Mini job

Ayer, mirando la prensa buscando reinvenciones, me llamó la atención un nombre que no había leído hasta ahora: los minijobs. Qué nombre tan chulo y tan bien traído, se define un poco solo, y más en este contexto de pocojob que hay ahora. El nombre es cool. Vamos, que yo lo leo, y así por lo que dice no lo querría para mí, pero suena tan mono que dan ganas como de adoptarlo -para otros-.

Eso mismo les ha debido pasar tanto al BCE como a los chicos de la CEOE, aunque ellos digan que les guste para fomentar el empleo. En Alemania llevan ya años con este tipo de contrato, y piensan que es el momento de adoptar esa modalidad aquí, cosa que le daría un punto esnob a la lista de las actuales -entre “contrato temporal”, en “prácticas”, de “obra y servicio”, “becario”-etc…-, y minijob, no hay color.

Si así por el nombre ya puedo intuir que no lo querría para mí, el conocer sus características me reafirma en este punto: se trata de un contrato de trabajo para jornadas de un máximo de 15 horas semanales y un máximo de 400 euros. El empresario paga el 2% a Hacienda y el 28% a la Seguridad Social. El trabajador puede, voluntariamente, añadir el 4,5% de sus ingresos como complemento de cotización a la Seguridad Social para ampliar las coberturas de jubilación y de IT (eso le dejaría una retribución máxima mensual de 382 euros). El trabajador tiene derecho, igualmente, a vacaciones remuneradas y, éste puede compatibilizar dos o más mini-empleos de manera simultánea. Está pensado para empleos no cualificados. Y en Alemania, estudiando el perfil de sus 6 millones de usuarios, lo escogen sobre todo estudiantes para poder compatibilizar el trabajo con el estudio.

Leyendo esto, además, me reafirmo en que debe haber algún otro motivo que no sea el de incrementar el empleo. Porque yo no termino de ver cómo podrían estos contratos mejorar la situación de pocojob actual.

Si la situación más preocupante de desempleo es, por un lado, para parados de larga duración, de mediana edad, cualificados o no, y por otro, para jóvenes cualificados –y mucho- que intentan acceder al mercado laboral, el crear una modalidad nueva pensada principalmente para jóvenes que quieren compatibilizar trabajo y estudios, cuando además ya existe la fórmula del becario, ¿de verdad va a solucionar el problema del paro?

¿Por qué no contratan o despiden las empresas? Yo pensaba que era principalmente porque había caído la demanda: no se vende, luego se necesita producir menos, luego se necesitan menos empleados. El problema no es tanto que contratar sea caro como el descenso de actividad.

Teniendo en cuenta que hablamos de España y no de Alemania, ¿por qué podría resultarle a la patronal tan atractiva esta modalidad de contrato? Sí, ya, porque los minijobs son muy monos. Pero si me pongo un poco malpensada puede que forzando un poco el público objetivo para el que fue diseñado, quizás, las empresas podrían compensar la caída de demanda -con la consecuente caída de beneficios- reduciendo costes. Despedir de entrada sale caro –no me extraña que también se quejen- pero bueno, echando números, si consiguen sacar un ERE adelante, deshacerse de más plantilla de la que necesitan para adecuar la dimensión de la empresa a las nuevas circunstancias –las de vender poco- y sustituyen ese exceso en la medida de lo posible por mini contratos a precios de saldo, pues los números igual se arreglan. Pero oye, que tampoco hay que ser tan estrictos, que si en lugar de un estudiante acepta el miniempleo un joven licenciado, con máster, y tres idiomas, pues tampoco se le va a decir que no, que alguien tendrá que dar a los chavales la oportunidad de su primer trabajo -sí, esos a los que antes se contrataba en prácticas-. ¿O que dice que sí una persona que lleva tanto tiempo en el paro que ya se le han terminado tanto la prestación por desempleo como los subsidios, pero siguen vigentes sus cargas familiares? Pues nada, no se les va a hacer el feo, que con tan de echar una mano a quien lo necesita… Lo que ocurre es que 15 horas dan para poco, es decir, que ya que se les contrata, y teniendo en cuenta que hay que ser conscientes de que estamos en un momento en el que hay que darlo todo y arrimar el hombro, pues igual no sería una locura pedirles que alargaran un poquito su jornada. Un minijob son 120 euros al mes; levantar la economía nacional no tiene precio.

Los chicos de la CEOE tienen muy claras las reinvenciones necesarias para salir de la crisis: no aumentar la presión fiscal en las empresas, apostar por la sanidad y la educación privadas, reducir el número de funcionarios, abaratar los despidos, y abaratar las contrataciones. Pero entonces, si más funcionarios y no funcionarios se van a la calle con menor indemnización, y los que trabajan ganan menos, hasta llegar incluso a fórmulas como el minijob, me pregunto si los empresarios de la CEOE piensan remontar sus cifras de ventas comprándose entre ellos sus productos, porque con esos poderes adquisitivos que va a tener el ciudadano medio gracias a sus medidas anticrisis, no veo otra solución.

Yo, por mi parte, les felicito por el nombre minijob. Como estrategia de marketing es buena. Pero si hablamos de soluciones que solucionen y no de nombres que inspiren ternura, yo le daría alguna que otra vuelta al asunto. Estoy segura de que se les puede ocurrir algo mejor.

El equilibrio es imposible

Me he puesto a pensar acerca del equilibrio, y me he dado cuenta de que es una de las abstracciones más subjetivas que encuentro. Estoy pensando en el equilibrio como estado anímico y de las acepciones que da la RAE, “contrapeso, contrarresto, armonía entre cosas diversas”.
Puede parecer que cuando uno dice o siente que está en equilibrio transmite o connota una situación de calma, incluso de cierto estatismo. Pero sin embargo, ahora que lo pienso, me da la impresión de que el equilibrio implica un trabajo continuo, pues supone el encontrar permanentemente un contrapunto entre fuerzas opuestas. Digo muchas veces que estamos llenos de contradicciones, somos contradicción, o puede que contradicción no sea la palabra, puede que seamos más bien una suma de opuestos: corazón y cabeza, serenidad y exaltación, paz y rebeldía, actividad y descanso, felicidad y tristeza, peso y levedad, orden y caos, luz y tinieblas, el yin y el yang. Todo eso forma parte de nosotros en proporciones muy distintas. No somos una cosa o la contraria, somos el resultado de la tensión que existe entre ambas. Y la tensión es diferente no sólo en cada persona, sino también en cada momento, y la estabilidad de hoy se romperá por un nuevo desequilibrio que provocará el aumento o disminución de alguna de nuestras fuerzas ante cualquier estímulo o cambio de circunstancias, o ante nosotros mismos.
Y nos obligará a removerlo todo de nuevo para llegar a un nuevo equilibrio. Tan inestable, o tan dinámico como el primero. En permanente tensión. En permanente búsqueda. En permanente reajuste.

http://lalineadeeuler.wordpress.com/

Wakan

Mis centros de interés me han llevado a leer acerca de tribus de indios norteamericanos, y me he dado de bruces con su filosofía. A veces  mis centros de interés me parecen caprichosos, y desconfío un poco de ellos, pero les he hecho caso una vez más, y sus extraños caminos me han terminado llevando a lugares hermosos. Debería dejar de desconfiar.

Volviendo a los indios, he conocido a  Alce Negro, un chamán sioux que terminó convirtiéndose al catolicismo, pero continuó siendo chamán de la tribu y conservando sus tradiciones. Escribió un libro acerca de su historia personal unida a la historia de su tribu «Los últimos sioux», y también otro libro con los ritos sioux «La pipa sagrada», que se habían mantenido hasta entonces en secreto.

Comparto una cita, la que habla  de lo sagrado:

“Es wakan (sagrado) aquello que es conforme a su propia esencia. Por eso la cobardía –abandono del propio ser- es el único pecado. Por esto una montaña, un animal, un árbol son sagrados, y hay tan pocos humanos wakan”

Leer esto, escapando de una forma de vida en la que todo está banalizado, me ha parecido maravilloso, como la sensación de llegar.

Cerrado

Hoy he estado en la calle Alcalá, haciendo un curso. A la hora de comer he visto esa sala de exposiciones donde estuve hace más o menos un año. Estaba La realidad abstracta, de Juan Manuel Ballester, así que decidí comer algo deprisa, y aprovechar para verla. Dudé entre una franquicia nueva y Starbucks, pero me pudo la nostalgia. Me senté frente a la ventana, a mirar a quienes pasaban por la calle, que a su vez miraban a quienes comíamos, o sea, a mí, separadas las miradas por un cristal, que me pareció como de pecera, o de acuario, solo que para mí ellos eran los peces, y viceversa. Me fastidió que me interrumpiera otra asistente al curso, que me abordó con un “¡hemos elegido el mismo sitio para comer!” Pidió el mismo sándwich que yo, pero cuando vino a sentarse a mi lado casi había terminado. Estuve dudando si abandonar la exposición para acompañarla por compromiso o terminar de comer y largarme. Decidí darle una oportunidad, porque a veces los desconocidos te sorprenden, y lo que temía una aburrida conversación trivial quizá podría resultar un descubrimiento personal mucho más intenso que cualquier fotografía. Es cierto que la oportunidad que le di fue corta, pero creo que lo suficiente como para saber que no habría sorpresas, de modo que tras un breve intercambio en el que me dijo que venía de Valencia, algo de trabajo, y algún que otro silencio, le dije que me disculpara pero que iba a aprovechar para ver una exposición.

Cuando entré vi un cartel “Exposición cerrada”. Aunque no tengo problemas de comprensión lectora, decidí asegurarme confirmando este punto con el vigilante, por compartir mi frustración, supongo. Me dijo que efectivamente había entendido bien, que los lunes cerraban. Vaya por dios. “Pero mañana abrimos”, ya, pero yo el curso lo tengo hoy, han elegido muy mal día.

Decidí cruzar al Círculo de Bellas Artes. Pero también cerraban las exposiciones los lunes, así que me tomé un café en una mesa junto a la ventana, y tomé también algunas notas, pensando en los Stooges.

Al salir fui a ver a mi amiga Raquel, que suele tener siempre algún contratiempo y me tiene acostumbrada a esperarla. Me di un paseo, pero los puestos del mercado también estaban cerrados. Los lunes no hay exposiciones ni pescado. Después de un paseo bajo la lluvia, y de una caña en un bar sórdido, decidí ir a su portal. Dudé entre esperar o fumar, apelando a la ley de Murphy, y decidí esperar. Pero cuando me cansé de esperar me replanteé la ley y me lié un cigarrillo que no pude llegar a encender. Y es que no falla esa ley. Pero a Raquel merece la pena esperarla.

Una vez en casa me he sentido rara. Creo que la sensación de “Cerrado por lunes” me ha acompañado hasta aquí.

Qué tonta, si es que es lunes.

Entre rejas

Para llegar a los locales de ensayo sin coche tendía que ir hasta el metro de Aluche y recorrer a pie un buen trecho de la Avenida de los Poblados. Tenía estudiado el recorrido y al salir del subterráneo me dispuse a ver con qué me sorprendía el trayecto.   Cuatro carriles para coches, aceras anchas, y nadie andando por la calle.

El primero edificio que vi estaba protegido por una valla de madera, con cámaras de vigilancia, las paredes eran amarillas, había rejas en las ventanas, y también fuera de las ventanas. Rejas de rejas, como unos paneles. Al ser de noche  las habitaciones estaban encendidas, y se podía ver a contraluz algo de lo que había dentro. Y lo que vi me conmovió. Coladas.  En todas las habitaciones había cuerdas dentro de las rejas, con ropa tendida.  Ver eso me puso triste. El acceso al edificio estaba prohibido salvo para vehículos autorizados, y frente a mi entraron varios coches de policía con sirenas. ¿Sería la cárcel de Carabanchel? ¿Pero no estaba cerrada? ¿Pisos de protección oficial tal vez?

Seguí caminando. Otra verja, esta vez metálica, con alambres de espino, protegiendo un descampado, y colgados en las rejas un montón de carteles de personas que decían no olvidar a quienes perdieron su libertad para defender nuestros derechos. Eso decían unos carteles. Otros pedían el Hospital de Carabanchel. En otros se reivindicaba un monumento conmemorativo por los presos políticos víctimas del franquismo.   Seguí poniéndome triste.

En la acera de enfrente leí un cartel de otro edificio, Sanatorio psiquiátrico Esquerdo. EL edificio no se veía desde fuera, sólo el cartel, un muro, y árboles. Me pregunté si detrás habría ventanas con rejas, y personas detrás, con sus bragas, calzoncillos y calcetines, y una camiseta, quizás la de la suerte, tendidos tras las rejas, como lo que antes había visto. Y también si no estaría caminando por un parque temático de lo más siniestro.

Estuve pensando en lo terrible de la pérdida de la libertad. Que sea necesario aislar a personas tras barrotes porque supongan un peligro para los demás me pareció una realidad terrible.  Pero más terrible el hecho de que se haga algo así sin que exista ese peligro real y demostrable para las demás personas.

Deseé llegar, porque hay caminos donde las tristezas se acumulan, una detrás de otra, sin dar tregua, y justo antes de llegar a Parque de María Eugenia de Montijo vi el último edificio, un gran polideportivo. También estaba encendido y desde fuera se veían las bicis estáticas, las máquinas de spinning, y demás.

Cuando entré en los locales de ensayo, leí con intensidad el cartel que te recibe bajando las escaleras y reza «Buscando la paz». Y después de tocar durante una hora comprobé con asombro de siempre, el efecto balsámico de la música.

Ahora acabo de buscar qué era el edificio ese de rejas que vi el otro día -no, no me lo he quitado de la cabeza-.  Es un Centro de Internamiento de Inmigrantes, en el antiguo complejo hospitalario de la cárcel de Carabanchel. Allí están presas personas que no suponen un peligro real para nadie, que no han delinquido, pero que no han nacido en este país y no tienen autorización legal para estar. Y todavía pensaremos que unas leyes escritas en un papel nos legitiman para una aberración semejante.  Como hace unos años otras leyes amparaban a quienes quitaban la libertad por diferencias ideológicas.  ¿Quién es un peligro para quien? Estamos en los tiempos en los que Ulises es de color negro, su Odisea es diaria a través de un continente llamado África, atravesando guerras, océanos, desiertos, y mil peligros, pero nadie la escribe, y tras llegar el héroe Ulises a Ítaca, es cacheado en plena calle, detenido y puesto entre rejas hasta su deportación.

No, no me lo puedo quitar de la cabeza.

Cómo podemos ser tan cretinos, y creernos tan cargados de razón.