Vaya etapas

El otro día, un amigo me comentaba que la adolescencia se había adelantado. Cuando antes un niño de doce años sólo pensaba en jugar al fútbol y en cambiar cromos, ahora tiene móvil, chatea con sus amigos, se engalana antes de salir, tontea…

Y es curioso, porque si la adolescencia se ha adelantado, lo que antes se llamaba madurez se ha retrasado. Cada vez se estudia durante más años: una carrera, después un post grado, después un máster… cualquier excusa es buena para retrasar en lo posible la incorporación la mundo laboral (y no me extraña). Los sueldos, a pesar de tanta sabiduría, no son muy grandes, y la vivienda es muy cara. Cuántas excusas unidas para no abandonar el nido antes de los treinta. Eso por lo menos. Y ya lo de los hijos es capítulo a parte.

Así que entre la pre-adolescencia temprana, la adolescencia en sí misma, y la post adolescencia, nos hemos pulido media vida para deleite de psicólogos. (Ya se sabe, todo aquello que lleve consigo la palabra adolescencia, ya sea delante, detrás, o sola, suele ser motivo de consulta.). Por no hablar de la crisis de los cuarenta, que con estos cambios tan bruscos debe ser brutal. «Pero doctor, si hace tres días yo era un estudiante alocado…»

El caso es que a mí ya se me ha pasado el chollo. Yo fui una de las que tuvieron poca visión de futuro y no explotaron todo que habrían podido esa post adolescencia. Pero el tiempo pasa y me doy cuenta de que a Pablo le va quedando cada vez menos de su más tierna infancia. Hay señales inequívocas.Como el comenzar a cuestionarse mis normas. «Mamá, ¿te acuerdas de la norma de que la consola es sólo para los fines de semana? Pues no la entiendo.»

O como ciertas conversaciones de una alta carga emocional:

– Mamá, es que no me escuchas y no me entiendes!!!!

(Ahí, dando donde más duele. Una se repone del golpe con la mayor dignidad posible, para que el niño no vea ni la herida ni la sangre, que siempre impresiona.)

– ¿De verdad tienes la impresión de que no te escucho? Pues es curioso, porque a mí contigo me pasa exactamente lo mismo. Vamos a tener que hacer un esfuerzo por escucharnos más el uno al otro….

Pero sin duda, lo que ha sido definitivo, lo que ha marcado un antes y un después, lo que me hizo darme cuenta de que su infancia había dejado de ser tierna, fue su siguiente afirmación:

– Mamá, no me vuelvas a poner NUNCA MÁS los calzoncillos de Winnie The Pooh.

Y la verdad, tiene razón, son una mariconada.

Autodemostración empírica

La gente suele decir que los hijos envejecen en el sentido de que, el ver cuánto crecen ellos, te hace sentir que, inexorablemente, lo haces tú también.

Yo sin embargo no tengo esa percepción. De hecho, muchas veces me siento más joven con 30, y con bastante menos pudor y sentido del ridículo, que con 18 -bueno, vale, lo del Pokémon de ayer es una excepción, pero, ¿qué sería de una regla sin excepciones?-

Por ejemplo, no consigo recordar si de pequeña jugaba a hacer teatro. Sí recuerdo que de haber jugado, no debía hacerlo muy allá, porque en las obras de teatro que representábamos en el cole, jamás tuve un papel estelar. En las ocasiones más afortunadas, dije alguna frase. En las más habituales, fui figurante. Y en alguna que otra, me quedé de puro atrezzo.

A principio de curso, Pablo tuvo que aprenderse una frase en inglés, para hacer una mini obra. Era la siguiente “Oh! I’m not a frog! I’m a prince! Thank you princess!” Aprendérsela no fue un problema. El problema fue declamarla. Pablo con su elevado e innato sentido del ridículo, y su timidez, la pronunciaba rápidamente, en voz baja y entre dientes. De modo que hubo que hacer un esfuerzo e intentar enseñarle a quitarse el sentido del ridículo, por lo que me pasé una semana repitiéndole la frase, absolutamente sobreactuada, casi a grito pelado, gesticulando cómicamente, y haciéndole reír. Venga, Pablo, ¡ahora tú! Y conseguimos que gritara (sí, sí, a veces declamaba la familia al completo). Pero cuando llegó l ahora de la verdad, dijo: Yo no pienso hacer eso en clase. Bueno, en cierto modo le comprendo.

Sin embargo, mis incursiones teatrales no terminaron ahí. Una vez que se le coge el gustillo…

Todo empezó –o continuó- el día en que Miguel llegó a mi dormitorio con una pelota como proyectil, apuntándome amenazador. Entonces salió la actriz que llevo dentro, y, con cara de pánico y unos gritos desgarradores, comencé a suplicar “NO, NO, POR FAVOR, ¡¡¡SOCORRO!!”, mientras me llevaba las manos a la cabeza, y comenzaba a correr. Miguel corrió detrás de mí riendo a carcajadas  y blandiendo la pelota hasta acorralarme contra la cama , donde no tuve otra defensa que agazaparme escudándome con una almohada. Entonces el pequeño atacante se apiadó, incluso se preocupó, soltó la pelota, y vino a abrazarme. Él se lo pide todo, héroe y villano.

Bien, pues mi interpretación fue tan grandiosa, que ahora TODAS las tardes, cuando llego a casa y me cambio de ropa, llega mi público intruso, que ya casi se ha convertido en fan, y me dice “Mamá, coge la almohada y di No, No, Pol Favol”. De modo que no me ha quedado más remedio que mejorar mi capacidad interpretativa. Porque no es lo mismo actuar cuando en un momento gamberro te sale de dentro, que por obligación cada día. El hecho de hacerlo bien siempre es lo que distingue a un aficionado de un verdadero profesional. Pero volviendo al tema de antes, eso de que los niños envejecen, pues eso, que no: hace unos años yo era demasiado mayor para estas cosas. Acabo de autodemostrármelo empíricamente.

Y de lo de hacer una discoteca en el salón y quitarse los zapatos lanzándolos por los aires para bailar mejor, hablaremos otro día…

El Pokémon y la evolución

-Mamá, ¿jugamos a las cartas?

-¿Al cinquillo?

-No, a Pokémon.

Yo no sé jugar.

¡Te enseño!

Vale. (Reparte doce cartas para cada uno). ¿Con cuál empiezo?

-Con la que más vida tenga. Es el número que tienes ahí.

-Ah, vale, pues éste. Mismagius. 90 puntos de vida.

-¿Y?

-¿Y qué?

Que qué ataque lanzas….

Ah… pues… el ataque psicoondas!

Vale, pues yo te saco a Roserade, y lanzo un picotazo venenososo. Dale la vuelta a la carta, mamá, que te he envenenado. Y me tienes que dar otra carta.

¿Por qué?

Porque es así. –Esto empieza a sonarme a tongo– Ahora saco a Infernape, con un envite Ígneo.


Envite Ígneo. Tócate los cojones…. Para que luego digan que con la literatura se aprende vocabulario.


Pues yo te saco a Drapion, que también envenena, así que dale la vuelta tú a tu carta.

¡Pero qué dices! Si Infernape no se puede envenenar, y además te ha hecho 90 puntos de daño, así que me tienes que dar otras tres cartas.


No me cabe la menor, cuando le dije que no sabía jugar ha visto su oportunidad para darme para el pelo. Dejo de hacer el menor intento por aprender unas normas movedizas que se mueven según su voluntad. Le doy las tres cartas y confío en que me gane con un par de ataques más. Pero se va a enterar con la próxima partida de Scrabble.


Vale, mamá, ahora te voy a sacar a Skuntank. Este mola mazo, tiene 110 de vida, ¡110! Y está en primera evolución. Anda, dame tu carta de energía.


Que digo yo, con esta facilidad por los idiomas por qué no le dará más al inglés.


Mamá, mamáaaa que me des tu carta de energía.

Toma.

Por cierto, mamá, ¿vas a evolucionar?

 

¿A evolucionar? No sé si es porque no puedo evitar darle el sentido tradicional, tan contrario a la evolución. Pero ya es demasiado para mí.

 

Pablo, tocada y hundida.

 

Espero haberle contestado.

El seguro y la apuesta

Hacerse una tarjeta de crédito de esas que son gratuítas de por vida, y que además te regalan dos vuelos, noches de hotel, o una bonificación de 100 euros, puede salir muy caro. No me refiero al uso irresponsable. Me refiero a que si efectivamente el tiempo es oro, a mí las llamadas que tan frecuentemente me hacen sus emisores, me han hecho perder ya unos cuantos kilates.

La otra mañana, en el trabajo, me llaman al móvil de parte de uno de los bancos emisores. El comercial muy amable me preguntó si era un buen momento para informarme de un seguro que ofrecían con mi tarjeta. Y yo muy amablemente le dije que no.

Dos horas más tardes, me pasa una llamada la recepcionista de mi oficina. Otro comercial de otro banco. Este comercial que sabe que está llamando a un trabajo, no sólo no tiene la poca consideración de no preguntar también por si era un buen momento, sino que, sin darme opción a replicar, comienza a ofrecerme otro seguro asociado a mi visa (¿es que es el mes del seguro o qué?). Que si fallecemos mi pareja o yo en accidente me pagan tanto. Que si fallezco, pero no es en un accidente cuanto. Que si enfermo en el extranjero me pagan la hospitalización. Que si la diño en el extranjero se encargan de repatriar mi cuerpo. Y todo esto por nueve euros al mes. Joder, yo sigo sin entender por qué se les llama seguros de vida. Si lo que aseguran es mi muerte. Escucho calladita pero rabiosa toda la perorata. El tipejo este que no para de hablar de mi muerte, y en horas de trabajo. Y encima le pone precio. Será cabrón.

– ¿Le interesa?

– No, muchas gracias.

– ¿Me puede decir por qué? Si sólo son nueve euros al mes!

– Porque a pesar de eso, he decidido arriesgar, y he apostado por mi suerte.

El por qué de una pregunta

El viernes subíamos en el ascensor tres compañeros de trabajo y yo, y tres mujeres. De una de ellas ni me acuerdo. Otra estaba embarazada. La tercera estaba buena que te cagas. Miro a uno de mis compañeros, el que siempre está hablando de mujeres, y me asombro descubriendo que mira a la que está embarazada, y no a la que esperaba estaría mirando. Cuando ya se están abriendo las puertas del ascensor, le pregunta a bocajarro: «¿Cuánto te queda?» . La mujer se sobresalta ante la pregunta del desconocido y pregunta » ¿Qué?»  Y mi compañero le repite la pregunta señalándole el vientre. Entonces ella le contesta que dos meses.

La embarazada  debió quedarse pensando en el por qué de la pregunta. ¿Estaré demasiado gorda para mi tiempo? ¿Se me nota más de la cuenta? ¿Para estar de siete meses estoy bien o no?

Cuando terminó la jornada, nos quedamos tomando una caña. Entonces le preguntamos al compañero por qué le había hecho esa pregunta a la mujer. Él contestó que no sabía cómo entrarle a la que estaba buena que te cagas, y no se le había ocurrido mejor forma de hacerse notar que el preguntarle a la embarazada.

Por la tarde, un amigo me comentó que le gustaría que hombres y mujeres se comprendieran mejor, porque en el fondo, no somos tan distintos.

Bueno, yo le deseo mucha suerte, porque, en vista de la anécdota, creo que la va a necesitar.