El porte de cada individuo, y su modo de habitar la calle.

La primera parte de la exposición de Eamonn Doyle se llama i. Me pregunto si Eamann se pronunciará Éiman o Íman. Me pregunto por qué el nombre i. El comisario dice sobre ella “Las figuras solitarias y silenciosas de i realizan tareas cotidianas desconocidas a lo largo de O’Connell street de Dublín. Aisladas casi por completo en medio del paisaje geométrico de las calles, parecen ajenas al mundo que las rodea.” El comisario no menciona que son fotografías de ancianos, de viejos, de personas mayores. Tampoco habla sobre los planos picados, muchas veces diagonales, tan abrumadoramente cerca de las solitarias figuras: los viejos. Son solitarias porque son viejos, son silenciosas porque son viejos. No solo están solos y silenciosos los viejos. Pero especialmente.

Ayer en la tele, en ese programa, hablaban de un nuevo grupo social pujante, los viejennials. Se referían a los septuagenarios que no son mayores y tienen una gran calidad de vida, y viajan, y realizan actividades intelectualmente estimulantes, y tienen una vitalidad desbordante. Pero solo hablaron de los viejennials después de hablar del éxito que habían tenido unas focas en residencias de ancianos para enfermos de alzheimer en los primeros estadios de la enfermedad. Las focas eran unos robots, de peluche por fuera y con “tamagochi” por dentro. Es decir, los viejos que empezaban a perder la cabeza se tenían que hacer responsables de su foca, y tenían que acordarse de alimentarla, acariciarla, arroparla por las noches… y tener una foca robot de la que ocuparse les hacía ralentizar su deterioro. Y en el programa aparecían dos viejecillas acariciando y besando a su foca, con esos besos sonoros, lentos y técnicos que dan los abuelos, y diciéndoles qué bonita es mi niña, y los gerontólogos aparecían muy orgullosos de los progresos y de la calidad de vida que las focas estaban procurando a las abuelas. Creo que en ese momento dije que si en algún momento llego a esa situación y queda aún alguien que me quiera, ojalá tenga la bondad de echarme veneno en la sopa. Creo que en ese momento dijiste ya sabía yo que ibas a llevarte la conversación a ese lugar. A ti no te gusta pensar en la muerte. A mí no me gusta aceptar que tendré que resignarme a cualquier forma de vida. Y sin ir más lejos, esta mañana, nada más despertarme, mientras preparabas el desayuno pensando que yo apuraba los últimos minutos de sueño, me he dedicado a hacer búsquedas de venenos en google.

De i el comisario también dice “Las fotografías se fijan en detalles de la tela y la textura, en el porte de cada individuo y en su modo de habitar la calle.” Los “detalles de la tela” desvelan pobreza, desamparo y fragilidad en esos “individuos”. Y su “modo de habitar la calle” habla de lo mismo. Las chepas, la espera en un banco, las manos con artrosis que sujetan una bolsa, el bastón, la chaqueta rota, el mirar al suelo. El comisario es aséptico y eufemístico y sus palabras se estrellan contra las fotografías de formato inmenso. Esas fotografías me hacen pensar que quizás no sea fácil que cuando yo sea vieja quede alguien que me quiera. No siempre pasa. O al menos no alguien que, aun queriéndote, pertenezca a tu día a día. O a un día a día lo bastante frecuente. La vida puede ser maravillosa, pero también muy cabrona. Lo bastante frecuente como para poder decir, en susurros, estoy bien jodida, y que te abracen y te dejen decirlo. A nadie le gusta escuchar penas. Normalmente la réplica es la negación. No, en realidad no estás mal. Tú no lo sabes pero estás bien. Solo le puedes contar penas a gente que te quiere, pero no a toda. A poca. Como a ti, que ayer te dije que querré veneno en la sopa en el momento en que el sentido de la vida sea acariciar un peluche.

El mismo pánico que le tengo yo a la longevidad se lo tienes tú a la muerte prematura. Entre los dos supongo que formaríamos un tandem equilibrado de miedos mortales. Y también tiene sentido, porque la muerte prematura es devastadora para quien no muere. En el momento de llegar a k solo me doy cuenta de que la historia que tiene detrás es poderosa pero no del cierre del círculo. k llega para Eamonn al morir su madre. El hermano de Eamonn había muerto con treinta y tres años de forma repentina y su madre nunca se había repuesto. Los hijos no deben morir antes que los padres. Ese es un miedo que yo no tengo porque no tengo recursos para poder afrontarlo. El recurso de la madre de Eamonn fue escribirle cartas a su hijo muerto. Al morir la madre, Eamann crea k, una serie de fotografías en las que una figura espectral cubierta por un manto es azotada por el viento, la luz, el agua. Dice el comisario “Entretejidos en esta meditación sobre el dolor y las fuerzas que nos atan están los fantasmas de los irlandeses atlantes”. Hoy es el cumpleaños de mi abuela. Se lo digo a mi madre que sé que lo sabe y sé que se acuerda, pero más como una forma de decirle que yo también me acuerdo. Habría cumplido 93 años, me contesta. Eso sin embargo no lo sé. Ni siquiera sé si murió hace tres años, cuatro o cuántos. Entre mis miedos también está el que mi madre se haga mayor. Mi padre también, pero si pienso en ello aparece primero mi madre, me debe preocupar más. Y tampoco debo tener demasiados recursos para lidiar con esa pena, porque me siento más cómoda afrontando mi propia degradación, hasta divertida en cuanto llega el pensamiento del veneno en la sopa.

Salimos de la exposición. Sigue haciendo un día espléndido. En la calle una señora está sentada en un poyete y le cuelgan las piernas. Habla por teléfono. Parece una niña. Me dan ganas de darle un abrazo. Brilla el sol. Hoy puedo brincar y brinco. Puedo bailar y bailo. Puedo reír y río. Todo está en pie. Y tú. Soy feliz.

el estadio del espejo

pienso donde no soy, soy donde no pienso

(Lacan)

(…) el estadio del espejo revela la configuración del yo del sujeto. Como para que tal haya ocurrido ha sido menester el estímulo externo desde un semejante, Lacan deduce de allí que, en principio, inicialmente, todo yo es un Otro.

Lacan observa que el gran júbilo que el niño experimenta al reconocerse en un espejo es, sin embargo, sólo efímero. Se reconoce y se desconoce casi al mismo tiempo, porque aquello que reconoce no es él, sino sólo una imagen de él. Una imagen separada, que no le pertenece. La completitud que observa es sólo un engaño, una ilusión de sujeto completo que no es más que una imagen. Una figura imaginaria de no fragmentación, engañosa y que al mismo tiempo lo confronta con la propia enajenación. Aquello que el niño ve está fuera de sí, no está en su cuerpo, sino en el espejo. El estadio del espejo implica por ello una experiencia de división o escisión del sujeto (…)

El estadio del espejo

Lo que faltó por contar

Leo un twitt de una mujer que no conozco de nada, y que firma con pseudónimo, que hay una campaña para donar libros en la cárcel de mujeres. Un par de horas más tarde la estoy llamado a su móvil. Otras dos horas más tarde estoy en Antón Martín con una bolsa llena de best sellers que, o bien no me he leído y no pienso leer, o bien he leído y no pienso leer. Eso me refuerza un poco la sensación de que el único mérito que podría tener es el de haberme molestado en salir de casa para llevarlos a un punto de encuentro. Al salir del metro en el i-pod suena Nunca me entero de nada de Los Planetas, y veo caminar al músico que había pedido limosna en mi vagón solo por por los pasillos. Veo mucha soledad en esa escena. Y hago click.

Me encuentro con la mujer, que es profesora de la UNED, y ha estado impartiendo en la cárcel de mujeres de Alcalá un seminario, donde prometió a las reclusas hacerles llegar literatura y cine. Me pregunta que si son novelas. Sí, best sellers facilones. Perfecto, me contesta. Mis compañeros me criticaron que hubiera usado cine comercial en mi seminario, pero ¿no se dan cuenta de que están en la cárcel? Por un lado se trata de llegar a ellas, y por otro, lo que quieren es evadirse, soñar que están en la playa, o viviendo aventuras, y no leerse un manuscrito en swajili, o un ensayo filosófico. Me decían las presas que les gustaba Lara Croft, porque está buena, es inteligente, tiene pasta y hace lo que le da la gana. ¿Eso es o no es feminismo? Le contesto que sí, supongo. A pesar de que yo no soy especialmente sensible al sentir feminista.

Le entrego la bolsa, nos despedimos, me dan unas gracias que sigo opinando no merezco salvo por el paseo, y vuelvo al metro. Pienso que llevo unos diez días con una cuenta en twitter, y que esos son exactamente los días que he tardado en traspasar los límites del ordenador para comenzar mi experiencia en la calle. La de verdad. Recuerdo eso que me dijiste de salir a la calle porque las cosas pasan en la calle. Tras el recuerdo me pregunto si hace diez años habría hecho lo mismo. Posiblemente hace diez años habría sentido el impulso, pero me habría quedado en eso.

A pesar de que hace una buena tarde, salvo los cinco minutos en que estuve charlando con la profesora, casi todo el tiempo transcurre en el metro. No sé por qué no me decidí a caminar. A la vuelta los vagones van repletos. Escuchaba música, pero a pesar de los volúmenes absurdos que acostumbro, me di cuenta de que el propio vagón cantaba. Me quito los auriculares y escucho. Se oye el final de algún canto un tanto descoordinado. Después escucho perfectamente acompasado  “el pueblo unido jamás será vencido”. Los mineros. Intento distinguir al grupo entre el amasijo de brazos y cuerpos que me bloquean el campo de visión y no lo consigo. A pesar  de la falta de visibilidad, y de la carga de ingenuidad de su consigna, me preparo para grabar un vídeo con el i-pod y lo grabo. Justo estamos llegando a Sol. Cuando descargo el vídeo esta mañana para colgarlo aquí me doy cuenta de que lo he grabado colocando el aparato en posición vertical. Igual de idiota que aquel personaje mío que se tildaba a sí mismo de idiota.

Tengo el impuso de bajarme con ellos y seguir el canto de las sirenas, y subir a la superficie, precisamente en Sol, y obervar a los mineros y a quienes los esperan. Pero me quedo en el impuso. Me pregunto si dentro de diez años lo habría seguido. Vuelvo a ensordecerme con mi música y consigo abstraerme de tal forma que me paso de estación, y no me doy cuenta hasta llegar a Iglesia. Como de todos modos tengo que coger de nuevo un tren en sentido contrario decido regresar a Sol. Mientras espero a que llegue me da por pensar en los libros que han quedado en esa bolsa. Los pienso tristes en la estantería de casa, por el abandono. Libros para ser leídos una vez o ninguna. Los imaginé después en la cárcel, contentos, tocados y acariciados y leídos una y otra vez, con las tapas ajadas, y las esquinas superiores con marcas de dobleces, sintiéndose importantes y útiles, con su autoestima bien alta. Y estoy contenta porque creo que también ellos estarán contentos en su nuevo hogar.

Llego a Sol en un vagón medio vacío, y me resulta un tanto decepcionante. Pensaba que se iba a repetir el espachurramiento, y el canto de sirenas, pero nunca se repite nada. Los momentos son siempre únicos. Está todo tan desangelado en relaicón a la idea de una estación tomada por el acontecimiento revolucionario del símbolo minero que tengo que asegurarme, leyendo de nuevo el cartel, que estoy en la estación en que debo estar. No hay duda. Es Sol. Me voy al andén de enfrente, por si la revolución llega desde el sentido opuesto. Y no. ¿Qué ha ocurrido? Quizá debería ir a la superficie. Miro el reloj, pasan ya de las nueve y veinte. A las nueve y media es mi hora de poder preguntar por los cachorros, tengo que comprar pan, terminar de recoger en casa, llevo casi dos horas vagabundeando por túneles subterráneos y me he habituado al subsuelo… No sé. Sí. Son excusas. Pero me sirven. Me monto en el siguiente tren. Hago trasbordo en Tribunal. Aunque me fijo no vuelvo a ver un solo minero. Pero veo en el andén una pareja de señores mayores que mientras esperan lo caminan a paso suave de una punta a otra, tomados de la mano. No se sueltan ni cuando llega el metro y han de subir. Y los fotografío.

Al final, pienso que vuelvo a casa con un impulso insatisfecho y dos rarezas subterráneas: un vídeo vertical de esa extraña raza de personas en las que aún circula sangre por las venas, y un par de fotos de una pareja que se sigue manifestando ternura al margen de los años, o de la edad.

Esperar

El otro día quedé para ir al cine. Como siempre, llegué antes de tiempo, y mientras esperaba me dediqué a observar a quienes, como yo, también esperaban. Como llevaba cámara puedo compartir lo que observé.

Que cada cual extraiga sus propias conclusiones:

Cines Princesa, Plaza de los Cubos, un viernes por la tarde.

Esperando. Toma 1.

Esperando. Toma 2.

Esperando. Toma 3.

Esperando. Toma 4.

Esperando. Toma 5. El clásico "fumando espero"

Esperando. Toma 6.

Esperando. Toma 7.

Esperando. Toma 8.

Desesperando.

Los que no esperan.