pasos de cebra

Vuelvo a casa después de dejar al niño en el entrenamiento. Son las seis y media de la tarde, ya es de noche y hace frío. Casi no se ve nada. Cerca del campo donde entrena hay unas urbanizaciones exclusivas. Desde fuera se ve poco, porque normalmente a la gente que habita viviendas exclusivas no le gusta que se le vea. Les gusta que se sepa que su vivienda es exclusiva, pero sin enseñar, supongo que por eso hacen piña en zonas exclusivas, y sólo diciendo la zona donde viven, ya se sabe de su exclusividad, sin necesidad de tener que demostrarlo.  Además, para demostraciones ya están los coches, la ropa, los complementos… Una compañera el otro día, al saber que pasaba por allí me preguntó si era cieto que había hasta un lago. No lo sé, casi no se ve nada, y tampoco miro. A mí no me interesa demasiado, ni la exclusividad ni sus demostraciones, y menos hoy, que está tan oscuro y voy pensando en mis cosas, que ayer se rompió la caldera, que por la mañana nos hemos duchado calentando cacerolas de agua, que han venido esta tarde a arreglarla y que ahora funciona pero no durante mucho tiempo, que hay que comprar una nueva. Y cómo la pagamos, ¿financiada? Odio financiar compras, pero el mes es de traca. Cambiar las ruedas del coche, recibos y regalos de navidad, como mínimo uno a cada niño. En esas cosas voy pensando, y en el atasco que había a la ida en la carretera. ¿Se habrá disuelto o voy a tardar media hora en volver a casa?

Voy a atravesar un paso de cebra y paro bruscamente el coche al ver que hay un señor cruzando. No sé cómo lo he visto, porque está oscuro, pero por suerte lo he visto. Por las pintas del tipo que cruza viene de correr, ahora le ha dado a todo mundo por correr….  pero no cruza corriendo, cruza andando y sin mirar. No ha mirado siquiera antes de cruzar. Ni mientras cruza. Lleva la cabeza muy erguida, sólo mira al frente. Da por hecho que los vehículos vamos a detenernos. Es cierto, es un paso de peatones y él tiene la prioridad. Sin embargo, yo suelo mirar antes de cruzar, incluso si la prioridad es mía, incluso si hay semáforo y se me ha puesto en verde, cuánto menos si voy por calles poco iluminadas, sin reflectantes y de noche. Quizás no siempre miro porque a veces me distraigo, pero casi. Pero ese señor no tiene aire de distraído sino de una seguridad casi arrogante. Camina como si fuera invulnerable. Seguro que si corre por allí, vive por allí, en una vivienda exclusiva. Y muy posiblemente tiene un colchón de seguridad que le permite vivir con la tranquilidad de que si se le rompe la caldera y tiene que comprar otra no le va a producir la más mínima preocupación. En comparación, yo siento que  camino por una cuerda floja. Si todo va bien, mantengo el equilibrio, incluso a veces se me olvida lo de mi funambulismo, pero el más mínimo contratiempo me devuelve a la cuerda y vuelvo a ver el abismo y el riesgo de caída, y no negaré que tiene su lado emocionante, pero a veces me angustio. No me puedo imaginar el nivel de tensión, o los esfuerzos por mantener la serenidad que debe hacer la gente que tiene que hacer equilibrios para poder pagar su alquiler o su hipoteca todos los meses, incluso la que tiene que andar rebuscando a fin de mes para pagar una cesta básica del supermercado. ¿Cómo cruzarán ellos por los pasos de cebra? Pero quizás también haya un punto de inflexión, el punto más precario, el punto en el que una persona pueda llegar a pensar que no tiene nada que perder. Quizás ese sea un punto de alivio en la desposesión total. La sensación de no tener nada que perder. Eso también debe hacer sentir invulnerable. También debe hacer levantar la mirada, hacer capaz de cualquier cosa. Quizás ellos crucen como ese señor. Con ese aire. Aunque esa sensación sea ilusoria, porque siempre hay algo que perder.

La verdad es que, volviendo al señor, lo de la casa exclusiva no me da ninguna envidia. Pero disponer de un colchón de seguridad bajo la cuerda me proporcionaría bastante paz. Ese señor desde luego cruza con la seguridad de que si se le rompe la caldera compra otra y se acabó. Y si se le rompe el coche igual. Si se le queda el sofá pequeño lo repone, y llena el carro del supermercado sin calcular cuánto lleva gastado, y cuando paga con tarjeta no mira los importes, ni va calculando el saldo que le queda en la cuenta. Un colchón de seguridad da seguridad. De eso no hay duda. Y tranquilidad. Pero ese señor no sólo cruza con seguridad y tranquilidad. Cruza soberbio. Cruza sin mirar. Cruza invulnerable. Cruza dando por hecho que cuando él pasa los demás se detienen. Cruza con la sensación de que él no puede perder. Pero ese señor parece olvidar algo importante. Porque ese señor, con todo ese colchón, también camina por una cuerda floja. También hay cosas que le pueden hacer caer, que están fuera de su control y de su tranquilidad económica. Yo misma, sin ir más lejos, estando todo tan oscuro, tan sumida en mis pensamientos, tan a punto de no haberlo visto….

veinticuatro de octubre

Para que el pan sepa a pan, con su tomate por encima, y su café y su zumo,
para ese qué más se puede pedir,
para la mañana de domingo al margen del calendario,
eres absolutamente imprescindible.
También para que el sol ilumine los cuatro rascacielos
mientras amanece,
justo en el momento en que se cruzan conmigo cuando paso con el coche por la m40 para ir a trabajar,
y para que yo mire toda esa luz atravesando naranja las torres,venciendo,
cortándome la respiración. También para eso
tú.
Y desde luego eres
condición necesaria para que ocurra eso que hace a veces la música con las tripas
eso que hace sentir calor o frío, y mueve los pelos de los brazos hacia arriba,
al menos a mí, porque me gusta conservarlos,
y es que a veces se mueven hacia arriba cuando escucho algunas músicas
y cuando tú,
y también hace que sienta el impulso de emitir sonidos,
desde mi boca, sí: cantar,
y que empuje todo más fuerte desde dentro,
y que sienta
más
aún.
También cuando canto tú.
Y cuando me río a carcajadas,
incluso si no es contigo,
incluso si ni siquiera estás,
incluso si no te lo cuento,
incluso entonces,
incluso,
tú.
Tú estás en el mismo origen de mi sentir, en un origen mucho más puro que mi sistema nervioso, mis neuronas o mi cerebro. Quizás seas mi propio origen.
Y entenderás que tenga tanto que celebrar, contigo.
Como este sentir intenso. Maravilloso y difícil, y vivo. Sí, vivo. Intensamente vivo.
Lejos de lo inerte y de la inercia.

los tamaños de la dignidad

Creo que en general soy una persona con cierta paciencia y con capacidad para la empatía y la comprensión. Pero hay en mí una especie de frontera. Cuando cruzas esa frontera se terminaron los caminos y carreteras, los edificios y las señales de tráfico. Cuando cruzas esa frontera hay una llanura salvaje, tigres y leones, y gacelas, bisontes y búfalos, y jirafas y un baobab. Y desde luego no existe la paciencia, ni la resignación, ni la tolerancia, ni otras oportunidades, ni manos izquierdas, ni el es que las cosas funcionan así y hay que aguantarse.

Hablo de todas esas situaciones, hechos o actitudes, que de una forma o de otra agreden. Me agreden. Hablo de respeto, incluso de dignidad. No hablo de resignación. No. No hablo de quejas o lamentos. Hablo de cambios. Con la mano que haga falta. Pero hablo de cambiar.

Y no se trata de grandes agresiones. Cómo voy a poder reaccionar ante una gran agresión si no soy capaz de defender y solucionar las pequeñas. Hablo de esas pequeñas, que por pequeñas se las perdona, se las tolera, que por pequeñas no merecen el enfado, no merecen el esfuerzo por el cambio, no se puede. Si no usas las flechas nunca, cómo esperas saber tensar el arco cuando llegue rostro pálido disparando fuego, cómo esperas acertar. Dejarás que lo arrasen todo. Otra vez. Te faltarás al respeto otra vez. Te despojarás de tu dignidad otra vez. No valdrás nada. Todo lo sagrado se habrá perdido. Como esos músicos que vi el otro día, que han dejado el escenario, han dejado las salas, han dejado los lugares donde se valoraba su música, y tocan en centros comerciales, y la gente pasa de largo sin escuchar con sus bolsas colgadas del brazo. Algún curioso toda vez. Y entre canción y canción las ofertas por megafonía. ¡“Disfrute de las mejores rebajas”!. Se han perdido el respeto a sí mismos. A los músicos. A la MÚSICA.

A veces la dignidad no se pierde de un día para otro. No hay un enemigo invencible e identificable. La mayor parte de las veces no hay rostros pálidos, ni disparos de fuego. La dignidad se va perdiendo en lo pequeño. En el día a día. Casi sin darse cuenta. Y cuando te quieres dar cuenta los hombros ya sólo sirven para encogerse, y la boca para suspirar. Y para hablar sobre valles de lágrimas y páramos de hormigón. Y el doctor te cita a las cinco pero, como siempre, te hará esperar una hora porque ni tu tiempo ni tú sois importantes. Y la cabeza está enferma de un alzhéimer que hace olvidar las llanuras. Para qué recordarlas, si ya no son para ti porque no valdrás ya nada.

Es la desgracia de la dignidad perdida. Día a día. Sin luchar contra los enemigos, porque son pequeños e informes, a veces hasta amados, a veces hasta uno mismo. Porque no merece la pena enfadarse. Ni el esfuerzo de cambiar, de otorgarse un valor, de preservar la dignidad.

No, no contéis conmigo, porque mantengo mi frontera. Y si la traspasas, si te reiteras. Si me dices una vez que yo no soy digna del mismo respeto que tú cuando me citas, doctor, si me dices que es así y que sólo me queda esperar, que es el sistema, que mi tiempo no es valioso, que tu palabra tampoco lo es, si piensas que mis hombros sólo sirven para encogerse, y mi boca para suspirar, si lo piensas, te equivocas. Has cruzado la frontera, y ya no soy una mujer menuda, ahora soy enorme, y fuerte, y cabalgo en la gran llanura, y con una flecha te hago llegar el mensaje. A ti, al gerente de la clínica, a la compañía de seguros y a todo responsable. A todos. Un mensaje muy claro.

Y alguien lo recibe. Y me llaman por teléfono. Me piden disculpas, me agradecen el mensaje, amplían agenda, y comienzan los cambios para restaurar el respeto perdido.

una calma previa a la guerra de los mundos

El niño rubio cada vez es menos niño y su propio mundo cada vez más grande y lejano. Y le gusta, tanto, que cada vez permanece más tiempo en él, y se queda menos en el del resto: el planeta azul. No está, y eso que podría llegar a parecerlo, por su cuerpo en el salón, sus zapatos tirados por el suelo y su lata de refresco vacía, y los envoltorios de galletas.

Es sencillo reconocer cuándo el niño rubio ha dejado este mundo para viajar al suyo. No prepara maletas, ni avisa, sólo acude a la silla que hay frente al ordenador, se sienta, se coloca los auriculares, conecta el micrófono, sujeta el ratón y despega. El viaje es corto porque la nave alcanza velocidades cercanas al ultrasonido. En escasas décimas de segundo se encuentra a años luz, aunque su melena rubia continúe en el salón, bajo los auriculares, aunque los zapatos estén tirados por el suelo. Y aunque es posible escucharle hablar solo, y reírse, incluso a carcajadas, ya ha dejado de responder a estímulos. “Pablo, nos vamos a dar una vuelta, ¿te vienes?, Pablo, está la cena, Pablo recoge los zapatos…” son ejemplos de intentos vanos de respuesta: el pequeño rubio no responde porque no está aunque hubiera podido parecer lo contrario, y es que el sentido de la vista es engañoso, y lo que alumbra son sólo unas sombras en alguna caverna.

El pequeño rubio ha ido encontrando, gracias a la revolución tecnológica, cada vez más recursos en el planeta azul que le permiten abandonarlo y viajar al suyo propio. Y así, cuando no le es posible acceder al ordenador para hacerse un viaje astral, ha logrado encontrar sustitutos eficientes en su pequeño teléfono móvil, o en la tableta. De esta manera, tras sospechar que alguna vez ha pasado la noche fuera de casa, he tomado la decisión de requisar todo dispositivo antes de mandarlo a dormir, y evitar así toda excursión interplanetaria en horas de sueño.

En cualquier caso, la supresión de las barreras tecnológicas no es óbice para los viajes astrales. Es por eso que todos los niños que dejan de ser niños tuvieron su oportunidad de viajar, muy al margen del siglo (incluso del año) que les vio nacer. Y así, el pequeño rubio, incluso desposeído de todo chisme con pantalla, ha desarrollado esa habilidad de vuelo que lo mantiene la mayor parte del día lejos de aquí, de este lugar que hasta hace poco le fascinaba y le gustaba compartir, y que ahora le resulta tedioso, decepcionante y previsible, y lo ha abandonado por el suyo, que es mejor y que no puede entender nadie que no sean él y sus amigos, y allí se queda, aunque podamos ver su cuerpo, aunque lo veamos andar, ducharse, vestirse, salir al colegio, volver, comer, y hacer todas esas cosas que podrían hacer pensar que hay alguien, cuando en realidad no lo hay.

El pequeño rubio que parece que está pero no, necesita algunas ayudas externas que le ayuden a poner los pies en el suelo, al menos en lo imprescindible. Y cada día han de sucederse mensajes recordatorios como recuerda coger las llaves de casa, procura no perder el abono transportes, o un no olvides comer cuando vuelvas.
El niño rubio sale de casa por fin. Yo lo miro y doy gracias al hecho de que la respiración sea un acto automático, pues de lo contrario a estas alturas estaría llorando una pérdida irreparable. Sin embargo hay tantos actos necesarios para la vida que no gozan de automatismo, y que han de realizarse de manera consciente, que me pregunto cómo soy capaz de dejarlo salir solo de casa, así, de cuerpo presente, sin pensamiento, que anda por ahí descubriendo espacios apasionantes, y quedarme tan tranquila.

El niño rubio que está dejando de ser niño ha emprendido un viaje sin retorno hacia la guerra de los mundos. Miro su no estar todavía amable. Y sus zapatos tirados en el salón. Lo llamo. Tengo cientos de excusas para exigir que vuelva. Los zapatos, los envoltorios, los estudios, la ducha, la comida… cientos. Lo llamo y pone fin a mis excusas sin volver. Definitivamente no está. Y eso que podría llegar a parecerlo, por su cuerpo en el salón, sus zapatos tirados por el suelo, su lata de refresco vacía, y los envoltorios de galletas. Queda su mirada perdida, el historial de exploración, mi echarle de menos. Me preparo para acompañar la crisálida.

Ejemplos prácticos de la teoría del caos.

Hoy me ha asaltado la conciencia de que cualquier pequeño cambio cotidiano, incluso los aparentemente intrascendentes, tiene consecuencias, a veces de magnitudes sorprendentes. Todo influye. Cualquier decisión, cualquier acto, cualquier hecho. Propios y ajenos.

Hace unos meses, cuando la compañera con la que tomo café cada mañana me dijo que iba a hacer una entrevista de trabajo, y que si salía bien se iría, me alegré por ella, y sé que la echaría de menos, porque aunque no tenemos mucho que ver nos hemos cogido cariño. Pero más allá de ahí, me dio por preguntarme cómo afectaría ese cambio en el ambiente del trabajo. Un movimiento lo cambia todo. No sólo mis costumbres, sino las de los demás, y todo el ambiente. Todo. Si para bien o para mal no lo sabré, porque el trabajo nuevo no prosperó. Pero sé que el día en que ella no esté y aparezca otra persona distinta en su lugar, se irá produciendo lentamente un cambio en todos nosotros.

Hoy, mientras fumaba, pensaba en esos hechos, esos sutiles a los que no damos mucha importancia en su momento, pero que algunas veces son, si no causa de un cambio vital, al menos catalizadores o propiciadores del mismo. Es decir, que hay hitos vitales fundamentales, ante los cuales uno sabe que su vida va a cambiar de forma drástica, de que objetivamente reconocemos como una nueva época en la vida: empezar a compartir la vida con alguien o dejar de hacerlo, tener un hijo, perder a un ser querido, un cambio de trabajo, un cambio de domicilio, un cambio de país….. Pero si pienso un poco más allá, si pienso en las consecuencias que han tenido en mi vida, hechos aparentemente nimios , es asombroso. Porque a lo mejor, aunque suene raro, podría decir que en mi vida fue determinante mi primer cigarro, apuntarme con dieciséis años a natación con mi amiga Raquel, instalarme un programa de irc en mi ordenador, escribir un relato para un tipo que se llamaba Eme que quería hacer no sé qué proyecto, el despido de Germán, que Eva dejara de fumar, regalarle a Pablo una batería, decorar macetas con tiras de cómics… no deja de asombrarme que pequeños hitos cotidianos, o decisiones revestidas de intrascendencia, sean capaces de propiciar cambios tan sustanciales, y juntándolo todo, parece que tanto mis hitos vitales fundamentales, como los intranscendentes en apariencia se hubieran alineado juntas formando parte de un plan para hacer de mí lo que soy ahora.

Y esa sensación, esa consciencia de que cualquier pequeña cosa puede llegar a cambiarlo todo, hace que mi percepción de mi propia historia pasada sea apasionante, pero no menos de lo que lo es el momento presente, o el que aún está por llegar, tan imprevisible, tan sujeto a la magia del caos…