Mejor versión

Estoy agobiada.

¿Es conmigo?

Es con todo. Pero creo que se me pasa. Necesito salir a la calle, necesito andar, que me dé el aire.

Aún faltan casi cuatro horas para ver la exposición de Münch.  Salimos, nos tomamos dos cervezas y empezamos a andar, nunca en línea recta, estamos a punto de llegar tarde.

Münch funciona de manera obsesiva. Repite una misma escena una y otra vez, incluso a lo largo de varios años, exactamente la misma. En tinta china, en xilografía,  en óleo sobre lienzo, en óleo sobre lienzo otra vez. Exactamente la misma escena. Las imágenes, a las que, por el mero hecho de ser imágenes se les presupone estatismo, me convulsionan. Me entra un necesidad urgente e inaplazable de pintar. Necesito pintar. Necesito expresarme con tinta china, con xilografía, con óleo sobre lienzo. Necesito saber qué se siente. Necesito poder hacerlo. Necesito saber hacerlo. Sólo necesito materiales y tiempo. Voy a pintar. En ese momento solo sé que voy a pintar.

Al momento siguiente, en la sala dedicada al amor, hay unos diez cuadros. La mitad, al lado izquierdo de la sala con la escena del beso, la otra mitad, al derecho, la escena de la mujer vampiro. El beso en tinta china, el beso en xilografía, el beso sobre óleo. La mujer vampiro sobre óleo, sobre óleo, sobre óleo. En la mujer vampiro, hombre y mujer en un bosque, o en lugar oscuro. Él está sentado y encogido, ella lo rodea, con sus brazos, con su pelo que se extiende a ambos lados, lo besa en el cuello, mortalmente, mientras él está agazapado, indefenso, con la cabeza baja, sin poder no dejarse matar.

En el beso hay un abrazo mutuo entre él y ella. Ambos, en pie, vestidos, o desnudos  se funden en una sola cara sin rasgos, en un abrazo que culmina en un beso que no se ve, se imagina.

Me pregunto si yo soy mujer vampiro o mujer beso. Me lo pregunto con un poco de miedo, porque sé que la respuesta es las dos. Como mínimo. Las respuestas a ese tipo de preguntas esenciales no suele ser una, ni dos, sino múltiple y contradictoria. Y a la vez única y sencilla.

Cuando salimos, la navidad ha multiplicado los viandantes en nuestra ausencia y caminar es prácticamente imposible, así que vamos buscando calles secundarias, sin alumbrado de navidad, ni carteles de neón, ni escaparates, ni gente, calles secundarias que tienen ese aire de puerta de atrás. Estoy contenta, me he puesto a cantar jingle bells y leo en un toldo de mi calle oscura y sin neones «la vida es bella», y siento ganas de caminar a brincos. En Plaza de España nos encontramos de lleno con las hordas, y, maravillada ante el espectáculo de tantos miles de personas juntas, y antes de darlas esquinazo,  me meto entre los coches para sacar una foto a los miles de seres que cruzan en sentidos opuestos sin miedo a la muerte.

Después seguimos calle abajo hacia casa, dejo de cantar y retomo el tema del agobio matutino para decirte que se me ha pasado. Y empiezo a buscar explicaciones en voz alta, no sólo para ti, sino para mi. Mi humor inestable, apenas tengo tiempo para estar sola y me ahogo. Voy a llegar a las vacaciones insoportable. Creo que necesito buscarme un par de días para mi. Pero después de escucharme mis explicaciones, me doy cuenta, en voz alta también, que aunque intente racionalizar los motivos, siempre habrá motivos, porque mi estado de ánimo es cambiante y de curvas pronunciadas. Recuerdo que ya hace tiempo habías dicho que ya tenías asumido que éramos así, frágiles.

Me hablas de tus días oscuros y de tu insoportabilidad. En realidad no somos tan insoportables. Desde fuera nadie lo notaría, o no en tal grado. Si nos sentimos tan oscuros y nos percibimos insoportables es sólo porque sabemos cómo somos en nuestra mejor versión, y la mejor versión es tan buena, tan pura, tan enérgica, tan poderosa…  la mejor versión es una droga, todo lo que no es ella es oscuro, insoportable, inasumible. Sólo son silencios, falta de energía, frialdad, desidia, lejanía, encierro, tristeza. Pero conociendo la mejor versión son insoportables. Y es bueno no soportar, no asumir, porque esta resistencia a la oscuridad es la que empuja a sacarla, a expresarla mediante lo que sea, palabras, música, movimientos, óleo sobre lienzo o tinta china, y a convertirla en en otra cosa, y esa transformación conjura  una nueva venida de la mejor versión. Leía el otro día en un cubo de basura «poeta es quien hace un árbol con la leña caída«, de @neorrabioso. Pues eso. Y si he escrito todo esto ha sido para poder terminar este párrafo, porque el otro día no pude. Después de «en realidad no somos tan insoportables» solo me dio tiempo a añadir, creo, un «ni lanzamos platos contra las paredes, ni gritamos, ni insultamos»,  antes de que usaras tu boca para cerrar la mía, en medio de la calle oscura, sin neones ni escaparates, tan lejos de mi mejor versión, protagonizando un beso.

el camino de vuelta

En el camino de vuelta estuve más callada todavía. Intenté mantenerme activa, y en lugar de dejar la música en aleatorio -como suelo- puse Ser brigada como canción de despedida, y como una de esas declaraciones de intenciones que parece que van a durar siempre hasta que llegan los lunes y las obligaciones que van en contra de mi ser caótico, y me arrastran al suelo, del que intento despegar y al que trato de sujetarme a partes iguales.

Después dejé Valiente, porque saltó antes de poder cambiar de disco y odio cambiar un tema cuando está a medias, salvo que el odio hacia el tema sea mayor que el odio a dejarlo a medias, y te puse Sil Fono, que era el tema que estabas deseando que tocaran la noche anterior y no tocaron aunque hubiéramos ido hasta Granada para oírlo, y que probablemente tocarían ayer, mucho mejor, y al lado de casa, pero no pudimos estar. Es una cosa que nos pasa bastante. Lo difícil se nos da mejor que lo sencillo. Además fue una forma de decirte que, aunque discutiéramos ayer porque a mí me pareció que el grupo tuvo fallos, y sí, califiqué su puesta en escena inicial como pretenciosa, y a ti te sentó como si te hubiera tildado de pretencioso a ti mismo,  te sigo queriendo y te escucho cuando hablas, y también me sigue gustando Sil Fono aunque piense que ayer la puesta en escena fuera pretenciosa en el contexto de ayer.  Y cuando la oíste me preguntaste que si tenía puesto el modo aleatorio. No. Por supuesto que no. Aleatoriamente es prácticamente imposible que hubiera comenzado con Ser Brigada, después por Valiente y por último Sil Fono. Si hubiera ocurrido por casualidad habría resultado muy mágico, desde luego. Entonces me puse a pensar que las cosas que no suceden por casualidad, también puedes ser muy mágicas. Incluso a veces hasta más. Porque cuando algo ocurre como consecuencia de uno mismo, ese darse cuenta de que los propios deseos, convertidos en acciones, pueden dar lugar a resultados bonitos, es tremendamente mágico. Se trata de esos momentos en los que uno piensa, sólo soy una gota en el océano, una pequeña e insignificante chispa de vida que apenas dura unos segundos, pero he tenido el poder de que ocurriera algo maravilloso, he influido y contribuido a que ocurriera. A veces lo hacemos de forma consciente y voluntaria, pero otras veces ocurren cosas que parecen casuales y no lo son, las hemos provocado nosotros, sólo por ser lo que somos, y sólo nos damos cuenta después. Y me parece que es bastante más sorprendente eso a que un día se alineen los astros y manden señales, o hagan que el reproductor elija justo la canción adecuada para el momento preciso de manera aleatoria. Los astros, la suerte, las leyes físicas y el universo en su conjunto son mucho más poderosos que una persona, es natural que sean capaces de hacer magia y poesía.

Empecé a pensar en eso casi sin darme cuenta, y casi sin darme cuenta pasé a un estado de semi-inconsciencia. Dormida del todo no estuve porque recuerdo tener un recuerdo claro de cada canción que iba sonando, ya sí, en orden aleatorio. Pero en mi cabeza sólo estaba la música, nada más, sólo sentía la música. Y no fue intencionado, nunca lo es, pero no volví a pronunciar una palabra hasta tres horas más tarde. Qué solo me dejas. Me dices. Para compensar te lío un cigarro, uno bonito. Y te miro un rato, disfruto del hechizo, consciente de que le queda poco. Es domingo. En unas horas volveremos a ser calabazas.

Reivindicación de la ausencia en cenas de navidad.

El primer correo electrónico de convocatoria de cena de navidad llegó el 22 de octubre. Me pareció motivo suficiente para no sumarme. Hay más: ese email era para proponer fechas y someterlas a votación, le siguió otro para proponer restaurantes y someterlos a votación. Y uno más para confirmar asistencia y reservar. Todo eso antes de hoy, 11 de noviembre. Eso es previsión. Y democracia. Y también el no contestar ninguno de ellos y leerlos únicamente porque Outlook preabre el correo entrante en la esquina inferior derecha. Podría haber desactivado esa opción, pero como es la cuenta del trabajo considero que leer lo que recibo forma parte de las funciones por las que me pagan.

Podría llegar a parecer que mis compañeros de trabajo no me caen bien, pero no lo es. Me caen bien, dos o tres hasta incluso muy bien. Los conozco a todos, a la mayoría muy por encima, a unos pocos más. Son todos amables, agradables, buena gente. Y yo, en mi trato con ellos, también lo soy. Podrían incluso llegar a pensar que soy simpática y sociable. Hasta que ocurren estas cosas. Como no acudir a una cena de navidad, ni a ninguna otra juerga extra laboral que se les haya ocurrido organizar. O como no mentir cuando se me pregunta.  ¿Vas a ir a la cena? No.  ¿Por qué? Porque es un viernes por la noche y los viernes por la noche son sagrados. ¿Tienes a los niños? Ni lo he mirado, pero si tengo a los niños son sagrados porque estoy con los niños, y si no tengo a los niños son sagrados porque estoy a solas con mi pareja. Ya, pero por un día… No voy a sacrificar un viernes por la noche por una macrocena de gente de trabajo. Ni muerta.              Sólo entonces se terminan las preguntas.

No me caen mal, es sólo que no tenemos nada que ver, y en reuniones multitudinarias se me hace todavía más evidente.  No sé de qué hablar: que no sea ni demasiado personal ni demasiado comprometido ni demasiado denso, algo trivial pero ameno, superficial pero agradable…  Y no me interesa escuchar eso trivial pero ameno, ni superficial y agradable. Me aburro. Pero  no es sólo esa falta de facilidad para la comunicación insustancial. Es sobre todo y también esa sensación de desubicación, tan familiar por otra parte, que en otra época trataba de vencer intentando adaptarme. Como si fuera una cuestión de voluntad. Desubicada en el colegio, desubicada en el otro colegio, desubicada en la universidad, desubicada en mi larga lista de trabajos, desubicada en mi matrimonio, desubicada siempre. Y no, no es una cuestión de voluntad. No es que yo no hiciera suficientes esfuerzos. Si me siento desubicada es porque estoy desubicada. Si siento que no tengo nada que ver es porque no tengo nada ver.  Lo sé ahora que sé cómo y con quién me reconozco.

empoderarse en un sentido literal

Me manda un mensaje para invitarme a una fiesta de muertos mexicanos, en un ambiente family friendly. Imposible, tengo un fin de semana repleto de actividades, también muy family friendlys, pero a ver si nos vemos. Sí, que además me tiene que contar un proyecto nuevo, un howards en plan humilde. Yo no sé que coño es un howards. La escuela de harry potter (estoy fuera de contexto). Me dice que en estos tiempos necesitamos nuestros poderes, que obtenerlos es una cuestión de metodología, y que está comprobado que funciona. Además, ante mi pregunta de si hace falta algún don especial, como en el Howards de la peli, me dice que no, todos tenemos  poderes, son innatos. Soy poco de método, pero lo de tener poderes me seduce. Le pido que me deje de contar vía mensajes, que prefiero que me lo cuente en persona. No tengo muy a menudo conversaciones que versen sobre la obtención de superpoderes, tampoco muchas oportunidades. Mientras llega el día voy a ir pensándome qué poder pedirme, por si se pudiera elegir. Lo de la teletransportación ya estaba descartado. Estoy entre volar o controlar las mentes (ajenas, claro). Con un adolescente en casa y otro en ciernes me va a venir que ni pintado, para eso y para lo del aumento….

el cuento de la ofrenda de facturas, el sacerdote y las sacerdotisas

La diosa AEAT había requerido una gran ofrenda de facturas. Otros dioses ruegan vagamente, utilizando un mensaje ambiguo y críptico que necesita de chamanes, profetas u otro tipo de intercesores con el don de saber interpretar las órdenes del más allá, pero AEAT era clara y precisa en sus instrucciones, exigente, caprichosa. Dice qué, dice cuánto, dice cuándo y dice cómo. Por escrito y mediante correo certificado.

Las tres sacerdotisas erigieron un altar donde colocar las ofrendas, que se apilarían en siete montículos siguiendo el estricto orden divino, y comenzaron con la colecta de facturas, y con ellas, los siete pilares su lento ascenso.

El trabajo era laborioso, suerte que los dos días sagrados en que el trabajo está prohibido, les proporcionó a las mujeres el gozo y la energía necesarios para poder cumplir con la ofrenda en tiempo y forma. Al tercer día, poco después del amanecer, las tres se reunieron de nuevo alrededor del altar, invocaron la alegría de sus dos días de ocio y se regocijaron en los placeres recientes antes de continuar con su misión.  En ese momento apareció el sacerdote.

¿Qué hacéis alrededor de esta mesa? preguntó él.

Pues adorar a la diosa AEAT y urdir un conjuro para ver si así las facturas se buscan solas… pero nada. Igual, si le ofreciéramos otro tipo de sacrificio, uno humano, a ti, por ejemplo…. (el sacerdote ignoraba que hay momentos en los que el silencio es el mejor aliado)

¿A mí? No me haréis eso, que soy el único sacerdote de la oficina del lugar.  A mí me tendríais que cuidar, con lo solo que estoy….

Las sacerdotisas, clementes y piadosas, conscientes de estar cediendo a un chantaje emocional, cedieron no obstante. Abandonaron la invocación de la alegría y los placeres recientes, y se enfrentaron a su destino. Buscaron y buscaron las facturas, las fotocopiaron, las apilaron, y las ordenaron siguiendo el caprichoso designio divino, sacrificándose ellas mismas, sus espaldas, -hay tres tareas incompatibles con una espalda sana que todo mortal, sacerdotisa o no, debería evitar, o al menos, practicar con moderación: fregar platos, planchar y hacer fotocopias-, las yemas de sus dedos, su sentido del humor con lo tedioso del trabajo requerido, sin reparar ni concentrarse en otra cosa que no fuera acabar a tiempo.

El último día, cinco minutos antes de que finalizara el plazo concedido por la diosa AEAT, el sacerdote se acercó al altar, interesándose por la ofrenda (el sacerdote continuaba ignorando que hay momentos en los que el silencio es el mejor aliado)

¿Cómo lo lleváis? ¿Os puedo ayudar?

Sí, ya, a buenas horas, contestaron ellas con la acritud propia de quien lleva varios días sin descansar.

Bueno, bueno, pues si no queréis estas dos manitas….

Las tres mujeres consiguieron reunir la ofrenda tal y como había la solicitado la AEAT, que estaría disfrutando ya de la revisión de sus facturas, perfectamente alineadas y ordenadas, examinando satisfecha la pulcritud del trabajo bien hecho, ensanchando su ego al comprobar el respeto y la obediencia que la gran mayoría de los mortales aún le profesan.

Terminado todo, las sacerdotisas se prepararon para abandonarse a su merecido descanso. Pero antes de hacerlo aún tuvieron tiempo de arrepentirse de su clemencia, y gozar recreando libre y mentalmente las imágenes de un sacrificio humano, el del único sacerdote masculino, cuya muerte, lenta y dolorosa, jamás llegaron a consumar.