Vudú

Lo pasé mal el primer día. Nada más. Después se me pasó. Es difícil no tomárselo como algo personal. En el sentido no me quieren. Es difícil separar lo que haces de lo que eres. Y te quedas sin trabajo y entonces lo que eres resulta dañado de una forma colateral. Supongo que si el malestar duró solo un día es porque yo por aquel entonces tenía un buen concepto de mí misma, y porque solía ser -y creo que aún soy-, una optimista irredenta. Decidí poner el enfoque en la cantidad de horas libres de soledad que iba a disfrutar. Algunas veces decido poner el enfoque en la parte positiva de un hecho, pero a pesar de haberlo decidido no consigo hacerlo. Aquella vez sí. Es cierto que hice uso de alguna sustancia ilegal, creo que era una marihuana creativa que me había regalado un amigo que la cultivaba, que también cultivaba grosellas, frambuesas y tomates cherry, pero como existe tanta censura con este asunto de las drogas, guardaré secreto con respecto a su nombre, y si la policía me preguntara alguna vez, quizás por haber encontrado este manuscrito, lo negaría todo alegando ficción literaria. La degradación, la ilicitud, la delincuencia y la perversión son mucho más atractivas para el lector, eso les diría. Lo cierto es que fumé algún canuto y que, en relación a lo positivo de mi actitud, este hecho tuvo una relación más accidental que causal.

Recuerdo que también decidí continuar con mis antiguas rutinas. Decidí mantener el despertador a las 6:50 de la mañana, hacer café, ver las noticias, ducharme, vestirme, y utilizar mi técnica de hacer listas para centrarme, para aprovechar ese tiempo y no dilapidarlo con mi tendencia a la indisciplina y la dispersión. Abrir una lista de cosas que quieres hacer es emocionante, es como un niño escribiendo a los Reyes Magos. Imagina, una hoja en blanco, un montón de horas por delante, y una sola pregunta: ¿qué quieres? Debería escribirla en negrita: ¿qué quieres? ¿Cuántas veces nos hacemos esa pregunta? ¿Cuántas veces sabemos contestarla? Muchas veces solo la contestamos cuando sabemos que aquello que queremos no es posible, la contestamos solo para generar sufrimiento. Como si soñar con aquello que podemos conseguir diera miedo. La responsabilidad, supongo. De hecho, recuerdo que al principio empecé a escribir en esa lista deseos pequeños. Quizás porque ese buen concepto de mí misma tenía fisuras. Quizás porque no sabía con cuánto tiempo contaba, como si eso pudiera saberse, pero ¿y si me embarcaba en un deseo extremadamente ambicioso y encontraba trabajo pronto y no podía terminarlo? O quizás porque me daba miedo fallar. Quizás necesitaba empezar por deseos pequeños, deseos sencillos, fácilmente concretables, deseos que se pudieran empezar y terminar en un corto periodo de tiempo, incluso en una misma mañana, incluso varios en una misma mañana, y que, cuando terminara el día, pudiera ver una larga lista de cosas que quería hacer y finalmente hice, deseos cumplidos.

Sí, empecé a escribir deseos en una lista y también a ponerme un plazo porque tiendo a la dispersión. Tenía que luchar contra la dispersión. Y es que podía escribir, por ejemplo, “llenar la casa de plantas”, y al ponerme con ese deseo, que aparentemente es lineal y sencillo: bastaría con hacerme con unos esquejes, comprar tierra y buscar recipientes por casa que convertir en macetas, me daría cuenta de que no, de que se revelaría curvo y laberíntico. Empezaría a hacer primero un trabajo de investigación acerca de las especies de interior que mejor se adaptan a las condiciones ambientales que hay en mi casa, porque no tendría ningún sentido dedicar mi tiempo y mi esfuerzo a darle vida a una planta que, de puro sufrimiento, va a terminar muriendo. Perderíamos las dos, aunque la planta un poco más. Así que sí,  primero investigaría hasta saber que lo que yo puedo ofrecer le va a parecer bien al potos, al ficus benjamina, a la cinta. Y entonces me pondría a investigar acerca de cada una de esas especies, qué cuidados requieren, características de sus hojas, enfermedades frecuentes, lugares de origen. En ese momento mi navegador ya tendría más de treinta ventanas abiertas. Y entonces quizás me acordaría de que al lugar de origen, por ejemplo Malasia,  va a ir de viaje un primo mío, y me sorprendería a mí misma absorta, rememorando mi infancia, recordando a mis abuelos, que ya no están, a mi primo que sí, se casa y se va a Malasia, de donde son originarios los potos,  y un impulso fuerte me haría correr a la estantería y buscar los álbumes, y constatar la cantidad de polvo que hay cubriendo el álbum, cubriendo los libros, la estantería. Nunca hay tiempo para limpiar una estantería. Pero entonces sí lo tenía, y aunque limpiar no formara parte de la lista al final lo haría. Y así podría seguir hasta la hora de irme a la cama. Y habría sido un día frenético de investigación, recuerdos y tareas de lo más variopintas, pero al coger la lista no habría nada tachado, porque a pesar de todo no habría llenado nada con plantas, y eso me haría sentir mal. En el sentido de que hay cosas que quería hacer, he tenido el tiempo y la intención, y no he hecho. A eso me refiero. Y es que hasta las cosas más inocentes y más sencillas, como plantar una maceta, pueden no ser lineales, y para mí casi nada lo es. Y puedo saber cómo comienzo algo, pero no cómo lo voy a terminar, ni mucho menos cómo, o cuál será el recorrido. Lo predigo lineal, lo predigo sencillo, lo predigo directo, predigo que plantar una maceta consistirá en hacerme con un esqueje, con tierra y un recipiente, poner el esqueje y la tierra en el recipiente, y regar con agua y fin, lo predigo lineal y directo,  predigo un tiempo estimado de media hora, pero al final, ni siquiera lo más sencillo suele ser así. Como el final de esta historia.

Además de la lista de deseos estaba la lista de cosas que no quería hacer pero que sin embargo tenía que hacer. Una de ellas era buscar trabajo. Lo peor de buscar trabajo era leer las ofertas. Me parecía que el espíritu que guiaba la confección de un currículo y el de una oferta de empleo eran antagónicos. Yo, como la mayoría, escribía en el currículo todo aquello que podía gustar. Mis títulos académicos, los idiomas que era capaz de hablar, mis experiencias profesionales positivas y mis méritos en ellas, mis cualidades y virtudes personales…. A veces incluso adornaba ciertos aspectos si la verdad no me parecía suficientemente atractiva, destacaba lo bueno, me callaba lo malo. Mi intención era, insisto,  gustar. Sin embargo, las ofertas parecían escritas para ser detestadas. Un listado inacabable de tareas y responsabilidades, de requisitos, de idiomas que dominar, de exigencias: disponibilidad para viajar, disponibilidad horaria, compromiso, capacidad de sacrificio, capacidad para soportar presión… las ofertas decían de una forma indirecta pero inequívoca que el trabajo era duro, el clima laboral terrible, tu superior un ser difícil. Y que para para hacer esa mierda, querían al mejor. Yo les habría agradecido que mintieran. Al menos al principio, que dijeran algo que resultara motivador, como mínimo el sueldo, y no ese “retribución según valía”. Lo peor de todo era leer lo terrible y lo duro que iba a resultar, lo mucho que se exigía a cambio de un ya veremos cuánto, y aún así, tener que decir: sí, quiero, sí, yo soy la mejor, y por eso estoy dispuesta a trabajar bajo presión, a que dispongáis de mi tiempo, estoy dispuesta a hacer los sacrificios necesarios por vosotros, sí, elegidme. ¿No era eso un síntoma inequívoco de que yo no podía ser tan buena? ¿No era una forma indirecta de aceptar que soy imbécil?

Buscar trabajo se estaba convirtiendo en hacer una recopilación de virtudes y suplicar con ellas (o gracias a ellas) un lugar en el infierno. En algunas ofertas se exigía narrar por qué querías ese puesto de trabajo. Creo que lo intenté, de veras, pero fui incapaz. De modo que terminé editando mi currículo, ensalzando mis exigencias y puntos débiles, como que mi nivel de inglés tiraba a mediocre, o que soy orgullosa y no me gusta que me lleven la contraria, que no soportaba acatar criterios menos inteligentes que los míos, mi tendencia a cuestionarlo todo, y también detallaba mi gusto por el portazo como método para aliviar el estrés. Por supuesto manifesté mi negativa a realizar horas extra, y a viajar salvo circunstancias a mi juicio justificadas y excepcionales. Y que mi motivación para querer trabajar era únicamente pagar facturas a fin de mes. Ese fue el currículo que empecé a enviar a partir de ese momento, y, de alguna forma, me sentí un poco menos imbécil.

Las primeras semanas estuve recluida en mi casa, con mi lista de deseos pequeños, sin ganas de salir a la calle, sin ganas de hablar por teléfono, sin ganas de tener contacto con otros seres humanos. Tampoco había tantas personas a las que ver. Ahora me parece increíble, pero por aquellos entonces era una persona bastante introvertida, no tenía pareja y me rodeaba de un círculo de amigos más bien pequeño. Sentía una enorme avidez por la soledad. Pero poco a poco, los deseos realizables se fueron agotando, que es lo mismo que decir que se fue agotando mi capacidad para desear. Hubiera deseado no desear nada. Poder sentirme en paz simplemente tumbada en un sillón con música y un libro, leyendo y fumando una hora detrás de otra. Y así cada día. Pero no podía. No era capaz. Ni con sustancias ilegales. Me empezaba a picar la impaciencia, me revolvía la musculatura, el pensamiento, no podía concentrarme en aquello que leía. Necesitaba una actividad física y mental constante y yo diría que hasta febril. Con eso tenía que convivir. Eso era yo. Al final, a falta de deseos realizables de los que poder apuntar en mi lista, empecé con los imposibles. Se me empezó a pasar por la cabeza montar mi propio negocio, algo que sí me gustara. Entonces veía un pequeño café, adornado con potos que brotaban de latas de conserva, tarros de cristal, botellas o bombillas, exposiciones fotográficas y pictóricas, veía conciertos, veía talleres y tertulias. Mi imaginación se disparaba, yo rodeada de gente, yo entusiasmada, yo haciendo posible que otras personas compartieran su obra, yo camarera psicóloga… yo haciendo algo imposible sin tener dinero. Yo soñando en el sofá de mi casa. Yo sin ganas de escribir nada en ninguna lista.

Hice entonces varias cosas para tratar de facilitarme toda esa gestión del tiempo. Por primera vez me planteé con urgencia conseguir un empleo, porque la inseguridad, el tiempo libre y los sueños imposibles estaban empezando a desquiciarme. Para conseguirlo me propuse mejorar mi nivel de inglés, quizás mi punto más débil. Ya había pasado por varias entrevistas personales en las que me habían puesto a prueba y no habían sido momentos gratos. Por otra parte no estaba en condiciones de invertir dinero en academias. En realidad solo necesitaba hablar y recuperar fluidez. No me podía creer que no hubiera en toda la ciudad algún nativo anglosajón con quien poder charlar en su idioma a cambio de algo que no fuera dinero. ¿Qué podría dar yo a cambio? Yo podría enseñarle español, a cocinar algo de aquí, o simplemente a cocinar algo que no fuera un sándwich, un reportaje fotográfico, o a plantar potos.

La última cosa que escribí en la lista de deseos fue “hacer fotografías”.Ese era un deseo que me permitía pasar una buena temporada sin pensar en más, y que además podía tachar a diario. Me obligaba también a salir de casa, porque a veces la soledad genera una cierta adicción. Cualquiera desde fuera habría temido por mi salud. Desde fuera yo era una mujer de mediana edad, sola, que había perdido su trabajo, que apenas salía de casa, que no contestaba el teléfono, que no quedaba con nadie. Desde fuera podría haber parecido deprimida, desesperada. Desde fuera nadie podía saber que yo estaba inmersa en hacer aquello que quería y que ese ostracismo se debía tan solo al entusiasmo con que me empleaba en hacerlo…. o al menos al principio.

Puedo recordar con exactitud que mi búsqueda de nativo anglosajón y el deseo de realizar fotografías coincidieron en el tiempo, porque el día en que conocí a Abebi llevaba mi cámara. Habíamos quedado en el Retiro, y a pesar de que ya era noviembre hacía sol. Abebi era alta, negra y caminaba erguida. Lo cierto es que no hablaba demasiado, no hablaba casi nada, y ese primer día me resultó un encuentro un tanto difícil. Yo ya me había acostumbrado a la soledad, y además, no me resultaban sencillos los monólogos, ni tampoco los interrogatorios. Le pregunté que de dónde era y me dijo que de Nigeria, de un pueblo cuyo nombre era impronunciable, en la región de Borno (del nombre de la región evidentemente sí me acuerdo). Le pregunté que cuánto tiempo llevaba en España y me dijo que seis meses. Le pregunté que si quería que yo le enseñara español y me dijo que no era necesario. La conversación no fluía, me resultaba forzada, con el agravante del inglés. De modo que me puse a hablar yo. Y de una forma un tanto nerviosa y compulsiva y atropellada, le conté que no tenía trabajo, le conté que me había propuesto mejorar mi inglés y que por eso había contestado su anuncio, le conté que me había propuesto sacar fotografías porque ya no se me ocurrían más deseos en mi lista de deseos. Le conté que no me gustaba buscar trabajo, que me resultaba humillante. Le conté un montón de cosas de las que después me arrepentí. Qué debió pensar ella de mi humillación y mis quejas, ella que venía de Nigeria, que a saber cómo había llegado hasta aquí y por qué, que quizás sabía de mafias, de países en guerra, de explotación sexual, de atravesar estrechos a bordo de una patera, ella que estaba en un país extraño, que había tenido que aprender el idioma, que quizás vivía como ilegal, que quizás habría tenido también que buscar trabajo, y qué clase de trabajo, y yo le había dicho que para mí era humillante, qué debió pensar. No me interrumpió en ningún momento, no me corrigió mis fallos con el idioma, no me miró, solo caminaba a mi lado mirando al frente, a un frente mucho más elevado que el mío, porque debía sacarme al menos una cabeza, ella caminaba con una espalda que no se doblegaba, que no perdía ni por un segundo una verticalidad arquitecta, que no perdía ni por un momento un ángulo de ciento ochenta grados grados exactos con su cuello, de noventa con sus hombros. Cuando nos despedimos, Abebi miró mi cámara, y me dijo en un castellano perfecto que le gustaría que yo le hiciera unas fotografías. Y que si podría hacérselas en mi casa.

Le dije que sí, qué otra cosa podía hacer después de que hubiera soportado con semejante estoicismo mi verborrea en un inglés deficiente. Creo recordar que después me entraron dudas. En realidad yo no sabía nada sobre esa mujer, y la iba a meter en mi casa, me podría atacar, hacerme daño, hacerse fuerte en una habitación y negarse a abandonarla. Ese tipo de dudas mezquinas y clasistas de las que después siento vergüenza, pero que aparecen sin pedir permiso. No obstante, no me eché para atrás, y Abebi vino a hacerse una sesión. Yo había hecho algunos reportajes, siempre a nivel amateur, nunca me había dedicado de manera profesional. Se me daba bien, tenía una buena cámara, pocos conocimientos, y unas pequeñas nociones de revelado digital. Lo suficiente para hacer un regalo a algún amigo o familiar que quisiera un recuerdo gráfico en confianza sin gastarse una fortuna, sin gastarse nada, en realidad. Pero no tenía un estudio, no tenía medios técnicos, no tenía iluminación. Abebi llegó silenciosa como la primera vez. No tenía ni idea de qué tipo de fotos iba a querer, ni para qué, no tenía ni idea de qué tipo de persona era Abebi, ni lo sabría nunca.

No me hizo falta tener ideas porque ella tenía claro lo que quería. Me dijo que iba a hacer un baile, y que quería fotografías bailando. Me sorprendió la propuesta, pero fue mayor el alivio que sentí por no tener que pensar. Igual era bailarina, igual las necesitaba para buscar trabajo ella también, para un portfolio, una presentación, un cartel… Qué más daba. Me concentré en preparar el espacio. Estuvimos haciendo sitio en el salón, procurando fondos neutros, retirando mis objetos personales de manera que no apareciesen. Abebi sacó un CD y unas muñecas de trapo bastante feas, colocó el CD en la cadena de música, las muñecas en el suelo formando un círculo. Quiso bajar la luz y encender velas. Abebi se visitó con un pañuelo, y se colocó en medio del círculo. Me hizo una señal para que pusiera la música. Entonces comenzó todo. Tras un par de minutos de silencio sepulcral comenzó un sonido de tambores y cantos. Primero muy lejanos, después, muy poco a poco, se fueron acercando. Abebi empezó a moverse poco a poco de una forma que a mí me resultaba desconocida, con una cadencia bella y extraña… visceral. Las muñecas le servían de límite, se mantenía siempre dentro del círculo que formaban. En el resto de la habitación no paraban de moverse al mismo ritmo todas las luces y todas las sombras que formaba Abebi, cada vez más salvaje. No eran los pasos de ningún baile, era una danza. No es lo mismo bailar que danzar. Abebi había dejado de ser una mujer para ser puro instinto, un cuerpo que la música guiaba y sacudía con total libertad, sin que mediara ningún acto consciente. Yo no podía dejar de disparar. Rezaba para que la escasa iluminación y los movimientos me permitieran lograr alguna imagen enfocada. Abebi entonces se deshizo el nudo del pañuelo que llevaba como vestido, que cayó por completo, y continuó su danza completamente desnuda, con las mismas contorsiones y saltos, a veces furiosos, a veces sensuales, a veces abstractos, pero ahora yo podía ver todo su cuerpo en movimiento, musculoso, largo, negro y brillante. Era un animal perfecto. En ese momento supe que estaba presenciando la escena de mayor belleza a la que hubiera asistido jamás, y también la escena de mayor belleza a la que asistiría nunca.

La danza duró unos diez minutos. Cuando terminaron los tambores ella cayó en su círculo exhausta, y se quedó un rato así, en silencio. Yo sabía que estaba viva porque veía su espalda moverse al ritmo de su respiración agitada. No fui capaz de articular palabra, ni tampoco de hacer una sola fotografía más. Era como si el silencio que se había creado al terminar fuera mucho más importante que ninguna otra cosa, y, sobre todo, como si yo no tuviera derecho a interrumpirlo, o como si el hacerlo resultara obsceno. Cuando Abebi recuperó el resuello se levantó sin mirarme, como si estuviera sola, creo que en cierto sentido lo estaba; se visitó con el pañuelo y volvió a su posición erguida. Me pidió que le grabara las fotos. Me quejé como pude, siempre en mi inglés maldito, le pedí unas horas para poder retocarlas, seleccionar las que hubieran quedado bien, ponerlas en blanco y negro, porque así me gusta trabajar a mí. Me dijo que era necesario que se las llevara todas en ese mismo momento. Dijo necesario, no dijo preferible, no dijo importante. Dijo necesario. Yo simplemente obedecí. Descargué todas las fotos, las pasé a un CD, y se lo dí. No me dejó quedarme con ninguna de ellas. Con ninguna. Me lamenté mucho, intenté aferrar en mi cabeza las imágenes aún recientes de la danza de Abebi desnuda en mi salón, pero aunque lo intenté no me quedé tranquila, no tenía demasiada fe en mi memoria. Era mucho más seguro conservar fotografías. Ni siquiera había podido ver cómo había quedado el trabajo que había hecho. Esa noche me llamaron de una empresa para una entrevista de trabajo.

La entrevista fue en inglés, y lo recuerdo porque jamás en mi vida había hablado de esa forma. Fue un momento extraño, como si me hubiera poseído una intérprete desde la Gran Bretaña, apenas comprendía los giros y expresiones que salían de mi boca, con mi mismo tono de voz. Y me contrataron. Respetando el horario que les impuse, respetando todas y cada una de mis condiciones, incluido el sueldo loco que yo jamás pensé que ganaría, más del triple del mejor que yo había recibido nunca, uno que se arrimaba a los cien mil euros anuales.

Como empecé a trabajar, dejé de tener tiempo y necesidad, y no volví a llamar a Abebi. Ella tampoco se puso en contacto conmigo. De vez en cuando, cuando me metía en la cama resonaban en mi cabeza los tambores y veía entre luces y sombras, en un perfecto tono sepia, el cuerpo de Abebi rugiendo. Abebi a veces se transformaba en una pantera, otras veces era un hada blanca, a veces la veía impresa imaginando una foto imposible, una foto de Pulitzer, una foto que yo jamás habría podido hacer, pero así la imaginaba. Y después imaginaba mi café, abarrotado de gente, de intelectuales fríos y analíticos. Y en mi café de pronto caía la luz y sonaba la música tribal, y en medio de un círculo estaba Abebi, y danzaba, y dejaba caer su pañuelo, y todos nos quedábamos conmovidos con su cuerpo salvaje, sus movimientos salvajes, y nos llenábamos de angustia porque no éramos capaces de contener en nosotros tal cantidad de belleza e instinto. Y teníamos la certeza de estar contemplando por primera vez algo real. No, real no, algo auténtico. Y nadie conseguía analizar aquello que estaba presenciando, nadie podía explicar por qué sentíamos tanto porque nadie podía pensar mientras estaba sintiendo. Todo eso imaginaba. En mi café yo era feliz, Abebi también, quienes estaban dentro también.

Cuatro años más tarde ya había ahorrado lo suficiente. Dejé mi trabajo y alquilé un local céntrico. Monté mi negocio más o menos como lo había imaginado. Me exigió mucho esfuerzo, y mucha dedicación. La noche antes de su inauguración soñé de nuevo con Abebi. La había estado llamando. Ahora ya tenía mi sueño grande, ahora cabía ella. Nadie contestó el teléfono. Lo intenté durante una temporada, la busqué casi hasta la obsesión. Incluso contraté un detective privado, pero fue imposible. Nunca más volví a saber nada de ella. Para conjurarla llamé al local Café Borno, y contraté a un camarero nigeriano, Soni, que no tenía ninguna experiencia y que hasta entonces vendía revistas en la calle y vivía de la solidaridad de asociaciones. Soni tenía una sonrisa sincera, una alegría contagiosa, una mujer y un hijo de dos años. Yo tampoco tenía experiencia y mi inglés continuaba siendo nefasto, así que Soni y yo aprendimos juntos. Soni atendía a los clientes extranjeros, me ayudaba con la música tribal, a buscar artistas, a llenar de ideas el local. Una vez a la semana hacíamos una noche negra. Yo investigaba acerca de cafés, tés, cócteles, investigaba el arte local, y trabajaba en la barra. A esa barra se acercó un día el guitarrista de un grupo que había estado tocando, y me enamoré. Nos enamoramos. Y desde entonces llevamos una vida un tanto loca pero hemos sido muy felices, en cualquier caso, esa es otra historia. Soni terminó siendo mi socio, y cuando ya estuve demasiado cansada para continuar trabajando, le entregué las riendas del Café. Ahora el Café Borno lo gestiona él. No ha servido para hacernos ricos, pero nos hemos divertido, sí, y nos ha permitido vivir a su familia, a la mía, y a la de otro camarero, y continúa siendo un referente cultural y artístico. De vez en cuando incluso hemos podido ser mecenas de algunas personas con un talento tan especial que nos resultaba inconcebible que no pudiera desarrollarlo. No ocurre tan frecuentemente. Soni tiene una gran sensibilidad para detectarlo.

Me habría encantado que conociera a Abebi. Creo que si la hubiera podido ver bailar habría vibrado tanto que se le habría desintegrado la piel, o las terminaciones nerviosas. Así que quizás haya sido mejor así. Algunas veces pienso que Abebi no existió nunca y que es fruto de mi imaginación. La he visto dos veces y la he soñado el resto de mi vida. Pero real o imaginaria, la danza de Abebi es lo más auténtico que he visto jamás. A mí me gusta creer que ella cambió mi vida. Estoy convencida de que hubo algo mágico en ese baile que hizo que, de alguna forma imposible, me llamaran de aquel trabajo, me contrataran, y pudiera abrir mi café. A Soni le he contado cien veces esta historia, no porque necesitara compartirla tanto, sino esperando que algún día él me diera alguna explicación que confirmara mi creencia, como si la hubiera….  Soni me escuchaba siempre, y a su vez me narraba la forma en que yo le encontré a él, y creo que con eso quería hacerme entender, de una manera retorcida, que a veces ocurren cosas sin ningún motivo, casualidades maravillosas que cambian nuestra vida y que no llegamos a entender. Que bajo mi punto de vista no deja de ser otra forma de magia. Pero a mí me sigue gustando más mi versión. De todos modos, eso es algo que no tiene demasiado trascendencia.

llegados a este punto

Qué suerte que nacieras, y que viviendo todos estos años de un lado para otro, ahora estés justo donde estás, que es precisamente donde estoy yo. ¿No te parece una casualidad asombrosa? No, tú dices muy seguro que  las vidas que empezaron las otras veces que naciste, y las que vendrán cuando vuelvas a nacer, tienen en común que siempre llegas a este punto preciso donde estás ahora. Que es donde estoy yo.

En este punto somos jóvenes y valientes, en este punto estamos un poco locos, y es imprescindible permanecer desnudos.  Entonces aparecen los significados para nosotros. Aparecen por todas partes. En Amuleto de Bolaño, en el Mundo de Millás, en una bicicleta apoyada en una pared, en un robot de cajas de cartón, en una gata que se va a llamar Carmen, en la luna de medio día que aparece en zaragoza y se mete por mi ventana, en ese señor que estaba sentado en la mesa, y celebraba él solo con vino blanco y berberechos, en el mensaje que hay escrito en la pared, en la fuente de la república de españa, y en ese paisaje que algún día será tuyo.

Ya es mío. Es todo nuestro, ese es nuestro patrimonio de belleza y magia.

 

 

El evangelio según Jesucristo

Lleva en su regazo el libro. No ha hecho falta que avanzara demasiado en sus páginas para que se reflejara en su rostro la crudeza de los grandes dolores humanos del existir, de las miserias humanas, de las miserias del cuerpo, pero las que se reflejaban en su cara eran las otras, esas que forman un nexo natural entre todos los seres humanos, todos, sin excepción, sin importar siglo o el milenio del calendario, el sexo, el clima, el lugar geográfico.
Ella camina con los hombros algo caídos, arrastrando el peso de una de las crudezas más crudas de aquellas que está leyendo.
“No es preciso tener culpa para ser culpable”
La culpa puede ser dimensionable como puede ser eterna y universal, hereditaria, por los siglos.
“La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, Es lobos de que hablas ya se comió a mi padre, Entonces sólo falta que te devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido o devorado, No solo comido o devorado, sino también vomitado.”
Amén.
Y con la lectura el lobo va tomando cuerpo, corre hacia ella y jadea en su nuca. Para qué. Para nada. No se sabe qué lobo es, si el de ella. No, no hay lobos personalizados, la persona es ella. Sólo hay un lobo. Es único.
Lee las crudezas sin detenerse. Y si se levanta del parque continúa al llegar a casa, y si el metro llega a la parada de destino continúa por las escaleras mecánicas, a ciegas por los pasillos, a trompicones por la calle. Engulle, además de la culpa, el miedo, la soledad, la incertidumbre, las preguntas que se abren con silencios por respuestas, la crueldad, la sangre, el dolor, la soledad, la ausencia de sentido.
“Dios es pavoroso…”
“el destino es lo más difícil que hay en el mundo…”
“Cuándo llegará, Señor, el día en que vengas a nosotros para reconocer tus errores ante los hombres”
“Hombres perdonadle, porque él no sabe lo que hizo”
Pero no se trataría de naturaleza humana sin el anverso de lo terrible: lo maravilloso. Y como muestra de justicia, ya que de lo terrible no ha escatimado el autor detalle ni limado arista, describe una concepción del amor que ella, en su regazo también reconoce en su lectura. Hace poco que ha leído en otros lugares que el amor tiene todas las formas. Pero sabe que no todo el mundo lo siente. Hay quien no ha amado nunca. Eso también se refleja en los rostros. No al menos ese amor que tiene todas las formas, que no tiene un principio o un final, que no es ni pequeño ni grande, sino todo, que simplemente es. Ese que les regaló a Jesús de Nazaret y María de Magdala:
Mi deseo será encontrarte siempre. Me encontrarías incluso después de morir”
“Aunque no puedas entrar, no te alejes de mí, tiéndeme siempre tu mano, aunque no puedas verme, si no lo haces me olvidaré de la vida, o ella me olvidará”.
“Se amaban y decían palabras como éstas, no sólo porque eran bellas o verdaderas, si es posible que sean lo mismo al mismo tiempo, sino porque presentían que el tiempo de las sombras estaba llegando a su hora, y era preciso, que empezaran a acostumbrarse, todavía juntos, a la oscuridad de la ausencia definitiva.”
Ese del propio Saramago y Pilar:
“A Pilar, que todavía no había nacido y tanto tardó en llegar”
“A Pilar, mi casa”
“A Pilar, mi casa”
“A Pilar”
“A Pilar, como si dijera agua”
“A Pilar, hasta el último instante”
“A Pilar, que no dejó que yo muriera”
Ese de…
ella lo reconoció, como todo lo anterior, también lo lleva en el regazo.

Destino ajeno

– Perdona, pero voy a sacar una foto indiscreta. Ya, no se han dado cuenta.

– Pero, ¿por qué has hecho eso? ¿qué has visto?

– Es una tontería, pero es que ahí a tu espalda hay un señor blanco blanco charlando con uno negro negro, y me ha llamado la atención el contraste.

2013-01-20 17.50.57

– Te sorprende como si fuera la primera vez que ves un  hombre negro …

– Es que fíjate en el contraste mientras charlan, el blanco es blanco blanco: pelo blanco, gafas blancas, piel blanca… y el negro es negro negro.

– Son como los tres reyes magos, falta el rubio, ¿cómo se llamaba el rubio?

– Gaspar…

¡Mira! ¡Date la vuelta!

– ¡Gaspar!

– Perdóname la indiscreción, pero tengo que sacarles otra foto.

2013-01-20 17.52.03

– Te van a ver…

– No, no me han visto.

– Ya se han encontrado los tres, ahora, a hacer magia.

– No pueden. El negro y el blanco se conocen, pero el rubio no. ¿Tú crees que por separado también hacen magia?

– No lo sé, pero igual deberíamos presentarlos.

– ¿Y estropearles la sorpresa? No.

– En cualquier caso, en algún momento, sus vidas se van a cruzar y se conocerán.

– Si, no pueden escapar a su destino. Es curioso, ellos tan ignorantes sobre sí mismos, y nosotros al lado mirándolos, con un montón de certezas acerca de su destino. No sabemos ni cuándo ni cómo, pero que se van a encontrar eso es seguro.

– Sí.

– Y el pequeño Miguel pensando que no existen y son los padres….

– Igual tienes que volver a hablar con él y desmentirle la verdad.

– Igual….

 

 

 

Destino Gambia

No tengo ganas de hacer nada. Ya me he quedado dormida una vez en el sillón. No me quiero ir a la cama porque me falta oirte, no quiero escribir, no quiero tocar, quiero apagar el cerebro, un rato. Es tarde para una peli, y tarde para decidir cuál. La última me recordó zihuatanejo como destino. Enciendo la tele. No sé dónde están los canales, me cuesta trabajo moverme con el mando a distancia. Tengo frío. Españoles en Gambia. Dejo el mando y me tumbo.

Ha estado lloviendo toda la tarde, en Gambia hace sol. La chica del vestido verde y el pelo casi rojo se desliza por los mercados. Habla con todo el mundo. Le preguntan por su familia, le dicen que está guapa, le cuenta a la que le vende los tomates lo que va a preparar para comer. Su casa es sencilla pero bonita. Dentro está el chico negro de las rastas. Tienen un poster collage en la pared, con fotos de Bob Marley y de otros muchos que no conozco, y mezclan el blanco y negro con el color. Hay tanta luz que casi me tengo que poner las gafas de sol. La chica del vestido verde se enamoró en un viaje, así que dejó su trabajo, su casa y a su familia, y ahora vive en Gambia desde hace dos años con el chico que canta reggae y hace ganchillo. El chico dice que es rasta. Explica qué es ser rasta. Rasta es unidad. Somos uno. Rasta es amor. Amo a todas las personas. Se sonríen y casi me tengo que poner las gafas de sol. En sus muebles hay cosas escritas. Algunas no las entiendo porque están en el idioma del chico de las rastas que es rasta, swahili, creo. Otras sí. Never give up. Todos los días sale el sol. No voy a ser más complicado que una flor. Ama y ensancha el alma. Y unos taburetes dejan de ser taburetes y una mesa deja de ser una mesa. Lloro. Salen a la calle juntos y todo el mundo los mira. Todo el mundo se mira, y se habla. La chica del vestido verde contesta con la misma naturalidad que come con la mano derecha porque no hay papel higiénico con la que habla de su futuro en Gambia pues es su casa si quiere vivir con el chico rasta. El chico de las rastas explica con la misma facilidad que canta canciones en un estudio y hace ganchillo en casa como  que su deseo en la vida es casarse y tener hijos y vivirla con la mujer del vestido verde. Se miran y casi me tengo que poner las gafas de sol.

Unas cuantas historias de personas que han llegado a Gambia para quedarse y no como experiencia temporal.

La última es de un marino mercante. Conoce países por todo el mundo. Y de todos ellos ha elegido Gambia para quedarse al final, cuando sus hijos ya no lo atan, cuando siente que por fin puede hacer algo diferente, creo que dice “ese cambio que todos buscamos”. Y su mujer se va con él. Se llama María. Llegó allí con ella. Y cada día le preguntan por ella. Tiene un barco para navegar el río Gambia. Se llama María le, dónde está María.  De todos los países que conoce ha elegido Gambia. Por qué Gambia. Por la paz. Gambia no tiene riquezas naturales, ni oro, ni diamantes. El país de Kunta Kinteh servía para abastecer de esclavos. Ahora ya no sirve para nada. No tiene riquezas pero tiene paz. Paz. Las personas son pobres y felices, confiadas, generosas, abiertas, acogedoras. Cantan reggea y bailan en la orilla del río. El marino mercante tiene paz y es feliz. Me emociono con la felicidad de esa gente que ha llegado a su destino, y hacen que todo parezca tan fácil. Lloro. Me seco la cara y me doy cuenta de que tengo los dedos congelados. Me fumo el último.

Destino zihuatanejo, destino gambia. Me gustaría pensar que no hace falta irse tan lejos.

¿Casualidad o destino?

Roberto tiene 10 años y un amigo, Pedro. Un día, en el patio, Pedro le contó que a su padre lo destinaban a trabajar a Italia, y que en unos días se iría a ese país, a un cole nuevo, y tendría que aprender italiano, y que por un lado tenía ganas porque sonaba a aventura, y por otro estaba triste, porque apenas se verían. Roberto solo estaba triste, porque para él no había aventura, para él quedaba exclusivamente la pérdida del amigo. Pedro entonces le extendió un papel con su dirección en Italia, así podrían escribirse y contarse lo que les ocurriera. Roberto empezó esa misma tarde, y preparó su primer sobre con la dirección. Se quedó con el principio (el nombre y los apellidos de su amigo) y con el final (Véneto, Italia).

A partir de ese día ocurrió algo. El Véneto estaba por todas partes. El restaurante frente al cole se llamaba Vía Véneto, iba en el asiento de atrás del coche, mirando matrículas como siempre, y aparecía en un camión una dirección que terminaba como la de su amigo “Véneto, Italia”, hasta haciendo zapping encontró un documental en el que hablaban también de esa región que hasta entonces no había oído en su vida. Y fue a contárselo a su madre. ¡Mamá, qué casualidad, ¿no crees?  nunca había visto la palabra Véneto en ningún lado, no sabía ni lo que era, y de pronto ahora aparece por todas partes!

Vale, toda la historieta de Roberto me la he inventado para no usar ejemplos de mi vida personal, aunque no será porque no tenga:  tengo muchos. Y quién no tiene. Quién no ha tenido nunca esa sensación. Hay acontecimientos o sucesos que escapan a nuestro control,  que son completamente ajenos a nosotros, que no responden a ningún por qué, y que dependen de la suerte, de la casualidad, del azar… llámalo equis. Pero también creo que muchas de las cosas y de las personas que nos cambian la vida no ocurren por casualidad, especialmente cuando es para bien, aunque nos sorprendamos ante ellas con la misma ingenuidad que el inventado Roberto ante su descubrimiento del Véneto. El Véneto estuvo siempre. Siempre hubo caminones con esa procedencia pululando por la carretera,  siempre estuvo el restaurante con ese nombre, siempre salió periódicamente con variopintos motivos en medios. Pero sólo empezó a existir para Roberto cuando tuvo un significado para él, cuando tuvo algo que ver con él.

Ahí fuera en nuestro día a día, nos cruzamos con miles de personas a diario, con miles de carteles, con una cantidad de información y de estímulos que nos sobrepasa. De modo que ignoramos la gran mayoría de ellos. La casualidad puede hacer que un día pases junto a una persona y tropieces con ella… ¡como con cuántas otras! Pero el hecho de que precisamente una persona con la que hayas tropezado te cambie la vida, y la hagas pasar a formar parte de la misma no es por casualidad. Como tampoco el que la alejes o la rechaces. ¿Por qué precisamente esa persona  entre las miles con las que surgen posibilidades de contacto a diario? Lo importante no es el encuentro con ella. Probablemente ya estuviera por ahí pululando. Si a alguien le otorgamos existencia frente a todo lo demas hay un por qué, y es que de alguna forma, por algo que se podrá o no explicar con palabras, tiene conexión con uno, con el yo íntimo, el de Verdad.  Porque antes de un encuentro, si es de esos que cambian la vida, para bien, ya hay algo tanto en uno  como en otro que predisponía a precisamente a ese encuentro y no a otro (ya existe el Véneto para ambos, aunque no lo sepan). Porque sin ese interés, aunque sea inconsciente, sin esa predisposición, y sin  esa conexión, esas personas se habrían difuminado la una para la otra entre el resto, como se difuminan todas las demás. Y si no lo han hecho, lo harán.

De modo que yo creo que somos nosotros mismos los que vamos dotando de existencia y de importancia en nuestra vida  aquello que en esencia  tiene que ver con nosotros – con nuestros intereses, con nuestras emociones, con nuestro pasado, con lo que íntimamente buscamos, queremos y somos – , aquello  con lo que íntimamente nos reconocemos o identificamos, solo que muchas veces ocurre de forma inconsciente. ¿No podría decirse que el destino no es sino los pasos que nuestro propio yo, esa naturaleza nuestra sobre la que no elegimos, ante la que sólo queda aceptarse,  nos marca?

Entonces, ¿casualidad o destino?

Yo diría que el destino – el destino entendido como el Yo – está ahí para que, ocurra lo que ocurra por casualidad, por azar, por suerte o por desgracia,  nos llame la atención sobre aquello que haya de cambiar nuestra vida y que tiene que ver con nosotros.  Pero la decisión de guiarnos o no por él seguirá siendo nuestra, pues siempre conservamos la libertad para escucharnos a nosotros mismos, o para hacernos los sordos y vivir de espaldas a esa intuición.

Magia desde Pekín V.2.

Cuando el viento partió la rama del árbol, Karl se encontraba tranquilo en el balcón mirándola caer. Estaba tan absorto con el espectáculo, que apenas fue capaz de dar unos pasos hacia su izquierda, con lo que evitó morir aplastado, que siempre es un alivio. Al fin y al cabo, una magulladura en el hombro a cambio de ser espectador en primera fila de semejante vendaval, le pareció un balance muy a su favor. Y con la cabeza bien alta, como orgulloso ganador de aquel trueque, se dirigió a la sala de Urgencias del Schlosspark-Klinik de Berlín.

 

El busca despertó a Elke a primera hora. En los días de guardia podía sonar en cualquier momento. ¿Por qué no a primera hora? Es un momento como otro cualquiera. Elke se levantó sin esfuerzo, y preparó café, para que se fuera haciendo mientras se duchaba. Se vistió, cogió el pijama azul, lo dobló con cuidado, vació la cafetera en un termo, y se puso su abrigo. Cuando salió a la calle supuso el por qué la habían llamado.

 

Enviaron a Karl a la sala de espera. Se sentó y miró a su alrededor. Algunas personas con brechas, unos cuantos niños colorados y semidesnudos con un termómetro en la axila, y él. No eran demasiados. Pero no cesaba de ver entrar camillas traídas por ambulancias. Y escuchaba gritos del personal sanitario “un tráfico”, “un derrumbamiento”. Y los miraba correr de un lado a otro mientras en la sala de espera estaban todos tan quietos. Era como estar en casa y ver las hojas de los árboles agitarse desde dentro. Pero él había salido al balcón, para verlo desde fuera, y una rama se había roto, y tenía el hombro magullado. Entendía que había muchos tipos de urgencias. Y la suya era de las menos urgentes. No se podía ganar en todo. Y mientras pensaba todo aquello, se dispuso a esperar con paciencia.

 

Elke llevaba trabajando cuatro horas. Entraba de cuando en cuando en la sala de espera a llamar al siguiente. Poco a poco las caras iban cambiando. Todas menos una, la de aquel chico de la contusión leve en el hombro, que no la miraba con cara de ansiedad cuando se disponía a nombrar al siguiente, ni perdía el gesto amable.

Elke llevaba cuatro horas trabajando. De modo que se quitó el pijama, cogió el termo de café, decidió convertir la sala de espera en cafetería, y tomó el asiento contiguo al del chico de la contusión.

 

¿Quieres un café?

Gracias. ¿Lo has hecho tú?

Sí.

Está muy bueno.

En realidad yo no lo bebo. Lo he traído por si querías. Siempre hay alguien que quiere café.

¿Por eso lo haces?

Por eso, y porque a mi canario le gusta su olor por las mañanas.

A tu canario le gusta el olor a café… A mí lo que me gusta es el viento. Es lo que más me gusta en el mundo. Ver cómo las cosas se mueven con el viento. De hecho, por eso estoy aquí. Estaba en el balcón, y se rompió una rama de un árbol. Pero por suerte sólo me dio de rebote en un hombro. Soy un hombre afortunado.

Así que ese viento que tanto te gusta, ha provocado un accidente que casi te mata…

Bueno, si no me gustara no habría salido al balcón. Verlo desde dentro no es lo mismo. Es como ver una película en casa. A mí me gusta más verla en el cine. Uno no deja de ser espectador, pero tiene la sensación de estar participando.

Sí, participar…

 

Karl se dio cuenta de que ya habían hablado de él y del canario. Pero de esa mujer sólo sabía lo que no le gustaba. El café. De modo que decidió hacerle una pregunta básica en todo encuentro con un desconocido.

 

¿Y a ti, qué es lo que más te gusta en el mundo?

 

Elke abrió mucho los ojos y sonrió soñadora.

 

¿Lo que más? …La salsa de arándanos…

Deliciosa, sin duda.

Es curioso, creo que no se lo había contado nunca a nadie.

¿Por qué?

 

Elke se paró a pensar. Porque nadie se lo había preguntado.

 

Porque nadie me lo había preguntado. Creo que ni yo misma.

 

Karl pensó que era maravilloso que jamás hubiera pensado qué era lo que más le gustaba en el mundo, y sin embargo, hubiera contestado sin vacilar. A él le parecía una pregunta muy difícil, pues hay tantas cosas buenas entre las que elegir la mejor… Él se había pasado la vida haciendo balance, y aún habiendo elegido, continuaba teniendo dudas.

 

Fíjate, si no llega a ser por el viento, quizás aún no sabrías qué es lo que más te gusta en el mundo. Y ahora no estaríamos hablando.

 

Y ese hecho reafirmó a Karl. Sí. Definitivamente el viento era lo mejor del mundo.

 

¿Sabes por qué está soplando el viento?

¿Por qué?

Porque en Pekín hay una mariposa batiendo sus alas.

Todo tiene un por qué y éste me parece bonito. Pero, ¿por qué batía sus alas?

Para que yo pudiera contarte que lo que más me gusta en el mundo es la salsa de arándanos.

De modo que estamos cumpliendo un destino… ¿Puedo tomar otro café? Es que me gusta tomar café cuando vivo momentos mágicos. Y cuando tengo el hombro dolorido.

De modo que esto es magia… ¿Y qué se hace con la magia?

No lo sé. La magia es tan importante. Actuar con la magia es una gran responsabilidad.

Mucho más que ser enfermera. A lo mejor hay que ser mago para saber sacar un conejo de una chistera. A mí me gustan lo conejos que salen de las chisteras.

 

Karl, agobiado con el peso de la responsabilidad, se quedó demasiado bloqueado como para continuar con la magia que había llegado con fluidez, y volvió a la sala de espera. Después de todo, no se puede soportar peso con el hombro contusionado.

 

Quizás te estoy entreteniendo. Ahí fuera todo el mundo sigue corriendo.

 

Es cierto.

 

Elke pensó en alguna manera de que finalizar un momento de magia abriera esperanza para un comienzo.

 

¿Por qué no vienes a verme algún día? Siempre traigo café.

Claro! Toma mi número de teléfono, por si un día no encuentras quien se lo tome. Me llamo Karl.

Yo Elke.

 

Elke pasó el resto del día pensando en la salsa de arándanos. Y la boca le sabía dulce. Pensó también en la ética profesional. Y compró una chistera.

Elke se fue con su termo cada mañana a la sala de espera, por si un día volvía a ser cafetería.

 

Karl se dejó mecer por el viento el resto del día. Y de la noche. Y pensó que si las mariposas batiendo las alas habían hecho que llegara el viento, no habría ningún motivo para que esta vez no hicieran sonar el teléfono.

 

Lo que más le gusta a Elke es la salsa de arándanos. Elke mira la chistera en los días ventilados, y piensa en la magia. Y tiene el rostro de Karl.

 

Karl sigue mirando cómo se mueven las cosas con el viento. El viento es lo mejor del mundo, Karl ya no tiene dudas. Y se llama Elke.