Páramo

– Dime qué es un páramo.

– ¿De dónde me estás preguntando?

– Del libro.

– Ya, pero de qué parte, qué hay en la foto, de qué parte del tema, porque eso es del 11, verdad?

Miro el libro. El título de la pregunta se titula “Tipos de llanura en la Comunidad de Madrid”. Me asombro de esa obsesión que tenemos por clasificarlo todo. No tenía ni idea de que las llanuras de la Comunidad de Madrid podían ser vegas, campiñas o páramos. Y eso por no hablar del reduccionismo geográfico, tan paleto y tan de moda en estos tiempos.

– Deja de estudiar con memoria fotográfica, Pablo, un páramo es un páramo, independientemente de en qué página del libro lo explique, bajo qué epígrafe, junto a qué foto, o independientemente de que el páramo esté en la Comunidad de Madrid, en China, en Sebastopol, o en eso que ves desde la ventana del coche aunque no tengas ni idea de cómo se llame el punto geográfico exacto en el que te encuentras.  Y yo quiero saber si sabes qué es un páramo.

– Espera, eso era lo de vega, campiña y páramo, no? Pues no me acuerdo qué era  páramo, pero sé que estaba en Chinchón…

Casi han conseguido que estudie la lista sin saber de qué anda hablando. Páramo. Un páramo es una vasta llanura de terreno calizo, y por tanto estéril. Un páramo es una extensa superficie de tft con mil millones de palabras que han dejado de ser leídas. Un páramo es vivir entre un montón de paquetes de regalo,  e ir arrancando envoltorios para ver que dentro no hay nada. La casa vacía es un páramo. El frío es un páramo. Mirar todo lo que abarca la vista y no ver la línea del horizonte es un páramo. Una forma de tristeza. Eso es un páramo. Por eso no es un buen lugar para asentamientos humanos.

– Anda, ve y repasa.

Acerca de la Navidad

Hace un par de años, estando de vacaciones, Eva me llamó al móvil. Patri, tengo que darte una mala noticia. Se ha muerto la madre de Borja. No jodas! ¡Pero si estaba mejor! Ha sido una neumonía, el ciclo la dejó muy baja de defensas. Es por si le quieres llamar. La van a enterrar en Zaragoza, así que igual para el funeral ya estás de vuelta.

Por supuesto escogí la opción más cómoda, nunca sé qué decir en esos casos ¿qué se puede decir? Y le envié un sms, que con las letras me siento más segura. Pero no dejé de pensar en él esos días. Al menos llegué al funeral, y terminamos en una cervecería. Me encargué de decirle a mis compañeros que cuando la diñe, también querría que mi gente me recordara tomando cañas.

Borja es un compañero de trabajo. En la oficina charlamos poco. Ambos somos de pocas palabras. Al menos yo, cuando además de trabajo tengo el correo abierto, y un montón de cosas con las que distraerme. Dame un ordenador y me harás muda. Alguna vez hago algún comentario en alto, del estilo “seré idiota!”. No sé por qué me empeño en hacer públicos mis fracasos.

El caso es que el otro día, Borja me dijo que no le gustaban nada las Navidades, y que ojalá pasaran pronto. Yo normalmente suelo responder a los ataques antinavideños. Porque me fastidia la gente que va de moderna y antialegría, y toda esa campaña que hacen. Que si la exaltación al consumismo, que si la familia es una mierda, que si lo de reunirse por obligación… Me parece absurdo que en lugar de buscar motivos para ser feliz, se busquen excusas para no serlo. Pero en este caso me callé la puta boca.

¿A tí te gusta la Navidad?

Sí. Contesté.

Claro, tú tienes niños. Con niños todo es diferente.

Yo pensé que sí. Pero me remonté hasta la fecha en que no los tenía. Cuando era adolescente me encantaban. Salir en nochevieja hasta tarde, los amigos, la fiesta. Cuando mis padres se fueron a vivir a Lima viajábamos allí con ellos y los veía. Y cuando volvieron… bueno, las primeras vacaciones que pasaron habiendo vuelto yo ya estaba embarazada.

Pero el caso es que siempre me han gustado. Por mucho trasfondo melancólico que tengan.

Aunque Borja no me había explicado sus motivos, pensé que no era necesario. Yo lo entendía. Las fiestas sin su madre debían ser tristes. Pero entonces me preguntó que si quería saber por qué nunca le habían gustado. Y yo le dije que sí, mientras deseaba por favor que no me soltara un alegato anticonsumismo. No lo hizo. Me dijo que no le gustaban porque eran unas fechas en las que las personas eran o muy felices o muy desgraciadas. Y que nunca le habían gustado esos contrastes. Supongo que eso significa que tampoco le gustaron cuando era de los que se suponía debía ser muy feliz. Me recordó a cuando era niña y nos daban las notas, y nunca me alegraba por las mías, porque siempre tenía a alguna de mis amigas llorando junto a mí por las suyas y era necesaria la palmada en la espalda, el ya verás como recuperas, o el seguro que tus padres no te matan. Pero sobretodo recordé de dónde viene esa melancolía, que a pesar de la alegría, llena estas fiestas.

Una vez más me quedé sin palabras. Pero sí me quedé pensando si la solución sería que nadie fuera feliz, para evitar los contrastes. O si tal vez, lo que merezca la pena, sea intentar contagiar si no la felicidad, al menos algo de alegría.

Sonrisas al revés

Una sonrisa al revés no fotografiada por mi.
Una sonrisa al revés no fotografiada por mí.

Es curioso lo que hace el paso del tiempo. Hasta ahora me había pasado desapercibido. Pero el otro día, me fijé en el rostro de una persona. No debía ser excesivamente mayor, no tenía demasiadas arrugas, y sí alguna cana. Lo que delataba su edad era algo mucho más triste que eso. El tiempo le había dibujado una sonrisa, y por un error de trazo, lo había hecho al revés. Busqué con la mirada otros rostros. Y me horrorizó lo que ví. El tiempo no se había equivocado con el trazo. Siempre las hacía así. ¿Y por qué?

Giré la cabeza ante sus ojos atónitos, para mirar desde abajo, y que la sonrisa fuera sonrisa. Pero además de marearme, lo cierto es que aunque sí pude verla derecha, no dejaba de resulta extraño un rostro que comenzara por la barbilla, siguiera con la boca, después llegara la nariz, y a duras penas le viera ya los ojos, ahí abajo. No siempre comprendo el arte moderno. Y eso que no llegaba a ser una abstracción.

Cuando volví a poner la cabeza en su sitio, aquella sonrisa mal dibujada había cambiado. De pronto había ocurrido un milagro, y sus extremos apuntaban al cielo, como tiene que ser, y todo el rostro se levantaba con ella, y los ojos chispeaban. Y me miraba divertido. Y se hizo la luz. Si hacer el ridículo causa esos efectos, prometo hacerlo más a menudo.

Cuando llegué a casa corrí al espejo, y me miré bien seria. Menos mal, el tiempo no se había puesto a garabatear con mi boca. Eso sí, conocer al enemigo ayuda. Ya sé lo que va a hacer conmigo. Pero también sé que no es irreversible. Y no me refiero al botox. Con un poquito de esfuerzo, la sonrisa que está al revés, se puede volver a poner derecha. Sólo hay que sonreír. Habrá que hacerlo todo el tiempo.