Trastornos

Mi psiquiatra dice que mi trastorno estaba ahí antes de aquello, latente, y tendrá razón, seguro, pero hasta entonces llevaba una vida aparentemente normal, o no muy diferente al menos a la del resto de la gente, que viene a ser lo mismo. Lo digo en el sentido de que, por ejemplo, a mí no me parece normal dormir con un revólver bajo la almohada, quiero decir, que si salgo una noche con un tipo, tomamos una copa, nos parecemos bien, decidiéramos tener sexo y decidiéramos que fuera en su casa, -yo suelo preferirlo porque así me puedo ir cuando quiero, me siento más libre- y si ya en su casa, aprovechando el momento en que él está en el baño, quizás después de haber practicado sexo, yo sintiera curiosidad, porque soy una persona curiosa y creo que eso no es necesariamente consecuencia de mi trastorno, y me pusiera a mirar un poco, superficialmente, como si fuera normal, y levantara la almohada, solo para ver qué tipo de pijama usa para dormir, y encontrara un arma de fuego, saldría de allí pitando. Intentaría vestirme a toda velocidad, puede que incluso saliera de la casa con la ropa en la mano, y me fuera poniendo las bragas en el descansillo, y abrochándome la camisa en el ascensor, confiando en que a esas horas los vecinos duermen, pensando sin duda antes en ponerme a salvo de un tipo que tiene una puta pistola en su casa antes que de miradas ajenas, porque al final mi cuerpo es muy parecido a otros cuerpos, no tiene nada de especial, a pesar de que puestos a hablar de anormalidades, encontrar a una mujer poniéndose el sujetador en el descansillo lo es, y puede que el vecino en cuestión también saliera de allí pitando, pero más por un miedo a la anormalidad, que es un miedo que existe, que por miedo a perder la vida. Pero si en lugar de haber nacido en Madrid me hubiera criado en Texas, si al ponerme a curiosear inocentemente bajo la almohada de mi amante hubiera encontrado un arma de fuego, me habría parecido normal, no habría temido por mi vida ni me habría arrojado desnuda a un descansillo, porque además, si me hubiera criado en Texas sabría que mi desnudez resultaría mucho más agresiva que un arma, y me habría quedado tranquilamente en la cama esperando a que mi amante saliera del baño, tranquilamente, con la paz que da el tener un revólver al lado. De hecho, probablemente, si  yo me hubiera criado en Texas también tendría un arma. O dos. Seguro. Lo sé porque me conozco, y más allá del trastorno las tendría.

Me he excedido con la relatividad de lo que es normal y me he desviado de mi trastorno, que es el gran protagonista, y que, como decía, debía padecer ya antes de que se manifestara. La ubicación del momento donde empezó todo fue un supermercado. Habría preferido otra localización, pero ocurrió donde ocurrió.  La culpa la tuvieron esas cajas de autocobro que instalaron, que despidieran a tres cajeras y mi furia porque el supermercado redujera servicio al cliente, puestos de trabajo, y no bajara los precios. Una tomadura de pelo en toda regla. Al principio miraba las cajas recelosa, ni siquiera sabía muy bien qué era eso.  Después me indigné, me entró la vena sindical, “esto lo único que consigue es destruir empleo”, y continuaba poniéndome a la cola de las cajas tradicionales, que cada vez eran menos y las colas más largas, y miraba con odio a quienes se colocaban en las nuevas, y esperaba mi turno para pagar sintiendo una gran gloria, pensándome salvadora y adalid de la conservación del empleo y la dignidad humana, y nadie se daba cuenta, pero yo en mi cabeza tenía en alto el puño izquierdo y cantaba la internacional, y se me ponían los pelos de punta.

Pero unos días más tarde, o unas semanas más tarde, o un tiempo más tarde, el que fuera, qué más da, me acerqué a una de esas cajas nuevas, un día en que parecían decirme “prueba, sé cajera por un día”. Me prometí a mí misma que solo sería una vez. Y probé. Quizás por conocer al enemigo. Por ahorrar tiempo. Y sobre todo por aquello de imaginarme siendo cajera, y más aún en esta época de las experiencias. Regala una experiencia. Parece que vivir ha dejado de ser experiencial, y tenemos que rellenar ese vacío a golpe de visa, como hacemos con todo. O es que como ya no sabemos en qué chorrada gastarnos el dinero, pagamos por tirarnos de un puente con una cuerda, por una batalla de pistolas láser, por dormir una noche en una casa rural, por ordeñar un día a una vaca, por protagonizar una sesión fotográfica de estudio. Así que yo lo enfoqué así, tenía la oportunidad de ser cajera por un día y además gratis. De modo que me di los buenos días, pasé mis artículos por el lector, me informé del importe de mi compra, y me pregunté si iba a pagarlo en efectivo o con tarjeta. Con tarjeta, me contesté. Así que verifiqué mi identidad enseñándome mi DNI y pagué. Pero una vez hecho todo esto, me di cuenta de que no había tenido en cuenta las bolsas: tenía un montón de artículos pagados y no podía recogerlos. Había bolsas, pero tendría que haberlas escaneado previamente y pagado junto con el resto de artículos. En esa encrucijada tuve que ser fuerte y tomar una decisión que marcaría un antes y un después en mi vida, aunque en ese momento no fui consciente de la trascendencia, y opté por robar.

Salí de allí apresurada y con un nudo en el estómago, pero no pasó nada. No sonó ninguna alarma, nadie me denunció, no me interceptaron los guardias de seguridad en la puerta, nada. Salí de allí como si fuera cualquier otro día, crucé la calle como si fuera cualquier otro día, y es posible que si no hubiera sido por la adrenalina que segregué con mi pequeño hurto, todo habría seguido igual. Pero aunque todo pareciera igual no lo era. Volví aparentando normalidad pero en cuanto traspasé el umbral de mi casa, di un grito, se me escapó una carcajada nerviosa y  estuve riendo durante un buen rato. Nada pudo detener lo que ocurrió a continuación en mi cabeza, que ya estaba preparando el siguiente golpe. Después del éxito de las bolsas en el supermercado necesitaba dar un paso más. Un paquete de chicles. Después quizás algo de ropa en un gran almacén, y con un poco de tesón, inteligencia y estudio, podría llegar a perpetrar algo memorable, un golpe de los que después inspiran guiones de películas, que posiblemente interpretaría algún actor con perfil de tipo duro estilo… no sé, Clint Eastwood, o alguna buenorra de cuerpo atlético, como Anjelina Jolie, para hacerlo más verosímil.

Creo que en esos momentos me alivió el no haber probado ser sicaria por un día, y no por disquisiciones morales, sino porque entonces supe que matar también podría llegar a gustarme. Joder, por eso se hacen las normas. Por eso se crean esos límites infranqueables. Porque quizás por matar a alguien, a una sola persona, una sola vez,  en un momento determinado, no arrastrado por un impulso malvado y violento, sino por curiosidad, como hecho experiencial, como un oye, es que yo no me quiero morir sin haberlo probado, pues entiendo que tampoco habría un gran problema. Es posible que incluso, en casos determinados, resultara un gran bien común. Pero lo jodido de todo es que una vez traspasado ese límite se le puede coger gusto. Al menos en mi caso, aunque en mi caso quizás sea por el trastorno. Y un asesinato es una cosa muy seria, y muy distinto es practicarlo una vez de manera excepcional que tener que andar matando a diario, por vicio. Así que en cierto modo, a pesar de haberme iniciado en la disciplina del robo, me tranquilizó saberme con la lucidez suficiente como para tener tan claro que el asesinato mejor no probarlo. Y eso que por aquellos entonces aún no visitaba al psiquiatra. Después de esa reflexión pude dedicarme por completo a planear mis siguientes golpes.

Hablar con un psiquiatra me resulta bastante reconfortante. Hablar me resulta reconfortante. También por entonces. Vivía sola. Trabajaba de asistente en unos laboratorios de control de calidad de la industria cárnica. El horario de laboratorio terminaba a las cinco de la tarde. Un poco antes del cierre llegaba yo, y me quedaba en los laboratorios para vigilar que la maquinaria se mantuviera con los parámetros necesarios de humedad y temperatura, encargarme de los experimentos que terminaran por la tarde, autoclavar el instrumental para el día siguiente, y quizás redactar algún informe. No era madame Curie, pero me ganaba la vida y nadie se metía con mi trabajo. A las doce de la noche llegaba mi relevo. Y nada más. También sola toda la tarde. Por eso, con frecuencia, cuando terminaba, entraba al café Lunar a tomarme una copa y a hablar un poco. A veces en la barra había alguna persona receptiva con la que entablar una conversación y pasaba un buen rato. Incluso algunas veces hasta podía encontrar sexo. Pero la mayor parte de los días terminaba hablando con el malagueño que ponía las copas. Sin embargo desde que empecé con los robos, dejó de ser lo mismo.

Esa nueva faceta mía no podía compartirla. No creo que nadie fuera a denunciarme, en realidad es posible que nadie me creyera, o que al menos no me tomaran muy en serio, porque ningún delincuente va por ahí contando sus delitos en la barra de un bar. Pero pensarían que estoy chiflada. Y si la delincuencia espanta, la locura todavía más. Joder, yo me pasaba el día sola, y no acudía a un bar a las doce de la noche para continuar sola y espantar a la gente. Eso sí, ya que no podía sincerarme, aprovechaba para cometer algún pequeño hurto. Algo que no me pudieran achacar a mí, que era cliente habitual. Especialmente las noches en que terminaba en la cama de algún desconocido. Les quitaba alguna cosa pequeña. La cartera no, habría sido una torpeza, pero sí las examinaba. Cuántas tarjetas tenían, el carnet de identidad, el de conducir, los resguardos de las compras, alguno aún llevaba fotografías… En base a mi experiencia puedo decir que casi ningún hombre mentía acerca de su edad, pero sí acerca de sus trabajos y de sus cargos, era sencillo comprobarlo con solo mirar las tarjetas de visita. En casa, de vuelta, me entretenía a veces fisgando los movimientos de sus cuentas bancarias. Fotografiaba las tarjetas de coordenadas de sus bancos, y las contraseñas solían ser las fechas de nacimiento de los hijos. Casi siempre tenían hijos. Yo accedía a todo aquello, pero después me quedaba de recuerdo con la tarjeta de un restaurante, con una nota escrita a mano, con una foto que hubiera en la casa. Por aquellos entonces con eso me bastaba. Comprobar hasta dónde podía llegar, pero quedarme solo con un símbolo de lo que pude hacer y no hice.

Era una vida bastante solitaria. Emocionante, pero solitaria hasta el extremo de doler. Hay personas que son capaces de mantenerse siempre ocultas bajo la identidad que proyectan y sentirse bien. Yo no. Sin embargo, casi me había resignado. Hasta que apareció esa mujer una noche en el Lunar. Debía tener unos sesenta años, y llevaba uno de esos trajes de chaqueta un poco antiguos, de cuadros pequeños, la falda por debajo de las rodillas, medias de compresión, y zapato de horma ancha. Debajo del traje un jersey fino, y un pañuelo pequeño en el cuello. Una señora con pinta de ama de casa de las de antes, de las que se han encargado de llevar a los hijos al colegio, de que hicieran la tarea, de lavar y de planchar. De las que hacen croquetas con las sobras del cocido, y albóndigas y ensaladilla rusa, y que jamás han servido alimentos precocinados. De las que en casa se ponen una batita de flores, pero para salir a la calle se visten. De las que planchan los calcetines, los calzoncillos y las toallas. De las que van a la peluquería una vez cada quince días, y a misa los domingos, y que una vez al mes quedan con amigas para tomar chocolate con churros en una cafetería. Una señora que no desentonaría entrando en una mercería, pero definitivamente sí haciéndolo en el bar Lunar a media noche, trastabillando. Definitivamente sí sentada en esa mesita con las piernas juntas y el bolso viejo de piel marrón en su regazo. Definitivamente sí pidiendo una copa de jerez tratando de no perder una compostura que después de haber mantenido toda una vida amenazaba resquebrajarse tras beber un par de copas.

Me senté en su mesa, y me dijo que se llamaba Carmen. Para mí doña Carmen, le dije. Le pregunté qué hacía allí. Y doña Carmen no trató de inventar ninguna historia, ni justificar su actitud ni revestirse de respetabilidad. Sencillamente me contestó que un día había empezado a beber, y le había hecho sentir bien, así que había tomado la decisión de hacerlo más a menudo. Sin más. No trató de justificarse hablándome de una vida insatisfactoria, o de una viudedad, de deudas o problemas económicos. Lo resumió en que había tomado la decisión de beber. Y me pareció una respuesta tan sencilla y tan franca, tan sublime, que yo le conté a ella que robaba. Me dio un poco de miedo, pero no pareció recelar de mí, ni aferrarse más fuerte a su bolso, ni siquiera modificó su semblante. Dio otro sorbo de jerez, pero no por lo que acababa de escuchar, sino porque le tocaba -parecía beber a intervalos regulares, como si le marcara el ritmo algún tipo de mecanismo interno-, y simplemente dijo “qué cosas se te ocurren, hija”. A lo que le contesté “pues anda que a usted, doña Carmen” “pues tienes razón.” Y de esa forma tácita nos aceptamos con nuestras decisiones absurdas, o trastornos, o lo que fueran. Así empezamos a sentarnos cada noche juntas, y a charlar. Doña Carmen solo había tenido una hija, que se había colocado muy bien, y trabajaba en el extranjero, en Alemania. Me contó que ella había ido tres o cuatro veces, pero que le daba miedo el avión, y que Berlín no le gustaba mucho. Que para turismo estaba bien, pero no entendía cómo su hija podía vivir allí y parecer tan acostumbrada, porque a ella, por más que iba, se pasaba la estancia en un continuo desconcierto. Por la ciudad, por el frío, por las costumbres, y sobre todo por su yerno, que era muy extraño, cosa que achacó a su nacionalidad germana. Me contó que tenía dos nietos, y me enseñó fotos, y me decía que su marido solo había conocido al mayor. También me enseñó alguna foto del marido.

Doña Carmen hablaba primero, cuando llegaba, antes de que el jerez empezara a hacerle efecto. Solo se tomaba un par de copas, pero el alcohol, aunque lo consumiera regularmente, le sentaba regular, y cuando empezaba a trabársele la lengua se le terminaba la conversación. Se supone que debería ser al contrario, que el alcohol suelta. Yo creo que le daba vergüenza. Pensándolo bien, yo por mi parte le había contado que robaba. De hecho, cuando me llegaba el turno de palabra, le contaba mis golpes del día, y doña Carmen los apreciaba. Casi siempre se reía bastante, no les daba demasiada importancia, decía cosas como “por dios, qué chiquilla”. Sin embargo, jamás hubiera consentido que ella me viera robando. Una cosa es la franqueza y otra diferente perder el pudor.

Me di cuenta de que le había tomado verdadero afecto a aquella señora. Hasta dejé de ligar, porque no sentarme con ella para ir a charlar con algún tío me hacía sentir mal, como si la estuviera abandonando. Pero no me sentaba con ella para hacerle un favor, esperaba el momento contenta. Por las mañanas solía robar algo para ella. Un día le llevé una laca de uñas perlado, que era el color que solía usar. A mí me parecía espantoso, y tuve que hacer todo un ejercicio de respeto para no robarle también uno rojo o marrón, que llevaban nombres absurdos como glad passion, o nude dark, o gilipolleces así. Otro día le llevé una gargantilla de oro y brillantes, le dije que era mala para no hacerle sentir mal. Creo que fue la única vez que le mentí. Se la puso solo un par de días, me dijo que le daba miedo porque que la bisutería le solía dar alergia. No la saqué de su error.

No sé cuánto tiempo duró aquello, porque los síntomas de su enfermedad empezaron poco después. Ni siquiera me lo contó ella. Tuve que enterarme directamente en el hospital. Un par de días se ausentaba, he estado enferma, decía. Tenía una forma de hablar tranquila y serena, e igual contaba que por la mañana había comprado rabillo de ternera para hacer un guiso que simplemente un día tomó la decisión de beber. Hablaba de todo como si no tuviera excesiva importancia. Casi ninguna, en realidad. Me preguntaba si ese era un poder que llegaba con la edad. Y a raíz de hacerme esa pregunta me he dado cuenta de que, en los últimos tiempos, yo también he dejado de preocuparme por casi todo. Continúo robando, pero ya es porque he adquirido esa costumbre, casi como un compromiso conmigo misma, pero no me importa demasiado la perspectiva de ser descubierta. Ni siquiera en aquellos robos cuyas cuantías me habrían encausado por vía penal, quizás hasta con riesgo de cárcel. En realidad, qué pasaba si iba a la cárcel? Nada. ¿Y si perdía mi trabajo? Nada, ya habría otro. ¿Y si llovía y había salido sin paraguas? ¿Y si en mi destino para las vacaciones había estallado una guerra civil? ¿Y si el ébola se extendía de forma incontrolada y moríamos todos? ¿Y si las elecciones las volvía a ganar el PP? Nada. Nada es tan importante, en realidad. A veces le he hablado de esto a mi psiquiatra pero creo que no le termina de quedar claro el concepto. Aún no tiene el poder. No pasa nada. Hay quien lo adquiere y hay quien no. Hay quien no consigue adquirirlo nunca, y sufre por todo hasta el final. Y sigue sin pasar nada.

Pero cuando doña Carmen, después de ausencias intermitentes, estuvo más de una semana sin aparecer por allí, me preocupé. No podía soportar no saber dónde estaba, ni qué le pasaba, ni cuánto tiempo iba a estar fuera. Juro que a doña Carmen la había respetado casi del todo, pero lo mío es un trastorno, y a veces la voluntad por sí sola no basta para mantenerlo a raya. Así que un día también le había fisgado la cartera, y sabía dónde vivía. Fui hasta allí una mañana, y llamé al timbre media docena de veces. No contestó nadie. Busqué una cafetería para desayunar, para hacer un poco de tiempo antes de volver a intentarlo. Entré en una, pedí café con leche y churros, y me quedé mirando la puerta. Me entretuve imaginando que doña Carmen entraba, fantaseando con la cara que pondría al verme, que se tomaría un desayuno conmigo en lugar de un jerez, y que después me invitaría a subir a su casa. Y me daría croquetas, y me enseñaría un millón de álbumes de fotos. Evidentemente no entró, así que pagué el desayuno, volví al portal y seguí insistiendo, pero nada. Entonces llamé a las puertas contiguas, hasta que alguien me contestó, y pregunté por doña Carmen, porque en los barrios los vecinos, y más los mayores, aún se conocen, y así fue, y entonces me dijo que estaba ingresada, y dónde. Me fui al hospital, y pregunté por ella. Porque como le había fisgado la cartera conocía sus apellidos, Carmen Alegría Hernán. Me dijeron que estaba en la habitación 362, y cuando me acerqué al directorio, porque los grandes hospitales son laberintos con complejos sistemas de señales, vi que la habitación estaba en la unidad de cuidados paliativos. Doña Camen, pero ¿por qué está aquí? porque estoy enferma. ¿Y por qué está sola? porque no se lo quiero decir a nadie. ¿quiere usted que me vaya? no, ya que estás aquí…

Dejé mi trabajo y me quedé con ella el tiempo que estuvo ingresada. Creo que le senté muy bien, porque doña Carmen estaba hecha un desastre, sin arreglar, con esas batas horribles del hospital con las que se enseña el culo de espalda y con el pelo horrible. Yo robé para ella tal colección de camisones que terminó siendo la envidia de la planta, y le arreglaba el pelo y las uñas, aunque no me dejaban pintárselas. Me decía que le iban a dar el título de Miss Cuidados Paliativos. Seguía haciendo como que tampoco le importaba demasiado, pero bien que se pasaba un buen rato pensando qué camisón ponerse cada mañana después del aseo, antes de que me la llevara a dar un paseo por la planta en su silla de ruedas. También le llevé una botella de jerez, y por la noche se tomaba dos copas. Solo me pidió una vez una cosa, que fuera a su casa y le regara las plantas. Cuando me fue a dar las llaves le dije que no era necesario. Una vez dentro no lo pude evitar y fisgué. Miré los álbumes, y me dio por llorar, y me los llevé. En el hospital me los estuvo enseñando doña Carmen, que como tenía esa forma tan serena de contar las cosas no me puso triste. También le llevé morfina extra, que conseguí en la farmacia, y que nos vino muy bien para el final. Yo me quedé con unas dosis extra para mí, porque me gustan los trofeos y nunca había robado en una farmacia de hospital, y porque nunca se sabe. Los últimos días ella dejó de estar consciente. Como ya no podía enfadarse conmigo por hacerlo, le mandé un telegrama a su hija, y cuando llegó ella desaparecí. Me enteré de la muerte de doña Carmen pocos días después. Tuve que entrar una última vez en su casa.

A partir de entonces intensifiqué mi actividad. Como había dejado mi trabajo tenía que vivir de mis robos. Pero las cosas no se transforman bien en dinero. Al final me denunció un amante resentido, que se tomó que le vaciara su cuenta  como algo personal. No sé muy bien cómo dieron con mi rastro, putos delitos informáticos. Siempre me sentí mucho más cómoda en el mundo analógico. Habían sido seis mil ochocientos euros, y como no tenía antecedentes y por algo que debí decir al declarar, me condenaron a una rehabilitación psiquiátrica. Escuché la sentencia con la gargantilla de brillantes de doña Carmen. Pensé que le habría gustado.

Hablar con mi psiquiatra es reconfortante. A él le puedo contar muchas cosas de las que siento, y también del bar Lunar, del malagueño, de mis prácticas sexuales -que él denomina promiscuas y las relaciona con mi trastorno, aunque yo pienso que mi terapeuta tiene prejuicios religiosos. En realidad me da igual. No le puedo hablar de mis robos actuales, que han vuelto a ser vocacionales porque he conseguido un trabajo, solo puedo hablarle de los antiguos. Si acabara en la cárcel no pasaría nada, pero prefiero no ir. Tampoco puedo hablarle de doña Carmen. Ahora no puedo hablar con nadie de eso. Así que es posible que de vez en cuando hable sola. Es posible que me lo cuente todo a mí misma, como para darle realidad, porque de lo contrario podría parecerme que es solo algo que me invento, y salvo porque conservo mis trofeos y la gargantilla, y algunas fotos, correría el riesgo de pensar que estoy volviéndome loca, que es peor que padecer un trastorno. Aunque de ser cierto, tampoco pasaría nada.

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Brújulas y tiempo

En los primeros tiempos, cuando su mujer aún no sabía que lo habían despedido, Durán solía ir a echarse la siesta a la sala de espera de la Tesorería General de la Seguridad Social. Salía de casa a la hora de siempre, con traje azul marino casi negro, camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, y cera en el pelo. Ya en la calle, en lugar de coger la línea diez cogía la seis, bajaba en Arguelles, tomaba un café en la barra de un bar pequeño, subía por Santa Cruz de Marcenado, cogía un número en la máquina, y se sentaba en la fila de sillones detrás de la columna. Una vez, un hombre de cierta edad lo despertó para indicarle que se había quedado dormido, seguro de que había sido un acto involuntario, preocupado por si perdía su turno. Ese fue el último día en que Durán fue a la sala de espera.

Después de eso buscó un bar, uno donde quedarse. Lo encontró después de explorar los que encontró en varias estaciones de metro, el día que decidió bajar en Usera. El ambiente era ruidoso y obrero. El bar disponía de sillas y mesas de aluminio, dos máquinas tragaperras, dos televisores, prensa, y una barra donde varios hombres con ropa de trabajo desayunaban destilados de alta graduación y hablaban con un tono de voz elevado.  En ese bar no habría entrado en otros tiempos, pero en esos le hacía sentir a salvo. Aunque no se diferenciaba demasiado de otros a los que había entrado en días anteriores, cuando aún continuaba con la exploración, esta vez tuvo ganas de volver. Llegaba cada mañana, se sentaba en una mesa de aluminio, pedía un café cortado y cogía un periódico. Leerlo entero, salvo aquellos artículos con los que corría serios riesgos de morir de aburrimiento o de ira, como los editoriales, le ocupaba alrededor de una hora. Cuando terminaba pedía otro cortado y cogía el segundo. El bar disponía de tres periódicos de tirada nacional y dos de prensa deportiva. Cinco horas más tarde salía de allí camino a casa, atormentado con la actualidad más reciente y con acidez de estómago. Al cabo de un par de meses, Durán consideró que el uso diario de la misma mesa le otorgaba ciertos privilegios usufructuarios, así que en salvaguarda de su maltrecha economía y de su maltrecho estómago, redujo el número de cafés a dos.

No empezó a jugar hasta mucho más tarde. No fue por necesidad ni impulsado por los cantos de sirena de la máquina tragaperras sonando a sus espaldas durante meses. Ocurrió después de escuchar una conversación entre dos asiduos. Durán lo recuerda con exactitud. Uno de ellos le contaba a su compañero mientras alimentaba a la Santa Fé, que se negaba a repartir un solo premio, algo acerca de una timba. Le invitaba a asistir alguna vez. El compañero le decía que no tenía traje. El amigo se ofrecía a prestarle uno. Durán los miraba con impunidad pues se hallaban de espaldas, y se preguntó cómo un ingenuo que le ofrecía un traje a su amigo que pesaba la mitad,  podía jugar al póquer. Se imaginó por un momento al amigo con el traje del gordo, y cuenta que en ese momento le vino a la cabeza la Alicia de Carrol después de beber la poción que la encogió, y pensó que en esas condiciones, ningún juego en el que intervinieran unos naipes podría terminar de otra forma que no fuera perdiendo la cabeza por una reina de corazones. Pero después, el gordo de la timba le contó que la primera noche había invertido mil quinientos euros y había vuelto a casa con cinco mil. Primero pensó que en una sola noche, él podría invertir su prestación de desempleo de un mes y multiplicarla por cinco. También pensó que en una timba de esas características podría invertir muchas horas con su traje azul marino casi negro con más propiedad. Pero esos eran los razonamientos con los que se justificaba su deseo, porque lo que definitivamente le hizo levantarse de la silla fue la posibilidad de ganar.

Brais Andrada Lemos había sido compañero suyo de clase en la facultad y de póquer en primero y segundo. Sus padres ostentaban cargos en consejos de administración de varias empresas, y costeaban sus estudios en una universidad privada, pero de una forma indirecta. Le asignaban a su hijo un sueldo que debía administrarse para pagar sus estudios y su ocio. Brais Andrada Lemos parecía un alumno más, pero desde los dieciocho años administraba un presupuesto anual de treinta mil euros. Durante el día asistía a algunas clases y jugaba al mus y al póquer con sus compañeros, por las tardes emprendía pequeños negocios, y por las noches participaba en timbas con traje de chaqueta y chaleco, puros, cocaína, escorts. Durán había aprendido con él en la horas diurnas, solo hasta que su relación con Berenice se consolidó hasta el punto de que se quedara embarazada. Entonces pidió el traslado al turno de noche de la universidad pública, durante el día aceptó un trabajo en prácticas como contable, alquiló un piso y se casó. La última vez que había visto a Brais Andrada Lemos había sido en el hospital al nacer su hijo. Durán no había vuelto a pensar en él hasta escuchar al gordo y al flaco de la tragaperras, entonces se puso a buscar su rastro en Internet. No tardó en encontrarlo.

Brais Andrada Lemos seguía viviendo en Madrid. Quizás fuera por cariño, o por sentido de lealtad, pero rápidamente concertó una cita con él. Trabajaba en corporate finance y era socio de varias empresas, algunas de ellas del sector petrolero, y en su día a día se relacionaba con líderes de países como Venezuela o Irak. Durán le pidió que le introdujera en una timba, en una seria. Brais Andrada aceptó. En ningún momento se le pasó por la cabeza pedirle además un trabajo.

Durán acudió como el protegido de Brais Andrada, y no le importó demasiado perder todo lo que llevaba en las dos primeras ocasiones a cambio del respeto con el que era tratado por el resto de los jugadores, y porque además resultó elegido por una de las tres mujeres que había en la sala. Tuvo que esperar a la tercera noche, a ganar una mano con dobles parejas de ases damas con la que se llevó cuatro mil setecientos veinte euros, para poder pagarla. Las seis primeras veces. Se hacía llamar Renée, pero su nombre era Carmen. Estudiaba traducción e interpretación y cobraba setecientos euros por una noche. Había conseguido el contacto gracias a su prima Martina, que no se llamaba Martina sino Beatriz. Una noche, Beatriz fue a una discoteca de moda y allí conoció a Brais. Éste la cortejó con cava, nadie bebía cava en discotecas, al menos ella nunca lo había visto, y después la llevó a su casa en un coche con chófer, y ella no sabía muy bien qué iba a ocurrir, porque estaba abrumada con el lujo, pero tampoco tuvo que pensar demasiado porque quien parecía saber exactamente en cada momento lo que pasaría, como si fuera el responsable de mover los hilos de los acontecimientos, era Brais. Así se lo contaría Martina a su prima Renée, y así se lo contó  ésta después a Durán. Por lo visto pasaron una buena noche. Brais no era un hombre atractivo, pero sí seguro y experimentado. Beatriz le contó que era estudiante, que habitualmente no iba a esos lugares porque no tenía ingresos, y contaba con una ayuda de los padres para pagarse sus gastos, un par de copas a la semana, ir de vez en cuando al cine, ropa barata. Brais entonces le propuso las timbas. Solo tendría que ir allí y acompañar. Por eso no iba a ganar nada, evidentemente, pero si algún jugador le interesaba y quería pasar la noche con él, entonces sí podía cobrar. El caché estaba en torno a los 1.000 euros. Algo así como lo que había ocurrido esa noche con él, pero cobrando. Y ella podía elegir. Si hacerlo o no, y con quién.

Beatriz Martina se lo propuso a su vez a Carmen, que también estaba estudiando en Madrid, y que a veces tenía que trabajar de camarera por las noches para ayudar a sus padres con los gastos. El negocio era bueno. Pero Renée no tenía tan buen ojo para los negocios como su amiga, y en cuanto vio a Durán supo que le gustaba. Esa misma noche se ofreció a pasar la noche con él, cosa que rechazó por motivos económicos. Ella a su vez rechazó las propuestas que otros dos jugadores le hicieron a su vez, y decidió esperar , pues una cosa era que se hubiera fijado en quien a todas luces tenía menos dinero de la mesa, y otra muy distinta hacer por gusto gratis algo que podría cobrando con el mismo gusto. Por su parte, la primera noche de timba, la noche de la propuesta de Renée, Durán no pudo dormir. Pensó un poco en el saldo de la cuenta de ahorros destinado a pagar la carrera de su segundo hijo que tenía ahora dos mil euros menos. Pero no se detuvo demasiado en eso. Pensó en Brais. Pensó en la partida. Repasó las cartas, repasó las jugadas, analizó sus errores. Pensó en Renée, en cómo lo había mirado. En su propuesta. Y en la sorpresa del resto de los jugadores. Era hermosísima. Nunca lo había mirado una mujer así. Nunca lo había mirado una mujer que no fuera Berenice. Y con el paso de los años la mirada de Berenice se había ido diluyendo. Ahora, en ocasiones lo miraba de la misma forma que al microondas antes de meter la taza para calentar la leche por las mañanas, aunque la mayor parte de las veces lo miraba como a la cama deshecha, o a la montaña de ropa pendiente de plancha. Él también se paró a pensar de qué forma miraba él a Berenice. Llegó a la conclusión de que era como a la tele antes de encenderla, o a la tele después de haberla encendido, o a la nevera después de abrirla, según el caso. Esa noche Berenice estaba allí durmiendo a su lado como cada noche. Durán recuerda que esa noche, después de mirarla miró las cortinas, y las fotos encima de la cómoda. Y la cómoda. Repasó visualmente todo lo que había dentro de aquel dormitorio y que después de ese repaso no pasó nada. Pensó que aplicando la suficiente cantidad de tiempo todo acababa siendo nada. Se dio cuenta de que en todo aquello que veía ya la había aplicado. Sin embargo pensó en sus hijos, y pasaron cosas, y el tiempo aplicado había sido prácticamente el mismo. Pensó en algo más antiguo todavía, en sus padres, en Because, en Cien años de soledad, en Ancia y pasaron cosas. En todo aquello llevaba aplicando el tiempo del que se componía toda su vida, o una gran parte de ella. ¿Habría entonces posibilidad de sobrevivir? Puede que existiera la esperanza, sí, con el límite de la muerte, que llega con total certeza mediante la aplicación del tiempo necesario. Volvió a pensar en Renée, y pasaron cosas. Entonces la imaginó con el camisón de Berenice, la imaginó tendiendo, la imaginó dormida en el sofá con un hilo de baba cayendo de la comisura, la imaginó en la cola del supermercado, la imaginó con el pelo sucio, la imaginó con chándal de algodón, la imaginó con un forro polar, la imaginó con canas, la imaginó de mal humor. No obstante seguían pasando cosas. Se dio cuenta de que imaginar el paso del tiempo no tenía el mismo efecto que el propio paso del tiempo. Dejó de tratar de matar la excitación y se masturbó.

Conocí a Durán unos meses después de aquello, cuando a su mujer un día le dio por abrir una carta del banco y vio el saldo de la cuenta de ahorros. Cuando le preguntó por qué había tan poco dinero, y dónde estaba el que faltaba, Durán le contó serenamente toda la historia, desde el principio. Lo hizo bien, porque con Renée había descubierto, además de otras habilidades de índole sexual, su talento como narrador. Él, que nunca hasta entonces había hablado demasiado, se sorprendió cuando Renée escuchaba con atención las historias que le contaba. Ese interés le sirvió de estímulo, y los días que transcurrían entre encuentro y encuentro, Durán los dedicaba a pensar en la siguiente historia, a buscar los recursos narrativos más apropiados, a estudiar las pausas, la entonación…se lo tomaba tan en serio que a veces realizaba prácticas frente a un espejo, y todo ese esfuerzo era recompensado con la emoción con que los escuchaba su joven amante, o su joven escort, o su joven puta, o lo que quiera que fuera. Nunca se le llegó a ocurrir que esa atención estuviera incluida en el precio que continuaba pagando por su compañía. Al final apenas acudía a las timbas, y su fuente de ingresos para pagar a Renée terminó siendo casi en exclusiva la cuenta de ahorros familiar. La narración de esa historia a su mujer fue realmente sobresaliente, y Durán la terminó muy satisfecho con el resultado, pero la reacción de Berenice no fue positiva, y poco después me la estaría contando a mí con una pequeña maleta mientras lo entrevistaba para alquilarle la habitación que tenía libre. Sin duda fue la mejor que escuché, aunque debo decir que solo entrevisté a dos personas. No parecía afectado, no resultaba frágil. Me gustó. Se instaló en su cuarto y salió después de varias horas. Yo no había alquilado nunca una habitación, no sabía cómo se convivía con un inquilino. Me pareció que lo natural era proponerle que cenara conmigo. Me pidió prestados algunos libros. Nos acostamos esa misma noche. Cuando le pregunté por el póquer y por Renée me dijo que el póquer había dejado de divertirle y que a Renée ya no podía pagarla. Le pregunté si le provocaba dolor. Me contestó que no. Que era una etapa que había terminado. Que ahora estaba aquí. Y que mañana no tenía ni la menor idea de dónde estaría.

Durante el día yo me iba a trabajar. Él solía arreglar un poco la casa, y dejaba preparado el almuerzo. A veces salía a la calle. Otras se quedaba en casa leyendo. Por las noches solía contarme lo que había hecho. Continuó desarrollando su afición por narrar. Así que no se trataba de una mera enumeración del tipo he limpiado los cristales, he hecho la compra y la comida y me he ido a pasear, sino que cada noche, durante la cena, me regalaba una historia. Y es cierto, tenía talento, y yo me convertí en su entregado público. A veces tiraba de recuerdos, pero a medida que se iba quedando sin pasado empezó a narrar lo cotidiano, que nunca parecía cotidiano, o sí, pero conseguía que me pareciera fascinante, y es muy posible muchas veces lo inventara, pero eso es algo que carece de importancia. Además, si Durán era vanidoso y necesitaba obtener todos los días mi admiración y sorpresa, yo también lo soy, y escuchar sus relatos me empujaba a contarle mi día en esos términos épicos y aventurescos. Pronto me descubrí elaborando mentalmente la historia que le contaría a Durán, con la esperanza de asombrarlo, de hacerlo reír, de conmoverlo. En esa época no vivía los días, los protagonizaba.

Algunas veces vinieron sus hijos a visitarlo. Yo me metía en la habitación para procurarles intimidad. O para que creyeran que la tenían, porque desde mi cuarto se oía todo. Ellos no entendían muy bien a su padre. Supongo que no era fácil. A mí misma me costaba mucho reconocer a Durán en el hombre de traje azul marino casi negro, con camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, que había estado trabajando en una oficina durante más de veinte años, con un matrimonio estable y apacible de la misma duración. Si no hubiera sido por las visitas de los hijos, y por las conversaciones que sostenían, sobre todo al principio, cuando aún no habían aceptado que su padre estaba completamente desnortado -adjetivo empleado literalmente por el mayor-, habría pensado que se trataba de una sus ficciones para amenizar la cena. Durán me comentó que le había gustado el término desnortado, por lo preciso, y que estaba de acuerdo con su hijo. El trabajo había sido un imán, y cuando lo perdió empezó a moverse en todas direcciones. Y le gustaba. Eso es, decía, estoy completamente desnortado. Lo decía con orgullo. Yo creo que los hijos terminaron por aceptarlo, porque continuaron viniendo, y porque, aunque no lo entendieran, dejaron de estar enfadados. La mayor parte de las veces son los padres quienes se sorprenden con hijos que no eran como esperaban y no les queda más remedio que aceptar, pero está claro que a veces también ocurre al revés.

Cuando a Durán se le terminó el subsidio por desempleo trasladó sus cosas a mi cuarto, donde al fin y al cabo dormía casi cada noche, y yo alquilé de nuevo la habitación a una estudiante de filosofía llamada Eva. Creo que no estábamos enamorados, sea lo que sea eso, desde luego no en una concepción clásica. No me reventaba el pecho, nunca hubo ansiedad, ni los siempres, ni anhelos, ni celos… Algunos días yo dormía fuera de casa. Otras veces él se acostaba con la estudiante. Los guiones se enriquecían, y nos llenaban de ideas para poner en práctica. Desde que alquilé la habitación a la estudiante, nuestras veladas dejaron de transcurrir en el salón, y las trasladamos a mi cama. Terminábamos de cenar los tres, después nosotros íbamos a mi cuarto y poníamos un disco. Entonces nos contábamos. Si alguno de los dos había salido y volvía tarde, o no volvía, la velada quedaba pospuesta. Creo que yo lo miraba como mira un niño a su mejor amigo a la hora del recreo, solo que además de jugar follábamos, y el sexo genera con frecuencia ciertas confusiones.  Pero eso no impide que algunas noches me sorprendiera mirando a Durán mientras dormía, y mirando después las cortinas, y la cómoda, ni que me preguntara por el tiempo pendiente de aplicar.

Beatriz Punne

Estuvimos trabajando juntos algo más de dos años. Yo había empezado a limpiar jardines por casualidad. Antes de eso había trabajado en una editorial pequeña que no supo sobrevivir a la tecnología, y después estuve en el paro varios meses. Al principio mis búsquedas se ciñeron a mi profesión,  y ofrecí mis servicios a varios medios de prensa escrita y editoriales.  Después de rellenar el formulario que aparecía tras pinchar el enlace de “trabaje con nosotros”, con mis datos personales, académicos, profesionales, y una carta de motivación, algunas veces llegaba un correo electrónico automático en el que agradecían mi interés y me aseguraban que iban a estudiar mi solicitud. Otras veces no llegaba nada. Sospecho que, en todas ellas, mis datos personales, académicos, profesionales y mi carta de motivación terminaban en el buzón de spam de los respectivos responsables de recursos humanos. También postulé como profesor en colegios, academias, on-line, clases particulares, pero los resultados fueron prácticamente idénticos. Recuerdo que una tarde estuve hablando con mi amigo Daniel Estero. Él era arquitecto pero se ganaba la vida maquetando las servilletas de bares y restaurantes que querían aprovechar ese espacio para comunicar algo más que un gracias por su visita. Daniel estuvo disertando un buen rato acerca de los caminos para solucionar los problemas laborales desde su propia experiencia, e insistió mucho en que resultaba imprescindible la reinvención. Lo llamó así, de eso estoy seguro. Reinvención. Dijo que yo necesitaba reinventarme dado el contexto económico y social que estábamos viviendo. Dijo que yo no podía restringir mis posibilidades a ningún campo, que debía flexibilizar mi mente, estar dispuesto a ser otra persona distinta a la que creía que era. Dijo que lo que me había ocurrido ya lo había vivido él, que por eso podía darme el consejo desde la perspectiva de la oportunidad. Dijo que yo no estaba en paro, que en realidad yo estaba viviendo la oportunidad de hacer algo que de otra forma jamás habría hecho, y que ese algo descubriría de mí aspectos que yo ignoraba y que permanecían ocultos. Y que, por tanto, después sería un ser más completo. Yo le escuché y no quise pronunciar en voz alta las dudas que me ofrecía su discurso, ni tampoco preguntarle qué había aprendido de sí mismo perdiendo un trabajo de arquitecto satisfactorio, vocacional y bien pagado a cambio de poder descubrir su yo maquetador de servilletas de bar durante cuarenta horas a la semana a cambio del salario mínimo. No le manifesté tampoco lo mucho que me había irritado aquello de que yo necesitara reinventarme, porque yo no quería reinventarme, yo estaba bien siendo quien era, me gustaba, me gustaba mi profesión, era bueno en ella, me gustaba mi familia, me gustaba mi vida, y yo mismo no estaba mal, si no fuera porque no conseguía encontrar un trabajo para poder continuarme y pagar el alquiler y la luz, y algo de cena cada noche. No le dije nada. Tan solo escuché y le di las gracias porque, a pesar de la torpeza en la exposición, y de esa ingenuidad exasperante en una persona de la que esperaba algo más de inteligencia, o al menos de honestidad, sí acerté a comprender la intención del discurso. A partir de ese momento, aunque por razones muy diferentes a las expuestas por Daniel Estero, presenté mi candidatura a toda oferta de trabajo que apareciera, fuera de lo que fuera, y no vacilé a la hora de inventar mis datos académicos, mi experiencia profesional o mi motivación en función del trabajo que estuviera solicitando. Y un día me llamaron para limpiar jardines.

Nunca utilicé el nombre de Punne. Sé que era Beatriz, pero lo supe mucho tiempo después de haberla conocido, de haberla llamado Punne, de haber pensado en ella como Punne. El primer día de trabajo me dieron un mono verde, un chaleco reflectante para ponerme sobre el mono, una escoba grande y un cogedor. Me asignaron el Retiro. En el Retiro trabajaba una brigada de seis limpiadores. Teníamos que limpiar los caminos de hojas e inmundicias. El más antiguo se llamaba Azcona y tenía la responsabilidad de organizar el trabajo, y lo había hecho dividiendo el parque en tres zonas asignando cada una de ellas a  un grupo de dos. A mí me tocó con ella.

Punne y yo trabajábamos en silencio, solo hablábamos en el descanso del almuerzo. Yo era nuevo y ella no. Los primeros días permanecimos en silencio. Yo no estaba con mucho humor, no tenía ganas de hacer esfuerzos. La primera conversación la empezó ella. No me preguntó mi nombre, ni si vivía lejos, ni qué me parecía el trabajo. No me preguntó nada. Dijo que por la mañana había visto un coche Mini muy grande. Como si hubieran creado una versión maxi pero que también se llamaba Mini, y que tenía un maletero inmenso, o que a lo mejor eran siete plazas. Y me preguntó qué opinaba. No supe muy bien qué responder. Creo que en realidad ni siquiera le importaba mi opinión, y era una forma cortés para exponer la suya, cosa que no tardó en hacer. Dijo algo así como que no entendía por qué alguien podría querer un coche Mini, cuyo nombre no era azaroso, pero en una versión gigante, cuando ya había muchos modelos de coches enormes. Me dijo, te imaginas un cuatro por cuatro de dos plazas? A ninguno de los dos nos interesaban los coches lo más mínimo, de hecho, ninguno de los dos tenía coche, pero sin embargo estuvimos disertando un buen rato acerca del por qué de las elecciones de las personas en esa materia, e imaginando modelos absurdos, como una moto limusina o un smart cuatro por cuatro, con la absoluta convicción de que algún día los veríamos rodando por la ciudad. Eso ocurrió el primer día. El segundo empezó ella también, y el tercero. Y así se generó la dinámica. Ella comenzaba a disertar sobre algún tema, y nos dedicábamos a analizar,  a filosofar. Hablamos de física cuántica, de secretos que no quieren ser revelados, hablamos de señales, hablamos de vocaciones, hablamos de la teoría del caos, discutimos la conveniencia o no de la teletransportación… hablamos de arte, de política, de espacios urbanos, hablamos de sueños. Algunos días Punne no pronunciaba una sola palabra. Sacaba su almuerzo de la bolsa, un termo con café y una manzana, y lo tomaba tranquila y ceremoniosa, sin mirarme siquiera, como si junto a ella no hubiera nadie más, y yo estuviera allí pero no estuviera allí, como si estuviera escondido, o detrás de un falso espejo y ella no pudiera verme pero yo a ella sí. Da igual, si ella no hablaba guardábamos silencio y permanecíamos solos el uno junto al otro. Alguna vez, pocas, hablamos de la niñez. Punne al menos sí lo hizo. Me dijo que cuando era niña quería ser la virgen maría, pero que no había resultado porque todo el mundo le había dicho que eso no era posible, que como mucho podría ser monja, pero ella monja no quería ser, porque el sexo le gustaba, y si era virgen maría solo tendría que esperar para practicarlo hasta haber concebido de una forma pura, pero la incertidumbre de no saber en qué momento un espíritu tendría a bien fecundarla, cosa que podría suceder teniendo ella dieciséis, espera que sí le resultaba asequible, o treinta y nueve, posibilidad inaceptable, la hizo perder su vocación. Lo que quiero decir es que jamás hablábamos de nuestra vida presente fuera del trabajo, de lo que íbamos a hacer por la tarde, el fin de semana, con quién vivíamos o dónde… era como si la única vida que tuviéramos fuera la que transcurría en ese parque limpiando hojas, y sobre todo la de la hora del almuerzo. Y más allá de eso no hubiera nada más, salvo una infancia remota.  En cierto modo terminó siendo así.

Yo me preguntaba muchas cosas de Punne. De hecho, no tardó en ocupar todos mis pensamientos fuera de la hora del almuerzo (almorzando estaba obligado a concentrarme y pensar únicamente en los análisis filosóficos). Pero después, y antes, me preguntaba cuál sería su profesión, que habría estudiado, a qué se habría dedicado antes de haberse reinventado en limpiadora de jardines con un chaleco reflectante, estaba convencido de que esa mujer no había pasado toda su vida recogiendo hojas. O sí, y quizás esa actividad le permitiera libertad de reflexión. Seguramente leería mucho. Me preguntaba cómo serían los almuerzos con su anterior compañero o compañera de almuerzos, y me negaba a pensar que fueran iguales que los nuestros.  Me preguntaba cómo sería la casa en la que vivía. Yo me la imaginaba en una buhardilla pequeña y bohemia, llena de objetos insólitos y una cama grande con dosel. No sé por qué lo del dosel, pero así la imaginaba. Me preguntaba si tendría pareja, y apostaba a que no, o quizás lo que ocurría es que yo quería pensar que no, pero seguro que alguien la follaría por las noches, al menos algunas, y yo me preguntaba cómo lo haría, cómo le gustaría a ella.  Me preguntaba también si ella se preguntaría por mí, pero aunque yo quería pensar que sí, no podía evitar pensar que no. De haberlo hecho podría habérmelo preguntado ya que Punne tenía la iniciativa de las conversaciones. Pero jamás me preguntó nada. Ni siquiera cuando empezamos a follar.

También ella tomó la iniciativa. Fueron polvos rápidos e intensos, en el mismo parque, detrás de algún seto. Ella se sentaba encima de mí, silenciosa, y me miraba todo el tiempo, como si también estuviera pensando algo mientras tanto, pero como si lo estuviera pensando dentro de mi cabeza, como si ella misma estuviera dentro de mi cabeza, joder, ¡estaba dentro de mi cabeza!, y con esos ojos clavados me lo hacía saber, como si no lo supiera yo, todo el tiempo. Cuando se corría, Punne cerraba los ojos, fruncía un poco el ceño, y temblaba un poco. No me besaba. Ni antes, ni durante ni mucho menos después. Volvía a sentarse donde estuviera, sacaba el termo, y generalmente se quedaba en silencio. Serían diez o doce veces durante los últimos meses.

La última vez me dijo que quería ir a una habitación por horas. Me negué a pensar por qué no me invitaba a su casa. Me negué. Tampoco yo iba a invitarla a la mía. Fue la única vez que la vi desnuda. Ese día asumí la iniciativa, y la besé, y me dejó, la follé, y me dejó, varias veces, y marqué el ritmo, y me dejó, y la abracé, y la sujeté de tal forma que no pudiera irse. En las ocho horas que estuvimos juntos cerró los ojos muchas veces. Antes de irnos, me dijo que estaba casada y que tenía hijos. Yo le dije que también estaba casado, pero que la quería. Ella no dijo nada más.

Al día siguiente no fue a trabajar. Ni al otro. Al tercero me presentaron al que iba a ser mi nuevo compañero. Nunca más volví a verla. Yo dejé de limpiar jardines poco tiempo después.