Reconectar.

Un lunes, hace poco, tuve una pesadilla. Me dio la impresión mientras soñaba de que no era la primera vez que tenía ese sueño, pero eso no significa en absoluto que fuera un sueño recurrente, tan solo que a mí me pareció recurrente. Era un terror zombie. No me enfrentaba directamente a ninguno, porque supongo que soy demasiado miedosa como para luchar con un ser monstruoso, incluso en sueños, pero de alguna forma sabía que habían estado allí y sabía que iban a volver. Estaba en una casa grande. Dentro gente histérica, saliendo y entrando, escondiéndose, preparándose. Había alguien a quien yo conocía que me decía que volvería, lo que significa que se fue, y yo me quedé allí, buscando y escondiéndome. Creo que buscaba a los niños. En un momento dado se hace completo silencio. De pronto deja de haber nadie. Ni un solo movimiento. Nadie. Entonces ya apenas me puedo mover del pánico. Avanzo lenta, sabiendo que en cualquier momento me voy a encontrar con un ser, y me va a tocar enfrentarme, y no puedo. Entro en unos baños, que parecen baños de escuela o de vestuario, y abro una de las puertas. Dentro hay unos niños, vestidos con ropa interior blanca, descalzos, tirados en el suelo sucio, jugando con sus pies nerviosos, tratando de ser silenciosos a su manera, y yo tengo tanto miedo que ya no soy capaz de seguir buscando, y me rindo, y me quedo allí, con esos niños que no son los que buscaba, absolutamente cobarde, sabiendo que allí no estoy a salvo, pero incapaz de alejarme del consuelo de esas piernecitas temblorosas, sucias, calientes, vivas. Sólo el despertador me saca.

Hace tantos días que no me asomo, ahí dentro, donde estoy, que me da miedo mirar.

 

dentro fuera

Desconectar. Desconectar suena a paraíso. Los viernes se llenan de los mejores deseos, a ver si desconectas, y los treinta y uno de julio, y las vísperas de puente. Y todos los lunes del año, y los primeros de septiembre, responden con sonrisas a la pregunta de ¿cómo te ha ido?, sonrisas rememorantes que preceden a las cuatro palabras que, a modo de resumen, acompañan al muy bien: he desconectado un montón.

Desconectar suena a liberación, para desconectar veo la tele, para desconectar leo, para desconectar miro el facebook, instagram, twitter y whatsapp, para desconectar cocino, para desconectar voy al cine, para desconectar hago runnig, spinning y frunfring, y todo el mundo comparte sus maneras de desconexión desinteresadamente pues si quieres te cuento lo que yo hago para desconectar, lucrativamente desconectará seguro, pruebe gratis el primer mes, cooperativamente, podemos desconectar juntos, a veces competitivamente, mi desconexión es más desconectante que la tuya. Y podría seguir enumerando adverbios de modo, mas no lo haré.

Todo el mundo persigue la desconexión, y yo me descubro en contramensaje persiguiendo lo contrario. Ansiando conectar, y, por fin, conectando. Conectando con el rubio, que ya no está frente a la pantalla sino delante de mí misma. Y habla. Me sorprendo redescubriendo el habla del rubio: abundante, enérgica, apresurada, ininterrumpida, a borbotones. Y me doy cuenta de que lo había echado de menos, pero como estaba desconectada no era consciente de que lo echaba de menos, y mientras él habla de ritmos, de música, de algoritmos que resuelven el cubo de rubick, de su historia con youtube, de sus progresos en el league of legends, de sus planes de futuro inmediato, y como estoy conectada, soy capaz de escucharle hablar, de entender lo que dice a pesar de lo vertiginoso de su discurso, de sentir la energía y la pasíón que desprende. Y conecto con miguel, que habla y se mueve, y conecto y me muevo también, con él, y nado, y corro, y juego al futbolín, que es lo más cercano al fútbol de lo que soy capaz, y siento la energía del movimiento, y me doy cuenta de que la había echado de menos, pero como estaba desconectada no era consciente, y lo miro reírse y, como estoy conectada, consigo distinguir en su risa la alegría universal. Y conecto también con el pequeño, y me pide que le dé un masaje, primero de jirafa, luego de elefante, luego de murciélago, y como estoy conectada, cuando sonríe travieso y le brillan de picardía los ojos, que es lo único pícaro que tiene pues, aunque le divierta sentirse travieso y pícaro, mantiene intacta la inocencia y la ternura de su edad, como estoy conectada, me hago cómplice de esa travesura inocente y divertida que tiene cinco años.

Y después, cada vez más consciente, sigo conectando conmigo, y contigo. Y en ese punto, en ese momento de conciencia máximo, vuelvo a ser yo, y desde mi, contigo, continúo conectando.

Con el mar. Con el viento. Con la música. Con el paisaje que se ve desde la ventanilla del coche. Con el libro que estoy leyendo. Con las noticias que leo en prensa, con las imágenes que muestran, y es horrible, y estoy tan conectada que puedo sentir ese desgarro con tanto dolor como se merece. Y me digo que menos mal que duele. Que duela, que siga doliendo. Y con el sol que vuelvo a ver saliendo por las mañanas, otra vez, de lunes a viernes, y con las tareas pendientes del trabajo, y con terminar de comprar lo que hace falta, los libros, llenar la nevera, la cena, una llamada perdida, contestar un mensaje, un nuevo grupo de whatsapp llamado pretemporada alevines, 15 mensajes sin leer, un correo electrónico, revisión médica, una peli, otra peli, despertador, una expo, un ensayo, el trabajo, entrenamiento, ensayo, trabajo, facebook, las noticias, la rabia, la inscripción, la comida para dos y la cena para cinco…. y…. he tardado menos de diez días en perderme

pero si piensas que me resigno a que se desintegre toda la conexión, si piensas que no voy a seguir buscando formas de abrirme un hueco en todas estas distracciones pesadas y desconcertantes, si piensas que me resigno al viernes por la tarde y al treinta y uno de julio para ser lo que soy mientras toda esa gente desconecta, si lo piensas, es que aún no sabes del todo con quién te la estás jugando…

Qué hay entre el yin y el yang

El último día de mis últimas vacaciones quise despedirme del mar, con la intención de conectar por última vez, hasta dentro de un año al menos, con él. Bautizamos esa conexión como la conexión con el universo. Lo llamo conexión porque no se trata de ir a la playa para tomar el sol, para leer, para hacer un crucigrama, para dar un paseo ni siquiera para pensar en mis cosas. Es decir, no se trata de buscar un decorado ni un entorno. Se trata de ese momento en el que consigo no pensar en nada. Sólo sentir. Sentir la brisa, escuchar la arena que habla, bajito, casi susurrando a esas horas, el rumor periódico de las olas, formar parte. Hasta lograr una semi inconsciencia. Sentir y ser. Es mágico.

Por eso, el último de día de las últimas vacaciones, fuimos a la playa con una toalla a última hora de la tarde, cuando los bañistas están saliendo de forma masiva y la playa se queda a medio habitar, y el entorno es espacioso y calmo. A pesar de todo lo que tenía en la cabeza: las maletas, recoger la casa, acordarme de cerrar agua y luz, del viaje de mañana, buscar ruta, de mi adicción a La casa verde, que ne ce si to seguir leyendo, y otra serie de pensamientos de poca hondura que habitaban mi cabeza, a pesar de todo ese barullo, la última tarde de las vacaciones me había empeñado en conectar, y estábamos cumpliendo con las pautas propiciatorias.

Sin embargo, y quizás para demostrar que no siempre se puede planear todo, al llegar a la playa encontramos un imprevisto que amenazaba muy seriamente la tranquilidad necesaria para mis fines. Había instalado un pequeño atril cubierto por una estructura de madera y telas blancas ondeantes, un montón de sillas, una alfombra roja, flores, y una multitud personas, todas ellas vestidas de blanco, así como algún otro detalle que, de forma inequívoca, indicaba que, en la playa, la última tarde de mis últimas vacaciones,  donde yo acudía en busca de un ambiente calmo para conectar por última vez con el universo, se iba a celebrar una boda.

Nos alejamos cuanto pudimos de allí y los pocos bañistas que quedaban se habían arremolinado alrededor de la carpa ceremonial para curiosear, de modo que la playa se había quedado casi en exclusiva para nosotros. Aún había esperanzas. Sólo tenía que tumbarme y empezar a dejarme llevar, y sacarme de la cabeza la boda, a Lituma y Bonifacia, lo que no podía olvidar preparar antes del viaje de vuelta y todo lo demás.

Es posible que lo hubiera conseguido si no hubiera sido por el uso de la microfonía en la ceremonia y la buena acústica del lugar gracias al fuerte viento de levante. Yo no tenía ningún interés en seguir el acto, pero los altavoces no me dieron opción. Fue corto, eso sí, a lo sumo quince minutos. Hablaron varias mujeres, imagino que amigas del novio o la novia. Todas ellas nombraron a dios al más puro estilo católico, con comentarios de tipo dios es amor, y demás. Me irrité. Y por qué te irritas, deja a la gente que se case como quiera. Si se pueden casar como quieran, pero no entiendo por qué, dado que los novios son religiosos, no se han casado en una iglesia en lugar de montar una boda civil de estilo ibicenco -sin ser esto Ibiza-, en la playa, y además, y precisamente, esta última tarde. En ese momento asumí que la conexión sería imposible, de modo que saqué La casa verde y me dispuse a una lectura voraz, para conseguir llegar al encaje de historias, personajes y espacios temporales y geográficos, brutales todos ellos, que ya vislumbraba en ese libro puzzle.

En eso estuve hasta que de la carpa llegó un sonido de tambores. Los novios habían contratado una batucada, y la verdad es que eso sí no lo había oído nunca en nupcias. De los discursos acerca del amor de dios y los hombres me puedo abstraer fácilmente, pero de la música no. Los tambores me atraen. Me pregunté qué demonios tendría que ver la batucada con los novios, porque a juzgar por el acento, eran locales y no de Salvador de Bahía. Quizás algún interviniete tocara en un grupo. Tampoco es tan raro, el rubio toca en uno. Pero si tuviera que apostar, lo haría a que la elección se basó en la sugerencia de su agencia de bodas únicas y diferentes, que les diría que se olvidaran de la salve rociera por ordinaria, de Puccini ni hablamos que la ópera era de hacía dos temporadas, y que lo vintage ya estaba muy manido así que el jazz imposible: lo que de verdad marcaba tendencia en el mundo de las bodas únicas y especiales, claramente, era la percusión brasileña.  Y ahí estaban, sin repiques, pero ahí estaban. Nada. Olvídate también de leer.

Tratando de controlar mi irritación en aumento me dispuse a contemplar el atardecer. Y eso hice, hasta que, entre el crepúsculo y yo misma, se interpusieron los novios para su sesión de fotos de ensueño. La novia, entrada en carnes, siguiendo las indicaciones del fotógrafo, se sostenía en los brazos del novio inclinando el cuerpo hacia abajo hasta dar con la cabeza en la arena mientras levantaba una de sus piernas, en un equilibrio dudoso que no evitaba que el novio mirara, siempre muy intenso, ora la punta del pie estirado, ora la cabeza de su amada,  en la que sería la primera de una larga serie de posturas todas igual de naturales y espontáneas. Posiblemente hoy alguno de los dos recién casados necesite estar llevando un collarín para sostener las cervicales después de semejante sesión. Para terminar, al novio, alto, apuesto y azul, le dedicaron una sesión individual, mientras corría por la playa sujetando por sus correas a tres o cuatro canes, seguramente cedidos por la agencia, si es que no cedieron también al novio, que posaba corriendo y saltando de vez en cuando mientras miraba y sonría al fotógrafo.

Eso fue más de lo que pude soportar y di por terminada mi despedida. Mientras sacudía la arena de la toalla me hacía preguntas. Por qué me irrita tanto la falta de autenticidad de la gente, me hacen algún daño sus ridiculeces? no, físico al menos. ¿A alguien? a sí mismos nada más, pero no creo que sean conscientes. ¿No tengo yo mis contradicciones e incoherencias? cada día. No tengo ningún motivo para que cosas así me irriten tanto, pero lo hacen. Pensé en la Guerra de los mundos. Me pregunté qué pensaría el hombre de Putney Hill acerca de los esnobs. Y pensando en marcianos asesinos asolando la tierra se me dibujó una sonrisa.