Rutinas para la inmortalidad

A pesar de que en general el adjetivo esté lleno de connotaciones negativas, los hombres somos rutinarios. Por una lado nuestra propia fisiología nos lo impone: tenemos que comer cada ciertas horas para estar sanos, y beber, y dormir, -y demás necesidades que no creo que haga falta seguir enumerando-, y construimos nuestros días en torno a ellas.

El sonido del despertador a las 7, siempre el mismo. La misma luz ahí fuera cada mañana, o más o menos, según la estación y el clima. Los mismos muebles alrededor, la misma ducha, el mismo armario, la misma ropa dentro. La misma cafetera, el mismo café. El mismo medio de transporte, la misma ruta, la misma mesa de trabajo, los mismos compañeros, las mismas caras, el mismo ambiente, el mismo trabajo o parecido, la misma hora de vuelta a casa, la misma casa. Una cena que, ya casera, ya precocinada, resulta familiar, el mismo rato de sillón, el mismo programa de los lunes en la tele, o de los martes, o de los miércoles, según toque. Y después de cinco días de rutina romper con un fin de semana de rutina, y cerrar el ciclo de una semana, semanas que unidas en series de cuatro cierran el ciclo de un mes, meses que unidos en series de doce cierran el ciclo de un año, años que unidos en series variables, de unos ochenta de media, cierran el ciclo de una vida.

Pero aparte de que tengamos unas necesidades fisiológicas que nos impongan rutinas existe otro componente de índole psicológica que nos ata a ellas. Quien quiera comenzar desde el principio, y con el principio me refiero al nacimiento, que tome entre sus manos cualquier libro de puericultura. De una forma más o menos clara en todos ellos insisten hasta la saciedad en lo imperativo que es para un bebé adquirir rutinas. Y, paradójicamente, aunque las necesidades fisiológicas de un bebé sean mucho más urgentes e inaplazables que las de un adulto, el motivo que dan los manuales no es ese. Los niños necesitan rutinas porque les dan seguridad. Ellos van construyendo poco a poco sus esquemas mentales, el funcionamiento de su pequeño mundo, en torno a unos hitos diarios que se repiten, normalmente con las mismas personas. Y duermen tranquilos porque saben que el día siguiente va a ser igual, van a estar con esas mismas personas, y eso significa que todo está bien. Su mundo es estable, se sienten seguros. Aquellos acontecimientos que cambian sus vidas, como ir al cole por primera vez, comienzan siendo traumáticos. Desaparecen sus personas de referencia y su entorno de referencia, y de pronto ya no saben qué va a pasar con ellos, hasta cuándo van a estar allí, qué va a ser de sus vidas, y tienen miedo, y lloran. Hasta que las nuevas rutinas les hacen conocido el nuevo entorno, y sus profes se convierten en referentes, y además, también a base de la repetición, saben que invariablemente, día tras día, cuando la profe les hace quitarse el baby y salen al patio, estará allí su padre, madre o cuidadora, y volverán a casa. ¿Por qué? Porque a fuerza de repetir saben que eso es lo que pasa siempre, y es lo que pasará hoy también, y lo que pasará mañana.

Y me pregunto si no será lógico pensar que ya que hemos aprendido seguridad en torno a las rutinas,  nosotros adultos no las necesitaremos también, si no nos aferramos a ellas  en aras de ese sentimiento de seguridad que proporcionan. Pero ¿por qué? Si somos adultos, ¿no? ¿de qué podríamos tener miedo? A veces me pregunto de qué no lo tenemos. Pero puestos a escoger un miedo de los grandes,  uno al que no se nos enseña a vencer, un miedo legitimado, uno que es tabú desde que se comienza a ser consciente de él, es a la muerte. Y quizá una de sus implicaciones, aunque parezca una perogrullada, es que el hecho de que vayamos a morir -porque vamos a morir- hace que la vida sea provisional. Y cuando la vida es provisional, todo en ella lo es. Todo para nosotros tiene un principio y un final desde el mismo momento en el que nuestra propia vida lo tiene. Y eso es algo que no podemos soportar, que no abordamos, que tratamos de evitar, que convertimos en tabú y no entiendo muy bien por qué.

Pongo un ejemplo: he apuntado a mi hijo pequeño a un campus de fútbol que dura una semana. El primer día le daba miedo quedarse (incido en un pequeño repaso: entorno nuevo, referentes nuevos, miedo a lo desconocido…. de eso ya he hablado). Sin embargo una vez allí lo pasa muy bien. Y hoy, tercer día, estaba verdaderamente entusiasmado. Entonces no he tenido ningún problema en decirle «disfrútalo todo lo posible, que sólo te quedan dos días más». Pues sí, es algo que al principio le daba miedo, pero que ahora le encanta, y que no obstante se termina, y no tengo ningún pudor en recordárselo, y le cuento que eso que tanto le gusta se acaba sin andarme con paternalismos (o maternalismos), ni condescendencias, ni tacto, ni pienso en tener que usar unas  palabras adecuadas para el mensaje. Tiene principio y final, y ya está. Se acepta, se asume con naturalidad, no pasa nada, no hay dramas. Sin embargo, la visión trágica de la muerte que tenemos desde siempre, nos impide realizar con semejante tranquilidad afirmaciones de ese tipo cuando las preguntas de un niño de cinco años, (o las del adulto de cincuenta)  giran en torno a la muerte. Cuando pregunta, mamá, ¿me voy a morir? (o podríamos cambiarlo por un doctor, ¿voy a morir?) la respuesta suele ser «sí, pero cuando seas muy mayor»  o… «pero falta muchísimo, vamos, una eternidad» o » sí, pero no pasa nada, porque después vas al cielo» o directamente  » tú no tienes que pensar en esas cosas». Y con ese tipo de respuestas, contrariamente a lo que se desea, se le hace ver al niño la terrible fatalidad que es eso de la muerte. Y así, poco a poco, todo lo que es provisional nos aterra, nos aterran los finales, nos aterran los cambios, nos aterra el futuro y nos aterra lo desconocido.  Pero no pasa nada, porque contra todo ese miedo hemos establecido un gran mecanismo de defensa que son las rutinas. De hecho, quién sabe si todas esas necesidades fisiológicas que tanto ayudan a establecerlas no estarán en realidad al servicio de la paz mental a que contribuyen. De hecho, si no muriéramos no necesitaríamos dormir, ni comer, ni mear, como no lo necesitan las  piedras o los superhéroes, y si lo hacemos no es para mantener en orden nuestro organismo -eso es secundario- sino para poder establecer un sistema de rutinas que nos proporcione estabilidad y seguridad, y que a fuerza de repetir un mismo esquema un día tras otro, tras otro, nos genere una sensación de no acabar, de ser inmortales.

Y es que la cosa funciona así, si cada día me despierto a la misma hora, con el mismo despertador, en la misma cama, con la misma persona al lado, o con el mismo hueco,  y voy al mismo trabajo, realizando el mismo trayecto, y mantengo así el esquema un día y otro y otro, al igual que el sol, que cada día nace por el este y se pone por le oeste, entonces  aparece la ilusión de que siempre será así. Las rutinas nos hacen extrapolar lo que ocurre históricamente en el pasado a lo que ocurrirá en el futuro. E, ilusoriamente-nótese que insisto en el término «ilusión»-, se borran las incertidumbres y las provisionalidades, hasta la de nuestra propia existencia. Siempre es siempre.

Pero esa seguridad que nos permite vivir mucho más tranquilos por difuminar la conciencia de provisionalidad, nos hacer perder el valor que toda rutina pueda llegar a tener precisamente debido a esa provisionalidad. Y es una pérdida tremenda, porque a cambio de esa seguridad terminamos dándolo todo por hecho. Damos por hecho que el despertador va a sonar a las 7, damos por hecho que cada día vamos a tener trabajo, damos por hecho que el sol va a salir cada mañana, damos por hecho que nuestro barrio será siempre el mismo, damos por hecho que vamos a poder salir a pasear todos los días, damos por hecho que nuestra pareja nos va a amar siempre, damos por hecho que aquellos a quienes amamos van a estar siempre, damos por hecho nuestra salud,  damos, en definitiva,  la vida por hecho.

Pero es que, además, -y ya sé que me estoy pasando siete pueblos pero es importante-, me parece que también existe una tercera causa para aferrarse a las rutinas y perder esa conciencia de provisionalidad y de duración limitada que en realidad somos. Y es que al perder esa conciencia diluimos también nuestra responsabilidad. Es decir, no sólo tenemos miedo a la muerte, sino que también le tenemos miedo a la vida, ¿por qué? Porque se acaba, porque comparándola con el tiempo cósmico es terriblemente corta, y porque sólo hay una, sólo hay una oportunidad para aprovecharla. Eso genera una cierta presión, no, qué coño, eso genera una presión tremenda. Algo así como dios, sólo voy a vivir una vez, y no durante mucho tiempo, tiene que ser maravilloso, tengo que saber hacerlo bien, tengo que tomar un montón de decisiones cada día, ¿y si me equivoco? ¿y si no hago lo correcto? ¿y si no aprovecho mi tiempo? ¿y si no consigo ser feliz? ¿y si me equivoco y no puedo rectificar? Porque si ocurre todo eso ¿qué sentido habrá tenido mi vida? Ninguno, oh, si no aprovecho mi tiempo, si no tomo las decisiones correctas, si no consigo ser feliz, ni hacer feliz, si no acierto a la primera, y si no acierto a la segunda ni a la tercera, mi vida no habrá tenido ningún sentido. Eso también es un gran miedo. Cuántos miedos.

¿Y qué papel juegan entonces nuestras amigas las rutinas? Es sencillo: al repetir los mismos esquemas un día tras otro, tras otro…., y crearnos así la ilusión de que son esquemas que se repetirán siempre, nos damos la oportunidad de postergar decisiones. ¿Por qué? Porque qué importancia tiene decidir hoy, o lo que haga hoy, o mi insatisfacción de hoy, o mi infelicidad de hoy, o mi error de hoy, si total tengo toda una eternidad para poder arreglarlo. Ya tomaré una decisión mañana, o pasado, ya seré feliz, ya habrá tiempo… y así podemos ir aplazando decisiones, o dejar que nuestro entorno vaya tomándolas por nosotros, y jugamos a quitarle valor al presente para disminuir nuestra responsabilidad sobre el mismo (estaremos de acuerdo en que cuanto más valioso es algo, más responsables nos sentimos de tener que hacerlo bien, y también viceversa, que es a lo que jugamos), y quitándole todo el valor evadimos la presión, pero dejamos también de apreciar, de asombrarnos de lo maravilloso que es sentir calor, y frío, o provocar una sonrisa, o sonreír, o incluso llorar, o andar, correr, escuchar, ver, amar… tanto nos concentramos en creernos inmortales con todo lo que eso conlleva,  que se nos olvida que la vida es un regalo, cada uno de sus momentos, que es increíblemente valiosa precisamente porque tiene un principio, pero sobre todo, porque tiene un final.

Indignados

Y las calles se llenan de gente, y las venas de sangre.

Tomar las riendas, dejar de poner una papeleta para votar a quien desprecias, recobrar la fe en una forma diferente de hacer las cosas, exigir ética, redistribución, sostenibilidad, justicia social, compromiso, responsabilidad, protagonismo en el cambio. De la distopía a la utopía. Pensar en global y actuar en local.

Imagen de "El Público"
Imagen de "El Público"

Indignados. El tiempo que sea necesario. Indignados. Por fin.

¡A la calle!

Otro mundo es posible porque es necesario. 

Oda a la inutilidad.

Mi hijo me preguntaba el otro día, mamá, ¿por qué cantas? Porque cantar me hace feliz.

Esa es la respuesta que da sentido. La única. La única que he sido capaz de encontrar. Y la única que importa. Para todo.  

Lo que me hace feliz es lo que me convierte en quien soy, es lo que me da coherencia, es lo que me define, es lo que hace dar lo mejor de mí, lo que me impulsa a ser mejor.

Las elecciones vitales que se argumentan con la utilidad son tan equivocadas, vacías, y carentes de sentido y coherencia como el propio argumento.  Sin embargo son las que encuentran una mayor comprensión.  Nuestro criterio de racionalidad va muchas veces unido al de utilidad. La racionalidad es relativa.

Algunas veces utilidad y corazón van de la mano. Pero igualmente, el impulso debería ser el segundo. Otras veces no, y  entonces aparece  el conflicto.  Hay que elegir. Y por tanto renunciar.   El sacrificio del corazón en aras de una utilidad, es un precio muy alto. Porque supone sacrificarse a sí mismo.  Supone dejar de contestar «porque me hace feliz, porque es lo que siento, porque es lo que soy, porque es en lo que creo» por cualquier otra respuesta.  Supone abandonarse, traicionarse. No hay peor traición.

Una flor en el balcón es inútil. Una sonrisa es inútil.  Jugar al escondite es inútil. La cosquillas son inútiles. Votar a los verdes es inútil. Inventar historias es inútil. La poesía es inútil. La música es inútil. Soñar es inútil.  El amor es inútil. Tener hijos es, además de inútil, absolutamente irracional. La vida es maravillosamente irracional. E inútil.   Y sin embargo, todo eso me hace feliz.

La dimensión paralela

No sé cuándo comencé a traspasar la frontera. Quizá cuando la pradera se convirtió en oficina.

No lo hacía de forma consciente, simplemente, de pronto, no estaba allí, en mi puesto. Dejaba de escuchar comentarios molestos, dejaba de hacer tareas monótonas, dejaba de ver rostros de expresión lectiva, dejaba de escuchar el hilo musical. Lo dejaba todo.

En mi dimensión paralela soy libre. Libre para estar en el lugar que quiero, con las personas que quiero, libre para elegir las melodías de mi cabeza, las palabras, y todo lo que elijo es bonito, y es en color, o en sepia, o en blanco y negro. Pero jamás es gris.

Sin embargo siempre hay algo que me hacía volver a la oficina, una sonrisa, un comentario cómplice, una mirada, un café… siempre algo bonito, las cosas que la convierten en pradera.

El día en que me di cuenta de que era más frecuente el tiempo que permanecía en mi dimensión paralela que aquello que me hacía volver de ella, supe que me tendría que ir.

Y no voy a echar de menos. Porque tengo esa suerte de escapar de las leyes del tiempo y el espacio, y podré volver a la pradera, ingrávida. Y cuando lo haga procuraré reírme fuerte, para que quienes no están acostumbrados a traspasar la frontera, puedan oírlo, y se den cuenta de que, aunque lo parezca, cuando miren hacia mi sitio, no estará vacío.

Es lo bueno de tener una dimensión paralela.

La reificación en la literatura vs modelos económicos

Res, del latín cosa

La reificación es un concepto en la teoría marxista que tiene que ver con un tipo de alienación del hombre como consecuencia del sistema capitalista. De las peores. Algo así como una  cosificación.

En literatura se ha utilizado como recurso estético, y por reificar se entiende el otorgar a los objetos cualidades humanas, así como elevar a las personas a la categoría de objetos.

El caso es que  un tipo llamado Goldmann realizó un cierto paralelismo entre los sistemas económicos de la sociedad occidental a lo largo del tiempo y las tendencias literarias que surgieron al hilo de las mismas.

Goldmann reflexiona a lo largo de tres períodos:

– Hasta el S.XX, en los tiempos de la economía liberal. En este período, el individuo mantiene aún su función esencial, activa y consciente en la vida económica. Los objetos son importantes, pero sólo en relación al hombre. La literatura trata de la historia del individuo problemático. Desde Cervantes hasta Stendhal y Flaubert.

– A principios del siglo XX y hasta la IIGM. El capitalismo entra en su etapa imperialista y tiene como consecuencia la supresión de toda importancia del individuo, así como de la vida individual en el interior de las estructuras económicas. A este período corresponde la desaparición progresiva del individuo como realidad esencial, y la paralela independización creciente de objetos. A este plano corresponderían las obras en las que hay disolución del personaje (Camus, Joyce, Kafka, Sartre…).

– A partir de la IIGM se desarrolla una intervención estatal en la economía, con una creación de mecanismos de autorregulación. Esta regulación se lleva a cabo de forma implícita, extraña a la conciencia de los individuos.  Se trata de los mercados, de la ley de la oferta y la demanda. Las cualidades nuevas son las de valor, cambio y precio. Los individuos, para adaptarse al mercado y a sus reglas, y sostener y desarrollar el mecanismo, sufren una conversión en homo economicus, aceptando y asumiendo estas nuevas cualidades. Para el homo economicus, los  otros hombres se convierten en objetos semejantes a los demás.  Un conjunto de elementos de la vida psíquica desaparecen de las conciencias individuales  y se da un desarrollo progresivo de la pasividad  y la eliminación del elemento cualitativo en toda relación, tanto entre los hombres como con la naturaleza. En este período se da en literatura la aparición de un universo autónomo de objetos, como en Robbe Grillet.

Normalmente, cuando escribo algo, primero digo lo que quiero decir, y por último pienso un título. Hoy no, hoy tenía el título más o menos claro y comencé titulando. Y tuve la tentación de comenzar en un tono jocoso, acerca del mérito del lector que se atreviera a continuar leyendo a pesar de semejante título, que parece estar diciendo «ojo, sólo para sesudos» o bien «ojo, sólo para pedantes». Pero no hay nada de jocoso en la teoría de Goldmann. De hecho, al margen de la página del libro donde se encuentra esta teoría escribí «esto es terrible». Y no es terrible por las consecuencias que pueda tener en la literatura el modelo económico, es terrible por las consecuencias que tiene en el hombre. Y es terrible el tomar conciencia del momento en el que nos encontramos como hombres. Que si bien toda realidad es compleja, y la estremecedora aseveración de Goldmann puede estar llena de matices, excepciones, etc, etc… sí que es cierto que en esta mentalidad nuestra de homo economicus. En nuestra sociedad, las personas somos o no valiosas o bien por lo que tenemos, o bien por los beneficios económicos que somos capaces de generar. Pero no por lo que somos. A secas. Hombres. Con una propia dignidad por el mero hecho de serlo. Y los objetos, y los bienes naturales son o no valiosos por su precio. Pero tampoco somos ya capaces de darles un valor per se.

La sociedad del homo economicus ya no sabe ver la dignidad intrínseca de hombre, animal o cosa. No puede hacerlo si tiene que vivir bajo las leyes del mercado. Pero espero que si éste un día se resquebraja, se vuelvan a expandir los niveles de conciencia y afectividad, desarrollemos unos modelos más naturales y justos,  y caiga la venda. Y ya, el cómo refleje la literatura eso que hoy por hoy es utopía, el tiempo lo dirá.