Beatriz Punne

por patricia

Estuvimos trabajando juntos algo más de dos años. Yo había empezado a limpiar jardines por casualidad. Antes de eso había trabajado en una editorial pequeña que no supo sobrevivir a la tecnología, y después estuve en el paro varios meses. Al principio mis búsquedas se ciñeron a mi profesión,  y ofrecí mis servicios a varios medios de prensa escrita y editoriales.  Después de rellenar el formulario que aparecía tras pinchar el enlace de “trabaje con nosotros”, con mis datos personales, académicos, profesionales, y una carta de motivación, algunas veces llegaba un correo electrónico automático en el que agradecían mi interés y me aseguraban que iban a estudiar mi solicitud. Otras veces no llegaba nada. Sospecho que, en todas ellas, mis datos personales, académicos, profesionales y mi carta de motivación terminaban en el buzón de spam de los respectivos responsables de recursos humanos. También postulé como profesor en colegios, academias, on-line, clases particulares, pero los resultados fueron prácticamente idénticos. Recuerdo que una tarde estuve hablando con mi amigo Daniel Estero. Él era arquitecto pero se ganaba la vida maquetando las servilletas de bares y restaurantes que querían aprovechar ese espacio para comunicar algo más que un gracias por su visita. Daniel estuvo disertando un buen rato acerca de los caminos para solucionar los problemas laborales desde su propia experiencia, e insistió mucho en que resultaba imprescindible la reinvención. Lo llamó así, de eso estoy seguro. Reinvención. Dijo que yo necesitaba reinventarme dado el contexto económico y social que estábamos viviendo. Dijo que yo no podía restringir mis posibilidades a ningún campo, que debía flexibilizar mi mente, estar dispuesto a ser otra persona distinta a la que creía que era. Dijo que lo que me había ocurrido ya lo había vivido él, que por eso podía darme el consejo desde la perspectiva de la oportunidad. Dijo que yo no estaba en paro, que en realidad yo estaba viviendo la oportunidad de hacer algo que de otra forma jamás habría hecho, y que ese algo descubriría de mí aspectos que yo ignoraba y que permanecían ocultos. Y que, por tanto, después sería un ser más completo. Yo le escuché y no quise pronunciar en voz alta las dudas que me ofrecía su discurso, ni tampoco preguntarle qué había aprendido de sí mismo perdiendo un trabajo de arquitecto satisfactorio, vocacional y bien pagado a cambio de poder descubrir su yo maquetador de servilletas de bar durante cuarenta horas a la semana a cambio del salario mínimo. No le manifesté tampoco lo mucho que me había irritado aquello de que yo necesitara reinventarme, porque yo no quería reinventarme, yo estaba bien siendo quien era, me gustaba, me gustaba mi profesión, era bueno en ella, me gustaba mi familia, me gustaba mi vida, y yo mismo no estaba mal, si no fuera porque no conseguía encontrar un trabajo para poder continuarme y pagar el alquiler y la luz, y algo de cena cada noche. No le dije nada. Tan solo escuché y le di las gracias porque, a pesar de la torpeza en la exposición, y de esa ingenuidad exasperante en una persona de la que esperaba algo más de inteligencia, o al menos de honestidad, sí acerté a comprender la intención del discurso. A partir de ese momento, aunque por razones muy diferentes a las expuestas por Daniel Estero, presenté mi candidatura a toda oferta de trabajo que apareciera, fuera de lo que fuera, y no vacilé a la hora de inventar mis datos académicos, mi experiencia profesional o mi motivación en función del trabajo que estuviera solicitando. Y un día me llamaron para limpiar jardines.

Nunca utilicé el nombre de Punne. Sé que era Beatriz, pero lo supe mucho tiempo después de haberla conocido, de haberla llamado Punne, de haber pensado en ella como Punne. El primer día de trabajo me dieron un mono verde, un chaleco reflectante para ponerme sobre el mono, una escoba grande y un cogedor. Me asignaron el Retiro. En el Retiro trabajaba una brigada de seis limpiadores. Teníamos que limpiar los caminos de hojas e inmundicias. El más antiguo se llamaba Azcona y tenía la responsabilidad de organizar el trabajo, y lo había hecho dividiendo el parque en tres zonas asignando cada una de ellas a  un grupo de dos. A mí me tocó con ella.

Punne y yo trabajábamos en silencio, solo hablábamos en el descanso del almuerzo. Yo era nuevo y ella no. Los primeros días permanecimos en silencio. Yo no estaba con mucho humor, no tenía ganas de hacer esfuerzos. La primera conversación la empezó ella. No me preguntó mi nombre, ni si vivía lejos, ni qué me parecía el trabajo. No me preguntó nada. Dijo que por la mañana había visto un coche Mini muy grande. Como si hubieran creado una versión maxi pero que también se llamaba Mini, y que tenía un maletero inmenso, o que a lo mejor eran siete plazas. Y me preguntó qué opinaba. No supe muy bien qué responder. Creo que en realidad ni siquiera le importaba mi opinión, y era una forma cortés para exponer la suya, cosa que no tardó en hacer. Dijo algo así como que no entendía por qué alguien podría querer un coche Mini, cuyo nombre no era azaroso, pero en una versión gigante, cuando ya había muchos modelos de coches enormes. Me dijo, te imaginas un cuatro por cuatro de dos plazas? A ninguno de los dos nos interesaban los coches lo más mínimo, de hecho, ninguno de los dos tenía coche, pero sin embargo estuvimos disertando un buen rato acerca del por qué de las elecciones de las personas en esa materia, e imaginando modelos absurdos, como una moto limusina o un smart cuatro por cuatro, con la absoluta convicción de que algún día los veríamos rodando por la ciudad. Eso ocurrió el primer día. El segundo empezó ella también, y el tercero. Y así se generó la dinámica. Ella comenzaba a disertar sobre algún tema, y nos dedicábamos a analizar,  a filosofar. Hablamos de física cuántica, de secretos que no quieren ser revelados, hablamos de señales, hablamos de vocaciones, hablamos de la teoría del caos, discutimos la conveniencia o no de la teletransportación… hablamos de arte, de política, de espacios urbanos, hablamos de sueños. Algunos días Punne no pronunciaba una sola palabra. Sacaba su almuerzo de la bolsa, un termo con café y una manzana, y lo tomaba tranquila y ceremoniosa, sin mirarme siquiera, como si junto a ella no hubiera nadie más, y yo estuviera allí pero no estuviera allí, como si estuviera escondido, o detrás de un falso espejo y ella no pudiera verme pero yo a ella sí. Da igual, si ella no hablaba guardábamos silencio y permanecíamos solos el uno junto al otro. Alguna vez, pocas, hablamos de la niñez. Punne al menos sí lo hizo. Me dijo que cuando era niña quería ser la virgen maría, pero que no había resultado porque todo el mundo le había dicho que eso no era posible, que como mucho podría ser monja, pero ella monja no quería ser, porque el sexo le gustaba, y si era virgen maría solo tendría que esperar para practicarlo hasta haber concebido de una forma pura, pero la incertidumbre de no saber en qué momento un espíritu tendría a bien fecundarla, cosa que podría suceder teniendo ella dieciséis, espera que sí le resultaba asequible, o treinta y nueve, posibilidad inaceptable, la hizo perder su vocación. Lo que quiero decir es que jamás hablábamos de nuestra vida presente fuera del trabajo, de lo que íbamos a hacer por la tarde, el fin de semana, con quién vivíamos o dónde… era como si la única vida que tuviéramos fuera la que transcurría en ese parque limpiando hojas, y sobre todo la de la hora del almuerzo. Y más allá de eso no hubiera nada más, salvo una infancia remota.  En cierto modo terminó siendo así.

Yo me preguntaba muchas cosas de Punne. De hecho, no tardó en ocupar todos mis pensamientos fuera de la hora del almuerzo (almorzando estaba obligado a concentrarme y pensar únicamente en los análisis filosóficos). Pero después, y antes, me preguntaba cuál sería su profesión, que habría estudiado, a qué se habría dedicado antes de haberse reinventado en limpiadora de jardines con un chaleco reflectante, estaba convencido de que esa mujer no había pasado toda su vida recogiendo hojas. O sí, y quizás esa actividad le permitiera libertad de reflexión. Seguramente leería mucho. Me preguntaba cómo serían los almuerzos con su anterior compañero o compañera de almuerzos, y me negaba a pensar que fueran iguales que los nuestros.  Me preguntaba cómo sería la casa en la que vivía. Yo me la imaginaba en una buhardilla pequeña y bohemia, llena de objetos insólitos y una cama grande con dosel. No sé por qué lo del dosel, pero así la imaginaba. Me preguntaba si tendría pareja, y apostaba a que no, o quizás lo que ocurría es que yo quería pensar que no, pero seguro que alguien la follaría por las noches, al menos algunas, y yo me preguntaba cómo lo haría, cómo le gustaría a ella.  Me preguntaba también si ella se preguntaría por mí, pero aunque yo quería pensar que sí, no podía evitar pensar que no. De haberlo hecho podría habérmelo preguntado ya que Punne tenía la iniciativa de las conversaciones. Pero jamás me preguntó nada. Ni siquiera cuando empezamos a follar.

También ella tomó la iniciativa. Fueron polvos rápidos e intensos, en el mismo parque, detrás de algún seto. Ella se sentaba encima de mí, silenciosa, y me miraba todo el tiempo, como si también estuviera pensando algo mientras tanto, pero como si lo estuviera pensando dentro de mi cabeza, como si ella misma estuviera dentro de mi cabeza, joder, ¡estaba dentro de mi cabeza!, y con esos ojos clavados me lo hacía saber, como si no lo supiera yo, todo el tiempo. Cuando se corría, Punne cerraba los ojos, fruncía un poco el ceño, y temblaba un poco. No me besaba. Ni antes, ni durante ni mucho menos después. Volvía a sentarse donde estuviera, sacaba el termo, y generalmente se quedaba en silencio. Serían diez o doce veces durante los últimos meses.

La última vez me dijo que quería ir a una habitación por horas. Me negué a pensar por qué no me invitaba a su casa. Me negué. Tampoco yo iba a invitarla a la mía. Fue la única vez que la vi desnuda. Ese día asumí la iniciativa, y la besé, y me dejó, la follé, y me dejó, varias veces, y marqué el ritmo, y me dejó, y la abracé, y la sujeté de tal forma que no pudiera irse. En las ocho horas que estuvimos juntos cerró los ojos muchas veces. Antes de irnos, me dijo que estaba casada y que tenía hijos. Yo le dije que también estaba casado, pero que la quería. Ella no dijo nada más.

Al día siguiente no fue a trabajar. Ni al otro. Al tercero me presentaron al que iba a ser mi nuevo compañero. Nunca más volví a verla. Yo dejé de limpiar jardines poco tiempo después.

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