Óscar tiene un don

Reconozco que llevaba una temporada sin coincidir demasiado con él. Puede que incluso lo evitara. Creo que desde que murió su hijo. De eso me enteré de la forma más mundana. Estaba en mi trabajo y me llamó por teléfono un mensajero, que estaba tratando de entregarme un paquete -se acercaban las navidades- y no había nadie en casa. Yo le dije que se lo dejara al conserje. Es que Óscar no está, me contesta. Recuerdo que me sorprendió que lo llamara por su nombre, de pronto me pareció que el mensajero y yo pasábamos a estrechar nuestra relación por el nexo común de conocer el nombre de Óscar. Y yo le dije pues si puedes espera un momento, quizás esté en la puerta fumando. Y él me dice, no, que es que se ha muerto su hijo, ¿su hijo? pero eso no puede ser, querrás decir su padre. No podía ser porque el piso donde vivo es de los antiguos, en los que el conserje vive en el bajo, junto a la portería, y yo conozco a su mujer, y a su hija mayor, y a su hijo pequeño, y son de carne y hueso, y están vivos. Está conmigo el presidente, te lo paso. Y me lo pasó, y el presidente, que vive en el piso contiguo al mío me dijo que habían ingresado al niño la noche anterior porque tenía fiebre y no le bajaba y que se había muerto de madrugada. Me quedé tan conmocionada que cuando colgué el teléfono se lo conté a mis compañeros de trabajo, como si a ellos les importara lo más mínimo el hijo de mi conserje, y también llamé a Manu, que se quedó más conmocionado que yo, porque los niños no se mueren, eso es imposible. Y cuando llegué a casa me fui a ver al presidente y a su mujer, y me contaron lo que sabían visiblemente afectados, y cuando llegó Manu nos fuimos al tanatorio, y nos encontramos a un Óscar hecho pedazos, y a su mujer con una entereza que parecía salida de una furia que no estaba dispuesta a permitir que nadie más muriera, ni siquiera de pena.

Volvieron después de navidades y yo apenas pasaba por la portería cuando estaba Óscar, y cuando coincidía pasaba deprisa, saludaba sin detenerme. Recuerdo que les dije a mis hijos que cuando vieran a Óscar le dijeran algo. Y Pablo me preguntó qué debía decir. No lo sé, dale un abrazo. Creo que tampoco le resultó fácil. Yo creo que necesitamos decir palabras que consideramos útiles, que sirven para algo, como “alcánzame una servilleta”, y te la alcanzan, pero en una situación así las percibimos insignificantes, inservibles, porque no han inventado una palabra de consuelo que ofrezca consuelo cuando has pedido a un hijo pequeño, de repente, sin saber por qué. Quizás no es necesario decir, solo escuchar. Pero escuchar situaciones como esas tampoco es fácil. Yo escucho y suelo ponerme en situación, hacerla propia, para tratar de comprender a quien me habla. E imaginarme sin Pablo o sin Miguel no me resulta concebible ni siquiera como ejercicio de empatía. Al cabo del tiempo Manu me dijo que por lo visto el niño sufría una lesión cardíaca congénita de la que solo fueron conscientes tras la autopsia.

Un día me crucé con Óscar y me dijo que hacía mucho que no me veía. Ya, es que pedí reducción de jornada, así que llego cuando estás comiendo, y por las tardes estoy encerrada en casa estudiando, porque estoy preparando una oposición. Y entonces me miró muy serio, concentrado, y acto seguido me dijo sonriendo y señalandome con el dedo: Te la vas a sacar. ¿Y cómo lo sabes? le contesté. Hazme caso. Tengo un sexto sentido, y siempre que algún amigo está preparando una oposición sé si se la va a sacar o no, y siempre acierto. Y tú la vas a sacar, y si no, al tiempo. Yo me sonrío. Soy atea y escéptica, pero sin embargo me hace gracia creer en supersticiones absurdas, especialmente si me son favorables. Y además Óscar estaba sonriente, parecido a como era el Óscar de antes. Entonces me envalentoné y le pregunté cómo le contaba a los que su sexto sentido le decía que iban a suspender, que van a suspender. Eso tiene que ser jodido, le digo. Y entonces me contesta que hasta ahora no le ha pasado nunca. Tengo que reconocer que esa afirmación le restó algo de crédito a su vaticinio. Pero quise conformarme ofreciéndome una explicación racional, como que quizás tuviera un don positivo que solo se manifiesta cuando el resultado es favorable. No me extraña que Óscar le caiga bien a todo el mundo.

Óscar y su familia se fueron de vacaciones el 1 de julio, antes de que yo supiera la nota de mi primer examen, ni del segundo, ni de todo lo que ahora sé. Vuelve el 1 de agosto. Mañana. Estoy deseando verlo para darle la razón, decirle que sí tiene un don, uno positivo, y que funciona.

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Up against the wall

Hoy me volvieron a pedir la canción en el coche, mientras los llevaba al entrenamiento. Llevo a mi hijo Miguel y a su amigo Dani. Dani suele ser bastante crítico con la música que pongo. Últimamente suelo ir con clásicos. Rock clásico: Bo diddley, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis… jazz clásico: Amstrong, Ella… ese tipo. A veces también me cogen en un día indie, del tipo atormentado que no va nada con su carácter, de modo que procuro que no coincida. Dani dice que vaya mierda de música, que ya no estamos en los noventa. Ni siquiera me molesto en rectificarle, porque para ellos el mundo antes de esa década no existía, antes de los noventa el mundo era un gran agujero negro, eran los hombres de las cavernas, era el big ben. Fuera del reggeaton que pinchan en la radio fórmula el mundo es extraño y ajeno. Miguel sí tiene cultura musical. Ahora ya existe la democracia en el coche y vamos pinchando por turnos unos y otros, pero antes de eso, primero existió el tiempo de la dictadura de Miliki, y después el tiempo en que escuchaban  lo que yo ponía. Y muchas cosas le gustaban. Me recuerda a los años en los que era yo la que iba en el asiento de atrás y escuchaba música country. Todo el tiempo. A mí no me entusiasmó nunca, pero le decía a mi padre que sí para no herir sus sentimientos. Y esto me da qué pensar.

Cuando Miguel empezó a pinchar nos enseñaba las canciones que escuchaba con sus amigos en el colegio, en el campamento, las que les molan a sus amigos, las que a él le recuerdan a sus buenos momentos… Pero no recibieron una buena acogida. A mí el reggaeton no me gusta, pero me indignaba un poco que le dijeran que sus gustos eran una mierda. A todos nos gusta que se respete lo que nos gusta, y además todos tenemos un pasado, pero el caso es que a Miguel le terminó pudiendo su deseo de ser aceptado, reservó el perreo para su intimidad, y en el coche fue probando otras cosas. Siempre está escuchando música, y ya he dicho que su gusto es amplio, de modo que tiene recursos. Una mañana, camino del cole, me sorprendió pinchando una lista que se llamaba The road to the punk rock. De esa lista le gustaban Surfin bird de The Trashmen, All day and all of the night de The kinks, y alguna que otra más, pero después de dejarlo seguí con ella puesta y entonces la escuché. Supe que con ella los iba a conquistar. Y lo hice. La prueba la he tenido hoy.

Al recogerlos esta tarde primero me han contado que el examen de naturales bien, pero que el de sociales, que ayer mantuvo, al menos a Miguel, recluido toda la tarde en la habitación, regular. Podría habérselo estudiado más dosificado, pero qué le voy a decir cuando yo siempre he sido de atracones la tarde de antes. Me acordé de mi padre, que tenía fe en la justicia, y me decía que cuando uno se ha esforzado los buenos resultados llegan. A mi a veces me gusta pensar que sí, pero al margen de las sociales, y de mi misma, sé que la justicia no es una ley exacta, y que no siempre llega cuando se la invoca con el esfuerzo. Después de eso, me han pedido la canción.

Lo tiene todo, una letra fácil de recordar porque solo consta de una línea, contenido explícito (como se dice ahora), y es insolente y provocadora. Hemos ido los tres a gritos cantando “up against the wall motherfuckers”. Y joder, cómo libera. No tanto como decir contra la pared, hijos de puta, pero libera. No sé en qué pensarían ellos, si en su examen de sociales, en su tutor, en el sistema central, o en los ríos de la vertiente atlántica. A mí se me pasaron por la cabeza muchos de los rostros que protagonizan las noticias en los telediarios. Me sonreí. No es muy didáctico, pero al final, dijéramos lo que dijéramos, no estábamos haciendo daño a nadie, ni siendo violentos. Solo cantábamos, cantábamos los tres en un coche, cantábamos up against the wall, motherfuckers, cantábamos llenándonos la boca, y cantando nos sentíamos un poco más ligeros, como si fuera escapando la rabia con cada una de las pocas notas de esa canción tan simple.

Cuando los dejé el parking estaba lleno, así que me quedé en doble fila, esperando que alguien se fuera para aparcar bien el coche y poder esperar leyendo. Esos son mis ratos consagrados de lectura. Dos horas lunes y miércoles encerrada en el coche, la contrapartida placentera a mi trabajo de chófer.

En general, las normas para aparcar cuando está lleno el parking son claras, están basadas en la justicia y no en la suerte. El que más tiempo lleva en doble fila esperando es el primero que aparca su coche cuando alguien sale. Un sistema de turnos clásico. El mismo sistema que impera cuando uno va a al cine un sábado por la tarde, a un supermercado, etc, creo que no merece más explicación. O sí. Porque cuando después de media hora esperando por fin se iba un coche y el hueco que dejaba ya me tocaba a mí, y mientras estaba yo haciendo las maniobras para aparcar, llegó una señora con un mercedes azul que acababa de llegar, y lo metió. Como acababa de llegar y quizás no se había percatado de la cola, me bajé de mi coche y me acerqué al suyo para explicarle que había cola, y gente esperando, y que era mi turno. La señora ya tenía una cierta edad. Tenía el pelo teñido de rubio muy claro, y lo llevaba bien peinado, con un recogido de peluquería, pendientes grandes, un pañuelo en el cuello, collar… una señora de bien que llevaba a su nieto a entrenar. Pero la señora no bajó la ventanilla, me miró por un momento como quien mira a un ser insignificante, prácticamente invisible, y se encogió de hombros. Ella sin duda creyó que las normas tenían que ver con la suerte. Le dije que no daba igual, que se trataba de una cuestión de respeto. Y que tenía el aspecto de haber sido bien educada, y que al menos se dignara a bajar la ventana para poder hablar a un volumen normal. Pero no lo hizo, así que intenté abrir la puerta de su mercedes, pero lo tenía cerrado. Así que me despedí diciéndole a un volumen que pudiera escuchar a pesar de no haber bajado su ventana, que aunque fuera disfrazada de señora, en realidad era una mujer chabacana y vulgar.

Volví a meterme en mi coche. Me temblaban las manos de rabia. Y me coloqué en doble fila con brusquedad justo detrás de ella. Entonces aún no me había dado cuenta de que la señora no había salido aún del coche, ni tampoco de que no lo había hecho porque tenía miedo. Pero cuando el destino quiso que la siguiente plaza que se quedara libre fuera justo la que había al lado de su bonito deportivo, aparqué mi coche, y la vi, y la miré, y ella me miró, lo supe. La señora seguí ahí metida porque me tenía miedo. A mi. Y volví a pensar en la justicia, incluso un poco en la suerte. La señora no podía saber que yo habitualmente soy de esas pocas personas que no sale del coche en dos horas, no va a ver el entrenamiento y permanece allí dentro leyendo. De modo que el hecho de que yo tampoco saliera de mi vehículo y le devolviera la mirada con cara de odiarla con gran intensidad, debió interpretarlo como un gesto amenazante, así que también permaneció dentro, jugando con el móvil. Y me sirvió en bandeja mi venganza. No se atrevía a salir del coche e ir a tomar un café, o a ver a su nieto, por no dejar su flamante coche solo conmigo allí al lado, con esa cara de loca furiosa, con esa cara de ir a escribirle puta con una llave en la puerta, con esa cara de ir a rajarle una rueda con la navaja que sin duda escondería en el fondo de mi bolso, con esa cara de ir a estallarle una piedra en su cristal. Porque yo no tenía pinta de señora de bien. Yo seguro que era capaz de cualquier cosa. Y lo era. Eso no obstante no quiere decir que lo hubiera hecho.

Me mantuve inmóvil con el libro en el regazo, con los pies sobre el asiento, fumando de vez en cuando, el codo por fuera de la ventanilla, mirándola con cara de psicópata de tanto en tanto. Estuve tentada de poner música a todo volumen, de buscarle una lista de punkarras o de screamers, me planteé incluso el reggaeton. Pero al fin y al cabo yo qué culpa tenía de su prepotencia y de su falta de respeto. Con música no puedo leer.

Su miedo la mantuvo encerrada dentro del coche alrededor de una hora. Hasta que salió el nieto. Poco antes, salió a buscarlo sin perder de vista el coche, y sin dejar de mirar hacia atrás, con cara de pánico.

Cuando salió Miguel, antes de llegar a casa me puso la canción. Oh sí, Miguel, gracias! Up against the wall motherfuckers. De nuevo una imagen concreta en mi cabeza. Esta vez tenía el pelo teñido de rubio y cara de agobio. Y me sonreí.

 

Brújulas y tiempo

En los primeros tiempos, cuando su mujer aún no sabía que lo habían despedido, Durán solía ir a echarse la siesta a la sala de espera de la Tesorería General de la Seguridad Social. Salía de casa a la hora de siempre, con traje azul marino casi negro, camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, y cera en el pelo. Ya en la calle, en lugar de coger la línea diez cogía la seis, bajaba en Arguelles, tomaba un café en la barra de un bar pequeño, subía por Santa Cruz de Marcenado, cogía un número en la máquina, y se sentaba en la fila de sillones detrás de la columna. Una vez, un hombre de cierta edad lo despertó para indicarle que se había quedado dormido, seguro de que había sido un acto involuntario, preocupado por si perdía su turno. Ese fue el último día en que Durán fue a la sala de espera.

Después de eso buscó un bar, uno donde quedarse. Lo encontró después de explorar los que encontró en varias estaciones de metro, el día que decidió bajar en Usera. El ambiente era ruidoso y obrero. El bar disponía de sillas y mesas de aluminio, dos máquinas tragaperras, dos televisores, prensa, y una barra donde varios hombres con ropa de trabajo desayunaban destilados de alta graduación y hablaban con un tono de voz elevado.  En ese bar no habría entrado en otros tiempos, pero en esos le hacía sentir a salvo. Aunque no se diferenciaba demasiado de otros a los que había entrado en días anteriores, cuando aún continuaba con la exploración, esta vez tuvo ganas de volver. Llegaba cada mañana, se sentaba en una mesa de aluminio, pedía un café cortado y cogía un periódico. Leerlo entero, salvo aquellos artículos con los que corría serios riesgos de morir de aburrimiento o de ira, como los editoriales, le ocupaba alrededor de una hora. Cuando terminaba pedía otro cortado y cogía el segundo. El bar disponía de tres periódicos de tirada nacional y dos de prensa deportiva. Cinco horas más tarde salía de allí camino a casa, atormentado con la actualidad más reciente y con acidez de estómago. Al cabo de un par de meses, Durán consideró que el uso diario de la misma mesa le otorgaba ciertos privilegios usufructuarios, así que en salvaguarda de su maltrecha economía y de su maltrecho estómago, redujo el número de cafés a dos.

No empezó a jugar hasta mucho más tarde. No fue por necesidad ni impulsado por los cantos de sirena de la máquina tragaperras sonando a sus espaldas durante meses. Ocurrió después de escuchar una conversación entre dos asiduos. Durán lo recuerda con exactitud. Uno de ellos le contaba a su compañero mientras alimentaba a la Santa Fé, que se negaba a repartir un solo premio, algo acerca de una timba. Le invitaba a asistir alguna vez. El compañero le decía que no tenía traje. El amigo se ofrecía a prestarle uno. Durán los miraba con impunidad pues se hallaban de espaldas, y se preguntó cómo un ingenuo que le ofrecía un traje a su amigo que pesaba la mitad,  podía jugar al póquer. Se imaginó por un momento al amigo con el traje del gordo, y cuenta que en ese momento le vino a la cabeza la Alicia de Carrol después de beber la poción que la encogió, y pensó que en esas condiciones, ningún juego en el que intervinieran unos naipes podría terminar de otra forma que no fuera perdiendo la cabeza por una reina de corazones. Pero después, el gordo de la timba le contó que la primera noche había invertido mil quinientos euros y había vuelto a casa con cinco mil. Primero pensó que en una sola noche, él podría invertir su prestación de desempleo de un mes y multiplicarla por cinco. También pensó que en una timba de esas características podría invertir muchas horas con su traje azul marino casi negro con más propiedad. Pero esos eran los razonamientos con los que se justificaba su deseo, porque lo que definitivamente le hizo levantarse de la silla fue la posibilidad de ganar.

Brais Andrada Lemos había sido compañero suyo de clase en la facultad y de póquer en primero y segundo. Sus padres ostentaban cargos en consejos de administración de varias empresas, y costeaban sus estudios en una universidad privada, pero de una forma indirecta. Le asignaban a su hijo un sueldo que debía administrarse para pagar sus estudios y su ocio. Brais Andrada Lemos parecía un alumno más, pero desde los dieciocho años administraba un presupuesto anual de treinta mil euros. Durante el día asistía a algunas clases y jugaba al mus y al póquer con sus compañeros, por las tardes emprendía pequeños negocios, y por las noches participaba en timbas con traje de chaqueta y chaleco, puros, cocaína, escorts. Durán había aprendido con él en la horas diurnas, solo hasta que su relación con Berenice se consolidó hasta el punto de que se quedara embarazada. Entonces pidió el traslado al turno de noche de la universidad pública, durante el día aceptó un trabajo en prácticas como contable, alquiló un piso y se casó. La última vez que había visto a Brais Andrada Lemos había sido en el hospital al nacer su hijo. Durán no había vuelto a pensar en él hasta escuchar al gordo y al flaco de la tragaperras, entonces se puso a buscar su rastro en Internet. No tardó en encontrarlo.

Brais Andrada Lemos seguía viviendo en Madrid. Quizás fuera por cariño, o por sentido de lealtad, pero rápidamente concertó una cita con él. Trabajaba en corporate finance y era socio de varias empresas, algunas de ellas del sector petrolero, y en su día a día se relacionaba con líderes de países como Venezuela o Irak. Durán le pidió que le introdujera en una timba, en una seria. Brais Andrada aceptó. En ningún momento se le pasó por la cabeza pedirle además un trabajo.

Durán acudió como el protegido de Brais Andrada, y no le importó demasiado perder todo lo que llevaba en las dos primeras ocasiones a cambio del respeto con el que era tratado por el resto de los jugadores, y porque además resultó elegido por una de las tres mujeres que había en la sala. Tuvo que esperar a la tercera noche, a ganar una mano con dobles parejas de ases damas con la que se llevó cuatro mil setecientos veinte euros, para poder pagarla. Las seis primeras veces. Se hacía llamar Renée, pero su nombre era Carmen. Estudiaba traducción e interpretación y cobraba setecientos euros por una noche. Había conseguido el contacto gracias a su prima Martina, que no se llamaba Martina sino Beatriz. Una noche, Beatriz fue a una discoteca de moda y allí conoció a Brais. Éste la cortejó con cava, nadie bebía cava en discotecas, al menos ella nunca lo había visto, y después la llevó a su casa en un coche con chófer, y ella no sabía muy bien qué iba a ocurrir, porque estaba abrumada con el lujo, pero tampoco tuvo que pensar demasiado porque quien parecía saber exactamente en cada momento lo que pasaría, como si fuera el responsable de mover los hilos de los acontecimientos, era Brais. Así se lo contaría Martina a su prima Renée, y así se lo contó  ésta después a Durán. Por lo visto pasaron una buena noche. Brais no era un hombre atractivo, pero sí seguro y experimentado. Beatriz le contó que era estudiante, que habitualmente no iba a esos lugares porque no tenía ingresos, y contaba con una ayuda de los padres para pagarse sus gastos, un par de copas a la semana, ir de vez en cuando al cine, ropa barata. Brais entonces le propuso las timbas. Solo tendría que ir allí y acompañar. Por eso no iba a ganar nada, evidentemente, pero si algún jugador le interesaba y quería pasar la noche con él, entonces sí podía cobrar. El caché estaba en torno a los 1.000 euros. Algo así como lo que había ocurrido esa noche con él, pero cobrando. Y ella podía elegir. Si hacerlo o no, y con quién.

Beatriz Martina se lo propuso a su vez a Carmen, que también estaba estudiando en Madrid, y que a veces tenía que trabajar de camarera por las noches para ayudar a sus padres con los gastos. El negocio era bueno. Pero Renée no tenía tan buen ojo para los negocios como su amiga, y en cuanto vio a Durán supo que le gustaba. Esa misma noche se ofreció a pasar la noche con él, cosa que rechazó por motivos económicos. Ella a su vez rechazó las propuestas que otros dos jugadores le hicieron a su vez, y decidió esperar , pues una cosa era que se hubiera fijado en quien a todas luces tenía menos dinero de la mesa, y otra muy distinta hacer por gusto gratis algo que podría cobrando con el mismo gusto. Por su parte, la primera noche de timba, la noche de la propuesta de Renée, Durán no pudo dormir. Pensó un poco en el saldo de la cuenta de ahorros destinado a pagar la carrera de su segundo hijo que tenía ahora dos mil euros menos. Pero no se detuvo demasiado en eso. Pensó en Brais. Pensó en la partida. Repasó las cartas, repasó las jugadas, analizó sus errores. Pensó en Renée, en cómo lo había mirado. En su propuesta. Y en la sorpresa del resto de los jugadores. Era hermosísima. Nunca lo había mirado una mujer así. Nunca lo había mirado una mujer que no fuera Berenice. Y con el paso de los años la mirada de Berenice se había ido diluyendo. Ahora, en ocasiones lo miraba de la misma forma que al microondas antes de meter la taza para calentar la leche por las mañanas, aunque la mayor parte de las veces lo miraba como a la cama deshecha, o a la montaña de ropa pendiente de plancha. Él también se paró a pensar de qué forma miraba él a Berenice. Llegó a la conclusión de que era como a la tele antes de encenderla, o a la tele después de haberla encendido, o a la nevera después de abrirla, según el caso. Esa noche Berenice estaba allí durmiendo a su lado como cada noche. Durán recuerda que esa noche, después de mirarla miró las cortinas, y las fotos encima de la cómoda. Y la cómoda. Repasó visualmente todo lo que había dentro de aquel dormitorio y que después de ese repaso no pasó nada. Pensó que aplicando la suficiente cantidad de tiempo todo acababa siendo nada. Se dio cuenta de que en todo aquello que veía ya la había aplicado. Sin embargo pensó en sus hijos, y pasaron cosas, y el tiempo aplicado había sido prácticamente el mismo. Pensó en algo más antiguo todavía, en sus padres, en Because, en Cien años de soledad, en Ancia y pasaron cosas. En todo aquello llevaba aplicando el tiempo del que se componía toda su vida, o una gran parte de ella. ¿Habría entonces posibilidad de sobrevivir? Puede que existiera la esperanza, sí, con el límite de la muerte, que llega con total certeza mediante la aplicación del tiempo necesario. Volvió a pensar en Renée, y pasaron cosas. Entonces la imaginó con el camisón de Berenice, la imaginó tendiendo, la imaginó dormida en el sofá con un hilo de baba cayendo de la comisura, la imaginó en la cola del supermercado, la imaginó con el pelo sucio, la imaginó con chándal de algodón, la imaginó con un forro polar, la imaginó con canas, la imaginó de mal humor. No obstante seguían pasando cosas. Se dio cuenta de que imaginar el paso del tiempo no tenía el mismo efecto que el propio paso del tiempo. Dejó de tratar de matar la excitación y se masturbó.

Conocí a Durán unos meses después de aquello, cuando a su mujer un día le dio por abrir una carta del banco y vio el saldo de la cuenta de ahorros. Cuando le preguntó por qué había tan poco dinero, y dónde estaba el que faltaba, Durán le contó serenamente toda la historia, desde el principio. Lo hizo bien, porque con Renée había descubierto, además de otras habilidades de índole sexual, su talento como narrador. Él, que nunca hasta entonces había hablado demasiado, se sorprendió cuando Renée escuchaba con atención las historias que le contaba. Ese interés le sirvió de estímulo, y los días que transcurrían entre encuentro y encuentro, Durán los dedicaba a pensar en la siguiente historia, a buscar los recursos narrativos más apropiados, a estudiar las pausas, la entonación…se lo tomaba tan en serio que a veces realizaba prácticas frente a un espejo, y todo ese esfuerzo era recompensado con la emoción con que los escuchaba su joven amante, o su joven escort, o su joven puta, o lo que quiera que fuera. Nunca se le llegó a ocurrir que esa atención estuviera incluida en el precio que continuaba pagando por su compañía. Al final apenas acudía a las timbas, y su fuente de ingresos para pagar a Renée terminó siendo casi en exclusiva la cuenta de ahorros familiar. La narración de esa historia a su mujer fue realmente sobresaliente, y Durán la terminó muy satisfecho con el resultado, pero la reacción de Berenice no fue positiva, y poco después me la estaría contando a mí con una pequeña maleta mientras lo entrevistaba para alquilarle la habitación que tenía libre. Sin duda fue la mejor que escuché, aunque debo decir que solo entrevisté a dos personas. No parecía afectado, no resultaba frágil. Me gustó. Se instaló en su cuarto y salió después de varias horas. Yo no había alquilado nunca una habitación, no sabía cómo se convivía con un inquilino. Me pareció que lo natural era proponerle que cenara conmigo. Me pidió prestados algunos libros. Nos acostamos esa misma noche. Cuando le pregunté por el póquer y por Renée me dijo que el póquer había dejado de divertirle y que a Renée ya no podía pagarla. Le pregunté si le provocaba dolor. Me contestó que no. Que era una etapa que había terminado. Que ahora estaba aquí. Y que mañana no tenía ni la menor idea de dónde estaría.

Durante el día yo me iba a trabajar. Él solía arreglar un poco la casa, y dejaba preparado el almuerzo. A veces salía a la calle. Otras se quedaba en casa leyendo. Por las noches solía contarme lo que había hecho. Continuó desarrollando su afición por narrar. Así que no se trataba de una mera enumeración del tipo he limpiado los cristales, he hecho la compra y la comida y me he ido a pasear, sino que cada noche, durante la cena, me regalaba una historia. Y es cierto, tenía talento, y yo me convertí en su entregado público. A veces tiraba de recuerdos, pero a medida que se iba quedando sin pasado empezó a narrar lo cotidiano, que nunca parecía cotidiano, o sí, pero conseguía que me pareciera fascinante, y es muy posible muchas veces lo inventara, pero eso es algo que carece de importancia. Además, si Durán era vanidoso y necesitaba obtener todos los días mi admiración y sorpresa, yo también lo soy, y escuchar sus relatos me empujaba a contarle mi día en esos términos épicos y aventurescos. Pronto me descubrí elaborando mentalmente la historia que le contaría a Durán, con la esperanza de asombrarlo, de hacerlo reír, de conmoverlo. En esa época no vivía los días, los protagonizaba.

Algunas veces vinieron sus hijos a visitarlo. Yo me metía en la habitación para procurarles intimidad. O para que creyeran que la tenían, porque desde mi cuarto se oía todo. Ellos no entendían muy bien a su padre. Supongo que no era fácil. A mí misma me costaba mucho reconocer a Durán en el hombre de traje azul marino casi negro, con camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, que había estado trabajando en una oficina durante más de veinte años, con un matrimonio estable y apacible de la misma duración. Si no hubiera sido por las visitas de los hijos, y por las conversaciones que sostenían, sobre todo al principio, cuando aún no habían aceptado que su padre estaba completamente desnortado -adjetivo empleado literalmente por el mayor-, habría pensado que se trataba de una sus ficciones para amenizar la cena. Durán me comentó que le había gustado el término desnortado, por lo preciso, y que estaba de acuerdo con su hijo. El trabajo había sido un imán, y cuando lo perdió empezó a moverse en todas direcciones. Y le gustaba. Eso es, decía, estoy completamente desnortado. Lo decía con orgullo. Yo creo que los hijos terminaron por aceptarlo, porque continuaron viniendo, y porque, aunque no lo entendieran, dejaron de estar enfadados. La mayor parte de las veces son los padres quienes se sorprenden con hijos que no eran como esperaban y no les queda más remedio que aceptar, pero está claro que a veces también ocurre al revés.

Cuando a Durán se le terminó el subsidio por desempleo trasladó sus cosas a mi cuarto, donde al fin y al cabo dormía casi cada noche, y yo alquilé de nuevo la habitación a una estudiante de filosofía llamada Eva. Creo que no estábamos enamorados, sea lo que sea eso, desde luego no en una concepción clásica. No me reventaba el pecho, nunca hubo ansiedad, ni los siempres, ni anhelos, ni celos… Algunos días yo dormía fuera de casa. Otras veces él se acostaba con la estudiante. Los guiones se enriquecían, y nos llenaban de ideas para poner en práctica. Desde que alquilé la habitación a la estudiante, nuestras veladas dejaron de transcurrir en el salón, y las trasladamos a mi cama. Terminábamos de cenar los tres, después nosotros íbamos a mi cuarto y poníamos un disco. Entonces nos contábamos. Si alguno de los dos había salido y volvía tarde, o no volvía, la velada quedaba pospuesta. Creo que yo lo miraba como mira un niño a su mejor amigo a la hora del recreo, solo que además de jugar follábamos, y el sexo genera con frecuencia ciertas confusiones.  Pero eso no impide que algunas noches me sorprendiera mirando a Durán mientras dormía, y mirando después las cortinas, y la cómoda, ni que me preguntara por el tiempo pendiente de aplicar.

Beatriz Punne

Estuvimos trabajando juntos algo más de dos años. Yo había empezado a limpiar jardines por casualidad. Antes de eso había trabajado en una editorial pequeña que no supo sobrevivir a la tecnología, y después estuve en el paro varios meses. Al principio mis búsquedas se ciñeron a mi profesión,  y ofrecí mis servicios a varios medios de prensa escrita y editoriales.  Después de rellenar el formulario que aparecía tras pinchar el enlace de “trabaje con nosotros”, con mis datos personales, académicos, profesionales, y una carta de motivación, algunas veces llegaba un correo electrónico automático en el que agradecían mi interés y me aseguraban que iban a estudiar mi solicitud. Otras veces no llegaba nada. Sospecho que, en todas ellas, mis datos personales, académicos, profesionales y mi carta de motivación terminaban en el buzón de spam de los respectivos responsables de recursos humanos. También postulé como profesor en colegios, academias, on-line, clases particulares, pero los resultados fueron prácticamente idénticos. Recuerdo que una tarde estuve hablando con mi amigo Daniel Estero. Él era arquitecto pero se ganaba la vida maquetando las servilletas de bares y restaurantes que querían aprovechar ese espacio para comunicar algo más que un gracias por su visita. Daniel estuvo disertando un buen rato acerca de los caminos para solucionar los problemas laborales desde su propia experiencia, e insistió mucho en que resultaba imprescindible la reinvención. Lo llamó así, de eso estoy seguro. Reinvención. Dijo que yo necesitaba reinventarme dado el contexto económico y social que estábamos viviendo. Dijo que yo no podía restringir mis posibilidades a ningún campo, que debía flexibilizar mi mente, estar dispuesto a ser otra persona distinta a la que creía que era. Dijo que lo que me había ocurrido ya lo había vivido él, que por eso podía darme el consejo desde la perspectiva de la oportunidad. Dijo que yo no estaba en paro, que en realidad yo estaba viviendo la oportunidad de hacer algo que de otra forma jamás habría hecho, y que ese algo descubriría de mí aspectos que yo ignoraba y que permanecían ocultos. Y que, por tanto, después sería un ser más completo. Yo le escuché y no quise pronunciar en voz alta las dudas que me ofrecía su discurso, ni tampoco preguntarle qué había aprendido de sí mismo perdiendo un trabajo de arquitecto satisfactorio, vocacional y bien pagado a cambio de poder descubrir su yo maquetador de servilletas de bar durante cuarenta horas a la semana a cambio del salario mínimo. No le manifesté tampoco lo mucho que me había irritado aquello de que yo necesitara reinventarme, porque yo no quería reinventarme, yo estaba bien siendo quien era, me gustaba, me gustaba mi profesión, era bueno en ella, me gustaba mi familia, me gustaba mi vida, y yo mismo no estaba mal, si no fuera porque no conseguía encontrar un trabajo para poder continuarme y pagar el alquiler y la luz, y algo de cena cada noche. No le dije nada. Tan solo escuché y le di las gracias porque, a pesar de la torpeza en la exposición, y de esa ingenuidad exasperante en una persona de la que esperaba algo más de inteligencia, o al menos de honestidad, sí acerté a comprender la intención del discurso. A partir de ese momento, aunque por razones muy diferentes a las expuestas por Daniel Estero, presenté mi candidatura a toda oferta de trabajo que apareciera, fuera de lo que fuera, y no vacilé a la hora de inventar mis datos académicos, mi experiencia profesional o mi motivación en función del trabajo que estuviera solicitando. Y un día me llamaron para limpiar jardines.

Nunca utilicé el nombre de Punne. Sé que era Beatriz, pero lo supe mucho tiempo después de haberla conocido, de haberla llamado Punne, de haber pensado en ella como Punne. El primer día de trabajo me dieron un mono verde, un chaleco reflectante para ponerme sobre el mono, una escoba grande y un cogedor. Me asignaron el Retiro. En el Retiro trabajaba una brigada de seis limpiadores. Teníamos que limpiar los caminos de hojas e inmundicias. El más antiguo se llamaba Azcona y tenía la responsabilidad de organizar el trabajo, y lo había hecho dividiendo el parque en tres zonas asignando cada una de ellas a  un grupo de dos. A mí me tocó con ella.

Punne y yo trabajábamos en silencio, solo hablábamos en el descanso del almuerzo. Yo era nuevo y ella no. Los primeros días permanecimos en silencio. Yo no estaba con mucho humor, no tenía ganas de hacer esfuerzos. La primera conversación la empezó ella. No me preguntó mi nombre, ni si vivía lejos, ni qué me parecía el trabajo. No me preguntó nada. Dijo que por la mañana había visto un coche Mini muy grande. Como si hubieran creado una versión maxi pero que también se llamaba Mini, y que tenía un maletero inmenso, o que a lo mejor eran siete plazas. Y me preguntó qué opinaba. No supe muy bien qué responder. Creo que en realidad ni siquiera le importaba mi opinión, y era una forma cortés para exponer la suya, cosa que no tardó en hacer. Dijo algo así como que no entendía por qué alguien podría querer un coche Mini, cuyo nombre no era azaroso, pero en una versión gigante, cuando ya había muchos modelos de coches enormes. Me dijo, te imaginas un cuatro por cuatro de dos plazas? A ninguno de los dos nos interesaban los coches lo más mínimo, de hecho, ninguno de los dos tenía coche, pero sin embargo estuvimos disertando un buen rato acerca del por qué de las elecciones de las personas en esa materia, e imaginando modelos absurdos, como una moto limusina o un smart cuatro por cuatro, con la absoluta convicción de que algún día los veríamos rodando por la ciudad. Eso ocurrió el primer día. El segundo empezó ella también, y el tercero. Y así se generó la dinámica. Ella comenzaba a disertar sobre algún tema, y nos dedicábamos a analizar,  a filosofar. Hablamos de física cuántica, de secretos que no quieren ser revelados, hablamos de señales, hablamos de vocaciones, hablamos de la teoría del caos, discutimos la conveniencia o no de la teletransportación… hablamos de arte, de política, de espacios urbanos, hablamos de sueños. Algunos días Punne no pronunciaba una sola palabra. Sacaba su almuerzo de la bolsa, un termo con café y una manzana, y lo tomaba tranquila y ceremoniosa, sin mirarme siquiera, como si junto a ella no hubiera nadie más, y yo estuviera allí pero no estuviera allí, como si estuviera escondido, o detrás de un falso espejo y ella no pudiera verme pero yo a ella sí. Da igual, si ella no hablaba guardábamos silencio y permanecíamos solos el uno junto al otro. Alguna vez, pocas, hablamos de la niñez. Punne al menos sí lo hizo. Me dijo que cuando era niña quería ser la virgen maría, pero que no había resultado porque todo el mundo le había dicho que eso no era posible, que como mucho podría ser monja, pero ella monja no quería ser, porque el sexo le gustaba, y si era virgen maría solo tendría que esperar para practicarlo hasta haber concebido de una forma pura, pero la incertidumbre de no saber en qué momento un espíritu tendría a bien fecundarla, cosa que podría suceder teniendo ella dieciséis, espera que sí le resultaba asequible, o treinta y nueve, posibilidad inaceptable, la hizo perder su vocación. Lo que quiero decir es que jamás hablábamos de nuestra vida presente fuera del trabajo, de lo que íbamos a hacer por la tarde, el fin de semana, con quién vivíamos o dónde… era como si la única vida que tuviéramos fuera la que transcurría en ese parque limpiando hojas, y sobre todo la de la hora del almuerzo. Y más allá de eso no hubiera nada más, salvo una infancia remota.  En cierto modo terminó siendo así.

Yo me preguntaba muchas cosas de Punne. De hecho, no tardó en ocupar todos mis pensamientos fuera de la hora del almuerzo (almorzando estaba obligado a concentrarme y pensar únicamente en los análisis filosóficos). Pero después, y antes, me preguntaba cuál sería su profesión, que habría estudiado, a qué se habría dedicado antes de haberse reinventado en limpiadora de jardines con un chaleco reflectante, estaba convencido de que esa mujer no había pasado toda su vida recogiendo hojas. O sí, y quizás esa actividad le permitiera libertad de reflexión. Seguramente leería mucho. Me preguntaba cómo serían los almuerzos con su anterior compañero o compañera de almuerzos, y me negaba a pensar que fueran iguales que los nuestros.  Me preguntaba cómo sería la casa en la que vivía. Yo me la imaginaba en una buhardilla pequeña y bohemia, llena de objetos insólitos y una cama grande con dosel. No sé por qué lo del dosel, pero así la imaginaba. Me preguntaba si tendría pareja, y apostaba a que no, o quizás lo que ocurría es que yo quería pensar que no, pero seguro que alguien la follaría por las noches, al menos algunas, y yo me preguntaba cómo lo haría, cómo le gustaría a ella.  Me preguntaba también si ella se preguntaría por mí, pero aunque yo quería pensar que sí, no podía evitar pensar que no. De haberlo hecho podría habérmelo preguntado ya que Punne tenía la iniciativa de las conversaciones. Pero jamás me preguntó nada. Ni siquiera cuando empezamos a follar.

También ella tomó la iniciativa. Fueron polvos rápidos e intensos, en el mismo parque, detrás de algún seto. Ella se sentaba encima de mí, silenciosa, y me miraba todo el tiempo, como si también estuviera pensando algo mientras tanto, pero como si lo estuviera pensando dentro de mi cabeza, como si ella misma estuviera dentro de mi cabeza, joder, ¡estaba dentro de mi cabeza!, y con esos ojos clavados me lo hacía saber, como si no lo supiera yo, todo el tiempo. Cuando se corría, Punne cerraba los ojos, fruncía un poco el ceño, y temblaba un poco. No me besaba. Ni antes, ni durante ni mucho menos después. Volvía a sentarse donde estuviera, sacaba el termo, y generalmente se quedaba en silencio. Serían diez o doce veces durante los últimos meses.

La última vez me dijo que quería ir a una habitación por horas. Me negué a pensar por qué no me invitaba a su casa. Me negué. Tampoco yo iba a invitarla a la mía. Fue la única vez que la vi desnuda. Ese día asumí la iniciativa, y la besé, y me dejó, la follé, y me dejó, varias veces, y marqué el ritmo, y me dejó, y la abracé, y la sujeté de tal forma que no pudiera irse. En las ocho horas que estuvimos juntos cerró los ojos muchas veces. Antes de irnos, me dijo que estaba casada y que tenía hijos. Yo le dije que también estaba casado, pero que la quería. Ella no dijo nada más.

Al día siguiente no fue a trabajar. Ni al otro. Al tercero me presentaron al que iba a ser mi nuevo compañero. Nunca más volví a verla. Yo dejé de limpiar jardines poco tiempo después.

Óscar y el presidente

Mi casa antigua tenía conserje, pero la nueva tiene portero. Siempre me he preguntado la diferencia entre un conserje y un portero, aunque tampoco me lo he preguntado tanto como para informarme acerca del tema, quizás la diferencia esté solo en el nombre y que portero sea el término del milenio precedente.

El portero se llama Óscar, y cada vez que me lo encuentro me cuenta cosas. Por eso sé que  solo lleva trabajando seis meses en esta portería, que está casado, que tiene una hija de tres años y un hijo de un mes, y que a partir de agosto van a vivir en la portería, como pasaba antes, en el milenio anterior, cuando yo fui una niña y mientras mi madre trabajaba me cuidaba la mujer del portero de mi casa, que se llamaba Rosa. Y en cuanto mi madre se iba Rosa me llevaba a su casa, que estaba en la portería, y allí estaban Mariano, el portero, y su hijo mayor, que tocaba la guitarra española. Los tres fumaban mucho. Y recuerdo el ambiente espeso y alegre, y a mí misma dibujando en el salón de su casa con un boli bic naranja en los márgenes del periódico.

Óscar también me ha contado que su mujer es conserje y su suegro portero (diferenció con precisión ambos términos), y que todos ellos trabajan en portales de esa misma calle. Debería haber aprovechado para preguntarle por la diferencia entre conserje y portero,  pero el darme cuenta de que estoy frente a uno de los miembros de la dinastía dueña del mayor emporio de la portería de mi barrio me deja sin reflejos, y también intimidada,  así que me abstengo de hacer ese tipo de preguntas de ignorante.  Quizás después acuda a Google.

Lo cierto es que Óscar habla mucho, pero solo de él, y en contra de la leyenda acerca de la falta de discreción de los porteros, hasta la fecha no ha hecho alusión a ninguno de mis vecinos, con la única excepción del presidente, a quien ha nombrado en dos ocasiones, y solo a través de ellas conozco su inquietante existencia.

La primera fue el día en que unos operarios de una compañía de telefonía vinieron a instalarme mis conexiones a internet, y a raíz de sus trabajos en el patio. Aún no se habían marchado del domicilio cuando llamaron a la puerta. Era Óscar y traía el rostro empapado en ira. Hay unos operarios en tu casa? Sí. ¿Puedo hablar con ellos? Claro, qué pasa? Han estado trabajando en el patio y lo han dejado sucio, y ya saben que lo tienen que limpiar. Y ha tenido que venir el presidente a decirme que los técnicos que habían venido a instalarte el teléfono habían dejado el patio sucio. Pues habla con ellos, si se lo dices con esa cara seguro que te hacen caso. ¿Y dices que lo ha visto el presidente? Sí, vive también en un primero y los ha debido oír. Vaya, ¿y qué tal es el presidente? Es un señor mayor, muy amable…. No sé por qué pero no me terminó de resultar creíble. 

La segunda vez fue unos días más tarde, cuando al volver del trabajo, Óscar me llamó y me pidió que me acercara a su garita. Perdona, ¿es posible que se te cayera ayer un calcetín al patio? Pues sí, al quitar la ropa del tendedero, pero pasó de noche y no me había dado tiempo a decírtelo. Es que me lo ha dicho el presidente, que había un calcetín en el patio y que era de tu colada. ¿Óscar, el presidente lo ve todo? Sí, es como Dios.

De entrada me incomodó un poco saber que un señor mira desde su ventana todo lo que hago, la ropa que tiendo, y sepa cuáles son mis calcetines, mis tangas, y mi ropa en general. Pero solo fue durante unos segundos. Que los vea. Que me vea. Ni tengo cortinas ni me importa lo más mínimo. Y a veces, si me paseo desnuda por mi casa y paso por delante de las ventanas que dan al patio, pienso en el presidente, y me sonrío mientras continúo caminando con total libertad. Y después pienso también en el pobre Óscar, y en cómo a él sí le cambia la voz y el talante cuando la figura del presidente se cierne sobre él, como una lúgubre amenaza para el recién estrenado emporio de porterías del barrio.

 

Rumbo a Chamberí

Hacía quince años que vivía en el mismo barrio y cuando pensaba en dejarlo sentía ciertas resistencias. Incluso si el nuevo me gustaba. Pero desde el mismo instante en que salí de allí a lomos del camión de mudanzas no he vuelto a pensar en ello hasta ahora, y solo a efectos narrativos. Iba sentada delante, junto a los dos rumanos que llevaron nuestras cosas.  Los rumanos que contraté para hacer la mudanza eran capaces de levantar a pulso cajas llenas de libros de doscientos kilos de peso, a veces levantaban dos al mismo tiempo. Era como si Hércules y algún amigo se hubieran encarnado en esos dos tipos que por fuera parecían dos simples mortales de constitución delgada. Los dioses de verdad no necesitan llamar la atención. Por qué no usáis la carretilla? Porque es más lento, contestaban. Por el camino, en el camión, iban mirando a las mujeres que hacían running por la calle. Con éstas no me importaba a mí hacer ejercicio un rato, decían, como si yo fuera uno más. Noté que el levantamiento de peso no tenía efectos sobre la libido, podría incluso funcionar como un estimulante. Mientras tanto recogí la mirada de complicidad y me puse a mirar por la ventana como un rumano más. Desde luego no se me ocurrió echar la vista atrás y mirar aquello que dejaba, estaba ocupada con las mujeres en pantalón corto. Pensaba que quince años tendrían más peso, pero aún no he conseguido encontrar rastros de nostalgia. Siento como mía mi nueva casa, mi nueva calle y mi nuevo barrio desde el instante en que llegué. Deduzco que debo tener una poderosa facilidad natural para enraizarme que no tiene nada que envidiarle a mi también poderosa facilidad natural para desenraizarme. O a lo mejor es que sólo es posible enraizarse si previamente está uno desenraizado, o a lo mejor es que ese paso es sencillo cuando uno se desplaza con las raíces puestas, junto a las personas que son su sujeción en el mundo. Y no me refiero a los rumanos.

En cualquier caso no soy tan ingenua, sé que una cosa es sentirse en casa y creerte del barrio, y otra cosa es que realmente formes parte.  Así que sé que aunque ya me sienta en mi sitio me queda trabajo por hacer, más allá del de vaciar las cajas. Porque para pertenecer hace falta no sólo que yo considere mío el lugar, sino que el lugar me considere mía a mí también. Nos tenemos que ganar mutuamente. Uno de los hitos para mí sintomático de pertenecer a un barrio es sentarme en un café y que el camarero me conozca, me salude, y sepa que el café lo tomo con la leche muy caliente. Si me pone también un vaso de agua soy capaz de abrazarlo. Sé que conseguir eso requiere un tiempo mayor que el que necesito para llamar a mi nueva casa casa. Tengo que caminar, tomar café en varios sitios, repetir en aquellos con mejores sensaciones hasta que solo queden uno o dos finalistas, y entonces seguir repitiendo, una y otra vez, hasta que se desarrollen los vínculos.

El primer día me senté en un café cercano, en mi misma calle y en mi misma acera. Tenía prisa porque me iban a traer un armario, así que no me entretuve mucho en explorar. Sólo había otro más cercano, justo en mi portal, con una dosis cañí bastante elevada, y esta me parece una cualidad favorecedora de vínculos, pero no tenía terraza para poder fumar ni sillas para poder sentarse. Solo una barra. Como ya dije, era cañí. En la terraza que elegí me atendió un camarero mayor, de esos que no llevan nada para anotar y son capaces de recordar lo que han pedido todos y cada uno de sus clientes, y le pedí un café y él me preguntó que si quería comer algo. Pues sí, algo dulce, ¿qué tiene? tengo de todo, le puedo traer un tortel… No creo que el camarero se hiciera una idea del regocijo que sentí al escuchar aquello del tortel, y eso que no me gustan demasiado, pero hacía tanto que no veía ni oía nombrar los torteles, quizás la última vez fuera a mi abuela siendo yo niña, que pensaba que debían ser ya especie protegida, y definitivamente cañí. Y le dije que sí. Me acordé de mi abuela. No tanto como cuando veo bartolillos, pero también. Cuando vaya a verla se lo contaré: abuela, ¿sabes que en mi barrio hay un café en que ponen torteles para desayunar? Y mi abuela no me hará mucho caso y me contestará con otra pregunta del tipo ¿Y tú sabes hija que esta mañana he estado hablando con mi padre? ¿Y qué te ha dicho? le diré yo, porque ella prefiere mantener su conversación, y porque además me parece mucho más interesante lo que tiene ella que contar. Me parece asombroso que con esa pila de años su cerebro se haya convertido en un prodigio para la ficción, habla y habla y todo es fantástico, y es capaz de inventárselo sobre la marcha, con el solo matiz de que para ella es verdad. Si yo tuviera ese don probablemente sería capaz de escribir una novela.

La nostalgia no traza líneas rectas. No aparece al dejar el barrio en el que he vivido durante quince años, pero sin embargo escucho la palabra tortel y me alboroza el saber que todavía existe, y lo pido para que siga existiendo. Que en realidad es lo que más me importa, el hecho mismo de la permanencia. Como con mi barrio. Hay lugares, sabores o personas donde no me hace falta estar o vivir, siempre que alguien me asegure su permanencia. Sí, sigue como siempre, y está bien. Y entonces yo puedo deshacer cajas, estrechar vínculos, tomar cafés, y enarbolar la reivindicación del tortel, o del bartolillo.

Caber en una bolsa

Estoy en la cola del supermercado. Llevo una cesta medio llena. Tengo que pedir dos bolsas. De pronto me da por acordarme de la época en la que las bolsas de plástico eran gratis y uno no tenía que calcular, y de la primera vez que pasé la compra teniendo que pedir por anticipado el número de bolsas que iba a necesitar y me quedé perpleja, como si me estuvieran pidiendo algo imposible, creo que le dije a la cajera ¿y cómo voy yo a saber cuántas bolsas voy a necesitar? Sin embargo ahora miro mi cesta y sé con certeza que son dos bolsas. Detrás de mí hay una pareja de señores mayores. Él va con bastón. Ella no. Ambos están encogidos. Los años los han empequeñecido hasta volver a una talla infantil, solo que la espalda está hacia delante, encorvada. Están discutiendo. Él piensa que la fila de al lado va más deprisa. Ella no, y además le dice que da lo mismo. Miro lo que llevan. Ella lleva un paquete de café y él unas galletas. Pienso que debería dejarles pasar. Pero no me apetece. No me apetece hablar, punto número uno. Además, si al dejarles pasar me encuentro en la situación de que el siguiente también lleva menos cosas que yo también debería dejarle pasar. Y así hasta cuándo. Al fin y al cabo mi compra cabe en dos bolsas, no llevo un carro lleno, voy a tardar poco. Pero cuando llega mi turno les digo que pasen. Mientras colocan su exigua compra en la cinta veo que el señor tiene bastón y unas gafas con patillas rojas, muy juveniles, en un contrapunto perfecto con las arrugas, la gran nariz y los ojillos diminutos. Me dice que muchas gracias, que casi nadie hace ya estas cosas. Me da un poco de vergüenza la vehemencia del agradecimiento. Por desmedido. Y por la duda de instantes atrás. La señora me da las gracias también. Me dice que me desea que pueda continuar cediendo el sitio durante muchos años. Tantos como los que tienen ellos. Yo tengo 93 y mi marido 94. Cualquiera lo diría, le digo, qué suerte tienen. Y juntos! me dice ella. Hoy hace cincuenta y tres años que nos casamos. Me da la impresión de que le brillan los ojos, y también de que probablemente ha errado en la cuenta. Le doy la enhorabuena. Recogen su compra. También piden dos bolsas. Cogen una cada uno y se marchan caminando despacio, inclinados hacia delante, uno con bastón y la otra con esfuerzo. Cuando termino de pagar y salgo los observo caminando despacio, aún a escasos pasos del supermercado. Ahora están en su casa. También aquí, pero eso ellos no lo saben.