concierto en badajoz

algunos días soy activa. tengo muchas ideas en la cabeza y además las hago. hago una cosa, después otra, después otra. me encantan los días de hacer.

cuando tengo muchas ideas o muchas cosas que quiero hacer me gustan las listas. me gusta tachar cosas de una lista y sentir que había algo pendiente que ya está terminado. me gusta cerrar. y me gusta abrir. pero primero cerrar. o no. no lo sé. me gustan los días en los que cuando llega la noche me faltan los dedos para enumerar las cosas que he hecho, los sitios donde he estado, las cosas de la lista tachadas, y parece que ha sido larguísimo, aunque en el momento se hace corto.

algunos días soy contemplativa. no siento en absoluto ninguna necesidad ni ninguna gana de hacer nada. algunos días podría tumbarme en la cama y mirar a través de la pared durante horas. después a través del techo. después a través de la ventana. y nuevamente a través de la pared. en realidad da igual hacia donde dirija la cabeza porque miro a través. esa misma situación también puede darse en un sillón con la tele encendida. o apagada. durante horas. no me refiero a los días de agotamiento. en esos días cuando me tumbo por extenuación física me duermo. me refiero a los de contemplación. al final del día parece que se ha quedado en nada, aunque en el momento se hace larguísimo.

la contemplación me cansa. en pequeñas dosis me pacifica. pero si me paso lo pago. y me canso. me canso mucho. para quitarme ese cansancio necesito una lista para ponerme a tachar. si no hay lista decido abrir una nueva. me gusta abrir. empiezo a escribir cosas que quiero hacer, cada vez se me ocurren más. me asaltan tantas ideas que no sé si seguir enumerándolas o ponerme con ellas. me gusta cerrar.

los tamaños de la dignidad

Creo que en general soy una persona con cierta paciencia y con capacidad para la empatía y la comprensión. Pero hay en mí una especie de frontera. Cuando cruzas esa frontera se terminaron los caminos y carreteras, los edificios y las señales de tráfico. Cuando cruzas esa frontera hay una llanura salvaje, tigres y leones, y gacelas, bisontes y búfalos, y jirafas y un baobab. Y desde luego no existe la paciencia, ni la resignación, ni la tolerancia, ni otras oportunidades, ni manos izquierdas, ni el es que las cosas funcionan así y hay que aguantarse.

Hablo de todas esas situaciones, hechos o actitudes, que de una forma o de otra agreden. Me agreden. Hablo de respeto, incluso de dignidad. No hablo de resignación. No. No hablo de quejas o lamentos. Hablo de cambios. Con la mano que haga falta. Pero hablo de cambiar.

Y no se trata de grandes agresiones. Cómo voy a poder reaccionar ante una gran agresión si no soy capaz de defender y solucionar las pequeñas. Hablo de esas pequeñas, que por pequeñas se las perdona, se las tolera, que por pequeñas no merecen el enfado, no merecen el esfuerzo por el cambio, no se puede. Si no usas las flechas nunca, cómo esperas saber tensar el arco cuando llegue rostro pálido disparando fuego, cómo esperas acertar. Dejarás que lo arrasen todo. Otra vez. Te faltarás al respeto otra vez. Te despojarás de tu dignidad otra vez. No valdrás nada. Todo lo sagrado se habrá perdido. Como esos músicos que vi el otro día, que han dejado el escenario, han dejado las salas, han dejado los lugares donde se valoraba su música, y tocan en centros comerciales, y la gente pasa de largo sin escuchar con sus bolsas colgadas del brazo. Algún curioso toda vez. Y entre canción y canción las ofertas por megafonía. ¡“Disfrute de las mejores rebajas”!. Se han perdido el respeto a sí mismos. A los músicos. A la MÚSICA.

A veces la dignidad no se pierde de un día para otro. No hay un enemigo invencible e identificable. La mayor parte de las veces no hay rostros pálidos, ni disparos de fuego. La dignidad se va perdiendo en lo pequeño. En el día a día. Casi sin darse cuenta. Y cuando te quieres dar cuenta los hombros ya sólo sirven para encogerse, y la boca para suspirar. Y para hablar sobre valles de lágrimas y páramos de hormigón. Y el doctor te cita a las cinco pero, como siempre, te hará esperar una hora porque ni tu tiempo ni tú sois importantes. Y la cabeza está enferma de un alzhéimer que hace olvidar las llanuras. Para qué recordarlas, si ya no son para ti porque no valdrás ya nada.

Es la desgracia de la dignidad perdida. Día a día. Sin luchar contra los enemigos, porque son pequeños e informes, a veces hasta amados, a veces hasta uno mismo. Porque no merece la pena enfadarse. Ni el esfuerzo de cambiar, de otorgarse un valor, de preservar la dignidad.

No, no contéis conmigo, porque mantengo mi frontera. Y si la traspasas, si te reiteras. Si me dices una vez que yo no soy digna del mismo respeto que tú cuando me citas, doctor, si me dices que es así y que sólo me queda esperar, que es el sistema, que mi tiempo no es valioso, que tu palabra tampoco lo es, si piensas que mis hombros sólo sirven para encogerse, y mi boca para suspirar, si lo piensas, te equivocas. Has cruzado la frontera, y ya no soy una mujer menuda, ahora soy enorme, y fuerte, y cabalgo en la gran llanura, y con una flecha te hago llegar el mensaje. A ti, al gerente de la clínica, a la compañía de seguros y a todo responsable. A todos. Un mensaje muy claro.

Y alguien lo recibe. Y me llaman por teléfono. Me piden disculpas, me agradecen el mensaje, amplían agenda, y comienzan los cambios para restaurar el respeto perdido.

una calma previa a la guerra de los mundos

El niño rubio cada vez es menos niño y su propio mundo cada vez más grande y lejano. Y le gusta, tanto, que cada vez permanece más tiempo en él, y se queda menos en el del resto: el planeta azul. No está, y eso que podría llegar a parecerlo, por su cuerpo en el salón, sus zapatos tirados por el suelo y su lata de refresco vacía, y los envoltorios de galletas.

Es sencillo reconocer cuándo el niño rubio ha dejado este mundo para viajar al suyo. No prepara maletas, ni avisa, sólo acude a la silla que hay frente al ordenador, se sienta, se coloca los auriculares, conecta el micrófono, sujeta el ratón y despega. El viaje es corto porque la nave alcanza velocidades cercanas al ultrasonido. En escasas décimas de segundo se encuentra a años luz, aunque su melena rubia continúe en el salón, bajo los auriculares, aunque los zapatos estén tirados por el suelo. Y aunque es posible escucharle hablar solo, y reírse, incluso a carcajadas, ya ha dejado de responder a estímulos. “Pablo, nos vamos a dar una vuelta, ¿te vienes?, Pablo, está la cena, Pablo recoge los zapatos…” son ejemplos de intentos vanos de respuesta: el pequeño rubio no responde porque no está aunque hubiera podido parecer lo contrario, y es que el sentido de la vista es engañoso, y lo que alumbra son sólo unas sombras en alguna caverna.

El pequeño rubio ha ido encontrando, gracias a la revolución tecnológica, cada vez más recursos en el planeta azul que le permiten abandonarlo y viajar al suyo propio. Y así, cuando no le es posible acceder al ordenador para hacerse un viaje astral, ha logrado encontrar sustitutos eficientes en su pequeño teléfono móvil, o en la tableta. De esta manera, tras sospechar que alguna vez ha pasado la noche fuera de casa, he tomado la decisión de requisar todo dispositivo antes de mandarlo a dormir, y evitar así toda excursión interplanetaria en horas de sueño.

En cualquier caso, la supresión de las barreras tecnológicas no es óbice para los viajes astrales. Es por eso que todos los niños que dejan de ser niños tuvieron su oportunidad de viajar, muy al margen del siglo (incluso del año) que les vio nacer. Y así, el pequeño rubio, incluso desposeído de todo chisme con pantalla, ha desarrollado esa habilidad de vuelo que lo mantiene la mayor parte del día lejos de aquí, de este lugar que hasta hace poco le fascinaba y le gustaba compartir, y que ahora le resulta tedioso, decepcionante y previsible, y lo ha abandonado por el suyo, que es mejor y que no puede entender nadie que no sean él y sus amigos, y allí se queda, aunque podamos ver su cuerpo, aunque lo veamos andar, ducharse, vestirse, salir al colegio, volver, comer, y hacer todas esas cosas que podrían hacer pensar que hay alguien, cuando en realidad no lo hay.

El pequeño rubio que parece que está pero no, necesita algunas ayudas externas que le ayuden a poner los pies en el suelo, al menos en lo imprescindible. Y cada día han de sucederse mensajes recordatorios como recuerda coger las llaves de casa, procura no perder el abono transportes, o un no olvides comer cuando vuelvas.
El niño rubio sale de casa por fin. Yo lo miro y doy gracias al hecho de que la respiración sea un acto automático, pues de lo contrario a estas alturas estaría llorando una pérdida irreparable. Sin embargo hay tantos actos necesarios para la vida que no gozan de automatismo, y que han de realizarse de manera consciente, que me pregunto cómo soy capaz de dejarlo salir solo de casa, así, de cuerpo presente, sin pensamiento, que anda por ahí descubriendo espacios apasionantes, y quedarme tan tranquila.

El niño rubio que está dejando de ser niño ha emprendido un viaje sin retorno hacia la guerra de los mundos. Miro su no estar todavía amable. Y sus zapatos tirados en el salón. Lo llamo. Tengo cientos de excusas para exigir que vuelva. Los zapatos, los envoltorios, los estudios, la ducha, la comida… cientos. Lo llamo y pone fin a mis excusas sin volver. Definitivamente no está. Y eso que podría llegar a parecerlo, por su cuerpo en el salón, sus zapatos tirados por el suelo, su lata de refresco vacía, y los envoltorios de galletas. Queda su mirada perdida, el historial de exploración, mi echarle de menos. Me preparo para acompañar la crisálida.

extracto de estudio acerca del desconcertante universo femenino.

Lo que bien podría haber parecido una amistad entre colegas no era otra cosa que un interés común por avanzar en la investigación acerca de la naturaleza femenina. El legislador y el cuestionador gozaban de la complementariedad necesaria para para poder desarrollar con éxito esa misión de marcado carácter científico que ya habían emprendido, aún sin saberlo, desde el mismo día que nacieron. El destino fue el responsable de que un día sus caminos se cruzaran en el mismo departamento de una empresa de consultoría informática que prestaba servicios a grandes bancos como el Banco Rojo y el Banco Azul. Allí, juntos, comenzaron a elaborar teorías, compatibilizando el estudio de la mujer con la consultoría. Y ellos que, ingenuos, habían pensado que esa era su profesión, única y exclusivamente por el hecho de ser retribuidos, descubrieron juntos su vocación científica por el estudio del desconcertante universo femenino en laboratorios con gin tónics.

La última vez que quedaron para hacer ciencia fue el pasado lunes, después del reciente despido del legislador, cuyo motivo según él mismo explicó, se hallaba en su esmerado cuidado del cliente –en su caso el Banco Azul-, su pro actividad, su dedicación y su profesionalidad. Si se hubiera dedicado en mayor medida a sus estudios científicos en detrimento de su trabajo remunerado, aún continuaría con financiación a fin de mes. Ese día, y aunque ya había comenzado Septiembre, y a pesar de tratarse de la gran ciudad, la soledad y el desierto de las calles en pleno centro histórico, recordaban a los de un pueblo castellano un domingo de agosto a la hora de la siesta, o uno americano del lejano oeste, polvoriento. Sólo faltarían los remolinos de paja invadiendo las calles.

Quizás por eso, y a pesar de que la calle del Nuncio es bonita, a pesar del moderno sistema de vapor de agua instalado en esa terraza-laboratorio, a pesar del turismo, a pesar de que ya había comenzado el horario comercial, sólo estaban ellos. Y quizás porque sólo estaban ellos, y porque el resto de la ciudad pareciera haber sido abandonada, dejaron de lado las normas básicas de buen gusto y discreción a la hora de poner en común sus avances, y lo hicieron como si sólo estuvieran ellos.

– Ninguna mujer, ninguna, se hace cincuenta kilómetros en coche para tomarse un café con un tío si no es porque le quiere comer el rabo –sentenció el legislador como resultado de sus muestreos.
– ¿Tú crees? –espetó el cuestionador.
– Seguro
– Pues yo me he hecho unos cuantos kilómetros en coche para tomarme un café contigo y no te quiero comer el rabo.
– Yo a ti tampoco te quiero comer el rabo. Pero es que tú eres un tío, y yo también. Tú hazme caso, eso es así, tú ni preguntes. Si ella está dispuesta a tomar café contigo y recorrer para ello cincuenta kilómetros es que te lo quiere comer. Además, con las mujeres es imposible hablar.
– Ya. Las relaciones son muy complicadas.
– Complicadísimas. Y ya cuando tienes suegra mucho más. Las mujeres te enredan y te ves en situaciones inexplicables en las que pierdes siempre. Así que tú, de momento, disfruta. Mira, por ejemplo, las mujeres suegras, la mía. El otro día voy a comer a su casa. ¿Cómo está la tortilla, hijo? Muy buena, gracias. ¿No crees que admite un poco más de sal? Bueno, es posible que un poco más de sal admita, sí. Ay!, otra vez, si es que siempre me hace un feo, siempre poniéndole pegas a todo lo que hago en lugar de agradecérmelo, hija, podías decirle algo a tu marido…. Y yo mira que he intentado hacerle ver a mi mujer lo absurdo de la situación, pero es que a ella le parece normal. Está acostumbrada. ¿Ves?
En ese momento suena el móvil del legislador. Sí, cariño. No, vuelvo en seguida, no, sí, sí, sí, te quiero.
– ¿Ves? Llamada de control. Que dónde estoy, que si voy a volver pronto, que a qué hora… Las mujeres son controladoras. Ya te lo digo yo, aprovecha ahora….

Exhausto después de enunciar la tercera ley sobre el género femenino, y para celebrar lo fructífera que estaba resultando la tarde, el legislador llamó a la camarera y le pidió otros dos gin tónics. El resto del tiempo del que disponían se lo concedieron de recreo, y lo agotaron conversando acerca del bosón de higgs.

De domesticar la memoria selectiva.

Tengo una obstinada resistencia a la pérdida por olvido de aquello que considero bello, casi tanta como de perder lo que no.

No me doy cuenta de mis pérdidas o de mis carencias, no me molestan al preparar café, ni al cruzar las piernas cuando me siento, mientras uso el teclado, o en la ducha. De ninguna manera molestan, es, de hecho, esa ausencia de dolor precisamente la que distingue a las pérdidas por olvido de otro tipo de pérdidas, y ahí radica su perversión. Obstinadamente me resisto a olvidar.

A veces ocurre que descubro cosas bellas. Me pasó, por ejemplo, el otro día al escuchar a Forges pronunciando la palabra “provecto”. Dios, qué belleza encontré en el adjetivo, y cuánta más en boca de ese hombre, en el que el término resulta armonioso, y no por su edad, sino por su empleo del lenguaje, tan bello y preciso, tan al servicio de la lucidez y la inteligencia, tan dotado de significado. Tanto, que a mi juicio ofrecía un claro reflejo de su propia belleza, la de Forges, y aunque era la primera vez que lo veía y escuchaba al margen de sus viñetas, me cautivó de inmediato y de forma irremediable. Y  de inmediato te lo dije, aunque ya te habías dado cuenta.

Provecto.

Me resisto a olvidar aquello que no quiero olvidar, así que trato de evitarlo para no dejar ese aspecto tan relevante en manos de mi memoria selectiva, pues a saber cuáles son sus criterios. Para ello voy probando técnicas, todas ellas rudimentarias: igual que los enfermos diagnosticados de olvido anotan los nombres de las cosas mientras aún los recuerdan, yo escribo las palabras bellas descubiertas o redescubiertas en una libreta. Así puedo leer palabras como inefable, contumaz, impertinente, dédalo, entelequia o provecto. Sé que no basta con eso, así que trato de pronunciarlas e incorporarlas en mi habla habitual, y sé que si lo logro, sólo si lo logro, le habré ganado la batalla a la pérdida por olvido.

Para salvaguardar imágenes utilizo las fotografías, que además de imágenes bonitas también ayudan a evocar recuerdos de la propia vida. Y así el otro día te dije que de mis dos visitas a Barcelona, recordaba de la primera que estuve en el parque Guell, porque es del único lugar que tengo fotos, y eso que hace casi veinte años. Se trata de un recuerdo selectivo. El mero hecho de que me tomara la molestia de realizar una fotografía significa que lo seleccioné, al igual que con las palabras anoté entelequia pero no ampuloso. Recuerdo alguna otra cosa, no demasiadas, pero esos recuerdos son azarosos, no sé por qué quedaron esos y no otros, misterios de mi memoria selectiva. El olvido arrasó lo demás.

La memoria conserva el hilo argumental, eso no lo niego. Es selectiva sólo con los detalles, con pequeños momentos. Mi padre dice que la vida está hecha de momentos. Pero se producen al hilo de un argumento principal. No voy a olvidar, por ejemplo, que tengo dos hijos, cómo eran al nacer, si dormían bien o no, si eran sanos, su carácter…  no voy a olvidar el hilo argumental de mi propia historia. Pero sí que se me olvidan muchos momentos con ellos, detalles. No tenemos disco duro para conservarlo todo. Y según pasan los años se va uno quedando con una idea más general, y los detalles que han quedado se van haciendo borrosos.

Y algunos detalles son importantes, porque son preciosos. Y como no los podemos conservar todos, como refuerzo a mi propio hilo argumental del que en gran parte soy responsable, me gustaría estar hecha de los detalles preciosos.  Y no me parece justo el no poder ejercer ningún control, ni responsable que, pudiendo ejercerlo no lo ejerciera,  sobre lo que ha de perdurar y lo que voy a perder, ni esa sensación de vulnerabilidad ante la propia memoria, el no saber ni cómo ni el cuándo ni el por qué aparecerá un recuerdo remoto, que llegará por sorpresa sin que nadie lo haya avisado, que dejará en ocasiones un buen sabor de boca, otras no. Mientras que quizás otros, muy preciosos, deciden perderse para siempre y no volver.

Porque igual que cuando oigo o leo palabras que no quiero que se me olviden porque me gustan, tengo la técnica de anotarlas en un papel, y muchas veces funciona, cuando tengo la lucidez de estar viviendo un momento precioso me sorprendo aferrándome a él mientras pienso que no lo quiero olvidar, no lo quiero olvidar, y pienso también en la manera de que no se desvanezca nada, de que pase a formar parte de la colección de recuerdos que soy -entre otras cosas-.

Empleo para ello diferentes técnicas, pero en el fondo todas  se basan en una asociación entre el momento y alguna otra cosa a la que se pueda regresar de forma voluntaria, de manera que acudiendo a esa cosa pueda evocar fácilmente esa vivencia. Entre las cosas evocadoras me han resultado útiles las fotografías, la música -¡la música!-, las palabras, o algunos objetos como chapas, papeles o dibujos. Estoy dispuesta a admitir sugerencias.

Eso sí, es conveniente advertir que, si bien la pérdida por olvido no molesta en absoluto, en el hecho del recuerdo subyace el riesgo de la nostalgia: la consciencia de que los momentos son únicos e irrepetibles, y esos momentos tan preciosos ya no van a volver. Y ese sentimiento de pérdida, a veces justificado, y otras no -porque eso que originó el recuerdo de la vivencia pasada aún permanece y origina otras diferentes pero también preciosas-, sí que duele.

Y eso me hace pensar que, además de domesticar la memoria, tengo que estar atenta para domesticar la práctica de acudir a mis tótems evocadores. Y también que es un tanto paradójica esa resistencia mía a ser domesticada y al mismo tiempo esta férrea voluntad de autoamaestramiento…..