Llevo unos días pensando en calcetines

Mi amiga Raquel dice muchas veces que aunque sea estéril dolerse de según qué cosas, es inevitable, porque no somos calcetines. Mi madre me dice muchas veces, cuando me ve indignada, que enfadarme no va a hacer que cambien las cosas, que sólo servirá para pasar un mal rato. Ella es práctica, yo no. Ella no quiere que pase malos ratos, yo tampoco. Últimamente me ve indignada muchas veces. Todo me indigna. Y ella, para tratar de calmarme, me dice que no me enfade. Y pienso en la frase de Raquel, en que si fuera un calcetín no me enfadaría. Pero no soy un calcetín. No soy un calcetín. Y enfadarse, rebelarse,  indignarse, y llorar de pura rabia no es práctico, pero es humano. Ella me dice que no me enfade y yo debo estar lejos de ser calcetín, porque cuando me dice eso me enfado más.

Si fuera un calcetín evitaría entrar en mi lavadora. Mi lavadora es un ser cruel que se divierte desparejando calcetines. De otro modo no me explico tantos calcetines solos a la hora de tender. A veces la pareja aparece algunas lavadoras más tarde. Otras veces se quedan sueltos, en el cajón. Ya para siempre.

Quizás a veces sí me sienta un poco calcetín, porque cuando los tiendo y resultan impares me produce cierta pena. Un calcetín, solo, puede por sí mismo tener sentido. Claro.  Con un calcetín solo se puede hacer una marioneta, coserle ojos, nariz y boca, llenarlo con una mano, hacer reír a muchos niños. O adornar la chimenea en navidad. O ser la funda de un móvil. Un calcetín solo puede estar lleno de arte y talento, puede incluso ser una jodida estrella un calcetín solo. Pero a pesar de eso, a pesar de todo ese sentido impar, ese sentido solo y único, a quién queremos engañar… los calcetines se concibieron para ser dos.

Y lo cierto es que aunque yo no sea un calcetín, a pesar de las ventajas prácticas para evitar disgustos que habría tenido el serlo, me descubrí el otro día conmoviéndome cuando encontré, dentro de mi lavadora, la pareja de uno que llevaba un tiempo perdido. Y ya que ellos no pueden, pobres calcetines, sentí yo por ellos esa felicidad inmensa de encontrarse sentido, sentido amplio, el que va más allá del impar.

Pobres calcetines…

Anuncios

El suelo bajo los pies

Hoy, al margen de la lluvia y los charcos, me he puesto unos zapatos de charol,  planos y de suela fina.

Lo malo de estos zapatos es que no me añaden centímetros, son feos y, si el suelo tiene agua, me mojo.

Lo bueno de estos zapatos es que siento el suelo bajo los pies.

Me gusta sentir el suelo bajo los pies. El  tacto diferente del asfalto y  del adoquín, el borde de un escalón, el barro de los parterres, la pintura del paso de peatones, una chinita, la firmeza. Me gusta.

Pero  lo mejor de sentir el suelo bajo mis pies es que me hace ser consciente de mis pies.

La avidez

Dice mi madre que una de las primeras frases completas, con su sujeto y su verbo, que empecé a decir, fue “yo solita” (bueno, con verbo elíptico…). Supongo que esa avidez por ganar autonomía tiene en común con lo que soy ahora, y con lo que he sido siempre,  precisamente la avidez.

Hay niños que son felices de ser niños. Incluso los hay que se obstinan en no dejar de serlo. A mí ahora eso me inspira cierta ternura, pero por aquellos entonces yo no era capaz de entenderlo. A mí la infancia me agotaba, porque limitaba mi mundo a un entorno demasiado pequeño, que me impedía vivir cosas verdaderamente emocionantes, como todas esas que leía en los libros. Y yo tenía unas ganas de vivir todo eso que apenas podía contenerme. Yo quería salir sola a la calle, conocer gente, vivir aventuras, enamorarme, ver mundo, experimentar. Sin la cómoda protección que es la familia.  Yo solita. Pero me tenía que conformar con estar recluida en mi pequeño y seguro mundo formado por mi casa, la urbanización y el colegio. Y con pasar mis días con la gente que había allí, que estaba muy bien, pero que era siempre la misma. Así que la única opción que me quedaba era esperar que el tiempo pasara muy deprisa, porque la espera era interminable, y mientras tanto, inventarme un montón de cosas que me gustaría vivir, y trasladarlas a los juegos, a  fantasear y a  soñar despierta… y por supuesto, a leer.

Una vez, tras lamentarme de mi vida, pues  tenía ya doce años y no me había pasado nada en la vida, mi padre, preocupado, amenazó con censurarme las lecturas… No me extraña…

Y absolutamente de nada sirvió que mi madre me dijera, una y otra vez, que todo tiene su momento, que no corriera tanto, y que llegaría el día en que viviría todo eso. Yo me preguntaba cómo podía estar tan segura. Uno nunca sabe qué día será el último tenga uno  la edad que tenga. Y la avidez sigue ahí.

Algo que merezca ser contado

Ayer, cuando conté el cuento, no fue una decisión al azar. Lo cierto es que quise hacerlo a modo de metáfora.

Cuando alguien toma la decisión de ponerse a escribir en un lugar público, que es una de las ventajas que ofrece Internet, llega un momento en que se pregunta cuáles son sus razones últimas para hacerlo. A mí me maravilla que haya personas que escriban tutoriales, y dediquen su tiempo a enseñar gratuitamente sus conocimientos sobre ciertas cosas. Desconozco cuál es su por qué, pero no le encuentro otro que no sea el compartir ese conocimiento. (Salvo en algunas excepciones, en las que los motivos tienen más que ver con un ego que sobrepasa el intelecto del autor, que con el altruismo.)

Cuando empecé a escribir encontré mi por qué. Pero los por qués no se mantienen inalterables con el paso del tiempo. Y mis por qués han cambiado  conmigo. Por eso, de vez en cuando, no viene mal reformularse las preguntas, y poder reencontrarse con las respuestas, y con uno mismo.

Y hace ya tiempo que tengo un propósito. Encontrar en cada uno de mis días algo que lo haga especial y diferente a los demás. Algo que merezca la pena ser contado. Porque todos los días tienen algo especial, sólo hay que saber verlo. Todos los días pasa algo que, de una forma o de otra, se queda en mi cabeza y me deja una cierta marca que me hace sentir. A veces no sé muy bien por qué. Y podría dejarlo, no volver sobre ello, normalizarlo y obviarlo. Pero la vida es demasiado valiosa como para no estar atenta, como para no querer ver aquello que la hace ser valiosa, y dejar a un lado la consciencia de aquello que hace sentir y emociona. O peor todavía, la consciencia de sentir o emocionarse.

Al final, es lo que buscamos en todo, en el día a día.  Pero también buscamos las emociones en el cine, en la música, en el arte, en las historias cotidianas, en la literatura… risa, llanto, terror, asombro, nostalgia, melancolía, energía, paz, tensión… Y las encontramos en tantos lugares porque las emociones son universales, y se contagian, y nos permiten emocionarnos con historias ajenas, que, de alguna manera, terminamos haciendo propias.

De modo que por un lado, al igual que hay informáticos que deciden compartir sus conocimientos en la red, yo he decidido compartir los relatos que de una forma o de otra me han hecho sentir, y también, de una forma o de otra, aquellos momentos cotidianos que hacen que cada día sea único e irrepetible. Si a mí me han emocionado, puede que a otras personas también.

Por otro lado, el haberme impuesto el compromiso de escribirlos, me ha generado el hábito de buscarlos. Y me aterra la posibilidad de que pudiera llegar un día en el que viviera un día, tras otro, tras otro, sin ser capaz de encontrar en cada uno de ellos algo, una sola cosa al menos, que mereciera la pena ser contada. Y es que dejar de sentir, y dejar de emocionarse, es como dejar de estar vivo.