Relato: No sirve el tango de Borges

No sirve el tango de Borges

Tita, ¿me contestarías una pregunta? ¿Por qué vivís sola? ¿Nunca entregaste tu corazón?

No se puede entregar aquello que no se tiene…

Pero, ¿acaso decís que no tenés corazón?

Nací con él. Pero un día se rompió. No recuerdo en cuántos pedazos, pero debieron ser muchos, pues estuve largo tiempo secándolos con un pañuelo, que ya ni conservo. Sería vano intentar reconstruirlo.

Nunca me hablás de tus recuerdos felices. Todo se puede reconstruir Tita, todo.

Ustedes tienen un tango que dice:

Tango que fuiste feliz,
como yo también lo he sido,
según me cuenta el recuerdo;
el recuerdo fue el olvido.

Así traté de zanjar la conversación con mi sobrina, en un intento de evitar el reencuentro con mi pasado. Sabiendo de antemano que sería imposible. Sabiendo que, en breve, me elevaría lejos de Buenos Aires, la ciudad a donde huí, acompañando a mi hermana cuando allá destinaron, al poco de casarse, a su esposo. Y, mientras estedemonio de cría curiosa continúa con su interrogatorio en lugar de apurar su té, no me escucho contestar parcamente pues ya me voy, ya me he ido, y en mi interior ya le cuentomi historia, recién aterrizada en mi Lima natal.

Allá nacimos, y allá vivimos nuestra cómoda juventud tu mamá y yo. Siempre contamos con una buena posición. Mejor que ahora. O será quizás que una posición ahora se nota menos que antes. Estudiamos en los mejores colegios, recibimos lecciones de música, nuestro closet se llenó con las más delicadas prendas.

Fue sólo cuestión de tiempo el que comenzaran a llegar invitaciones para fiestas y acontecimientos de sociedad, donde después acudían fotógrafos, y realizaban reportajes para rancios anuarios de sociedad. Ya habrás visto alguno en casa de tu madre, que se gusta de vanagloriarse de sus viejas glorias, para mí no deja de ser una muestra de decadencia. Y esa vida social intensa y aparentemente frívola trajo pretendientes consigo.

Alfredo fue el nombre de quien me eligió. Apuesto, educado, recién egresadodoctor en abogacía, pero sin aspecto de abogado. No era otro más de esos cumplidores, agasajando un buen partido. No tenía necesidad. Cualquier mujer habría bebido los vientos por una mirada suya, mas eran para mí. Cuando hablaba sus amigos callaban, pues era imposible replicar sus certezas. Como cuando hablaba de nuestro presente, o del futuro. Lohacía todo sencillo. Su rostro sereno y confiado. Su porte seguro. Su andar inquebrantable.

Un día se presentó en casa de tus abuelos, con unas gardenias, una cajita pequeña, y ese semblante desconocido en su cara. Temblando, se puso de rodillas, y sudando, me preguntó con voz entrecortada si querría ser su esposa.Traté de reconocer a Alfredo en esa marioneta inerme, pero no fui capaz. Y el suelo comenzó a moverse bajo mis pies. Dije que sí, con un hilo de voz que se adecuó perfectamente al momento.

En el instante en que escuchó mi respuesta, la expresión de Alfredo volvió a ser la de siempre, y su voz firme y confiada. Sin embargo para mí no hubo vuelta atrás, y la inseguridad de Alfredo trajo consigo la mía. ¿Le había dado el sí al hombre adecuado? Una parte de elegir es renunciar, yo sólo era capaz de ver esa parte. Y pensaba para mis adentros, Alfredo, ayúdame con esta duda. Hazme una señal. Abrásame. Llévame al cielo, al infierno, donde quiera que sea, pero no me dejes aquí donde estoy.

Debí ser más cuidadosa con mis deseos.

Mi amiga Catalina era la mujer más bonita que conocía. Yo sabía cómo la miraban los hombres. Sin embargo cuán mala suerte había tenido. El negocio de su padre había comenzado a flaquear años atrás. Y le llevó a la ruina poco antes de que Catalina hubiera cumplido catorce años. Dejó de estudiar. Dejaron de invitarla a fiestas. Dejó de ser visible. Pero nuestra amistad había continuado a flote, de modo que siempre que de mí dependía, procuraba que me acompañara. Y me sentía muy feliz cuando veía tantas miradas posadas en ella. Pero eran miradas caducas. Catalina era rápidamente asociada a la desgracia. Y el miedo a la misma era capaz de difuminar su encanto.

Cuando comenzó mi vida con Alfredo, se acabaron para ella las invitaciones. De modo que alguna vez, en lugar de ser mi hermana quien nos acompañara, se lo decía a Catalina. Y cuando estábamos los tres, Catalina borraba de su cara la huella del infortunio, y volvía el brillo a sus ojos, y el color a sus mejillas. No es muy difícil saber cuándo una mujer está enamorada.

El día en que el suelo recuperó su firmeza había ido a visitar a Catalina. Mas ella no se encontraba. Me quedé esperándola, departiendo largo rato con su madrehasta ésta que tuvo que volver a sus quehaceres. Cuando me quedé yo sola frente a la ventana, sin otra ocupación que contar los minutos, la espera se hizo más larga.

El día en que el coche de Alfredo se detuvo en la puerta de la casa de Catalina, el día en que los vi besarse mientras yo dejaba de contar minutos, pude estar segura de que ese que ya nunca sería, se lo había dado al hombre adecuado.

Desde esa certeza no he dado un solo paso en mi vida sin que un suelo firme lo recibiera, habiendo aceptado el sacrificio impuesto de perder mi corazón a cambio de conocer el nombre de aquel que escribiría mi historia. El hombre que un día dudó.

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