Crónica gráfica 11 07 2012. Atocha-Sol

Un claro ejemplo de que no es una cuestión de edad. Indignarse desde el sofá de casa o salir a la calle.

Comenzamos a subir por la calle Atocha. El tono es menos festivo que en las convocadas por el 15M. Pocas pancartas ingeniosas, más banderas e himnos republicanos, la lucha obrera, redobles de tambores, tensión. No me extraña. Hasta el ser más pacífico podría llegar a perder la calma ante las noticias que salieron del Congreso ayer por la mañana.

La orquesta Solfónica.

Yo creo, no obstante, que somos mansitos, tenemos las espaldas anchas, y además, creemos que nada se puede hacer sino resignarse y obedecer.

Llegamos a Sol. Decidimos descansar y tomar una caña. Guardo la cámara y doy por cerrada la sesión. Hasta que empieza a verse gente corriendo por la calle. Saco la cámara y salgo.

Los antidisturbios han cortado el acceso a Sol, y han comenzado a cargar. No les gusta que les haga fotos. Cuando corren hacia nosotros nos refugiamos en El Museo del Jamón.

Al otro lado la gente les grita asesinos. Les grita que deberían estar de nuestro lado. Les grita que a quienes hay que parar es a quienes les han dejado a ellos también sin paga extra, a cambio de fondos europeos para la banca.

Pero ellos, ellos se entregan a la obedicencia debida.

Lo que faltó por contar

Leo un twitt de una mujer que no conozco de nada, y que firma con pseudónimo, que hay una campaña para donar libros en la cárcel de mujeres. Un par de horas más tarde la estoy llamado a su móvil. Otras dos horas más tarde estoy en Antón Martín con una bolsa llena de best sellers que, o bien no me he leído y no pienso leer, o bien he leído y no pienso leer. Eso me refuerza un poco la sensación de que el único mérito que podría tener es el de haberme molestado en salir de casa para llevarlos a un punto de encuentro. Al salir del metro en el i-pod suena Nunca me entero de nada de Los Planetas, y veo caminar al músico que había pedido limosna en mi vagón solo por por los pasillos. Veo mucha soledad en esa escena. Y hago click.

Me encuentro con la mujer, que es profesora de la UNED, y ha estado impartiendo en la cárcel de mujeres de Alcalá un seminario, donde prometió a las reclusas hacerles llegar literatura y cine. Me pregunta que si son novelas. Sí, best sellers facilones. Perfecto, me contesta. Mis compañeros me criticaron que hubiera usado cine comercial en mi seminario, pero ¿no se dan cuenta de que están en la cárcel? Por un lado se trata de llegar a ellas, y por otro, lo que quieren es evadirse, soñar que están en la playa, o viviendo aventuras, y no leerse un manuscrito en swajili, o un ensayo filosófico. Me decían las presas que les gustaba Lara Croft, porque está buena, es inteligente, tiene pasta y hace lo que le da la gana. ¿Eso es o no es feminismo? Le contesto que sí, supongo. A pesar de que yo no soy especialmente sensible al sentir feminista.

Le entrego la bolsa, nos despedimos, me dan unas gracias que sigo opinando no merezco salvo por el paseo, y vuelvo al metro. Pienso que llevo unos diez días con una cuenta en twitter, y que esos son exactamente los días que he tardado en traspasar los límites del ordenador para comenzar mi experiencia en la calle. La de verdad. Recuerdo eso que me dijiste de salir a la calle porque las cosas pasan en la calle. Tras el recuerdo me pregunto si hace diez años habría hecho lo mismo. Posiblemente hace diez años habría sentido el impulso, pero me habría quedado en eso.

A pesar de que hace una buena tarde, salvo los cinco minutos en que estuve charlando con la profesora, casi todo el tiempo transcurre en el metro. No sé por qué no me decidí a caminar. A la vuelta los vagones van repletos. Escuchaba música, pero a pesar de los volúmenes absurdos que acostumbro, me di cuenta de que el propio vagón cantaba. Me quito los auriculares y escucho. Se oye el final de algún canto un tanto descoordinado. Después escucho perfectamente acompasado  «el pueblo unido jamás será vencido». Los mineros. Intento distinguir al grupo entre el amasijo de brazos y cuerpos que me bloquean el campo de visión y no lo consigo. A pesar  de la falta de visibilidad, y de la carga de ingenuidad de su consigna, me preparo para grabar un vídeo con el i-pod y lo grabo. Justo estamos llegando a Sol. Cuando descargo el vídeo esta mañana para colgarlo aquí me doy cuenta de que lo he grabado colocando el aparato en posición vertical. Igual de idiota que aquel personaje mío que se tildaba a sí mismo de idiota.

Tengo el impuso de bajarme con ellos y seguir el canto de las sirenas, y subir a la superficie, precisamente en Sol, y obervar a los mineros y a quienes los esperan. Pero me quedo en el impuso. Me pregunto si dentro de diez años lo habría seguido. Vuelvo a ensordecerme con mi música y consigo abstraerme de tal forma que me paso de estación, y no me doy cuenta hasta llegar a Iglesia. Como de todos modos tengo que coger de nuevo un tren en sentido contrario decido regresar a Sol. Mientras espero a que llegue me da por pensar en los libros que han quedado en esa bolsa. Los pienso tristes en la estantería de casa, por el abandono. Libros para ser leídos una vez o ninguna. Los imaginé después en la cárcel, contentos, tocados y acariciados y leídos una y otra vez, con las tapas ajadas, y las esquinas superiores con marcas de dobleces, sintiéndose importantes y útiles, con su autoestima bien alta. Y estoy contenta porque creo que también ellos estarán contentos en su nuevo hogar.

Llego a Sol en un vagón medio vacío, y me resulta un tanto decepcionante. Pensaba que se iba a repetir el espachurramiento, y el canto de sirenas, pero nunca se repite nada. Los momentos son siempre únicos. Está todo tan desangelado en relaicón a la idea de una estación tomada por el acontecimiento revolucionario del símbolo minero que tengo que asegurarme, leyendo de nuevo el cartel, que estoy en la estación en que debo estar. No hay duda. Es Sol. Me voy al andén de enfrente, por si la revolución llega desde el sentido opuesto. Y no. ¿Qué ha ocurrido? Quizá debería ir a la superficie. Miro el reloj, pasan ya de las nueve y veinte. A las nueve y media es mi hora de poder preguntar por los cachorros, tengo que comprar pan, terminar de recoger en casa, llevo casi dos horas vagabundeando por túneles subterráneos y me he habituado al subsuelo… No sé. Sí. Son excusas. Pero me sirven. Me monto en el siguiente tren. Hago trasbordo en Tribunal. Aunque me fijo no vuelvo a ver un solo minero. Pero veo en el andén una pareja de señores mayores que mientras esperan lo caminan a paso suave de una punta a otra, tomados de la mano. No se sueltan ni cuando llega el metro y han de subir. Y los fotografío.

Al final, pienso que vuelvo a casa con un impulso insatisfecho y dos rarezas subterráneas: un vídeo vertical de esa extraña raza de personas en las que aún circula sangre por las venas, y un par de fotos de una pareja que se sigue manifestando ternura al margen de los años, o de la edad.

La muerte en vivo, y el entierro de la ética

Me siento en el sofá con una tostada, un zumo, un café y las noticias de la mañana. Veo a Rajoy posando con el Códice, a continuación presencio el fusilamiento de una adúltera en Afganistán,  prosigo con imágenes de la boda de Iniesta y por último el mapa del tiempo. Apuro el café y enciendo un cigarro.

A pesar de que me pregunto si de verdad es necesario emitir ese fusilamiento, y que se traten esas imágenes con la misma ligereza con que se tratan las de una rueda de prensa o un acontecimiento deportivo, constato con espanto que a pesar de esas preguntas y de esa indignación, tanta sensibilidad hemos perdido que a fuerza de costumbre he estado desayunando sin despeinarme mientras en un telediario me han calzado un vídeo de muerte en directo.

Hubo un tiempo en que las snuff movies estaban censuradas, parece ser que ahora se emiten en la prensa de reconocido prestigio sin que nadie se cuestione su ética o su legitimidad. Habrá quien sea de la opinión de que el emitir el fusilamiento sin ahorrar un solo disparo es necesario para incrementar la sensibilidad del mundo occidental. Yo me pregunto si de verdad hace falta ver cómo fusilan a una persona para repudiar este hecho. Me da igual si es una mujer o un hombre, me da igual si es por adulterio o si es por robo. ¿De verdad es necesario verlo para condenarlo?

Una imagen vale más de mil palabras. Las audiencias saben mucho de esto, pero el faltar al respeto a un ser humano, que además está muerto, y además en estas circunstancias a costa de incrementar el share me enciende.  La muerte y el sufrimiento son momentos muy íntimos. Pongamos por caso que un día soy violada, y pongamos por caso que alguien graba esa violación mediante un dispositivo móvil. Y pongamos por caso que se difunde en la red. Y pongamos por caso que termina apareciendo en los noticiarios. Y que mis padres, mis hijos, mi pareja,  mi familia, mis amigos, y yo misma tengo que estar reviviendo esa escenita una y otra vez, al poner las noticias, al consultar la prensa digital, al mirar los vídeos destacados en You Tube etc…

Por mucho que me argumentaran diciendo que la difusión de mi  violación sensibilizaría y evitaría muchas otras, perdonad, pero no dejaría de ser para mí un hecho éticamente inaceptable  y jurídicamente denunciable. ¿De verdad que si no se ven esas imágenes no existiría sensibilidad y denuncia ante los hechos? Me niego a pensarlo.

Hasta ahí imagino que nadie tendrá dudas acerca de la línea que divide el informar con el daño que se puede hacer, y el atentado al honor, y la falta de respeto que implica el hacerlo ofreciendo según qué imágenes. AL menos con ese ejemplo. No sé si quizá la ética y la moral cambian cuando hablamos de una mujer que ya está muerta, y que además procede de un país donde tampoco le ampara el derecho a denunciar, -ni su sentencia ni la difusión de las imágenes de la aplicación de la misma-.

 Supongo que, en ese caso, cuando la indefensión de la víctima es total, total contra los verdugos, y total contra la falta de escrúpulos de los medios de comunicación, entonces da igual su dignidad como persona, y el respeto hacia ella y las imágenes de sus últimos momentos.

 Y sin un consentimiento expreso hay imágenes que no deberían difundirse. Porque no son necesarias. Porque sólo aportan morbo. Sólo son carnaza de audiencias. No es lo mismo contar que enseñar. No es lo mismo. No es lo mismo que te cuenten que un familiar ha fallecido en un accidente de tráfico a ver los restos del mismo en imágenes. No es lo mismo.

Hay cosas que me parece increíble que haya que explicar y denunciar, como este derecho a la intimidad y al honor. Por supuesto que por encima de ello está el derecho a la vida. Al entrar en El País, y buscar en los numerosos comentarios que ha suscitado la noticia del fusilamiento (enlazando la snuff movie), no haya encontrado a nadie que se haya escandalizado no sólo por el hecho de que una panda de afganos extremistas hayan matado a esa mujer, sino también porque una panda de periodistas de primer nivel y de prestigio internacional hayan difundido sin el menor escrúpulo su muerte en vivo.

Me pregunto qué le queda ya a esa mujer. No bastaba con matarla. Ni su vida mereció un respeto, ni por lo visto tampoco su muerte. De esto último no podremos culpar a unos afganos extremistas. Ha sido esta sociedad occidental que tanto alardea de ser modelo de civismo, ética, y modo de vida.

Y yo, yo me he comido mi tostada con esas imágenes. Sin pestañear. Estamos en un proceso de aniquilación de la sensibilidad y el respeto, que cada día nos hace menos humanos.

La excusa

Ella me contó que su pareja ya estaba bien, y que en realidad, sospechaba en el fondo que tampoco había estado tan enfermo como para no ir a trabajar, con un tono en el que se adivinaba cierta carga de reproche. Entonces, para quitarle hierro, le dije que quién no había hecho eso alguna vez, y le conté la anécdota aquella que a su vez me habían contado -lo típico- de un tipo que en cada empresa donde había trabajado hacía una de esas llamadas a la oficina para decir que no podía ir, pero que la excusa que utilizaba era que se le había inundado la cocina. Lo de estar enfermo es  un recurso del que se ha abusado demasiado. De modo que para resultar creíble, el tipo había optado por la estrategia de lo rocambolesco. Quién se inventaría una cosa así.

La pequeña anécdota hizo que se desviara el tema, y comenzamos a disertar acerca de los mecanismos de la mentira. Ella analizaba en voz alta que además, según fuera el tipo repitiendo esa excusa seguramente iría incrementando el nivel de detalle, hasta llegar a un punto en que, a fuerza de repetirlo, cada vez con más nitidez, debía resultarle  tan sencillo y tan natural narrar dicha ficción como narrar realidad.

Quizás, con una suficiente rotación de empleos -continué yo- por la fuerza de la repetición, es posible que el tipo terminara incoporando en su registro de recuerdos ese suceso como real. E incluso puede que se considerara a sí mismo como el desafortunado hombre de las inundaciones periódicas.

Lo que sí es cierto, dijo ella, es que existe un cierto morbo en el hecho de mentir; genera adrenalina.  Y se corre el riesgo de que una vez se empieza con las mentiras ya no es fácil parar.

como cuando uno se atreve con la verdad, pensé.

Entonces entramos en el metro.

Hacer

Hace ya bastante tiempo que he dejado de escribir de forma introspectiva. El otro día, buscando contenido para el proyecto de armapalabras, me encontré con una declaración del por qué de este sitio. Todos los por qués van cambiando, pero el caso es que en los de entonces, mi propósito era buscar un algo en cada día que mereciera ser contado. Obligarme a esa búsqueda me hacía ser consciente de que ese algo existía.

Poco a poco, me fui volviendo más celosa o más pudorosa a la hora de compartir ese tipo de hallazgos, y poco a poco fui cambiando concreciones por abstracciones, y me puse densa y un poco filósofa. El caso es que surgió Euler, de carácter más ensayístico, y ahí comencé a volcar mis reflexiones. Y para la ficción el dinosaurio y deseodeserpielroja. Y aquí, aquí nada.

Llevo ya unos días con ganas de escribir. Pero al igual que hubo un día en que cada día me sentaba, me encontraba conmigo misma, y lo ponía por escrito con relativa facilidad, ahora siempre encuentro excusas. Parece mentira, que ahora que en mi horario laboral el tiempo transcurre y mis obligaciones se han reducido casi por completo a estar y a esperar a que me confirmen qué día será el último, con tantas horas vacías por delante con un ordenador, me resulte tan complicado hacer algo.

Hacer hago. Leo prensa, artículos relacionados con la literatura y la cultura en general, me entretengo alimentando de contenido interesante el twitter de armapalabras,  miro trescientos millones de veces el correo electrónico, pero no soy capaz de hacer nada, o hago poco, entendiendo por hacer eso que se traduce en algo tangible, que se puede compartir y enseñar. Algo que queda.  Le explicaba esta mañana a Sittingbull que me había propuesto escribir aquí, que tenía el sitio abandonado. Y me contestaba que no era una obligación, que cuando volviera a tener ganas ya escribiría. Pero sé que no es así. Las ganas están, pero he perdido la práctica. Cuando encontrarme conmigo misma era un hábito, una costumbre, me resultaba sencillo. Pero una vez que se emprende el camino del abandono, era complicado retomarlo después. Y no quiero.

No se trata de que ya no tenga momentos introspectivos, de que ya no piense, o de que ya no me encuentre. No. Se trata de que ya no los plasmo. Y hay una sutil diferencia. Y es que cuando algo se queda sólo en la cabeza es como si no hubiera existido. Seguía reflexionando en voz alta con Piel roja, ya sé que es una tontería, lo sé. Pero el escribir algo, algo aquí, y repito que sé que es una tontería, me hace sentir que he hecho algo, y que mi tiempo en la oficina no ha sido tan absurdo, que ha tenido algún sentido, porque he hecho algo. Algo que queda. Algo diferente a haber matado el tiempo durante siete horas seguidas. Y es que si hay algo que odio es matar el tiempo. Con lo precioso que es. Y es una tontería, pero escribir me hace sentir que he hecho algo, algo que al menos a mí me gusta hacer. Aunque la toxicidad del ambiente dificulte la introspección, y la creatividad, y la iniciativa. Pero estoy por hacer el esfuerzo. Diario. Volver a esa costumbre de hacer. Hacer como tangible, hacer como construir, hacer como lo contrario de vivir mientras pasan los minutos conservando las constantes vitales. Empezar por ahí. Y seguir con otras tantas cosas a las que he dejado en la senda del abandono. Tomar mi tiempo y dejar de matarlo, con lo precioso que es, aún estando en un trabajo clínicamente muerto. Y llegar a casa un poco más contenta.