Crónica del aislamiento. Día 6.

Esta mañana me ha despertado el despertador y además le he dado al botón de diez minutos más. He vuelto a engordar los doscientos gramos que había adelgazado ayer. La cerveza y los anacardos.

Hoy he tenido mi primera video conferencia con un compañero de trabajo. Ha propuesto una reunión diaria de no más de veinte minutos para tratar de aliviar el whatsapp. Por fin alguien que también está cansado de que se le vaya el día con eso. Él está sin los hijos en casa, con fiebre desde hace cuatro días y confinado en una habitación. Su pareja le lleva la comida y se la deja en una bandeja en la puerta de su cuarto.

Yo me alegro de que esto nos haya pillado con la casa llena de criaturas. Cuando entro a despertarlos les pregunto cómo están. Todas las mañanas. Hasta ahora contestan que bien. A veces incluso que de puta madre. Son un torrente de energía. Ayer a la hora de la cena les pregunté que cómo lo llevaban.

-El qué.

– Pues esto, lo de estar en casa todo el día.

-Joder, de puta madre! -lo sé, su léxico no es muy variado, yo me limito a trascribir fielmente- Yo estoy encantado. -Miguel está más que encantado. Pletórico.

-Joder, y yo. -Pablo también.

Hugo dijo que se aburría un poco.

-La alternativa es ir al cole.

-Entonces prefiero esto.

Ayer por la noche, en la cena, pusieron First dates. Hemos empezado a limitar la ración de informativos a uno al día, el del desayuno. La comida es sin tele. La cena ahora es con First Dates. Pablo dice que es un buen vaciado cerebral para sacarse el coronavirus de encima. Sale una mujer buscando pareja con 77 años. Esto causa sorpresa. Pablo, después de meditarlo, afirma que él, de ir a un programa así, lo haría con esa edad. Total, con esa edad, si a alguien no le gusta que no mire, es el momento de hacer lo que uno quiere sin pensar en el qué dirán. Entonces se retracta y dice que bueno, que lo haría si a sus hijos no les molestara verlo en un programa semejante. Y yo le dije que los hijos qué, qué menos que respetar la decisión de los padres, que son mayorcitos. A los hijos a veces hay que ignorarlos. Y me dice, tú no me ignoras a mí cuando te pido que veas Jojos conmigo, no? aunque no sea lo que más te apetezca hacer. Creo que no es lo mismo, pero me callo y me enternezco.

Son las ocho y acaban de sonar los aplausos. Ayer no los oí. Pensaba que el hecho de que yo no los hubiera oído era síntoma inequívoco de que no hubo, porque era perfectamente comprensible además que la gente, al tercer día, ya se hubiera cansado. Pero no, solo fue síntoma inequívoco de que yo no lo oí. Recuerdo que, tras el éxito de la primera convocatoria de aplausos, empezó a circular por las redes otro tipo de convocatorias, de tipo más melódico y no solo de percusión. Unos pedían el himno de españa, al estilo italiano, otros pedían Resistiré del Dúo Dinámico. Yo pensé que con haber logrado ponernos a todos de acuerdo con el aplauso se podían dar con un canto en los dientes, y ni siquiera, que al menos yo ya anduve mirando el espectáculo con recelo. No nos ponemos de acuerdo con un tema musical que nos represente ni de coña. Como no sea alguna canción del mundial invocando al fútbol, ese gran fenómeno de cohesión social y de hacer dinero. El caso es que seguimos con los aplausos. Hoy algunos estaban aderezándolos con percusión en cacerola. De hecho no solo no se han cansado sino que ampliaron convocatoria, ayer una segunda a las nueve. Cacerolada en toda regla contra el rey. Es el momento social del día.

Yo no lo necesito tanto porque me ha tocado hoy hacer la compra y he estado charlando con la farmacéutica, que también lleva mascarilla y guantes. Mientras estaba con ella ha pasado el chico de la tienda de vinos, al que le gustaba ese navarro de etiqueta bonita que luego resultó tan decepcionante, preguntando por una mascarilla. No, no hay. Me pregunto si continuarán abiertos. Si lo hacen no me extraña que quiera una. A estas alturas ya todos conocemos a alguien que está pasando la enfermedad o que es susceptible de estar pasándola -otra cosa que no tenemos son equipos de diagnóstico-. Si los chinos llevan una mascarilla, es más, si para los chinos es obligatorio llevarlas, es que servir sirven. Otra cosa es que aquí ya supieran las autoridades que no iba a haber para todos y tuvieran que priorizar, y que, para que no acabáramos con todas como una plaga de langostas y no fuera a haber siquiera para sanitarios y enfermos graves, nos contaron la milonga de que, en realidad, casi era peor, que paraba el virus pero que luego te la tocabas con la mano y fíjate, un pan como unas tortas. Y que además, si la gente no tenía el virus de qué te iban a prevenir. Y luego mira, que la gente sí tiene el virus pero no lo sabe. Y entonces todos asentíamos y decíamos, claro, una soberana estupidez lo de la máscara para protegerte. Y yo la primera. Pasan estas cosas y es sorprendente que quienes vehementemente decían una cosa, a los cuatro días y con la misma vehemencia, defendían la contraria.

En fin, que yo ahora me voy a saltar. Antes me escribieron un email los del gimnasio para que rellenara un formulario con el fin de recibir un entrenamiento personalizado para hacer en casa. Y me preguntan que qué quiero, y entre paréntesis me dan ejemplos de lo que puedo querer: perder peso, mejorar técnica, mantener… Y son unos incautos, y en lugar de un desplegable con opciones cerradas, dejan una caja de texto para poder redactar los deseos. Así que yo redacto. Pues yo lo que quiero es desentumecerme, estirar, no ponerme como una bola, no volverme loca. Pero claro, que si puedo aspirar a más, como a perder peso, a ganar técnica o a tener por primera vez en mi vida eso del vientre que llaman sixpack, pues estupendo, pero esta solicitud está hecha desde el más puro escepticismo, desde quien no cree en seres fantásticos y superiores, como dioses o tele entrenadores todopoderosos.

Crónica del aislamiento. Día 4.

Esto de escribir con un día de retraso me está empezando a paralizar. Porque me gusta escribir en presente pero sobre todo porque se me olvidan las cosas. Parece increíble, pero ahora mismo me da la impresión de que de hoy a ayer han pasado un millón de años, que ayer es un pasado remoto y no consigo recordar nada. Si hago un esfuerzo puede que recuerde los hechos, pero mi cabeza está a años luz. No se puede contar nada si se ha olvidado lo reciente, lo que rezuma y deja poso. El subtexto. Qué sentido tiene escribir texto sin más. Hilar oraciones con un sujeto un verbo y un predicado. Así que he decidido, en el día de hoy, en este preciso instante y de manera unilateral que el día cuatro me lo voy a saltar y voy directamente con el día cinco, es decir, hoy.

Óscar tiene un don

Reconozco que llevaba una temporada sin coincidir demasiado con él. Puede que incluso lo evitara. Creo que desde que murió su hijo. De eso me enteré de la forma más mundana. Estaba en mi trabajo y me llamó por teléfono un mensajero, que estaba tratando de entregarme un paquete -se acercaban las navidades- y no había nadie en casa. Yo le dije que se lo dejara al conserje. Es que Óscar no está, me contesta. Recuerdo que me sorprendió que lo llamara por su nombre, de pronto me pareció que el mensajero y yo pasábamos a estrechar nuestra relación por el nexo común de conocer el nombre de Óscar. Y yo le dije pues si puedes espera un momento, quizás esté en la puerta fumando. Y él me dice, no, que es que se ha muerto su hijo, ¿su hijo? pero eso no puede ser, querrás decir su padre. No podía ser porque el piso donde vivo es de los antiguos, en los que el conserje vive en el bajo, junto a la portería, y yo conozco a su mujer, y a su hija mayor, y a su hijo pequeño, y son de carne y hueso, y están vivos. Está conmigo el presidente, te lo paso. Y me lo pasó, y el presidente, que vive en el piso contiguo al mío me dijo que habían ingresado al niño la noche anterior porque tenía fiebre y no le bajaba y que se había muerto de madrugada. Me quedé tan conmocionada que cuando colgué el teléfono se lo conté a mis compañeros de trabajo, como si a ellos les importara lo más mínimo el hijo de mi conserje, y también llamé a Manu, que se quedó más conmocionado que yo, porque los niños no se mueren, eso es imposible. Y cuando llegué a casa me fui a ver al presidente y a su mujer, y me contaron lo que sabían visiblemente afectados, y cuando llegó Manu nos fuimos al tanatorio, y nos encontramos a un Óscar hecho pedazos, y a su mujer con una entereza que parecía salida de una furia que no estaba dispuesta a permitir que nadie más muriera, ni siquiera de pena.

Volvieron después de navidades y yo apenas pasaba por la portería cuando estaba Óscar, y cuando coincidía pasaba deprisa, saludaba sin detenerme. Recuerdo que les dije a mis hijos que cuando vieran a Óscar le dijeran algo. Y Pablo me preguntó qué debía decir. No lo sé, dale un abrazo. Creo que tampoco le resultó fácil. Yo creo que necesitamos decir palabras que consideramos útiles, que sirven para algo, como “alcánzame una servilleta”, y te la alcanzan, pero en una situación así las percibimos insignificantes, inservibles, porque no han inventado una palabra de consuelo que ofrezca consuelo cuando has pedido a un hijo pequeño, de repente, sin saber por qué. Quizás no es necesario decir, solo escuchar. Pero escuchar situaciones como esas tampoco es fácil. Yo escucho y suelo ponerme en situación, hacerla propia, para tratar de comprender a quien me habla. E imaginarme sin Pablo o sin Miguel no me resulta concebible ni siquiera como ejercicio de empatía. Al cabo del tiempo Manu me dijo que por lo visto el niño sufría una lesión cardíaca congénita de la que solo fueron conscientes tras la autopsia.

Un día me crucé con Óscar y me dijo que hacía mucho que no me veía. Ya, es que pedí reducción de jornada, así que llego cuando estás comiendo, y por las tardes estoy encerrada en casa estudiando, porque estoy preparando una oposición. Y entonces me miró muy serio, concentrado, y acto seguido me dijo sonriendo y señalandome con el dedo: Te la vas a sacar. ¿Y cómo lo sabes? le contesté. Hazme caso. Tengo un sexto sentido, y siempre que algún amigo está preparando una oposición sé si se la va a sacar o no, y siempre acierto. Y tú la vas a sacar, y si no, al tiempo. Yo me sonrío. Soy atea y escéptica, pero sin embargo me hace gracia creer en supersticiones absurdas, especialmente si me son favorables. Y además Óscar estaba sonriente, parecido a como era el Óscar de antes. Entonces me envalentoné y le pregunté cómo le contaba a los que su sexto sentido le decía que iban a suspender, que van a suspender. Eso tiene que ser jodido, le digo. Y entonces me contesta que hasta ahora no le ha pasado nunca. Tengo que reconocer que esa afirmación le restó algo de crédito a su vaticinio. Pero quise conformarme ofreciéndome una explicación racional, como que quizás tuviera un don positivo que solo se manifiesta cuando el resultado es favorable. No me extraña que Óscar le caiga bien a todo el mundo.

Óscar y su familia se fueron de vacaciones el 1 de julio, antes de que yo supiera la nota de mi primer examen, ni del segundo, ni de todo lo que ahora sé. Vuelve el 1 de agosto. Mañana. Estoy deseando verlo para darle la razón, decirle que sí tiene un don, uno positivo, y que funciona.

Up against the wall

Hoy me volvieron a pedir la canción en el coche, mientras los llevaba al entrenamiento. Llevo a mi hijo Miguel y a su amigo Dani. Dani suele ser bastante crítico con la música que pongo. Últimamente suelo ir con clásicos. Rock clásico: Bo diddley, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis… jazz clásico: Amstrong, Ella… ese tipo. A veces también me cogen en un día indie, del tipo atormentado que no va nada con su carácter, de modo que procuro que no coincida. Dani dice que vaya mierda de música, que ya no estamos en los noventa. Ni siquiera me molesto en rectificarle, porque para ellos el mundo antes de esa década no existía, antes de los noventa el mundo era un gran agujero negro, eran los hombres de las cavernas, era el big ben. Fuera del reggeaton que pinchan en la radio fórmula el mundo es extraño y ajeno. Miguel sí tiene cultura musical. Ahora ya existe la democracia en el coche y vamos pinchando por turnos unos y otros, pero antes de eso, primero existió el tiempo de la dictadura de Miliki, y después el tiempo en que escuchaban  lo que yo ponía. Y muchas cosas le gustaban. Me recuerda a los años en los que era yo la que iba en el asiento de atrás y escuchaba música country. Todo el tiempo. A mí no me entusiasmó nunca, pero le decía a mi padre que sí para no herir sus sentimientos. Y esto me da qué pensar.

Cuando Miguel empezó a pinchar nos enseñaba las canciones que escuchaba con sus amigos en el colegio, en el campamento, las que les molan a sus amigos, las que a él le recuerdan a sus buenos momentos… Pero no recibieron una buena acogida. A mí el reggaeton no me gusta, pero me indignaba un poco que le dijeran que sus gustos eran una mierda. A todos nos gusta que se respete lo que nos gusta, y además todos tenemos un pasado, pero el caso es que a Miguel le terminó pudiendo su deseo de ser aceptado, reservó el perreo para su intimidad, y en el coche fue probando otras cosas. Siempre está escuchando música, y ya he dicho que su gusto es amplio, de modo que tiene recursos. Una mañana, camino del cole, me sorprendió pinchando una lista que se llamaba The road to the punk rock. De esa lista le gustaban Surfin bird de The Trashmen, All day and all of the night de The kinks, y alguna que otra más, pero después de dejarlo seguí con ella puesta y entonces la escuché. Supe que con ella los iba a conquistar. Y lo hice. La prueba la he tenido hoy.

Al recogerlos esta tarde primero me han contado que el examen de naturales bien, pero que el de sociales, que ayer mantuvo, al menos a Miguel, recluido toda la tarde en la habitación, regular. Podría habérselo estudiado más dosificado, pero qué le voy a decir cuando yo siempre he sido de atracones la tarde de antes. Me acordé de mi padre, que tenía fe en la justicia, y me decía que cuando uno se ha esforzado los buenos resultados llegan. A mi a veces me gusta pensar que sí, pero al margen de las sociales, y de mi misma, sé que la justicia no es una ley exacta, y que no siempre llega cuando se la invoca con el esfuerzo. Después de eso, me han pedido la canción.

Lo tiene todo, una letra fácil de recordar porque solo consta de una línea, contenido explícito (como se dice ahora), y es insolente y provocadora. Hemos ido los tres a gritos cantando “up against the wall motherfuckers”. Y joder, cómo libera. No tanto como decir contra la pared, hijos de puta, pero libera. No sé en qué pensarían ellos, si en su examen de sociales, en su tutor, en el sistema central, o en los ríos de la vertiente atlántica. A mí se me pasaron por la cabeza muchos de los rostros que protagonizan las noticias en los telediarios. Me sonreí. No es muy didáctico, pero al final, dijéramos lo que dijéramos, no estábamos haciendo daño a nadie, ni siendo violentos. Solo cantábamos, cantábamos los tres en un coche, cantábamos up against the wall, motherfuckers, cantábamos llenándonos la boca, y cantando nos sentíamos un poco más ligeros, como si fuera escapando la rabia con cada una de las pocas notas de esa canción tan simple.

Cuando los dejé el parking estaba lleno, así que me quedé en doble fila, esperando que alguien se fuera para aparcar bien el coche y poder esperar leyendo. Esos son mis ratos consagrados de lectura. Dos horas lunes y miércoles encerrada en el coche, la contrapartida placentera a mi trabajo de chófer.

En general, las normas para aparcar cuando está lleno el parking son claras, están basadas en la justicia y no en la suerte. El que más tiempo lleva en doble fila esperando es el primero que aparca su coche cuando alguien sale. Un sistema de turnos clásico. El mismo sistema que impera cuando uno va a al cine un sábado por la tarde, a un supermercado, etc, creo que no merece más explicación. O sí. Porque cuando después de media hora esperando por fin se iba un coche y el hueco que dejaba ya me tocaba a mí, y mientras estaba yo haciendo las maniobras para aparcar, llegó una señora con un mercedes azul que acababa de llegar, y lo metió. Como acababa de llegar y quizás no se había percatado de la cola, me bajé de mi coche y me acerqué al suyo para explicarle que había cola, y gente esperando, y que era mi turno. La señora ya tenía una cierta edad. Tenía el pelo teñido de rubio muy claro, y lo llevaba bien peinado, con un recogido de peluquería, pendientes grandes, un pañuelo en el cuello, collar… una señora de bien que llevaba a su nieto a entrenar. Pero la señora no bajó la ventanilla, me miró por un momento como quien mira a un ser insignificante, prácticamente invisible, y se encogió de hombros. Ella sin duda creyó que las normas tenían que ver con la suerte. Le dije que no daba igual, que se trataba de una cuestión de respeto. Y que tenía el aspecto de haber sido bien educada, y que al menos se dignara a bajar la ventana para poder hablar a un volumen normal. Pero no lo hizo, así que intenté abrir la puerta de su mercedes, pero lo tenía cerrado. Así que me despedí diciéndole a un volumen que pudiera escuchar a pesar de no haber bajado su ventana, que aunque fuera disfrazada de señora, en realidad era una mujer chabacana y vulgar.

Volví a meterme en mi coche. Me temblaban las manos de rabia. Y me coloqué en doble fila con brusquedad justo detrás de ella. Entonces aún no me había dado cuenta de que la señora no había salido aún del coche, ni tampoco de que no lo había hecho porque tenía miedo. Pero cuando el destino quiso que la siguiente plaza que se quedara libre fuera justo la que había al lado de su bonito deportivo, aparqué mi coche, y la vi, y la miré, y ella me miró, lo supe. La señora seguí ahí metida porque me tenía miedo. A mi. Y volví a pensar en la justicia, incluso un poco en la suerte. La señora no podía saber que yo habitualmente soy de esas pocas personas que no sale del coche en dos horas, no va a ver el entrenamiento y permanece allí dentro leyendo. De modo que el hecho de que yo tampoco saliera de mi vehículo y le devolviera la mirada con cara de odiarla con gran intensidad, debió interpretarlo como un gesto amenazante, así que también permaneció dentro, jugando con el móvil. Y me sirvió en bandeja mi venganza. No se atrevía a salir del coche e ir a tomar un café, o a ver a su nieto, por no dejar su flamante coche solo conmigo allí al lado, con esa cara de loca furiosa, con esa cara de ir a escribirle puta con una llave en la puerta, con esa cara de ir a rajarle una rueda con la navaja que sin duda escondería en el fondo de mi bolso, con esa cara de ir a estallarle una piedra en su cristal. Porque yo no tenía pinta de señora de bien. Yo seguro que era capaz de cualquier cosa. Y lo era. Eso no obstante no quiere decir que lo hubiera hecho.

Me mantuve inmóvil con el libro en el regazo, con los pies sobre el asiento, fumando de vez en cuando, el codo por fuera de la ventanilla, mirándola con cara de psicópata de tanto en tanto. Estuve tentada de poner música a todo volumen, de buscarle una lista de punkarras o de screamers, me planteé incluso el reggaeton. Pero al fin y al cabo yo qué culpa tenía de su prepotencia y de su falta de respeto. Con música no puedo leer.

Su miedo la mantuvo encerrada dentro del coche alrededor de una hora. Hasta que salió el nieto. Poco antes, salió a buscarlo sin perder de vista el coche, y sin dejar de mirar hacia atrás, con cara de pánico.

Cuando salió Miguel, antes de llegar a casa me puso la canción. Oh sí, Miguel, gracias! Up against the wall motherfuckers. De nuevo una imagen concreta en mi cabeza. Esta vez tenía el pelo teñido de rubio y cara de agobio. Y me sonreí.

 

Brújulas y tiempo

En los primeros tiempos, cuando su mujer aún no sabía que lo habían despedido, Durán solía ir a echarse la siesta a la sala de espera de la Tesorería General de la Seguridad Social. Salía de casa a la hora de siempre, con traje azul marino casi negro, camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, y cera en el pelo. Ya en la calle, en lugar de coger la línea diez cogía la seis, bajaba en Arguelles, tomaba un café en la barra de un bar pequeño, subía por Santa Cruz de Marcenado, cogía un número en la máquina, y se sentaba en la fila de sillones detrás de la columna. Una vez, un hombre de cierta edad lo despertó para indicarle que se había quedado dormido, seguro de que había sido un acto involuntario, preocupado por si perdía su turno. Ese fue el último día en que Durán fue a la sala de espera.

Después de eso buscó un bar, uno donde quedarse. Lo encontró después de explorar los que encontró en varias estaciones de metro, el día que decidió bajar en Usera. El ambiente era ruidoso y obrero. El bar disponía de sillas y mesas de aluminio, dos máquinas tragaperras, dos televisores, prensa, y una barra donde varios hombres con ropa de trabajo desayunaban destilados de alta graduación y hablaban con un tono de voz elevado.  En ese bar no habría entrado en otros tiempos, pero en esos le hacía sentir a salvo. Aunque no se diferenciaba demasiado de otros a los que había entrado en días anteriores, cuando aún continuaba con la exploración, esta vez tuvo ganas de volver. Llegaba cada mañana, se sentaba en una mesa de aluminio, pedía un café cortado y cogía un periódico. Leerlo entero, salvo aquellos artículos con los que corría serios riesgos de morir de aburrimiento o de ira, como los editoriales, le ocupaba alrededor de una hora. Cuando terminaba pedía otro cortado y cogía el segundo. El bar disponía de tres periódicos de tirada nacional y dos de prensa deportiva. Cinco horas más tarde salía de allí camino a casa, atormentado con la actualidad más reciente y con acidez de estómago. Al cabo de un par de meses, Durán consideró que el uso diario de la misma mesa le otorgaba ciertos privilegios usufructuarios, así que en salvaguarda de su maltrecha economía y de su maltrecho estómago, redujo el número de cafés a dos.

No empezó a jugar hasta mucho más tarde. No fue por necesidad ni impulsado por los cantos de sirena de la máquina tragaperras sonando a sus espaldas durante meses. Ocurrió después de escuchar una conversación entre dos asiduos. Durán lo recuerda con exactitud. Uno de ellos le contaba a su compañero mientras alimentaba a la Santa Fé, que se negaba a repartir un solo premio, algo acerca de una timba. Le invitaba a asistir alguna vez. El compañero le decía que no tenía traje. El amigo se ofrecía a prestarle uno. Durán los miraba con impunidad pues se hallaban de espaldas, y se preguntó cómo un ingenuo que le ofrecía un traje a su amigo que pesaba la mitad,  podía jugar al póquer. Se imaginó por un momento al amigo con el traje del gordo, y cuenta que en ese momento le vino a la cabeza la Alicia de Carrol después de beber la poción que la encogió, y pensó que en esas condiciones, ningún juego en el que intervinieran unos naipes podría terminar de otra forma que no fuera perdiendo la cabeza por una reina de corazones. Pero después, el gordo de la timba le contó que la primera noche había invertido mil quinientos euros y había vuelto a casa con cinco mil. Primero pensó que en una sola noche, él podría invertir su prestación de desempleo de un mes y multiplicarla por cinco. También pensó que en una timba de esas características podría invertir muchas horas con su traje azul marino casi negro con más propiedad. Pero esos eran los razonamientos con los que se justificaba su deseo, porque lo que definitivamente le hizo levantarse de la silla fue la posibilidad de ganar.

Brais Andrada Lemos había sido compañero suyo de clase en la facultad y de póquer en primero y segundo. Sus padres ostentaban cargos en consejos de administración de varias empresas, y costeaban sus estudios en una universidad privada, pero de una forma indirecta. Le asignaban a su hijo un sueldo que debía administrarse para pagar sus estudios y su ocio. Brais Andrada Lemos parecía un alumno más, pero desde los dieciocho años administraba un presupuesto anual de treinta mil euros. Durante el día asistía a algunas clases y jugaba al mus y al póquer con sus compañeros, por las tardes emprendía pequeños negocios, y por las noches participaba en timbas con traje de chaqueta y chaleco, puros, cocaína, escorts. Durán había aprendido con él en la horas diurnas, solo hasta que su relación con Berenice se consolidó hasta el punto de que se quedara embarazada. Entonces pidió el traslado al turno de noche de la universidad pública, durante el día aceptó un trabajo en prácticas como contable, alquiló un piso y se casó. La última vez que había visto a Brais Andrada Lemos había sido en el hospital al nacer su hijo. Durán no había vuelto a pensar en él hasta escuchar al gordo y al flaco de la tragaperras, entonces se puso a buscar su rastro en Internet. No tardó en encontrarlo.

Brais Andrada Lemos seguía viviendo en Madrid. Quizás fuera por cariño, o por sentido de lealtad, pero rápidamente concertó una cita con él. Trabajaba en corporate finance y era socio de varias empresas, algunas de ellas del sector petrolero, y en su día a día se relacionaba con líderes de países como Venezuela o Irak. Durán le pidió que le introdujera en una timba, en una seria. Brais Andrada aceptó. En ningún momento se le pasó por la cabeza pedirle además un trabajo.

Durán acudió como el protegido de Brais Andrada, y no le importó demasiado perder todo lo que llevaba en las dos primeras ocasiones a cambio del respeto con el que era tratado por el resto de los jugadores, y porque además resultó elegido por una de las tres mujeres que había en la sala. Tuvo que esperar a la tercera noche, a ganar una mano con dobles parejas de ases damas con la que se llevó cuatro mil setecientos veinte euros, para poder pagarla. Las seis primeras veces. Se hacía llamar Renée, pero su nombre era Carmen. Estudiaba traducción e interpretación y cobraba setecientos euros por una noche. Había conseguido el contacto gracias a su prima Martina, que no se llamaba Martina sino Beatriz. Una noche, Beatriz fue a una discoteca de moda y allí conoció a Brais. Éste la cortejó con cava, nadie bebía cava en discotecas, al menos ella nunca lo había visto, y después la llevó a su casa en un coche con chófer, y ella no sabía muy bien qué iba a ocurrir, porque estaba abrumada con el lujo, pero tampoco tuvo que pensar demasiado porque quien parecía saber exactamente en cada momento lo que pasaría, como si fuera el responsable de mover los hilos de los acontecimientos, era Brais. Así se lo contaría Martina a su prima Renée, y así se lo contó  ésta después a Durán. Por lo visto pasaron una buena noche. Brais no era un hombre atractivo, pero sí seguro y experimentado. Beatriz le contó que era estudiante, que habitualmente no iba a esos lugares porque no tenía ingresos, y contaba con una ayuda de los padres para pagarse sus gastos, un par de copas a la semana, ir de vez en cuando al cine, ropa barata. Brais entonces le propuso las timbas. Solo tendría que ir allí y acompañar. Por eso no iba a ganar nada, evidentemente, pero si algún jugador le interesaba y quería pasar la noche con él, entonces sí podía cobrar. El caché estaba en torno a los 1.000 euros. Algo así como lo que había ocurrido esa noche con él, pero cobrando. Y ella podía elegir. Si hacerlo o no, y con quién.

Beatriz Martina se lo propuso a su vez a Carmen, que también estaba estudiando en Madrid, y que a veces tenía que trabajar de camarera por las noches para ayudar a sus padres con los gastos. El negocio era bueno. Pero Renée no tenía tan buen ojo para los negocios como su amiga, y en cuanto vio a Durán supo que le gustaba. Esa misma noche se ofreció a pasar la noche con él, cosa que rechazó por motivos económicos. Ella a su vez rechazó las propuestas que otros dos jugadores le hicieron a su vez, y decidió esperar , pues una cosa era que se hubiera fijado en quien a todas luces tenía menos dinero de la mesa, y otra muy distinta hacer por gusto gratis algo que podría cobrando con el mismo gusto. Por su parte, la primera noche de timba, la noche de la propuesta de Renée, Durán no pudo dormir. Pensó un poco en el saldo de la cuenta de ahorros destinado a pagar la carrera de su segundo hijo que tenía ahora dos mil euros menos. Pero no se detuvo demasiado en eso. Pensó en Brais. Pensó en la partida. Repasó las cartas, repasó las jugadas, analizó sus errores. Pensó en Renée, en cómo lo había mirado. En su propuesta. Y en la sorpresa del resto de los jugadores. Era hermosísima. Nunca lo había mirado una mujer así. Nunca lo había mirado una mujer que no fuera Berenice. Y con el paso de los años la mirada de Berenice se había ido diluyendo. Ahora, en ocasiones lo miraba de la misma forma que al microondas antes de meter la taza para calentar la leche por las mañanas, aunque la mayor parte de las veces lo miraba como a la cama deshecha, o a la montaña de ropa pendiente de plancha. Él también se paró a pensar de qué forma miraba él a Berenice. Llegó a la conclusión de que era como a la tele antes de encenderla, o a la tele después de haberla encendido, o a la nevera después de abrirla, según el caso. Esa noche Berenice estaba allí durmiendo a su lado como cada noche. Durán recuerda que esa noche, después de mirarla miró las cortinas, y las fotos encima de la cómoda. Y la cómoda. Repasó visualmente todo lo que había dentro de aquel dormitorio y que después de ese repaso no pasó nada. Pensó que aplicando la suficiente cantidad de tiempo todo acababa siendo nada. Se dio cuenta de que en todo aquello que veía ya la había aplicado. Sin embargo pensó en sus hijos, y pasaron cosas, y el tiempo aplicado había sido prácticamente el mismo. Pensó en algo más antiguo todavía, en sus padres, en Because, en Cien años de soledad, en Ancia y pasaron cosas. En todo aquello llevaba aplicando el tiempo del que se componía toda su vida, o una gran parte de ella. ¿Habría entonces posibilidad de sobrevivir? Puede que existiera la esperanza, sí, con el límite de la muerte, que llega con total certeza mediante la aplicación del tiempo necesario. Volvió a pensar en Renée, y pasaron cosas. Entonces la imaginó con el camisón de Berenice, la imaginó tendiendo, la imaginó dormida en el sofá con un hilo de baba cayendo de la comisura, la imaginó en la cola del supermercado, la imaginó con el pelo sucio, la imaginó con chándal de algodón, la imaginó con un forro polar, la imaginó con canas, la imaginó de mal humor. No obstante seguían pasando cosas. Se dio cuenta de que imaginar el paso del tiempo no tenía el mismo efecto que el propio paso del tiempo. Dejó de tratar de matar la excitación y se masturbó.

Conocí a Durán unos meses después de aquello, cuando a su mujer un día le dio por abrir una carta del banco y vio el saldo de la cuenta de ahorros. Cuando le preguntó por qué había tan poco dinero, y dónde estaba el que faltaba, Durán le contó serenamente toda la historia, desde el principio. Lo hizo bien, porque con Renée había descubierto, además de otras habilidades de índole sexual, su talento como narrador. Él, que nunca hasta entonces había hablado demasiado, se sorprendió cuando Renée escuchaba con atención las historias que le contaba. Ese interés le sirvió de estímulo, y los días que transcurrían entre encuentro y encuentro, Durán los dedicaba a pensar en la siguiente historia, a buscar los recursos narrativos más apropiados, a estudiar las pausas, la entonación…se lo tomaba tan en serio que a veces realizaba prácticas frente a un espejo, y todo ese esfuerzo era recompensado con la emoción con que los escuchaba su joven amante, o su joven escort, o su joven puta, o lo que quiera que fuera. Nunca se le llegó a ocurrir que esa atención estuviera incluida en el precio que continuaba pagando por su compañía. Al final apenas acudía a las timbas, y su fuente de ingresos para pagar a Renée terminó siendo casi en exclusiva la cuenta de ahorros familiar. La narración de esa historia a su mujer fue realmente sobresaliente, y Durán la terminó muy satisfecho con el resultado, pero la reacción de Berenice no fue positiva, y poco después me la estaría contando a mí con una pequeña maleta mientras lo entrevistaba para alquilarle la habitación que tenía libre. Sin duda fue la mejor que escuché, aunque debo decir que solo entrevisté a dos personas. No parecía afectado, no resultaba frágil. Me gustó. Se instaló en su cuarto y salió después de varias horas. Yo no había alquilado nunca una habitación, no sabía cómo se convivía con un inquilino. Me pareció que lo natural era proponerle que cenara conmigo. Me pidió prestados algunos libros. Nos acostamos esa misma noche. Cuando le pregunté por el póquer y por Renée me dijo que el póquer había dejado de divertirle y que a Renée ya no podía pagarla. Le pregunté si le provocaba dolor. Me contestó que no. Que era una etapa que había terminado. Que ahora estaba aquí. Y que mañana no tenía ni la menor idea de dónde estaría.

Durante el día yo me iba a trabajar. Él solía arreglar un poco la casa, y dejaba preparado el almuerzo. A veces salía a la calle. Otras se quedaba en casa leyendo. Por las noches solía contarme lo que había hecho. Continuó desarrollando su afición por narrar. Así que no se trataba de una mera enumeración del tipo he limpiado los cristales, he hecho la compra y la comida y me he ido a pasear, sino que cada noche, durante la cena, me regalaba una historia. Y es cierto, tenía talento, y yo me convertí en su entregado público. A veces tiraba de recuerdos, pero a medida que se iba quedando sin pasado empezó a narrar lo cotidiano, que nunca parecía cotidiano, o sí, pero conseguía que me pareciera fascinante, y es muy posible muchas veces lo inventara, pero eso es algo que carece de importancia. Además, si Durán era vanidoso y necesitaba obtener todos los días mi admiración y sorpresa, yo también lo soy, y escuchar sus relatos me empujaba a contarle mi día en esos términos épicos y aventurescos. Pronto me descubrí elaborando mentalmente la historia que le contaría a Durán, con la esperanza de asombrarlo, de hacerlo reír, de conmoverlo. En esa época no vivía los días, los protagonizaba.

Algunas veces vinieron sus hijos a visitarlo. Yo me metía en la habitación para procurarles intimidad. O para que creyeran que la tenían, porque desde mi cuarto se oía todo. Ellos no entendían muy bien a su padre. Supongo que no era fácil. A mí misma me costaba mucho reconocer a Durán en el hombre de traje azul marino casi negro, con camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, que había estado trabajando en una oficina durante más de veinte años, con un matrimonio estable y apacible de la misma duración. Si no hubiera sido por las visitas de los hijos, y por las conversaciones que sostenían, sobre todo al principio, cuando aún no habían aceptado que su padre estaba completamente desnortado -adjetivo empleado literalmente por el mayor-, habría pensado que se trataba de una sus ficciones para amenizar la cena. Durán me comentó que le había gustado el término desnortado, por lo preciso, y que estaba de acuerdo con su hijo. El trabajo había sido un imán, y cuando lo perdió empezó a moverse en todas direcciones. Y le gustaba. Eso es, decía, estoy completamente desnortado. Lo decía con orgullo. Yo creo que los hijos terminaron por aceptarlo, porque continuaron viniendo, y porque, aunque no lo entendieran, dejaron de estar enfadados. La mayor parte de las veces son los padres quienes se sorprenden con hijos que no eran como esperaban y no les queda más remedio que aceptar, pero está claro que a veces también ocurre al revés.

Cuando a Durán se le terminó el subsidio por desempleo trasladó sus cosas a mi cuarto, donde al fin y al cabo dormía casi cada noche, y yo alquilé de nuevo la habitación a una estudiante de filosofía llamada Eva. Creo que no estábamos enamorados, sea lo que sea eso, desde luego no en una concepción clásica. No me reventaba el pecho, nunca hubo ansiedad, ni los siempres, ni anhelos, ni celos… Algunos días yo dormía fuera de casa. Otras veces él se acostaba con la estudiante. Los guiones se enriquecían, y nos llenaban de ideas para poner en práctica. Desde que alquilé la habitación a la estudiante, nuestras veladas dejaron de transcurrir en el salón, y las trasladamos a mi cama. Terminábamos de cenar los tres, después nosotros íbamos a mi cuarto y poníamos un disco. Entonces nos contábamos. Si alguno de los dos había salido y volvía tarde, o no volvía, la velada quedaba pospuesta. Creo que yo lo miraba como mira un niño a su mejor amigo a la hora del recreo, solo que además de jugar follábamos, y el sexo genera con frecuencia ciertas confusiones.  Pero eso no impide que algunas noches me sorprendiera mirando a Durán mientras dormía, y mirando después las cortinas, y la cómoda, ni que me preguntara por el tiempo pendiente de aplicar.