Lunes en Madrid

La Ciudad es un ser vivo, que nace, crece, se reproduce y a veces también muere. Que tiene sus defectos y virtudes, su personalidad, un aspecto físico y una vida interior.

Yo intento llevarme bien con ella, tenemos una relación especial, y a veces hacemos planes juntas.

Hay días que salgo a la calle indecisa, sin un rumbo fijo, y entonces le pido ayuda. Hazme una señal, le digo. Y al pisarla saliendo del portal (cosa que hago con mucho cariño, sin prepotencia ni altanería), veo que hay sol, cielo azul, la calle está limpia, los peatones caminan contentos, y me cruzo al frutero y me saluda. Esto me vale, vía libre. Y comienzo a andar. Sin saber dónde ir. Y de pronto, mientras camino, veo que a mi lado un semáforo acaba de ponerse en verde, y que canta como un pájaro, o bueno, casi, porque en lugar de decir pío, pío, dice piú, piú. Pero cada uno es como es. Y entiendo. Quieres que vaya por ahí, ¿no? ¿Dónde me llevas? Y me dejo hacer. Y cruzo. Y paso por una terraza frente a la Almudena, y una de las mesas, la más bonita, tiene una silla algo retirada, invitándome a sentarla. Y a mí hacer feos no me gusta. “¡Por favor, un café!” Y cuando acabo me fijo en los adoquines tan grandes y separados. Si no te importa, ahora me apetece jugar. Bueno, le contesto. A no pisar las líneas, como siempre, no? Eso. Dice ella. Y ando a brincos, y unos niños me miran, sonríen, y siguen su camino junto a su madre, saltando como hago yo, sin pisar las líneas, ni las cacas (esta puñetera siempre le busca alguna dificultad extra al juego). Y con tanto mirar al suelo, me encuentro una moneda de un euro, y un billete de metro. Vaya, hoy te estás pasando, ¿dónde me piensas llevar?…

Pero también es caprichosa. Que no siempre puedo hacer lo que ella diga. Esta mañana me ha puesto charcos en el suelo, el semáforo en rojo, y el metro a rebosar.

Escucha chata, no lo hagas más difícil, que te pongas como te pongas, voy a ir a trabajar.

Domesticar

Hace unos meses, estuve leyendo con Pablo El Principito. Tocó un día el capítulo del zorro. El zorro le pide al principito que le domestique.

¿Y qué es domesticar? pregunta Pablo.

¿Y qué es domesticar? pregunta El Principito.

Domesticar es crear lazos.

“¿Crear lazos?

– Seguro_ dijo el zorro. Tú no eres para mí más que un niño parecido a cien mil niños y no te necesito. Yo no soy para ti más que uno más entre cien mil zorros. Ahora bien, si tú me domesticaras, nos necesitaríamos el uno al otro. Tú serías para mí el único en el mundo, como yo lo sería para ti…

– Empiezo a comprender_ dijo el principito_ hay una flor, y parece que me ha domesticado. “


Entonces, comprende el Principito que, a pesar de haber encontrado un jardín de rosas iguales que la suya, la suya sigue siendo única en el mundo.

Y yo me conmoví, como siempre que tomo consciencia de ello. Y pienso en Pablo y Miguel, y en los lazos que nos unen, que les han convertido para siempre y sin condiciones, en únicos en el mundo.

La avidez

Dice mi madre que una de las primeras frases completas, con su sujeto y su verbo, que empecé a decir, fue “yo solita” (bueno, con verbo elíptico…). Supongo que esa avidez por ganar autonomía tiene en común con lo que soy ahora, y con lo que he sido siempre,  precisamente la avidez.

Hay niños que son felices de ser niños. Incluso los hay que se obstinan en no dejar de serlo. A mí ahora eso me inspira cierta ternura, pero por aquellos entonces yo no era capaz de entenderlo. A mí la infancia me agotaba, porque limitaba mi mundo a un entorno demasiado pequeño, que me impedía vivir cosas verdaderamente emocionantes, como todas esas que leía en los libros. Y yo tenía unas ganas de vivir todo eso que apenas podía contenerme. Yo quería salir sola a la calle, conocer gente, vivir aventuras, enamorarme, ver mundo, experimentar. Sin la cómoda protección que es la familia.  Yo solita. Pero me tenía que conformar con estar recluida en mi pequeño y seguro mundo formado por mi casa, la urbanización y el colegio. Y con pasar mis días con la gente que había allí, que estaba muy bien, pero que era siempre la misma. Así que la única opción que me quedaba era esperar que el tiempo pasara muy deprisa, porque la espera era interminable, y mientras tanto, inventarme un montón de cosas que me gustaría vivir, y trasladarlas a los juegos, a  fantasear y a  soñar despierta… y por supuesto, a leer.

Una vez, tras lamentarme de mi vida, pues  tenía ya doce años y no me había pasado nada en la vida, mi padre, preocupado, amenazó con censurarme las lecturas… No me extraña…

Y absolutamente de nada sirvió que mi madre me dijera, una y otra vez, que todo tiene su momento, que no corriera tanto, y que llegaría el día en que viviría todo eso. Yo me preguntaba cómo podía estar tan segura. Uno nunca sabe qué día será el último tenga uno  la edad que tenga. Y la avidez sigue ahí.

Perímetro terrestre

Esta tarde, volviendo a casa, comentaban que el coche acababa de hacer 130.000 kilómetros. Y le preguntaba Rubén  a Pablo ¿sabes cuántos kilómetros hay que hacer para dar la vuelta al mundo?…

….¡40.000!

Entonces salté como un resorte ¿¿¿¿¿Sólo?????

Por no estarme calladita y contener mi sorpresa (y mi ignorancia),  me cayó un reproche. ¡Que son datos básicos!  Yo me quedé mirando por la ventana pensativa…

Así que con los kilómetros recorridos, podría haber dado la vuelta  al mundo algo más de tres veces….

….pues yo creí que el mundo era mucho más grande…

…Y la verdad es que lo sigo creyendo.

El de después de comer

Los espacios para fumadores son cada vez más escasos. Y me refiero a los privados. En mi casa tengo reservado el tendedero y la cocina. A fin de cuentas, y muy a mi pesar, siempre los he tenido reservados casi en exclusiva para mí. Fumando o sin fumar. Mujer tenía que ser.

Tanto en casa de mis padres como en la de mis suegros, directamente me voy a la calle. Así que hoy, después de comer en casa de los segundos, y a pesar de la lluvia intensa, he cogido unas llaves y me he ido a fumar conmigo misma. Otra cosa no tendrá la calle, pero espacio para un momento a solas…

Cuando terminé, abrí de nuevo la pesada puerta del portal, y vi que salía del ascensor un viejecito. Así que me quedé sujetando la puerta para facilitarle la salida. Cuando llegó hasta mí, me miró con gran extrañeza, y me dijo: «¿Cómo supiste que yo iba a salir?»

¿Qué?

-Señor, yo no lo sabía, coincidió que yo entraba en ese mismo momento.

– No, no, ¿cómo es posible? ¿Cómo podías saber que yo iba a salir?

Estaba claro que aquel señor no se iba a conformar hasta que yo le diera una explicación racional al encuentro casual que para él no lo era. Sin duda, yo sabía que él saldría, y estuve esperando para poder sujetarle la puerta. Las coincidencias no existen. Y él no se iba a marchar sin que yo le aclarase el misterio. Así que no tuve más remedio que hacerlo:

– Intuición femenina…

Al señor se le iluminó la cara, abrió los ojos, arqueó las cejas, sonrió y entendió. Entonces abrió el paraguas, salió a la calle y dijo como para sí, pero en voz alta: «claro, era eso…»