pasos de cebra

por patricia

Vuelvo a casa después de dejar al niño en el entrenamiento. Son las seis y media de la tarde, ya es de noche y hace frío. Casi no se ve nada. Cerca del campo donde entrena hay unas urbanizaciones exclusivas. Desde fuera se ve poco, porque normalmente a la gente que habita viviendas exclusivas no le gusta que se le vea. Les gusta que se sepa que su vivienda es exclusiva, pero sin enseñar, supongo que por eso hacen piña en zonas exclusivas, y sólo diciendo la zona donde viven, ya se sabe de su exclusividad, sin necesidad de tener que demostrarlo.  Además, para demostraciones ya están los coches, la ropa, los complementos… Una compañera el otro día, al saber que pasaba por allí me preguntó si era cieto que había hasta un lago. No lo sé, casi no se ve nada, y tampoco miro. A mí no me interesa demasiado, ni la exclusividad ni sus demostraciones, y menos hoy, que está tan oscuro y voy pensando en mis cosas, que ayer se rompió la caldera, que por la mañana nos hemos duchado calentando cacerolas de agua, que han venido esta tarde a arreglarla y que ahora funciona pero no durante mucho tiempo, que hay que comprar una nueva. Y cómo la pagamos, ¿financiada? Odio financiar compras, pero el mes es de traca. Cambiar las ruedas del coche, recibos y regalos de navidad, como mínimo uno a cada niño. En esas cosas voy pensando, y en el atasco que había a la ida en la carretera. ¿Se habrá disuelto o voy a tardar media hora en volver a casa?

Voy a atravesar un paso de cebra y paro bruscamente el coche al ver que hay un señor cruzando. No sé cómo lo he visto, porque está oscuro, pero por suerte lo he visto. Por las pintas del tipo que cruza viene de correr, ahora le ha dado a todo mundo por correr….  pero no cruza corriendo, cruza andando y sin mirar. No ha mirado siquiera antes de cruzar. Ni mientras cruza. Lleva la cabeza muy erguida, sólo mira al frente. Da por hecho que los vehículos vamos a detenernos. Es cierto, es un paso de peatones y él tiene la prioridad. Sin embargo, yo suelo mirar antes de cruzar, incluso si la prioridad es mía, incluso si hay semáforo y se me ha puesto en verde, cuánto menos si voy por calles poco iluminadas, sin reflectantes y de noche. Quizás no siempre miro porque a veces me distraigo, pero casi. Pero ese señor no tiene aire de distraído sino de una seguridad casi arrogante. Camina como si fuera invulnerable. Seguro que si corre por allí, vive por allí, en una vivienda exclusiva. Y muy posiblemente tiene un colchón de seguridad que le permite vivir con la tranquilidad de que si se le rompe la caldera y tiene que comprar otra no le va a producir la más mínima preocupación. En comparación, yo siento que  camino por una cuerda floja. Si todo va bien, mantengo el equilibrio, incluso a veces se me olvida lo de mi funambulismo, pero el más mínimo contratiempo me devuelve a la cuerda y vuelvo a ver el abismo y el riesgo de caída, y no negaré que tiene su lado emocionante, pero a veces me angustio. No me puedo imaginar el nivel de tensión, o los esfuerzos por mantener la serenidad que debe hacer la gente que tiene que hacer equilibrios para poder pagar su alquiler o su hipoteca todos los meses, incluso la que tiene que andar rebuscando a fin de mes para pagar una cesta básica del supermercado. ¿Cómo cruzarán ellos por los pasos de cebra? Pero quizás también haya un punto de inflexión, el punto más precario, el punto en el que una persona pueda llegar a pensar que no tiene nada que perder. Quizás ese sea un punto de alivio en la desposesión total. La sensación de no tener nada que perder. Eso también debe hacer sentir invulnerable. También debe hacer levantar la mirada, hacer capaz de cualquier cosa. Quizás ellos crucen como ese señor. Con ese aire. Aunque esa sensación sea ilusoria, porque siempre hay algo que perder.

La verdad es que, volviendo al señor, lo de la casa exclusiva no me da ninguna envidia. Pero disponer de un colchón de seguridad bajo la cuerda me proporcionaría bastante paz. Ese señor desde luego cruza con la seguridad de que si se le rompe la caldera compra otra y se acabó. Y si se le rompe el coche igual. Si se le queda el sofá pequeño lo repone, y llena el carro del supermercado sin calcular cuánto lleva gastado, y cuando paga con tarjeta no mira los importes, ni va calculando el saldo que le queda en la cuenta. Un colchón de seguridad da seguridad. De eso no hay duda. Y tranquilidad. Pero ese señor no sólo cruza con seguridad y tranquilidad. Cruza soberbio. Cruza sin mirar. Cruza invulnerable. Cruza dando por hecho que cuando él pasa los demás se detienen. Cruza con la sensación de que él no puede perder. Pero ese señor parece olvidar algo importante. Porque ese señor, con todo ese colchón, también camina por una cuerda floja. También hay cosas que le pueden hacer caer, que están fuera de su control y de su tranquilidad económica. Yo misma, sin ir más lejos, estando todo tan oscuro, tan sumida en mis pensamientos, tan a punto de no haberlo visto….

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