Últimamente escribo poco y leo mucho. Sigo teniendo cosas que decir, pero no estos días. Esta mañana he leído un artículo del profesor -al que considero amigo- José Carlos García Fajardo, y me ha encantado. Sus palabras son un regalo. Así que, mientras vienen otros días, lo copio aquí, en mi cuaderno de reflexiones, para poder releerlo cuando sea necesario.
El camino del corazón
Es el camino del coraje, palabra que proviene de cor, corazón. Valentía y cobardía son las dos caras de una misma moneda: el cobarde se deja llevar por sus miedos y se refugia en la aparente seguridad de la razón; el valiente reconoce sus temores y se adentra en lo desconocido. Apuesta por vivir en la inseguridad, con amor, en la confianza; es renunciar al pasado y acoger el futuro. Son las personas que han optado por instalarse en la frontera. Más allá, no porque todavía no conocemos las leyes que gobiernan el caos.
La inocencia perdida no puede recuperarse, pero es posible crear una nueva inocencia. (In noccere: no hacer daño). Se evitan los peligros y se asumen los riesgos afrontándolos. Aunque la vida no tuviera sentido, tiene que tener sentido vivir.
El corazón siempre está dispuesto a arriesgarse, a asumir los desafíos, no a provocarlos; pues nadie puede ser probado más allá de sus fuerzas. Ni nadie sabe de qué es capaz hasta que llega el momento. La mente no es más que memoria. El camino del corazón es creatividad, es ingenio y sentimiento a la vez.
La esperanza no es de futuro sino de lo invisible porque el futuro no consiste en lo porvenir, si no en lo que nos arriesgamos a buscar. No es una realidad, es una hipótesis.
Cada instante debe ser una celebración, sin cálculos ni prejuicios. Es preciso asumir la vida como un juego, ya que nadie nos pidió permiso para nacer. Jugar significa hacer algo por sí mismo, descubrir la luz interna de las cosas. La vida es un don, un quehacer que apuesta por la justicia, por la bondad y por la verdad como experiencia, no como creencia. Es absurdo apegarse a las cosas, como si hubiéramos de llevarnos algo más de lo que trajimos. La única forma de poseer es compartir con alegría.
Hay que vivir apasionadamente, vivir con coherencia, en la frontera del caos. Sugiere Nietzsche que es preciso llevar un caos dentro de uno si queremos alumbrar una estrella. Las instituciones fomentan el ansia de seguridad, para poder someternos. Quisieran ahogar la rebeldía para que no descubramos sus racionalizaciones contra nuestras legítimas ansias de saber y de sentirnos responsables; no los bueyes en que quisieran convertirnos.
La belleza de la vida es su misterio, que siempre nos coge de sorpresa. Una persona se vuelve humana cuando se hace responsable de lo que es. El mayor coraje es ser dichoso, ser libres y vulnerables para que puedan atravesarnos los vientos.
José Carlos Gª Fajardo
Me llama la atención ese aparente contrasentido de la última frase: el gran coraje que supone permitirse ser vulnerable. El coraje, o la fuerza, y la vulnerabilidad suelen considerarse antónimos. Pero cierto es que mayor habrá de ser el coraje de quien se arriesga sabiendo que puede ser objeto de daño y, a pesar de todo, sigue permitiendo que «le atraviesen los vientos». Un atractivo punto de vista. Bs.
muy bonito, qué pena que ahora mismo me sienta en las antípodas de lo que dice ese texto y me sienta profundamente cobarde, incapaz de afrontar la vida con alegría… y no tenga el coraje de ser feliz…