La aventura ambigua

Las sorpresas tienen tantas formas, colores, sonidos y aromas diferentes que a veces no las reconocemos. Sobre todo porque no las esperamos. Eso sí que es fundamental y maravilloso en las sorpresas, el no esperarlas.

Hace unos cuantos días, aprovechando que estaba sola, me fui al cine. Al salir la noche era estupenda, tan oscura y tan cálida, y yo tenía el ánimo tan bajo y la cabeza tan ocupada, que necesité dar un paseo y volver a casa andando.

Y así iba yo, disfrutando de mi momento de soledad, enfrascada en mis cavilaciones, ajena a la calle recorrida, cuando una voz me sacó de mí misma y me trajo de nuevo al mundo de los vivos:

«veo que caminas sola, yo también voy solo, si quieres caminamos juntos»

Tengo que reconocer que cuando me di la vuelta y ví a aquel hombre negro enorme, y que la calle estaba vacía, me sentí un poco insegura, y me pareció una imprudencia el no haber cogido un taxi. Pero lo que de verdad me resultó más molesta fue la interrupción. Es que ese hombre no se había dado cuenta de que yo no estaba sola, estaba conmigo misma tomando consciencia de mi tristeza, y el pensar que de pronto iba a tener que abandonarme   para hacer el esfuerzo de mantener una conversación trivial con un desconocido, para caminar juntos, me irritó.  Imagino que él imaginó mis reticencias, y antes de que le espetara una negativa, inistió: «sólo se trata de hablar, y que el camino sea más divertido».  Tampoco eso me convenció «Tu parles français?». La vanidad. Me pudo la vanidad, y olvidé mi irritación para contestar como movida por un resorte  «Oui».

Y en francés comenzó lo trivial. Oscar era de Camerún, vivía en España desde hacía siete años, daba clases de francés, era masajista, pero también había trabajado de fontanero y de lo que le había surgido a lo largo de siete años de peripecias.  De las reseñas biográficas de cada uno pasamos a hablar del choque cultural, ya en español.

«Aquí tenéis de todo, pero no sabéis ser felices. Os resulta extraño hablar con las personas. Tenéis miedo. Yo hablo con todo el mundo en el barrio, como puedo estar hablando ahora contigo. Pero muchas personas te rechazan, por miedo. Allí somos comunidad. Una fiesta, un funeral, lo que sea, nos une a todos. Todos nos conocemos, todos hablamos, nos alegramos con la felicidad de los demás y nos acompañamos en nuestras desgracias. No tenemos dinero para tomar algo, para charlar en un bar, pero hablamos en la calle, con quienes te encuentras, y estamos cerca todos de todos.»

Sí. En los pueblos pequeños todavía hay algo de eso, pero las ciudades han impuesto un individualismo feroz. Estamos rodeados de millones de personas, que son millones de extraños a los que no nos acercamos, con los que nos resulta violento hablar. Hay mucha soledad en las ciudades. No se estila hablar con los desconocidos.

Y me contestó: «Ya os iremos enseñando.»

Estuve más de una hora charlando con ese hombre que no dejaba de sonreír  y de sentirse agradecido con la vida, de pie, en la calle. De diferencias culturales, de soledad, de comunicación, de la actitud ante la vida,  de la felicidad y del valor. Me recomendó un libro «L’aventure de l’ambiguë», de  Cheikh Hamidou Kane.

Y cuando nos despedimos y seguí mi camino a casa, me di cuenta de que la tristeza y la pesadumbre que estaban conmigo a la salida del cine habían desaparecido. Y que el haber compartido todas esas impresiones con ese extraño me había llenado de energía. Y que de pronto caminaba contenta. Y que había merecido la pena cometer la imprudencia de conversar con un desconocido que, desde Camerún, y tras un viaje odisíaco, había venido a enseñarnos. Toda una sorpresa, de color negro.

El camino del corazón

Últimamente escribo poco y leo mucho. Sigo teniendo cosas que decir, pero no estos días. Esta mañana he leído un artículo del profesor -al que considero amigo- José Carlos García Fajardo, y me ha encantado. Sus palabras son un regalo. Así que, mientras vienen otros días, lo copio aquí, en mi cuaderno de reflexiones, para poder releerlo cuando sea necesario.

El camino del corazón

Es el camino del coraje, palabra que proviene de cor, corazón. Valentía y cobardía son las dos caras de una misma moneda: el cobarde se deja llevar por sus miedos y se refugia en la aparente seguridad de la razón; el valiente reconoce sus temores y se adentra en lo desconocido. Apuesta por vivir en la inseguridad, con amor, en la confianza; es renunciar al pasado y acoger el futuro. Son las personas que han optado por instalarse en la frontera. Más allá, no porque todavía no conocemos las leyes que gobiernan el caos.
La inocencia perdida no puede recuperarse, pero es posible crear una nueva inocencia. (In noccere: no hacer daño). Se evitan los peligros y se asumen los riesgos afrontándolos. Aunque la vida no tuviera sentido, tiene que tener sentido vivir.
El corazón siempre está dispuesto a arriesgarse, a asumir los desafíos, no a provocarlos; pues nadie puede ser probado más allá de sus fuerzas. Ni nadie sabe de qué es capaz hasta que llega el momento. La mente no es más que memoria. El camino del corazón es creatividad, es ingenio y sentimiento a la vez.
La esperanza no es de futuro sino de lo invisible porque el futuro no consiste en lo porvenir, si no en lo que nos arriesgamos a buscar. No es una realidad, es una hipótesis.
Cada instante debe ser una celebración, sin cálculos ni prejuicios. Es preciso asumir la vida como un juego, ya que nadie nos pidió permiso para nacer. Jugar significa hacer algo por sí mismo, descubrir la luz interna de las cosas. La vida es un don, un quehacer que apuesta por la justicia, por la bondad y por la verdad como experiencia, no como creencia. Es absurdo apegarse a las cosas, como si hubiéramos de llevarnos algo más de lo que trajimos. La única forma de poseer es compartir con alegría.
Hay que vivir apasionadamente, vivir con coherencia, en la frontera del caos. Sugiere Nietzsche que es preciso llevar un caos dentro de uno si queremos alumbrar una estrella. Las instituciones fomentan el ansia de seguridad, para poder someternos. Quisieran ahogar la rebeldía para que no descubramos sus racionalizaciones contra nuestras legítimas ansias de saber y de sentirnos responsables; no los bueyes en que quisieran convertirnos.
La belleza de la vida es su misterio, que siempre nos coge de sorpresa. Una persona se vuelve humana cuando se hace responsable de lo que es. El mayor coraje es ser dichoso, ser libres y vulnerables para que puedan atravesarnos los vientos.

José Carlos Gª Fajardo

Una aventura

A veces me cabrea el positivismo absurdo que nos rodea. Ese afán por llevar todos los aspectos de la vida al terreno científico, en especial lo concerciente al hombre. Y miro con indignación cómo se trata de la economía como ciencia, de la sociología como ciencia, de la información como ciencia, de la pedagogía como ciencia, de la psicología como ciencia, y hasta a veces, en los límites del absurdo, del arte como ciencia. Como si el hecho de que ciertos fenómenos no puedan someterse a un modelo o a una ley sea algo peyorativo, cuando es en realidad tan asombroso y genial.

Hoy no. Hoy me produce ternura semejante ingenuidad. Hoy entiendo los por qués. Hoy pienso en los denodados esfuerzos del hombre desde que existe por tratar de explicarse. Desde los dioses que ha creado, las convenciones sociales, los estudios filosóficos, hasta este contemporáneo recurrir  a la ciencia. Hoy miro con enorme compasión esos intentos desesperados por entender la condición humana, por explicarla, por intentar encontrar una verdad inamovible a la que aferrarse, la forma correcta de vivir, dónde está la felicidad, dónde está el camino hacia delante, cómo superar la muerte, el dolor… como si la condición humana fuera una, como si pudiera ser explicada, como si la pudiéramos someter a un modelo, como si fuera tan sencillo, tan exacto, tan matemático, tan físico o tan químico. Pero la condición humana no es una. Hemos construido unos modelos morales y sociales, y hacemos lo posible por encajar en ellos. Pero qué angustia tan profunda cuando llega el día en el que de una forma o de otra nos descubrimos fuera, fuera de esa aproximación, de esa normal. Y nos descubrimos sintiendo, expresándonos o actuando como jamás habríamos imaginado, como nadie espera, de forma errática. Y cuánta soledad, cuánta confusión, cuánto miedo,  cuánta lucha interna, cuánto desamparo.

Porque no todo vale para todos. Porque no existe sólo un camino. No hay un único rasero. No hay una única forma de actuar, ni de sentir, ni de pensar, y porque lo que incluso para una persona concreta en un momento dado fue válido  al cabo de un tiempo puede cambiar.

Hace unos meses tuve una pequeña conversación con Pablo. Pablo estaba dolido porque sus amigos le decían que era malo jugando al fútbol. Él se había apuntado a una escuela pero lo había dejado, no entrena nunca, y cuando juegan un partido termina cansándose y dejándolo a medias. Yo le decía «Pablo, si no entrenas no vas a jugar nunca bien. Si de verdad quieres jugar bien al fútbol, si es importante para tí, mueve el culo, sal ahí fuera y practica.»   Pero Pablo quería jugar bien porque al resto de sus amigos, a todos, les gusta el fútbol.

«¿Y a ti? ¿A ti te gusta, Pablo? Porque si no te gusta, tendrás que tener el valor de enfrentarte a ello, y aceptarte.»

Conocerse, reconocerse, aceptarse.

Supongo que para mí, desde mi perspectiva, era algo mucho más sencillo de aceptar que para un niño de ocho años, cuyo mundo se reduce a sus amigos y a su familia. Y que de pronto descubre que no comparte algo que absolutamente todos, menos su madre, valoran en común.  Pero van pasando los años y los ejemplos se complican. Y conocerse  y aceptarse también.

Y supongo que lo que quiero decir es que tratamos desesperdamente de entender al hombre, a todos, a la generalidad, cuando muy a duras penas alcanzamos  a conocernos o a entendernos a nosotros mismos, nuestras reacciones,  nuestras emociones, nuestros por qués, nuestra evolución constante.  Quizá sea el mayor conocimiento al que debiéramos aspirar.  Y supongo que lo que quiero decir  es que ese componente errático, individual, impredecible, que no se sujeta a modelo alguno, que se presenta sin avisar, que de pronto nos hace sentir vulnerables y perdidos, que a veces es devastador, a veces maravilloso, a veces devastador y maravilloso al mismo tiempo, eso que imposibilita que seamos objeto de estudio científico, eso que nos da tanto miedo y que nos genera tanta búsqueda,  es precisamente lo que hace que el ser humano sea extraordinario, y la vida una aventura.

Lo importante y lo urgente

Cuando el otro día charlando con Manu lancé sin recordar ahora bien a santo de qué, aquello de distinguir entre lo importante y lo urgente, no era consciente de lo que eso mismo me iba a hacer pensar, desde ese mismo momento.

Desde que nacemos, el mundo tal y como está montado, y el hecho de que el tiempo sea tan limitado -y por tanto valioso- nos enseña a actuar priorizando en términos de urgencia. Todo tiene un plazo, todo tiene un tiempo, una hora, y un límite. Y todo nos empuja a convertir lo urgente en lo prioritario dentro de nuestro sistema de preferencias,  sin cuestionarnos siquiera su importancia.

Ese día, según pensaba en aquella frase, hice lo que suelo hacer cuando quiero analizar algo, y es llevarlo al terreno real, o a mi terreno, y dentro de eso pensé en la última decisión en la que habían intervenido la importancia y la urgencia. Y es que al final, cada decisión supone priorizar. Supongo que habría sido más urgente quedarme en la oficina terminando rápidamente el trabajo que estuviera haciendo esa mañana, pero sin embargo había considerado más importante emplear un rato  en compartir momentos,  café y un cigarro. Y me alegré por ello.

Me alegré de que últimamente estuviera analizando mis prioridades no tanto por su urgencia, sino  por su importancia. Eso me llevó a pensar también en mis estudios. Para mí es importante. Me gusta lo que estudio y sobretodo me gusta el por qué. Y el examen tiene un plazo.  Sin embargo le dedico poco más que un par de horas al día. Porque dedicarle más tiempo me supondría sacrificar el de mis chicos. Y ellos son más importantes. Hay sacrificios que no merecen la pena.  Frente al argumento de «es sólo un año» la respuesta es que es un año cuyos momentos no voy a recuperar. Como dice mi padre, la vida está hecha de momentos.  Y yo los quiero hechos de lo que para mí es importante.

La urgencia está casis siempre asociada a una meta, a un resultado, a un destino.  Y estamos acostumbrados a concentrarnos en eso,  en las metas, en el destino, y eso precisamente  nos aleja de la importancia del camino. La prisa, la urgencia por llegar a una meta, nos hace sacrificar el momento presente.  Y de pronto soy consciente de que llevo un tiempo entendiendo  que la meta, el destino,  no debe ser más que una guía para descubrir el camino por el que andar, pero nunca una presión, nunca un plazo, nunca una urgencia, nunca un espejismo que me desvíe de  lo que es verdaderamente importante: amar el camino, ser feliz caminando.

Capital humano

El otro día estuve viendo durante un rato una mesa de debate en el canal 24 horas, estaban hablando acerca del pacto por la reforma educativa. En un momento dado, uno de los tertulianos dijo, indignado por el actual nivel educativo, que era necesario mejorar el capital humano de este país, para que en un futuro este país fuera más eficiente,  produjera  más y de forma más rentable.  Y yo  no pude reprimir las náuseas al escuchar esa concepción de los niños y adolescentes como «capital humano», y que la motivación para que estén bien formados sea la de mejorar el PIB.

Yo pensaba que los niños eran personas, y que la educación tenía una doble finalidad: un desarrollo a nivel personal y humano,  que a su vez les permita en un futuro prestar un buen servicio a su comunidad.

Creo que tenemos un buen problema cuando las personas nos convertimos en capital humano, y somos valoradas en función nuestra capacidad de generar beneficios empresariales. Eso no es lo que yo entiendo por desarrollo. Ni por humano.