Si me preguntas que cómo lo vi te diría que contento.

Y no contento por estar unos días en Madrid, o no solo, me pareció que era feliz en general… no sé cómo explicarlo,  llevaba una amplia sonrisa, como la de los niños, con esa forma diferente que tienen ellos de sonreír, como si no hubieran estado tristes nunca, con una especie de alegría limpia y total. Y eso que, por lo que contó, en Berlín las cosas no son fáciles. De hecho quiere mudarse a Barcelona…

Le estuve preguntando en qué grupos estaba tocando ahora, y me dijo que en muchos. En muchísimos. En todos los que puede. Que apenas pagan por tocar en ningún sitio. Que el trabajo mejor pagado era el de músico de estudio, pero que siempre llaman a músicos alemanes, y que sólo tenía dos alumnos, como si ahora nadie estuviera interesado en aprender, o en pagar dinero por aprender. Contó que al menos la vivienda era barata, y que podías permitirte el lujo de malvivir como músico en un piso en una buena zona de Berlín. Nos tachó de idealizar la vida en Alemania, pero que allí la realidad era otra, que sufre mucha gente. Contaba esas cosas, se quejaba de lo cerrados que eran los alemanes, de lo difícil de la integración, de lo difícil de sobrevivir de la música, y acto seguido, volvía a sonreír, como si eso en realidad no fuera con él, como si estuviera por encima, como si en cualquier caso y a pesar de todo, estuviera encantado y entusiasmado con la vida….

Pero esto en realidad no es lo que me marcó. Fue la conversación que mantuvimos después, a raíz de que me preguntara que qué tal con la batera. A mí me pareció una pregunta de cortesía… imagina, qué puedo aportarle yo de mis experiencias de autoaprendiza a él que es profesional y toca con profesionales, y convive con profesionales. Pero como preguntó yo contesté, y le dije que bien, que técnicamente era muy mala, pero que me divertía. E igual esperaba que me detuviera ahí, con esa respuesta cortés tras una pregunta cortés, y más teniendo en cuenta que él y yo no habíamos hablado en la vida. Es decir, saludarnos, coincidir alguna vez en algún concierto, o después de un ensayo, eso sí. Pero yo creo que hablar nunca. Sin embargo no me detuve. Le conté lo que cuento siempre, que ya empiezo a aburrirme a mí misma, pero es que es lo que me pasa, y es también lógico que me aburra a mí misma porque yo me estoy oyendo siempre, pero él no, a él hacía muchos años que no lo veía, y además, era la primera conversación de tú a tú que manteníamos. Le solté eso de que yo no sé hacer nada, pero cuando suena la música, cuando la siento, entonces empiezo a moverme y se mueven las baquetas, y empieza a marcarse el ritmo y a pasar cosas. Le conté el ejemplo de las pruebas de sonido. Dios, qué mal lo paso en las pruebas de sonido en el estudio, me siento como una completa estafadora cuando en silencio y yo sola escucho por auriculares “ahora toca la caja, ahora el bombo, ahora el charles, ahora toca todo un poco”, y al otro lado de la pecera están los técnicos mirándome, y mis compañeros, y yo me quedo con cara de imbécil, y pienso y qué toco, si no sé tocar nada. O como cuando tocamos con Víctor, que es pura improvisación, la versión en música del sexo sin compromiso. Simplemente quedamos cada quince días nos desahogamos y nos largamos. No hay un proyecto de banda, no hay temas, no va a haber bolos, apenas nos conocemos y llevamos cuatro o cinco años tocando juntos, justo desde que empecé… hay lo que ocurre en la sala esas dos horas, como un fin en sí mismo.  Él empieza con un riff de guitarra, y lo seguimos. Yo cierro los ojos y lo único que hago es sentir y hacer lo que me pide el cuerpo. No pienso lo que hago, no soy muy consciente de lo que hago, sólo lo siento. Alguna vez me ha parado y me ha dicho, ¿puedes tocar lo que estabas haciendo? Y es como si hubieran encendido la luz, me hubiera despertado y no recordara nada. Y le he tenido que decir, lo siento, no puedo. Y cuando algunas veces tengo que tocar algo diferente de lo que intuitivamente me sale, me bloqueo, me descoordino, y vuelve esa sensación de estafadora.  De hecho, alguna vez me ha pedido que hiciera un ritmo determinado y me ha sentado hasta mal.

Entonces se rió y me dijo que, efectivamente, eso era exactamente igual que el sexo sin compromiso. Si no quieres compromiso no me impongas condiciones.

Exacto (en realidad si lo piensas, las condiciones son regulares también con compromisos, pero ese ya es otro tema, y por suerte reprimí el impulso de analizar y filosofar y desviarme del tema). Porque aún no he llegado al momento para mí más significativo de esa conversación. Que fue cuando le dije que una de las cosas que más me gusta de tocar, a pesar de mis limitaciones técnicas, es que además de esa emoción personal, estaba la magia colectiva. Al principio me parecía increíble, no sé cómo puede ocurrir, pero ocurre. Si yo estoy metida en el tema los demás también lo están, si estoy sintiendo, los demás también sienten. Pero no por mí, sino por todos, es decir, yo no podría sentir si los demás no lo hicieran. En una sala con varios músicos hay una única emoción, es imprescindible que todos y cada uno de los que están ahí dentro participando la sientan. Si estoy desconcentrada, si está siendo un mero ejercicio, si estoy fuera de la música, los demás también están fuera. O estamos todos dentro, o nos quedamos todos fuera. Y a mí, esa energía que se forma en el grupo, incluso aunque no nos miremos y estemos con los ojos cerrados, me parece completamente mágica, y amplifica la emoción.  Y entonces me dijo que estaba de acuerdo, y que esa emoción era el motivo por el cual él había decidido ser músico. Y me dijo otra cosa.  Me dijo que le estaba dando cierta envidia porque echaba de menos esa emoción. ¡¡¡La echaba de menos!!! ¿Te das cuenta de lo trágico de esa declaración? Él, que dedica su vida a la música porque se emocionaba tocando, ¡echa de menos emocionarse tocando!

A partir de ahí anduvimos disertando acerca de los pros y los contras de la profesionalización del arte, de las dificultades del artista que necesita vender su trabajo, de las consecuencias en su sensibilidad, mencionó la palabra prostitución, hablamos de libertad, y de la falta de ella, bueno, una conversación interesante pero algo larga y densa, que interrumpió para pedir más cerveza. Al volver tenía en la cara de nuevo su sonrisa despreocupada y feliz. Como si a pesar de los sacrificios y de lo que ha ido perdiendo por el camino continuara muy seguro de su camino, que es la música, y aún la amara. Incluso si algunas veces se emociona menos, incluso si a veces se le olvida lo importante porque tiene que comer, incluso si la vida es fría en Berlín, incluso. Eso sí, es posible que la próxima vez que nos veamos pase de preguntas de cortesía ahora que sabe que las contesto…

veintisiete años de espera o el por qué de la química

Desde los cinco u ocho años, el niño elabora mentalmente un mapa en el cual encajará en el futuro su ideal amoroso. Ese molde de circuitos cerebrales preestablecido es el que hará que cada quien se enamore de una persona y no de otra. Los niños desarrollan esos mapas entre los 5 y 8 años de edad como resultado de asociaciones con miembros de su familia, con amigos, con experiencias y hechos fortuitos. Así pues, antes de que el verdadero amor llame a la puerta, el sujeto ya ha elaborado los rasgos esenciales de la persona ideal a quien amar.

Teoría de la correspondencia.

feliz en tu día

Miguelito está triste, qué tendrá Miguelito.

El niño que no anda sino brinca, que ríe y le va la vida en ello y desborda alegría, que se divierte con un balón, jugando al escondite, comiendo chucherías, hablando en idiomas inventados, el niño que canta en la ducha, que convierte en juego el lavado de dientes, poner la mesa, leer un libro, todo lo que hace… menos el fútbol, que eso es cosa seria…. vaga serio, lánguido, cabizbajo, taciturno. No da muestras de entusiasmo, ni por las chuches, ni por los regalos, ni siquiera, ni siquiera por el fútbol. No quiere jugar a nada, ni se ríe a carcajadas, ni habla alto. Se cansa en los entrenamientos, no juega a la consola, ni quiere regalos. No hace los deberes, no quiere bromas, ni besos ni abrazos.

Miguelito está triste, qué tendrá Miguelito.

Miguelito deambula taciturno por casa, y escucha una y otra vez la misma canción. Una y otra vez. Mira el teléfono. Se encierra en su habitación a ratos. Miguel, qué te pasa. Y Miguel sólo contesta nada. Miguel escribe y escribe en el teclado, y deja el teléfono. Y lo vuelve a coger. Se oye una voz de niña. Miguel, cabizbajo, escucha la misma canción una y otra vez. ¿De dónde la has sacado Miguel? La cantan las niñas en el patio. Miguelito no se separa del teléfono. Y pasan las horas, y la canción termina y vuelve a empezar, pero el teléfono no suena.

Miguelito está triste, qué tendrá Miguelito.

Un día, Miguelito volverá a estar contento. Y a entusiasmarse con el partido del sábado. Y a querer jugar al escondite, y a convertir en juego el lavado de dientes, y la lectura del libro, porque acaba de cumplir diez años, y aún es un niño.

Pero ahora ya menos.

mecanismos para no olvidar la magia del juego

Los juegos surgen de las cosas más insólitas. No sé cuál es la clave, no creo que haya sólo una. Supongo que una de ellas es no esperarlos, no forzarlos, como con todo. Quizás sabría más si repaso mis juegos, cuándo llegan, podría saber algo más acerca del cómo. Aunque el saber más no me garantiza en absoluto que vaya a poder controlarlo, y jugar a mi antojo, porque jugar es divertido, jugar me pone alegre, y jugar se olvida demasiado deprisa.

Jugar, como el otro día que me obligué a hacer albóndigas aunque me daba una pereza terrible, porque sobrepasa el límite que he fijado, el límite de no hago nada que me obligue a estar más de veinte minutos en la cocina, pero como tengo tiempo me he obligado porque les gustan, y normalmente no las hago nunca porque nunca tengo tiempo, y porque además me da pereza, y me he obligado pero me lo he dejado, como hacía con los deberes, para el domingo por la noche. Y me llama mi madre, y la corto y le digo que tengo que hacer albóndigas, y mi madre me dice las cosas de madre, pues se te ha hecho muy tarde, te va a llevar por lo menos una hora. Y yo me desmoralizo porque sabía que iba a traspasar mi límite pero no pensaba que tanto, una hora!!!! una hora de un domingo por la noche en la cocina? de mis últimos momentos de fin de semana? y una mierda. Y entonces aparece, el juego, lo sé, porque empiezo a correr y porque noto su energía, contenta, con el reloj en la encimera, y no hay huevos pero me da igual, me invento la forma de sustituir, y como siempre, me invento media receta porque me encanta transgredir la norma escrita, hasta esa, y sigo corriendo, haciendo bolas a un ritmo trepidante, con las pulsaciones al máximo, y cuando por fin acabo compruebo mi marca: treinta y cinco minutos, y corro a por el teléfono y marco un número, y lo primero que digo cuando me descuelgan es ¡¡¡terminé!!!! y mi madre al cabo de un momento se acuerda de mis albóndigas y dice, Ah, las albóndigas, qué pronto, no? y me pregunta cuánta carne he usado, y se lo digo, pues como yo, me dice, y me pregunta que cuántas me han salido, para comprobar que no he hecho sólo una pelota gigante, y le digo que cuarenta, pues como a mí, y entonces me dice que ella tarda más porque las hace con calma, y yo le digo que tardo menos porque las hago compitiendo, pero no contra ella, sino contra el propio tiempo, contra el fin del domingo. Y al día siguiente le pregunto a pablo cómo estaban, y me dice que riquísimas, y yo me sonrío victoriosa por dentro, porque pablo es exigente y no regala mentiras piadosas.

O jugar, como cuando fui a yoga kundalini por primera vez, para probar, sin saber en realidad en que consiste, y voy a la clase, y hay que empezar cantando unos mantras, que no sé ni qué son, en un idioma que no sé ni cuál es, y yo pienso que me va a dar vergüenza, y le digo a la profe que yo no he hecho nunca y que mejor miro y aprendo y me dice que lo intente porque sana y me va a hacer bien, y pienso que si no lo intento qué sentido tiene el haber traspasado el umbral, y me siento en postura fácil, y miro el tercer ojo, y canto el mantra, y no puedo verlo porque estoy mirando el tercer ojo, pero sé que estoy sonriendo, y como si me hubiera criado abriendo chacras, me concentro con todas mis fuerzas en concentrarme, en respirar, en meditar, en pensar sat cuando inspiro y nam cuando espiro, sea lo que sea eso, y en ser consciente, y juego a ser una gran yogui, y a sentarme muy derecha y no como acostumbro, y me imagino que mi columna es la unión del cielo y la tierra, y que la he despejado y ahora es un camino fácil. Sentirme camino a recorrer me gusta. Y salgo de allí relajada y contenta, y estirada, y ligera, y muy divertida, y después os lo cuento en casa, porque sé que lo del tercer ojo os va a encantar, y nos reímos bastante. Pero decido que aunque me resulte una de las cosas más bizarras que he hecho en los últimos días, mientras salga de allí contenta, estirada, ligera y divertida, seguiré cruzando ese umbral.

Jugar, como el jueves pasado, cuando después de volver del trabajo y hacer recados varios por fin me senté en el sillón y te dije que aún había que tender. Y pienso en lo tedioso del día, de un trabajo de mierda, de recados aburridos, de sentarme a las ocho de la tarde, y aún con cosas por hacer. Y tú me contestaste que ya tendías tú, como sabía que harías, porque habías tenido más tiempo y me parecía que era lo justo, pero lo cortés, y más sabiendo que tenemos un sentido de la justicia similar, era esperar a que tú mismo lo propusieras. Todo normal para un jueves anodino y cansado. Tan cansado que después de escuchar lo que quería oír aproveché para quejarme de mi dolor de espalda. Y entonces tú: quieres que te dé un masaje? y yo sí, quiero, pero primero tienes que tender. Justo ahí, en ese instante, en una tarde de jueves bastante anodina, sé que ha empezado el juego. Lo siento porque de pronto me ha entrado la sonrisa y el cosquilleo de una diversión incipiente, y siento la energía. Me dejo llevar y sigo: Y  cuando termines tráeme una cerveza….  Y sólo cuando te levantas un tanto descolocado a tender, me escapo sin que me veas a la cama, y me desnudo, y te espero. Apareces con las manos llenas de ropa y te sorprende verme allí. Es por mi masaje, te digo, con mi sonrisa delatora de pensamientos malignos, políticamente incorrectos, o simplemente algo crueles que tan identificada tienes. Y sueltas toda esa ropa de cualquier manera, porque lo de tender o doblar la ropa en realidad nos da lo mismo, y y me das mi masaje, y te desnudas, y, espera, no hay prisa, ahora vamos a fumar, y voy a hacer yo los cigarros,  y hago dos cigarros, y te pongo un disco de Ella y Amstrong, y jugamos al juego de escribir el guión, y después jugamos al juego del cigarro simultáneo con reglas que me invento sobre la marcha. Y cuando ya nos hemos cansado de reír follamos contentos. Cuando nos queremos dar cuenta son las diez y veinte de la noche. Y preguntas qué vamos a cenar? Y yo contesto ¿y esa cerveza que me debes? Quieres salir fuera?  Sí! Y entonces nos duchamos y enciendes el transistor, y es el primer momento en varias horas en el que vuelvo a ser consciente de que hay un mundo ahí fuera, detrás de la puerta de nuestra habitación. La semifinal del eurobasket. Sé tan poco de basket que tengo que comprobar en google cómo demonios se escribe. Sólo faltan los últimos cinco minutos. Y te vistes sin dejar de prestar atención al partido pero yo no me muevo. No pretenderás irte ahora que falta lo más emocionante, te digo, además, estoy jugando a mandar, y ahora vamos a ver cómo acaba. Y entonces juego a ser la persona que más vibra con el basket (se escriba como se escriba) del mundo. Y me pongo muy nerviosa y muy tensa, y grito, aunque no tanto como tú, porque aunque no me interese el basket, voy a jugar a que me encanta durante ese rato, y tengo suerte, porque para que pueda perfeccionar mi técnica la cosa se alarga y hay una prórroga de infarto. Y ganamos. Y cuando se acaba la prórroga salimos, y bebemos una cerveza al aire libre, comemos algo al aire libre y volvemos a casa. Sabes, podría llegar a acostumbrarme a esto. Y yo. 

teletransportación

Leo en prensa que el premiado con el Nobel en Física dice que ve la teletransportación como algo altamente improbable, y respiro con alivio. La teletransportación es uno de esos sueños recurrentes. Como volar, o ganar la primitiva. Ya sabes, cuando estás en un atasco, o cuando llegas a la estación de tren y el tuyo acaba de irse, o cuando echas de menos pero no existe siquiera la posibilidad de atravesar medio mundo… ya sabes,  el wish you were here de pink floyd pero al revés, porque si la teletransportación estuviera ya operativa estaríamos hablando de un wish i were there, o  de un i’ll be there, right now.  Concretamente en esos casos, en los más necesarios, la teletransportación resulta inútil, porque entiendo el wish you were here como uno de esos echar de menos  al margen de la materia o de si existe o no una distancia física,  como ese otro eje espacio tiempo que no está sometido a leyes.

Hago la reflexión completa y entiendo por qué la belleza de la teletransportación reside en su imposibilidad. Si yo pudiera teletransportarme a cualquier lugar significaría, que también el resto del mundo podría hacerlo. Cualquier persona, conocida o no, familiar o no, con previo aviso o no, con autorización o no, podría quebrantar las leyes físicas, el eje espacio tiempo, juguetear con la materia y personarse en cualquier momento del día o de la noche, en cualquier situación. Cualquier persona. En cualquier lugar. A cualquier hora. Imagino un par de posibilidades, sin complicarme demasiado, sin necesidad de rebuscar entre  las más desagradables o violentas dentro del catálogo de lo posible. Me bastan para entender que la teletransportación es uno de esos sueños que nunca, jamás, bajo ningún concepto, deben cumplirse. Que son sueños sólo en la medida en que no se hacen realidad.

Respiro con alivio de nuevo. Rezo, en el sentido de how i wish, es decir, en el sentido de desear ante nadie, por la sensatez de los físicos, y también -por si acaso fallara- por su impotencia. Por el eje espacio tiempo. Por mi materia y sus incapacidades. Por la vigencia del sentido de los pestillos en según qué puertas. Bien merecen el esfuerzo de un trasbordo, el cansancio de un viaje, las horas echando de menos.