro magullado. Entendía que había muchos tipos de urgencias. Y la suya era de las menos urgentes. No se podía ganar en todo. Y mientras pensaba todo aquello, se dispuso a esperar con paciencia.

 

Elke llevaba trabajando cuatro horas. Entraba de cuando en cuando en la sala de espera a llamar al siguiente. Poco a poco las caras iban cambiando. Todas menos una, la de aquel chico de la contusión leve en el hombro, que no la miraba con cara de ansiedad cuando se disponía a nombrar al siguiente, ni perdía el gesto amable.

Elke llevaba cuatro horas trabajando. De modo que se quitó el pijama, cogió el termo de café, decidió convertir la sala de espera en cafetería, y tomó el asiento contiguo al del chico de la contusión.

 

¿Quieres un café?

Gracias. ¿Lo has hecho tú?

Sí.

Está muy bueno.

En realidad yo no lo bebo. Lo he traído por si querías. Siempre hay alguien que quiere café.

¿Por eso lo haces?

Por eso, y porque a mi canario le gusta su olor por las mañanas.

A tu canario le gusta el olor a café… A mí lo que me gusta es el viento. Es lo que más me gusta en el mundo. Ver cómo las cosas se mueven con el viento. De hecho, por eso estoy aquí. Estaba en el balcón, y se rompió una rama de un árbol. Pero por suerte sólo me dio de rebote en un hombro. Soy un hombre afortunado.

Así que ese viento que tanto te gusta, ha provocado un accidente que casi te mata…

Bueno, si no me gustara no habría salido al balcón. Verlo desde dentro no es lo mismo. Es como ver una película en casa. A mí me gusta más verla en el cine. Uno no deja de ser espectador, pero tiene la sensación de estar participando.

Sí, participar…

 

Karl se dio cuenta de que ya habían hablado de él y del canario. Pero de esa mujer sólo sabía lo que no le gustaba. El café. De modo que decidió hacerle una pregunta básica en todo encuentro con un desconocido.

 

¿Y a ti, qué es lo que más te gusta en el mundo?

 

Elke abrió mucho los ojos y sonrió soñadora.

 

¿Lo que más? …La salsa de arándanos…

Deliciosa, sin duda.

Es curioso, creo que no se lo había contado nunca a nadie.

¿Por qué?

 

Elke se paró a pensar. Porque nadie se lo había preguntado.

 

Porque nadie me lo había preguntado. Creo que ni yo misma.

 

Karl pensó que era maravilloso que jamás hubiera pensado qué era lo que más le gustaba en el mundo, y sin embargo, hubiera contestado sin vacilar. A él le parecía una pregunta muy difícil, pues hay tantas cosas buenas entre las que elegir la mejor… Él se había pasado la vida haciendo balance, y aún habiendo elegido, continuaba teniendo dudas.

 

Fíjate, si no llega a ser por el viento, quizás aún no sabrías qué es lo que más te gusta en el mundo. Y ahora no estaríamos hablando.

 

Y ese hecho reafirmó a Karl. Sí. Definitivamente el viento era lo mejor del mundo.

 

¿Sabes por qué está soplando el viento?

¿Por qué?

Porque en Pekín hay una mariposa batiendo sus alas.

Todo tiene un por qué y éste me parece bonito. Pero, ¿por qué batía sus alas?

Para que yo pudiera contarte que lo que más me gusta en el mundo es la salsa de arándanos.

De modo que estamos cumpliendo un destino… ¿Puedo tomar otro café? Es que me gusta tomar café cuando vivo momentos mágicos. Y cuando tengo el hombro dolorido.

De modo que esto es magia… ¿Y qué se hace con la magia?

No lo sé. La magia es tan importante. Actuar con la magia es una gran responsabilidad.

Mucho más que ser enfermera. A lo mejor hay que ser mago para saber sacar un conejo de una chistera. A mí me gustan lo conejos que salen de las chisteras.

 

Karl, agobiado con el peso de la responsabilidad, se quedó demasiado bloqueado como para continuar con la magia que había llegado con fluidez, y volvió a la sala de espera. Después de todo, no se puede soportar peso con el hombro contusionado.

 

Quizás te estoy entreteniendo. Ahí fuera todo el mundo sigue corriendo.

 

Es cierto.

 

Elke pensó en alguna manera de que finalizar un momento de magia abriera esperanza para un comienzo.

 

¿Por qué no vienes a verme algún día? Siempre traigo café.

Claro! Toma mi número de teléfono, por si un día no encuentras quien se lo tome. Me llamo Karl.

Yo Elke.

 

Elke pasó el resto del día pensando en la salsa de arándanos. Y la boca le sabía dulce. Pensó también en la ética profesional. Y compró una chistera.

Elke se fue con su termo cada mañana a la sala de espera, por si un día volvía a ser cafetería.

 

Karl se dejó mecer por el viento el resto del día. Y de la noche. Y pensó que si las mariposas batiendo las alas habían hecho que llegara el viento, no habría ningún motivo para que esta vez no hicieran sonar el teléfono.

 

Lo que más le gusta a Elke es la salsa de arándanos. Elke mira la chistera en los días ventilados, y piensa en la magia. Y tiene el rostro de Karl.

 

Karl sigue mirando cómo se mueven las cosas con el viento. El viento es lo mejor del mundo, Karl ya no tiene dudas. Y se llama Elke.

De soñar con volar o ser invisible

El otro día estuve viendo una peli en casa: La habitación de Fermat. Está escrita y dirigida por dos personas, siendo una de ellas Luis Piedrahita, que es un tío con un sentido del humor que me ha arrancado unas cuantas carcajadas. Así que de entrada me llamó la atención, aún a sabiendas de que la película en cuestión no era una comedia. La verdad es que mi impresión final es de “peli-de-suspense-entretenida-para-matar-una-noche-de-domingo”. Sin más.

Pero bueno, el caso es que yo no quería hablar de la película sino de algo que plantean en ella. En un momento dado, uno de los protagonistas, encarnado por Federico Luppi, expone que los dos sueños más frecuentes del ser humano son dos: volar y ser invisible. Y pregunta al resto de los personajes cuál de las dos cualidades preferirían tener.

Cuando uno de los personajes dice que preferiría ser invisible, le contesta que quien quiere ser invisible es para cometer alguna maldad. Quiero ser invisible para mirar a la vecina mientras se ducha, lo que guarda en la cartera el compañero de trabajo… Porque quien hace algo bien no tiene problemas en ser visto. Bueno, quizás sea así en algunos casos, salvo en el de algún que otro modesto patológico. En ese y en de los superhéroes, que si bien no son todos invisibles, tienen en común el mantener a salvo su verdadera identidad, de modo que nadie pueda saber realmente quién es la persona que está salvando el mundo. (O a los Estados Unidos de América, que viene a ser lo mismo.)

Yo de pequeña tenía pesadillas recurrentes. Pero afortunadamente también sueños recurrentes. Y mi sueño recurrente siempre fue volar. ¿Y por qué volar? ¿Qué tiene de bueno? Para mí tenía de bueno la sensación, el cosquilleo en el estómago, la velocidad, el viento, el vértigo, y… rebuscando en el baúl del por qué de los deseos, también el ser capaz de algo fantástico, algo especial, algo que hacía que el resto de los mortales quedaran enmudecidos, y pequeñitos. Y no sólo por el efecto óptico de estar yo arriba.

Pero el volar también tiene una connotación de huida. Volar sería genial, porque el poder desaparecer se convertiría en algo posible en cuestión de segundos. Porque a veces, hay situaciones cuyo desenlace no dependen de uno, y que producen ahogo y asfixia. Y la sensación de que el mundo entero se ríe de uno funcionando como si nada, con ese mecanismo cruel que no se detiene por muy grande que sea el dolor de uno, por muy pequeño que sea ese uno que lo siente. Y uno sólo quiere desaparecer, por no tener que continuar con una rutina a la que se ve obligado, pero que ha perdido todo su sentido.

El caso es que pensando un poco en los por qués y los para qués de estos dos dones imposibles, que según la peli son los más deseados, me queda claro el por qué tan sabiamente nos han sido negados.

Porque es de agradecer que, si queremos hacer daño, no nos den facilidades como ser invisible. (Si sólo se trata de ver a la vecina mientras se ducha, mejor ser honesto e intentar ligarla primero.)

Si en cambio el deseo de ser invisible fuera para hacer el bien, pero por modestia no se necesitan agradecimientos ni honores, siempre queda el ponerse unos calzoncillos (o tanguita) sobre unos pantalones de lycra, una máscara curiosa, e ir por ahí salvando al mundo.

Si el sueño de volar surgiera por la necesidad de sentir velocidad y vértigo, existe el puenting, si es por ver el mundo desde arriba, el Google Earth. Pero si es por una necesidad de hacer algo que deje al resto de la humanidad admirada, siempre se puede conseguir por méritos propios. Que eso a nadie se le ha negado. Y si es por desaparecer… pudiendo desaparecer cuando el dolor ahoga, nunca se sabría que uno puede ser más grande todavía que el dolor. Porque para eso, hay que enfrentarse a él. Y creo que el quedarse sin ese saber, es mucho peor que el no poder ser invisible, o el no saber volar.