Las señales

El otro día quedé con mi amiga Ariadna, y nos sentamos en una terracita. Pedimos un par de cervezas y nos pusimos a hablar. Hasta ahí todo normal en una tórrida tarde de agosto. Pero entonces llegó el viento, y con él una lluvia de flores blancas. Flores en el pelo, en la mesa, dentro de nuestras cervezas. Nos mirábamos incrédulas. Demasiado romanticismo para ir con una amiga. Tratamos de olvidarnos de las flores que adornaban la escena y seguir con la conversación. Pero entonces llegó el acordeonista con el acordeón, y la música parisina, y las flores cayendo y…  «menos mal que no hemos venido con un maromo, porque si no seguro que lo habríamos interpretado como una señal». Eso dijo Ariadna.

Las señales… me quedé pensando en esa afición nuestra de buscar señales externas para sustentar nuestras decisiones. ¿Será este el hombre/mujer de mi vida? ¡Claro! Es imposible que no lo sea, si ha caído una lluvia de flores mientras hablábamos, si a ambos nos gusta el café con dos azucarillos, si el color favorito de ambos es el azul, si ha salido el sol justo el día que hemos quedado para pasear… Y no se nos ocurre plantearnos que las señales no son señales, son casualidades, pero que nosotros estamos dispuestos a convertirlas en señales con tal de que el mundo nos diga lo que nosotros queremos oír, y es que la persona que tenemos delante es quien nosotros queremos que sea para nosotros.

Me pregunté por qué  si nosotros en el fondo ya estamos emitiendo señales desde dentro  necesitamos no obstante buscarlas fuera convirtiendo casualidades.  Pues supongo que porque tomar decisiones es difícil, porque necesitamos certezas, y porque tenemos miedo. Miedo a equivocarnos y miedo a arriesgar. Y a lo mejor es más sencillo justificar una elección así: «No, oye, que yo me pasaba el día entero pensando en el maromo/a en cuestión, pero la lluvia de flores fue determinante». Y ya lo imagino, en el caso de salir mal, unos meses más tarde. «Putas flores». Porque oye, cuando nos ponemos a lanzar balones fuera, también solemos ser únicos. Y pudiendo culpar al acordeonista, al viento de agosto, a los azucarillos del café, o a la canción del verano, para qué nos vamos a plantear otra cosa. Aunque ahora que lo pienso  siempre hay otro gran candidato a ser el /la culpable: el maromo/a en cuestión. Porque siempre necesitamos culpables, ¿por qué? Bueno,  esa es otra historia.

El caso es que, así de sopetón, no le largué a mi amiga toda esta bola, que bastantes ladrillos me estaba aguantando ya esa noche, y me limité a un simple «quizá haríamos mejor haciendo caso a las señales que vienen del interior». Pero éste a fin de cuentas es mi espacio, que se llama reflexiones -lo que ya da un serio indicio de que lo que se va a encontrar uno son ladrillos-, y quien se aburra puede tranquilamente dejar de leer (que siempre resulta menos violento que levantarse de una terraza e irse, ventajas del anonimato).

Ni qué decir tiene que nosotras esa noche obviamos las señales externas. Y no sólo no  nos juramos amor eterno,  sino tratamos de sacudirnos el romanticismo que nos brindaba la noche repeliendo la lluvia que dejaba residuo en los vasos, nos lastimaba los ojos, y ensuciaba los platos.  Putas flores.

Orden

He empezado con un cajón, con otro y con otro, hasta que el salón entero estaba lleno de montañas de papeles. Las de lo que vale, las de lo que no vale, bolsas de basura donde poder tirar la mierda  en una mañana de fiebre de orden.

Supongo que tras esa fiebre no hay más que una tremenda ingenuidad.

Ahora que ya no hay caos en el salón me siento más segura.

Lo malo va a ser salir.

Magia e Ilusionismo

Mark Wilson, en su libro «Curso de magia», narra, entre otras cosas, qué ha hecho la magia por él. Cuenta que en la escuela era un chico tímido, poco corpulento, no muy bueno en los deportes…. sentía que era una persona intrínsecamente poco talentosa, que nadie le odiaba pero que no parecía gustarle tampoco a nadie, y que apenas tenía vida social. Entonces vio una actuación de magia y quedó fascinado. Consiguió libros y se puso a aprender trucos sencillos que puso en práctica para sus compañeros de clase. De pronto todos comenzaron a juntarse a su alrededor… su magia les gustaba. Continuó aprendiendo nuevos trucos, y en la universidad le invitaban constantemente a fiestas y siempre estaba rodeado de gente entusiasmada con sus actuaciones. De modo que llegó un momento en el que se dijo que todos le querían porque era un tipo fabuloso, y que ya no necesitaba la magia.

Pero no fue así. Mark cuenta que tan pronto como dejó de actuar para sus amigos, volvió paulatinamente a, de nuevo, quedarse solo. Y cuenta también que aprendió la lección, y que nunca más apartó la magia de su vida, y que ésta siempre le ayudó a ser exitoso, incluso en el momento en el que escribe el libro, en que declara ser un abuelo feliz, el favorito de sus nietos gracias a sus trucos.

A mí esto me ha hecho pensar varias cosas. La primera de ellas es si de verdad ser intrínsecamente talentoso es garantía de ser querido. Bueno, sí, sí que lo es. Pero de la misma forma en que lo es la magia.  Con truco. Si la gente que está a mi alrededor me quiere porque soy un gran jugador de fútbol, porque hago unos dibujos excelentes, porque tengo una inteligencia deslumbrante, porque soy un virtuoso de la guitarra, porque soy un gran profesional en lo mío,  en el momento en el que deje de hacer aquello por lo que me quieren, dejarán de quererme. Porque no me quieren esencialmente a mí, sino a mis habilidades. Y me hizo pensar en la trampa que supone el buscar desesperadamente el cariño, la admiración, el respeto, y, más íntimamente, satisfacer la necesidad de afecto o amor de esa forma. Porque me da la impresión de que está muy alejada de tener que ver con la felicidad.

También me ha hecho pensar en la magia en sí. La magia de la que habla Mark es aquella con la que se nos muestran sucesos maravillosos.  Para ello utilizan conocimientos acerca del funcionamiento de la mente humana que posibilitan con ciertos trucos o trampas, el crearnos una ilusión. Porque en realidad no ha sucedido nada maravilloso. En realidad nadie ha levitado, en realidad no cortaron en dos a la mujer, en realidad no cortaron la cuerda, en realidad no convierten papelitos en billetes de curso legal, en realidad no son capaces de hacer desaparecer nada, o de hacerlo aparecer. Esa magia no existe. Es sólo una ilusión. Y me parece que apoderarse del término magia es prostituirlo. Llamadlo ilusión, no lo llaméis magia.  Porque yo sí creo en la magia, pero en la de verdad, en la que existe. Aunque a quienes la practiquen no se les llame magos, y sean personas con apariencia normal. Que no llevan chistera, ni salen por la tele, ni se suben en escenarios, ni se sirven de ella para buscar reconocimiento. Que es sutil. Pero es. Y yo lo sé, porque la veo constantemente a mi alrededor.

Creo en la magia de una sonrisa que tiene el poder hacer luz, de miradas que leen el pensamiento, de la amistad que transforma una oficina en sala de estar, de abrazos que hacen desaparecer la tristeza, de generosidad que hace aparecer la esperanza, de personas que dejan tras de sí un mundo más humano, más fácil, mejor. Y quizá practicar esta magia sí esté más cerca de la felicidad. Y del amor. Porque no hay trucos en ella. No es interesada. No es un medio. Es un fin.

La paradoja

Es curioso lo sumamente felices que nos hace sentirnos únicos en el mundo. ¿Y quién no ha hecho alguna vez una reflexión, o generado una opinión, o tenido un pensamiento realmente original y no se haya sentido feliz por lo que eso implicaba, el ser diferente y único entre todos los demás seres?

Entonces ocurre algo insólito, y es que un día, compartiendo esa idea, ese punto de vista, esa opinión, aparece una persona que piensa exactamente lo mismo. Y, a pesar de que pudiera parecer irracional-o a pesar de que lo sea-   ese momento es  un éxtasis, y el cuerpo se sacude con otra felicidad diferente,  la de sentirse en comunión con alguien, formando parte de algo. La de no estar solos, no ser solos.

Y a veces me paro a pensar en lo contradictorio que resulta que precisamente esa conexión que nos roba la sensación de ser únicos en el mundo no nos arrebata la felicidad primera, sino que la multiplica.

Y pienso en lo difícil que resulta el equilibrio con esta naturaleza nuestra tan compleja, que nos empuja a vivir armonizando permanentemente necesidades tan opuestas como lo son el YO y el NOSOTROS.