Déjese querer por una loca

Se imaginaba a sí misma fumando opio, tumbada en un camastro en una estancia oscura con otros muchos camastros alineados, en medio de un ambiente denso y oscuro. Xuezhen freía fideos y había encendido la campana extractora. Se escuchaba el rugido atronador, también el crepitar de la fritura y golpeo de sartenes. La humareda se colaba por la cocina y rebotaba con el plástico protector que habían colocado en la barra. Ella ya no lo notaba, pero le olía a comida el pelo, la bufanda rosa, la camisa, los pantalones, las bragas, su sueño. Tenía que concentrarse fuerte en el opio. Si se concentraba fuerte salía de allí y era la mujer predestinada a salvar a la estirpe Xin y a ser proclamada emperadora y no emperatriz. Emperatrices eran las mujeres de los emperadores. Ella sería la primera mujer en ostentar el poder absoluto.

Xuezhen tosió varias veces mientras seguía preparando el pedido. Cuando se escondía en la cocina se quitaba la mascarilla. Tose directamente sobre los alimentos. La mujer de la bufanda rosa asoma la cabeza para mirar en la cocina y comprobarlo. En su cabeza aparecían nítidos los aerosoles infectados de millones de seres malignos -son verdes- dispersándose por los fideos, por el pollo teriyaki, por las gyozas. Y no se quedaban ahí, continuaban dispersándose por el resto del aire de la cocina, invisible para todo el mundo menos para ella, nacida para grandes cosas, como ver las inmundicias microscópicas de su tío contaminando el aire de la cocina, aire que traspasaría rápidamente la cortina de tela que la separa de la barra hasta chocar contra esa barrera de plástico que los protegía frente a los peligros externos, y los condenaba a los propios. Yihui sintió náuseas.

Con el opio, Yihui era capaz de discriminar visiones, y no olía a salsa de soja y pollo. A veces se quedaba mirando a través de la lona de plástico el comedor que nadie usaba. Miraba los farolillos rojos junto a las lámparas castellanas. Miraba la pared de ladrillo visto y el marco granate de los ventanales de medio punto. Veía ese lugar a diario, por eso ya no se preguntaba nada. Había terminado aceptándolo con naturalidad. Como la redondez excesiva de su cara, su pecho plano, sus piernas delgadas y algo arqueadas, o su pelo demasiado graso. Cuando se cansaba de mirar se daba la vuelta, y concentraba su atención en la tela que servía para separar la cocina de la barra. En ella estaba estampada una mujer con moño alto, cara blanca, kimono rojo, belleza extrema, poder absoluto. La última heredera de la dinastía Xin. Efectivamente. Ella.

Xuezhen apartó brusco la tela haciendo desaparecer a Yihui y le dio varios recipientes. El ruido de la cocina había desaparecido. La mujer de la bufanda rosa los metió dentro de una bolsa, apartó la barrera de plástico, abrió la puerta y le dio la bolsa a otro hombre, que a su vez la metió en la maleta de una moto, se puso el casco, y se alejó conduciendo los dos o tres primeros metros por la acera. La mujer de la bufanda rosa respiró un par de veces el aire frío antes de volver tras la barra a soñar que fuma y que es mejor de lo que es.

Crónica del aislamiento. Día 6.

Esta mañana me ha despertado el despertador y además le he dado al botón de diez minutos más. He vuelto a engordar los doscientos gramos que había adelgazado ayer. La cerveza y los anacardos.

Hoy he tenido mi primera video conferencia con un compañero de trabajo. Ha propuesto una reunión diaria de no más de veinte minutos para tratar de aliviar el whatsapp. Por fin alguien que también está cansado de que se le vaya el día con eso. Él está sin los hijos en casa, con fiebre desde hace cuatro días y confinado en una habitación. Su pareja le lleva la comida y se la deja en una bandeja en la puerta de su cuarto.

Yo me alegro de que esto nos haya pillado con la casa llena de criaturas. Cuando entro a despertarlos les pregunto cómo están. Todas las mañanas. Hasta ahora contestan que bien. A veces incluso que de puta madre. Son un torrente de energía. Ayer a la hora de la cena les pregunté que cómo lo llevaban.

-El qué.

– Pues esto, lo de estar en casa todo el día.

-Joder, de puta madre! -lo sé, su léxico no es muy variado, yo me limito a trascribir fielmente- Yo estoy encantado. -Miguel está más que encantado. Pletórico.

-Joder, y yo. -Pablo también.

Hugo dijo que se aburría un poco.

-La alternativa es ir al cole.

-Entonces prefiero esto.

Ayer por la noche, en la cena, pusieron First dates. Hemos empezado a limitar la ración de informativos a uno al día, el del desayuno. La comida es sin tele. La cena ahora es con First Dates. Pablo dice que es un buen vaciado cerebral para sacarse el coronavirus de encima. Sale una mujer buscando pareja con 77 años. Esto causa sorpresa. Pablo, después de meditarlo, afirma que él, de ir a un programa así, lo haría con esa edad. Total, con esa edad, si a alguien no le gusta que no mire, es el momento de hacer lo que uno quiere sin pensar en el qué dirán. Entonces se retracta y dice que bueno, que lo haría si a sus hijos no les molestara verlo en un programa semejante. Y yo le dije que los hijos qué, qué menos que respetar la decisión de los padres, que son mayorcitos. A los hijos a veces hay que ignorarlos. Y me dice, tú no me ignoras a mí cuando te pido que veas Jojos conmigo, no? aunque no sea lo que más te apetezca hacer. Creo que no es lo mismo, pero me callo y me enternezco.

Son las ocho y acaban de sonar los aplausos. Ayer no los oí. Pensaba que el hecho de que yo no los hubiera oído era síntoma inequívoco de que no hubo, porque era perfectamente comprensible además que la gente, al tercer día, ya se hubiera cansado. Pero no, solo fue síntoma inequívoco de que yo no lo oí. Recuerdo que, tras el éxito de la primera convocatoria de aplausos, empezó a circular por las redes otro tipo de convocatorias, de tipo más melódico y no solo de percusión. Unos pedían el himno de españa, al estilo italiano, otros pedían Resistiré del Dúo Dinámico. Yo pensé que con haber logrado ponernos a todos de acuerdo con el aplauso se podían dar con un canto en los dientes, y ni siquiera, que al menos yo ya anduve mirando el espectáculo con recelo. No nos ponemos de acuerdo con un tema musical que nos represente ni de coña. Como no sea alguna canción del mundial invocando al fútbol, ese gran fenómeno de cohesión social y de hacer dinero. El caso es que seguimos con los aplausos. Hoy algunos estaban aderezándolos con percusión en cacerola. De hecho no solo no se han cansado sino que ampliaron convocatoria, ayer una segunda a las nueve. Cacerolada en toda regla contra el rey. Es el momento social del día.

Yo no lo necesito tanto porque me ha tocado hoy hacer la compra y he estado charlando con la farmacéutica, que también lleva mascarilla y guantes. Mientras estaba con ella ha pasado el chico de la tienda de vinos, al que le gustaba ese navarro de etiqueta bonita que luego resultó tan decepcionante, preguntando por una mascarilla. No, no hay. Me pregunto si continuarán abiertos. Si lo hacen no me extraña que quiera una. A estas alturas ya todos conocemos a alguien que está pasando la enfermedad o que es susceptible de estar pasándola -otra cosa que no tenemos son equipos de diagnóstico-. Si los chinos llevan una mascarilla, es más, si para los chinos es obligatorio llevarlas, es que servir sirven. Otra cosa es que aquí ya supieran las autoridades que no iba a haber para todos y tuvieran que priorizar, y que, para que no acabáramos con todas como una plaga de langostas y no fuera a haber siquiera para sanitarios y enfermos graves, nos contaron la milonga de que, en realidad, casi era peor, que paraba el virus pero que luego te la tocabas con la mano y fíjate, un pan como unas tortas. Y que además, si la gente no tenía el virus de qué te iban a prevenir. Y luego mira, que la gente sí tiene el virus pero no lo sabe. Y entonces todos asentíamos y decíamos, claro, una soberana estupidez lo de la máscara para protegerte. Y yo la primera. Pasan estas cosas y es sorprendente que quienes vehementemente decían una cosa, a los cuatro días y con la misma vehemencia, defendían la contraria.

En fin, que yo ahora me voy a saltar. Antes me escribieron un email los del gimnasio para que rellenara un formulario con el fin de recibir un entrenamiento personalizado para hacer en casa. Y me preguntan que qué quiero, y entre paréntesis me dan ejemplos de lo que puedo querer: perder peso, mejorar técnica, mantener… Y son unos incautos, y en lugar de un desplegable con opciones cerradas, dejan una caja de texto para poder redactar los deseos. Así que yo redacto. Pues yo lo que quiero es desentumecerme, estirar, no ponerme como una bola, no volverme loca. Pero claro, que si puedo aspirar a más, como a perder peso, a ganar técnica o a tener por primera vez en mi vida eso del vientre que llaman sixpack, pues estupendo, pero esta solicitud está hecha desde el más puro escepticismo, desde quien no cree en seres fantásticos y superiores, como dioses o tele entrenadores todopoderosos.

Crónica del aislamiento. Día 4.

Esto de escribir con un día de retraso me está empezando a paralizar. Porque me gusta escribir en presente pero sobre todo porque se me olvidan las cosas. Parece increíble, pero ahora mismo me da la impresión de que de hoy a ayer han pasado un millón de años, que ayer es un pasado remoto y no consigo recordar nada. Si hago un esfuerzo puede que recuerde los hechos, pero mi cabeza está a años luz. No se puede contar nada si se ha olvidado lo reciente, lo que rezuma y deja poso. El subtexto. Qué sentido tiene escribir texto sin más. Hilar oraciones con un sujeto un verbo y un predicado. Así que he decidido, en el día de hoy, en este preciso instante y de manera unilateral que el día cuatro me lo voy a saltar y voy directamente con el día cinco, es decir, hoy.

Óscar tiene un don

Reconozco que llevaba una temporada sin coincidir demasiado con él. Puede que incluso lo evitara. Creo que desde que murió su hijo. De eso me enteré de la forma más mundana. Estaba en mi trabajo y me llamó por teléfono un mensajero, que estaba tratando de entregarme un paquete -se acercaban las navidades- y no había nadie en casa. Yo le dije que se lo dejara al conserje. Es que Óscar no está, me contesta. Recuerdo que me sorprendió que lo llamara por su nombre, de pronto me pareció que el mensajero y yo pasábamos a estrechar nuestra relación por el nexo común de conocer el nombre de Óscar. Y yo le dije pues si puedes espera un momento, quizás esté en la puerta fumando. Y él me dice, no, que es que se ha muerto su hijo, ¿su hijo? pero eso no puede ser, querrás decir su padre. No podía ser porque el piso donde vivo es de los antiguos, en los que el conserje vive en el bajo, junto a la portería, y yo conozco a su mujer, y a su hija mayor, y a su hijo pequeño, y son de carne y hueso, y están vivos. Está conmigo el presidente, te lo paso. Y me lo pasó, y el presidente, que vive en el piso contiguo al mío me dijo que habían ingresado al niño la noche anterior porque tenía fiebre y no le bajaba y que se había muerto de madrugada. Me quedé tan conmocionada que cuando colgué el teléfono se lo conté a mis compañeros de trabajo, como si a ellos les importara lo más mínimo el hijo de mi conserje, y también llamé a Manu, que se quedó más conmocionado que yo, porque los niños no se mueren, eso es imposible. Y cuando llegué a casa me fui a ver al presidente y a su mujer, y me contaron lo que sabían visiblemente afectados, y cuando llegó Manu nos fuimos al tanatorio, y nos encontramos a un Óscar hecho pedazos, y a su mujer con una entereza que parecía salida de una furia que no estaba dispuesta a permitir que nadie más muriera, ni siquiera de pena.

Volvieron después de navidades y yo apenas pasaba por la portería cuando estaba Óscar, y cuando coincidía pasaba deprisa, saludaba sin detenerme. Recuerdo que les dije a mis hijos que cuando vieran a Óscar le dijeran algo. Y Pablo me preguntó qué debía decir. No lo sé, dale un abrazo. Creo que tampoco le resultó fácil. Yo creo que necesitamos decir palabras que consideramos útiles, que sirven para algo, como “alcánzame una servilleta”, y te la alcanzan, pero en una situación así las percibimos insignificantes, inservibles, porque no han inventado una palabra de consuelo que ofrezca consuelo cuando has pedido a un hijo pequeño, de repente, sin saber por qué. Quizás no es necesario decir, solo escuchar. Pero escuchar situaciones como esas tampoco es fácil. Yo escucho y suelo ponerme en situación, hacerla propia, para tratar de comprender a quien me habla. E imaginarme sin Pablo o sin Miguel no me resulta concebible ni siquiera como ejercicio de empatía. Al cabo del tiempo Manu me dijo que por lo visto el niño sufría una lesión cardíaca congénita de la que solo fueron conscientes tras la autopsia.

Un día me crucé con Óscar y me dijo que hacía mucho que no me veía. Ya, es que pedí reducción de jornada, así que llego cuando estás comiendo, y por las tardes estoy encerrada en casa estudiando, porque estoy preparando una oposición. Y entonces me miró muy serio, concentrado, y acto seguido me dijo sonriendo y señalandome con el dedo: Te la vas a sacar. ¿Y cómo lo sabes? le contesté. Hazme caso. Tengo un sexto sentido, y siempre que algún amigo está preparando una oposición sé si se la va a sacar o no, y siempre acierto. Y tú la vas a sacar, y si no, al tiempo. Yo me sonrío. Soy atea y escéptica, pero sin embargo me hace gracia creer en supersticiones absurdas, especialmente si me son favorables. Y además Óscar estaba sonriente, parecido a como era el Óscar de antes. Entonces me envalentoné y le pregunté cómo le contaba a los que su sexto sentido le decía que iban a suspender, que van a suspender. Eso tiene que ser jodido, le digo. Y entonces me contesta que hasta ahora no le ha pasado nunca. Tengo que reconocer que esa afirmación le restó algo de crédito a su vaticinio. Pero quise conformarme ofreciéndome una explicación racional, como que quizás tuviera un don positivo que solo se manifiesta cuando el resultado es favorable. No me extraña que Óscar le caiga bien a todo el mundo.

Óscar y su familia se fueron de vacaciones el 1 de julio, antes de que yo supiera la nota de mi primer examen, ni del segundo, ni de todo lo que ahora sé. Vuelve el 1 de agosto. Mañana. Estoy deseando verlo para darle la razón, decirle que sí tiene un don, uno positivo, y que funciona.

Up against the wall

Hoy me volvieron a pedir la canción en el coche, mientras los llevaba al entrenamiento. Llevo a mi hijo Miguel y a su amigo Dani. Dani suele ser bastante crítico con la música que pongo. Últimamente suelo ir con clásicos. Rock clásico: Bo diddley, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis… jazz clásico: Amstrong, Ella… ese tipo. A veces también me cogen en un día indie, del tipo atormentado que no va nada con su carácter, de modo que procuro que no coincida. Dani dice que vaya mierda de música, que ya no estamos en los noventa. Ni siquiera me molesto en rectificarle, porque para ellos el mundo antes de esa década no existía, antes de los noventa el mundo era un gran agujero negro, eran los hombres de las cavernas, era el big ben. Fuera del reggeaton que pinchan en la radio fórmula el mundo es extraño y ajeno. Miguel sí tiene cultura musical. Ahora ya existe la democracia en el coche y vamos pinchando por turnos unos y otros, pero antes de eso, primero existió el tiempo de la dictadura de Miliki, y después el tiempo en que escuchaban  lo que yo ponía. Y muchas cosas le gustaban. Me recuerda a los años en los que era yo la que iba en el asiento de atrás y escuchaba música country. Todo el tiempo. A mí no me entusiasmó nunca, pero le decía a mi padre que sí para no herir sus sentimientos. Y esto me da qué pensar.

Cuando Miguel empezó a pinchar nos enseñaba las canciones que escuchaba con sus amigos en el colegio, en el campamento, las que les molan a sus amigos, las que a él le recuerdan a sus buenos momentos… Pero no recibieron una buena acogida. A mí el reggaeton no me gusta, pero me indignaba un poco que le dijeran que sus gustos eran una mierda. A todos nos gusta que se respete lo que nos gusta, y además todos tenemos un pasado, pero el caso es que a Miguel le terminó pudiendo su deseo de ser aceptado, reservó el perreo para su intimidad, y en el coche fue probando otras cosas. Siempre está escuchando música, y ya he dicho que su gusto es amplio, de modo que tiene recursos. Una mañana, camino del cole, me sorprendió pinchando una lista que se llamaba The road to the punk rock. De esa lista le gustaban Surfin bird de The Trashmen, All day and all of the night de The kinks, y alguna que otra más, pero después de dejarlo seguí con ella puesta y entonces la escuché. Supe que con ella los iba a conquistar. Y lo hice. La prueba la he tenido hoy.

Al recogerlos esta tarde primero me han contado que el examen de naturales bien, pero que el de sociales, que ayer mantuvo, al menos a Miguel, recluido toda la tarde en la habitación, regular. Podría habérselo estudiado más dosificado, pero qué le voy a decir cuando yo siempre he sido de atracones la tarde de antes. Me acordé de mi padre, que tenía fe en la justicia, y me decía que cuando uno se ha esforzado los buenos resultados llegan. A mi a veces me gusta pensar que sí, pero al margen de las sociales, y de mi misma, sé que la justicia no es una ley exacta, y que no siempre llega cuando se la invoca con el esfuerzo. Después de eso, me han pedido la canción.

Lo tiene todo, una letra fácil de recordar porque solo consta de una línea, contenido explícito (como se dice ahora), y es insolente y provocadora. Hemos ido los tres a gritos cantando “up against the wall motherfuckers”. Y joder, cómo libera. No tanto como decir contra la pared, hijos de puta, pero libera. No sé en qué pensarían ellos, si en su examen de sociales, en su tutor, en el sistema central, o en los ríos de la vertiente atlántica. A mí se me pasaron por la cabeza muchos de los rostros que protagonizan las noticias en los telediarios. Me sonreí. No es muy didáctico, pero al final, dijéramos lo que dijéramos, no estábamos haciendo daño a nadie, ni siendo violentos. Solo cantábamos, cantábamos los tres en un coche, cantábamos up against the wall, motherfuckers, cantábamos llenándonos la boca, y cantando nos sentíamos un poco más ligeros, como si fuera escapando la rabia con cada una de las pocas notas de esa canción tan simple.

Cuando los dejé el parking estaba lleno, así que me quedé en doble fila, esperando que alguien se fuera para aparcar bien el coche y poder esperar leyendo. Esos son mis ratos consagrados de lectura. Dos horas lunes y miércoles encerrada en el coche, la contrapartida placentera a mi trabajo de chófer.

En general, las normas para aparcar cuando está lleno el parking son claras, están basadas en la justicia y no en la suerte. El que más tiempo lleva en doble fila esperando es el primero que aparca su coche cuando alguien sale. Un sistema de turnos clásico. El mismo sistema que impera cuando uno va a al cine un sábado por la tarde, a un supermercado, etc, creo que no merece más explicación. O sí. Porque cuando después de media hora esperando por fin se iba un coche y el hueco que dejaba ya me tocaba a mí, y mientras estaba yo haciendo las maniobras para aparcar, llegó una señora con un mercedes azul que acababa de llegar, y lo metió. Como acababa de llegar y quizás no se había percatado de la cola, me bajé de mi coche y me acerqué al suyo para explicarle que había cola, y gente esperando, y que era mi turno. La señora ya tenía una cierta edad. Tenía el pelo teñido de rubio muy claro, y lo llevaba bien peinado, con un recogido de peluquería, pendientes grandes, un pañuelo en el cuello, collar… una señora de bien que llevaba a su nieto a entrenar. Pero la señora no bajó la ventanilla, me miró por un momento como quien mira a un ser insignificante, prácticamente invisible, y se encogió de hombros. Ella sin duda creyó que las normas tenían que ver con la suerte. Le dije que no daba igual, que se trataba de una cuestión de respeto. Y que tenía el aspecto de haber sido bien educada, y que al menos se dignara a bajar la ventana para poder hablar a un volumen normal. Pero no lo hizo, así que intenté abrir la puerta de su mercedes, pero lo tenía cerrado. Así que me despedí diciéndole a un volumen que pudiera escuchar a pesar de no haber bajado su ventana, que aunque fuera disfrazada de señora, en realidad era una mujer chabacana y vulgar.

Volví a meterme en mi coche. Me temblaban las manos de rabia. Y me coloqué en doble fila con brusquedad justo detrás de ella. Entonces aún no me había dado cuenta de que la señora no había salido aún del coche, ni tampoco de que no lo había hecho porque tenía miedo. Pero cuando el destino quiso que la siguiente plaza que se quedara libre fuera justo la que había al lado de su bonito deportivo, aparqué mi coche, y la vi, y la miré, y ella me miró, lo supe. La señora seguí ahí metida porque me tenía miedo. A mi. Y volví a pensar en la justicia, incluso un poco en la suerte. La señora no podía saber que yo habitualmente soy de esas pocas personas que no sale del coche en dos horas, no va a ver el entrenamiento y permanece allí dentro leyendo. De modo que el hecho de que yo tampoco saliera de mi vehículo y le devolviera la mirada con cara de odiarla con gran intensidad, debió interpretarlo como un gesto amenazante, así que también permaneció dentro, jugando con el móvil. Y me sirvió en bandeja mi venganza. No se atrevía a salir del coche e ir a tomar un café, o a ver a su nieto, por no dejar su flamante coche solo conmigo allí al lado, con esa cara de loca furiosa, con esa cara de ir a escribirle puta con una llave en la puerta, con esa cara de ir a rajarle una rueda con la navaja que sin duda escondería en el fondo de mi bolso, con esa cara de ir a estallarle una piedra en su cristal. Porque yo no tenía pinta de señora de bien. Yo seguro que era capaz de cualquier cosa. Y lo era. Eso no obstante no quiere decir que lo hubiera hecho.

Me mantuve inmóvil con el libro en el regazo, con los pies sobre el asiento, fumando de vez en cuando, el codo por fuera de la ventanilla, mirándola con cara de psicópata de tanto en tanto. Estuve tentada de poner música a todo volumen, de buscarle una lista de punkarras o de screamers, me planteé incluso el reggaeton. Pero al fin y al cabo yo qué culpa tenía de su prepotencia y de su falta de respeto. Con música no puedo leer.

Su miedo la mantuvo encerrada dentro del coche alrededor de una hora. Hasta que salió el nieto. Poco antes, salió a buscarlo sin perder de vista el coche, y sin dejar de mirar hacia atrás, con cara de pánico.

Cuando salió Miguel, antes de llegar a casa me puso la canción. Oh sí, Miguel, gracias! Up against the wall motherfuckers. De nuevo una imagen concreta en mi cabeza. Esta vez tenía el pelo teñido de rubio y cara de agobio. Y me sonreí.