El armario de los disfraces

Sentarme frente al armario y preguntarme a mí misma qué te vas a poner hoy, es algo así como preguntarme quién quieres ser hoy. Quién de entre todos tus “yo”.

La ropa es un elemento fundamental para caracterizar al personaje. Cuando entra algo nuevo en el armario sé cómo me sentaba frente al espejo del probador. Pero lo que es una incógnita absoluta  es cómo va a influirme.

Por ejemplo, algo que en un momento dado me ha gustado, de pronto puede hacer que a lo largo del día me sienta pequeña e insignificante. Y no, no era el día, porque si me hubiera levantado con mi yo pequeño e insignificante, me habría puesto la combinación de cómete el mundo. Porque la pregunta frente al armario no es ¿quién eres hoy?,  sino quién quieres ser. Nótese la diferencia.

De todos modos le doy a la prenda tres oportunidades. Si las tres veces me hace sentir así, descarto la casualidad y me deshago de ella. No tengo ningún interés en conservar ese disfraz. Ya fui ese personaje, que nadie debería interpretar nunca, por tiempo suficiente. En eso uno ha de tener cuidado, pues de lo contrario corre el riesgo de encasillarse.

Generalmente en el disfraz en que me siento más cómoda es en ese que me da un look un poco duro, quizás algo rocanrolero, y con un puntito macarra, que para que en su conjunto quede perfecto no se puede perder un aire de femme fatale. Porque con él, me puedo permitir el lujo de sentarme con las piernas abiertas, con una rodilla mirando al norte y otra al sur, hablar diciendo tacos, fumar, y no resultar, ni por asomo, ordinaria. Requisitos imprescindibles: botas altas, con tacón, pantalón vaquero -estrecho a ser posible-, gafas de sol, y chupa. Eso es el nunca falla. Y con él soy intocable, con él soy invencible, con él nada hace daño, y si duele, no se nota. Con él marco distancia, con él no necesito a nadie y soy dueña de mí misma, y todo aquel que se cruza conmigo, sólo con verme, lo sabe.

Lamentablemente no es el disfraz que pueda usar a diario. Eso en cierto modo está bien, por lo de no encasillarse, y obligarme dar rienda suelta a otros yo que también son yo, y encontrándolos en otra ropa. Aunque el invierno me echa un cable, y puedo al menos, conservar algo, al menos, las botas.

Pero se termina el tiempo de las corazas. Botas fuera, vaqueros fuera, chupa fuera. Las gafas, al menos las gafas. Y llega el vértigo. Esos vestidos tan monos, y las falditas, que sientan tan bien, y te miras en el espejo y te ves tan guapa, tan señorita, y tan… tan desnuda. Y todo el mundo te mira así. Desnuda, y frágil. Y entonces me digo, venga, pues si es sin escudo sin escudo. ¿Qué quieres? ¿Comerte el mundo? Pues haz que sea así. Pero es trabajoso, me tengo que convencer. Y camino por la calle con paso firme. Y de pronto alguien mira. Claro, estás desnuda. Bajas la mirada. Y lo ve todo. Tu desnudez, tu fragilidad, tus deseos, tus ilusiones. Le estás dando el control. Levanta la cabeza, no bajes la mirada, fuera timidez, espalda recta, arriba los ojos. Y escuchas ¡guapa! Pero no, no huyas, no vuelvas a avergonzarte, sosténla, sostén esa dichosa mirada, así, desafiante. Sí, lo tienes. Vamos, poco a poco, recupérate, recupérate a ti misma. Vamos. No dudes. Dilo. Sí, eso que estás pensando. Que sólo el haberlo pensado ya es bueno. Pero en alto es mejor. Vamos. Y cuando ya sabes que lo vas a decir se te nota, porque aparece esa media sonrisa perversa que siempre lleva algo detrás. No te la ves, pero la sientes. ¡Dilo! Dilo mientras le miras.

Lo sé.

Ahora ya no eres tú quien hace la fuerza para sostener la mirada. Venga, termina de sonreír del todo, que te han dicho algo bonito. Y ya puedes seguir tu camino, con paso firme, espalda recta. A comerte el mundo. O a regalar el tuyo. Pero a quien tú quieras.

Hoy tengo ropa nueva en el armario. Ayer la compré y estaba contenta. Pero eso no significa nada. Queda mucho por delante. Como saber quién soy con ella. Como domarla para que me haga ser quien quiero ser.

Relato: Sin que nadie se de cuenta

Acudió a la cita como cerdo al matadero. Podría haber intentado caer en la ingenuidad de tratar de camuflar la inseguridad bajo maquillaje, escote y tacones. Pero ya era mayor como para no darse cuenta de lo inútil de la estrategia. De modo que se puso maquillaje, escote y tacones, pero como uniforme de guerra.

Salió de casa. En el portal la esperaba Roberto. Nadie se dio cuenta, decidida como caminaba, de que arrastraba los pies. Recorrió en silencio los diez minutos que tardaron en llegar al punto de encuentro. Roberto hizo chistes que él mismo rió para matarlo. Alicia le apretó la mano antes de entrar.
Allí estaba, junto con el resto de los amigos. La había imaginado más guapa. La imaginación es así de cabrona. La mujer que más había querido Roberto. La que le había partido el corazón meses antes. Antes de que Alicia apareciera.
Se abrazaron y besaron como si estuvieran encantadas de conocerse. Pidieron unas copas. Después otras. Se notaba en el ambiente el esfuerzo de simpatía y normalidad. Tanto, que nadie se dio cuenta de la familiaridad sobreactuada de la ex cuando se aproximaba de tanto en cuando a Roberto, que más que un manifiesto de intimidad pasada, era el meado de un perro en su dominio.
Alicia sonreía y bailaba. Como segura. Como por encima de aquello. Como indiferente. Con un como tan cristalino y ensayado, que nadie se dio cuenta de que rastreaba agónica la mirada de Roberto, para poder martirizarse si en algún momento la encontraba posada sobre la ex obscena y cínica. Otra copa. Y otra más.

De pronto la chica morena deja de mear sobre Roberto y se acerca a Alicia, le pone la mano en el hombro, y se la lleva apartada.


– ¿Eres feliz con Roberto?
– Sí.
– Pues a ver si contigo se espabila, porque es un puto vago. No tiene ni puta idea de mujeres.
(…)

Alicia queda muda. Y nadie se da cuenta de lo inútil que es su uniforme de guerra.

La noche termina. Salen Roberto y Alicia abrazados. La acompaña a casa, le dice que la quiere, qué tal lo ha pasado. Bien, muy bien. Pero se ha dado cuenta de que hubo dos mujeres en petit comité.

– ¿Qué cuchicheabais las dos?

– Nada especial.

Entonces, Roberto saca a relucir poderes adivinatorios propios de iniciados:

– No hace falta que me lo digas. Te ha dicho que nos desea mucha suerte, y que me cuides mucho, y todas esas cosas que decís las mujeres, ¿verdad?

Alicia queda impresionada, pero nadie se da cuenta. Lo mira triste, con ternura. Piensa durante un segundo. Respira hondo, y contesta:

– Sí, algo así.

Relato: No sirve el tango de Borges

No sirve el tango de Borges

Tita, ¿me contestarías una pregunta? ¿Por qué vivís sola? ¿Nunca entregaste tu corazón?

No se puede entregar aquello que no se tiene…

Pero, ¿acaso decís que no tenés corazón?

Nací con él. Pero un día se rompió. No recuerdo en cuántos pedazos, pero debieron ser muchos, pues estuve largo tiempo secándolos con un pañuelo, que ya ni conservo. Sería vano intentar reconstruirlo.

Nunca me hablás de tus recuerdos felices. Todo se puede reconstruir Tita, todo.

Ustedes tienen un tango que dice:

Tango que fuiste feliz,
como yo también lo he sido,
según me cuenta el recuerdo;
el recuerdo fue el olvido.

Así traté de zanjar la conversación con mi sobrina, en un intento de evitar el reencuentro con mi pasado. Sabiendo de antemano que sería imposible. Sabiendo que, en breve, me elevaría lejos de Buenos Aires, la ciudad a donde huí, acompañando a mi hermana cuando allá destinaron, al poco de casarse, a su esposo. Y, mientras estedemonio de cría curiosa continúa con su interrogatorio en lugar de apurar su té, no me escucho contestar parcamente pues ya me voy, ya me he ido, y en mi interior ya le cuentomi historia, recién aterrizada en mi Lima natal.

Allá nacimos, y allá vivimos nuestra cómoda juventud tu mamá y yo. Siempre contamos con una buena posición. Mejor que ahora. O será quizás que una posición ahora se nota menos que antes. Estudiamos en los mejores colegios, recibimos lecciones de música, nuestro closet se llenó con las más delicadas prendas.

Fue sólo cuestión de tiempo el que comenzaran a llegar invitaciones para fiestas y acontecimientos de sociedad, donde después acudían fotógrafos, y realizaban reportajes para rancios anuarios de sociedad. Ya habrás visto alguno en casa de tu madre, que se gusta de vanagloriarse de sus viejas glorias, para mí no deja de ser una muestra de decadencia. Y esa vida social intensa y aparentemente frívola trajo pretendientes consigo.

Alfredo fue el nombre de quien me eligió. Apuesto, educado, recién egresadodoctor en abogacía, pero sin aspecto de abogado. No era otro más de esos cumplidores, agasajando un buen partido. No tenía necesidad. Cualquier mujer habría bebido los vientos por una mirada suya, mas eran para mí. Cuando hablaba sus amigos callaban, pues era imposible replicar sus certezas. Como cuando hablaba de nuestro presente, o del futuro. Lohacía todo sencillo. Su rostro sereno y confiado. Su porte seguro. Su andar inquebrantable.

Un día se presentó en casa de tus abuelos, con unas gardenias, una cajita pequeña, y ese semblante desconocido en su cara. Temblando, se puso de rodillas, y sudando, me preguntó con voz entrecortada si querría ser su esposa.Traté de reconocer a Alfredo en esa marioneta inerme, pero no fui capaz. Y el suelo comenzó a moverse bajo mis pies. Dije que sí, con un hilo de voz que se adecuó perfectamente al momento.

En el instante en que escuchó mi respuesta, la expresión de Alfredo volvió a ser la de siempre, y su voz firme y confiada. Sin embargo para mí no hubo vuelta atrás, y la inseguridad de Alfredo trajo consigo la mía. ¿Le había dado el sí al hombre adecuado? Una parte de elegir es renunciar, yo sólo era capaz de ver esa parte. Y pensaba para mis adentros, Alfredo, ayúdame con esta duda. Hazme una señal. Abrásame. Llévame al cielo, al infierno, donde quiera que sea, pero no me dejes aquí donde estoy.

Debí ser más cuidadosa con mis deseos.

Mi amiga Catalina era la mujer más bonita que conocía. Yo sabía cómo la miraban los hombres. Sin embargo cuán mala suerte había tenido. El negocio de su padre había comenzado a flaquear años atrás. Y le llevó a la ruina poco antes de que Catalina hubiera cumplido catorce años. Dejó de estudiar. Dejaron de invitarla a fiestas. Dejó de ser visible. Pero nuestra amistad había continuado a flote, de modo que siempre que de mí dependía, procuraba que me acompañara. Y me sentía muy feliz cuando veía tantas miradas posadas en ella. Pero eran miradas caducas. Catalina era rápidamente asociada a la desgracia. Y el miedo a la misma era capaz de difuminar su encanto.

Cuando comenzó mi vida con Alfredo, se acabaron para ella las invitaciones. De modo que alguna vez, en lugar de ser mi hermana quien nos acompañara, se lo decía a Catalina. Y cuando estábamos los tres, Catalina borraba de su cara la huella del infortunio, y volvía el brillo a sus ojos, y el color a sus mejillas. No es muy difícil saber cuándo una mujer está enamorada.

El día en que el suelo recuperó su firmeza había ido a visitar a Catalina. Mas ella no se encontraba. Me quedé esperándola, departiendo largo rato con su madrehasta ésta que tuvo que volver a sus quehaceres. Cuando me quedé yo sola frente a la ventana, sin otra ocupación que contar los minutos, la espera se hizo más larga.

El día en que el coche de Alfredo se detuvo en la puerta de la casa de Catalina, el día en que los vi besarse mientras yo dejaba de contar minutos, pude estar segura de que ese que ya nunca sería, se lo había dado al hombre adecuado.

Desde esa certeza no he dado un solo paso en mi vida sin que un suelo firme lo recibiera, habiendo aceptado el sacrificio impuesto de perder mi corazón a cambio de conocer el nombre de aquel que escribiría mi historia. El hombre que un día dudó.

Una tara al despertar

Hoy me he levantado con una tara. Con mis dos piernas, mis dos brazos, mi cabeza, y todo lo demás… salvo la seguridad en mi misma. Esa se ha debido quedar en la cama, y con ella me tendría que haber quedado yo.

Así que ha sido el típico día de mierda en el que me he mirado en el espejo y me ha devuelto una imagen de mierda, he intentado tocar y no ha salido música sino mierda, he intentado cantar y se me ha hecho un nudo de mierda, y me he pasado el día con un humor de mierda.

Y hay gente que para desear suerte desea mierda, como si la mierda diese suerte. O sea que siguiendo el silogismo será que voy a tener suerte. Pero da la casualidad de que soy de las que no creen en la suerte. O más bien, de las que no cree que haya que esperarla sentado. Que la suerte hay que salir a buscarla. Y también la confianza, porque sin ella de pronto una se vuelve minusválida, y no le responden las piernas, y no se acuerda de cómo se anda, y llegan las dudas, y el miedo que paraliza. Y resulta imposible conectar con el mundo que hay ahí afuera, y dejarse llevar, y brincar con él, y bailar, y llenarlo de risas.

La semana pasada había un castillo hinchable para niños y se montaron Miguel y Pablo. Era de esos en los que hay unas escaleras hinchables a un lado, con un tobogán hinchable al otro. Pablo subía con soltura. Pero Miguel se tambaleaba sobre aquellos escalones raros que se hundían bajo sus pies. Que digo yo, con lo bien que se lo pasa brincando sobre la cama y ahora llega aquí y le entran los escrúpulos. Pues sí. Y el pobre Miguelito no pasaba del primer escalón, y bloqueaba el paso, y el resto de los niños le pasaban por encima y le hacían caer cuando por fin había trepado algún peldaño más. Hasta que venciendo el miedo y con ayuda de Pablo, consiguió subir hasta arriba. Y bajar por el tobogán como premio. Entonces empezó a subir como si lo hubiera hecho miles de veces, y ningún niño le pasaba por encima de nuevo, ni le hacía caer. Lo que son el miedo y la inseguridad, lo que paralizan, lo que inutilizan. No puedes si crees que no puedes. Aunque a veces crees que puedes y no puedes, pero ese ya es otro tema.

Así que, querida seguridad, te digo como alguna vez le dije a la suerte, no me voy a quedar sentada esperando a que vuelvas. De hecho, buscando y buscando he encontrado algunos trozos. Y mañana cuando me levante espero que hayas vuelto a casa y te levantes conmigo, que ambas sabemos que esto es un enfado pasajero. Porque si no lo haces saldré a buscarte. Que yo con toda esta mierda no estoy a gusto.

 

(Enero 2008)