Episodios. Nadas y tormentas.

Estábamos comiendo los tres, y le pregunté por Vaquero. ¿Has vuelto a saber algo de él, qué es de su vida? No, nada. Expresé en voz alta mi extrañeza ante ese fenómeno de las amistades superficiales, y que durante tantos años y durante tantas horas, el juego hubiera sido su único nexo de unión. En alto también le pregunté acerca sus conversaciones. Dijo que él lo contaba todo, pero que había mucha gente que no decía nada sobre su vida. Le pregunte que a qué se refería con todo. Todo puede ser todo lo que uno hace, o todo lo que a uno le pasa, o todo lo que uno desea, o todo lo que uno piensa sobre alguna cosa, o sobre todas, o todo lo que uno siente…. Todo puede ser muy variado. Todo, en la mayoría de las ocasiones, es imposible.

Entonces tú contaste la historia sobre tu amigo García, que debido a la regla del orden alfabético había ido a tu clase y se había sentado a tu lado durante todos los años de secundaria y bachiller. Después, ambos elegisteis la misma carrera, en la misma universidad, de nuevo en la misma clase. Erais vecinos, ibais y volvíais juntos a clase. Estudiabais en la misma biblioteca. Compartisteis al menos ocho horas diarias durante más de diez años. Hablabais de música.  Cuando terminó la carrera y con ella las coincidencias que os habían unido, jamás volvisteis a saber el uno del otro. Bueno, a excepción de un día en que os encontrasteis por la calle -de nuevo la coincidencia- y os tomasteis un café, y tuvisteis que terminarlo enseguida porque no teníais nada que contaros.

Entonces me acordé de Víctor. Estuvimos más de cuatro años tocando con él una vez cada quince días, y era un completo desconocido. Apenas hablaba de si mismo. Apenas hablábamos. Un día comenzamos a distanciar los ensayos hasta que dejamos de llamarnos. Y se acabó. Sin una despedida, sin una palabra, sin nada. ¿Qué será de Víctor? ¿Quién será Víctor?

No sé por qué, pero las historias de amistades superficiales me producen cierta tristeza. Como si quedara un vacío del propio vacío. Una reduplicación del vacío. Dos veces nada.

Por la noche nos fuimos a cenar, también los tres. Pablo mantuvo sus auriculares por la calle. Cuando está acompañado recurre a la técnica de mantener uno sobre su oreja y el otro retirado, de tal forma que es capaz de poder escuchar lo que decimos, incluso de contestar y mantener conversaciones sin renunciar a la música. A nadie le gusta renunciar, pero el lema de Pablo parece ser el no tener que hacerlo. En el restaurante le pido que se los quite. Continúa con el móvil, pero esta vez es para enseñarnos fotos de Magui. Tú la ves por primera vez. Vuelves a insistir, ellas lo saben, dices. Ellas lo sospechan, digo yo. ¿Alguna novedad? Le pregunto. No. Me contesta. Tú dices que el camino es complicado. Que podría tener novio, o podrían gustarle las chicas, o podría estar enamorada de otro. ¿Sabes si está enamorada de alguien? Que yo sepa no. Bueno, dentro de las opciones posibles, tampoco es tan mala. Y si no, siempre te queda la amistad que os une. Eso lo digo yo. Pienso que quizás le parece una absurdez, y un consuelo absurdo. Pero aunque no recuerdo qué dijo él, sí me dio la impresión de que, por su respuesta, a pesar de que él sienta algo más, la amistad que mantiene ahora mismo, por sí sola, le resulta valiosa y lejos del vacío que deja el vacío.

No sé por qué en algún momento surgió el tema de la resistencia física.  En general yo soy poco enfermiza, aguanto bastante bien el dolor, y soy capaz de soportar temperaturas altas sin quemarme. Muy altas. A veces cojo con las manos la bandeja del horno. Yo lo llamo superpoder. Pablo lo ha heredado, también es fuerte. Se lo digo. Contesta que físicamente sí, pero que fuera de lo físico sí que siente dolor, y que las cosas le afectan mucho.  Vale, pues eso también lo ha heredado. Entonces me alegra que haya vuelto a retomar la música, que haya empezado a cantar, que esté tocando la guitarra. Yo la música no la entiendo como un placer estético, o no solo. Yo necesito la música para salvarme. La música es un salvavidas. Y escribir.

Unos días más tarde me llama para enseñarme cómo lleva un tema. Enchufa la guitarra y toca y canta She’s thunderstorms. Apenas le había oído cantar, al menos desde que era un niño, desde antes de que le cambiara la voz. Bueno, quizás algún tema de Logic, pero no sé si el rap puede considerarse canto.  Los cambios de acorde los acomete con cierta torpeza, le falta fluidez, y aun así lo que escucho me lleva a donde está. Noto que me emociono.

 

mecanismos para no olvidar la magia del juego

Los juegos surgen de las cosas más insólitas. No sé cuál es la clave, no creo que haya sólo una. Supongo que una de ellas es no esperarlos, no forzarlos, como con todo. Quizás sabría más si repaso mis juegos, cuándo llegan, podría saber algo más acerca del cómo. Aunque el saber más no me garantiza en absoluto que vaya a poder controlarlo, y jugar a mi antojo, porque jugar es divertido, jugar me pone alegre, y jugar se olvida demasiado deprisa.

Jugar, como el otro día que me obligué a hacer albóndigas aunque me daba una pereza terrible, porque sobrepasa el límite que he fijado, el límite de no hago nada que me obligue a estar más de veinte minutos en la cocina, pero como tengo tiempo me he obligado porque les gustan, y normalmente no las hago nunca porque nunca tengo tiempo, y porque además me da pereza, y me he obligado pero me lo he dejado, como hacía con los deberes, para el domingo por la noche. Y me llama mi madre, y la corto y le digo que tengo que hacer albóndigas, y mi madre me dice las cosas de madre, pues se te ha hecho muy tarde, te va a llevar por lo menos una hora. Y yo me desmoralizo porque sabía que iba a traspasar mi límite pero no pensaba que tanto, una hora!!!! una hora de un domingo por la noche en la cocina? de mis últimos momentos de fin de semana? y una mierda. Y entonces aparece, el juego, lo sé, porque empiezo a correr y porque noto su energía, contenta, con el reloj en la encimera, y no hay huevos pero me da igual, me invento la forma de sustituir, y como siempre, me invento media receta porque me encanta transgredir la norma escrita, hasta esa, y sigo corriendo, haciendo bolas a un ritmo trepidante, con las pulsaciones al máximo, y cuando por fin acabo compruebo mi marca: treinta y cinco minutos, y corro a por el teléfono y marco un número, y lo primero que digo cuando me descuelgan es ¡¡¡terminé!!!! y mi madre al cabo de un momento se acuerda de mis albóndigas y dice, Ah, las albóndigas, qué pronto, no? y me pregunta cuánta carne he usado, y se lo digo, pues como yo, me dice, y me pregunta que cuántas me han salido, para comprobar que no he hecho sólo una pelota gigante, y le digo que cuarenta, pues como a mí, y entonces me dice que ella tarda más porque las hace con calma, y yo le digo que tardo menos porque las hago compitiendo, pero no contra ella, sino contra el propio tiempo, contra el fin del domingo. Y al día siguiente le pregunto a pablo cómo estaban, y me dice que riquísimas, y yo me sonrío victoriosa por dentro, porque pablo es exigente y no regala mentiras piadosas.

O jugar, como cuando fui a yoga kundalini por primera vez, para probar, sin saber en realidad en que consiste, y voy a la clase, y hay que empezar cantando unos mantras, que no sé ni qué son, en un idioma que no sé ni cuál es, y yo pienso que me va a dar vergüenza, y le digo a la profe que yo no he hecho nunca y que mejor miro y aprendo y me dice que lo intente porque sana y me va a hacer bien, y pienso que si no lo intento qué sentido tiene el haber traspasado el umbral, y me siento en postura fácil, y miro el tercer ojo, y canto el mantra, y no puedo verlo porque estoy mirando el tercer ojo, pero sé que estoy sonriendo, y como si me hubiera criado abriendo chacras, me concentro con todas mis fuerzas en concentrarme, en respirar, en meditar, en pensar sat cuando inspiro y nam cuando espiro, sea lo que sea eso, y en ser consciente, y juego a ser una gran yogui, y a sentarme muy derecha y no como acostumbro, y me imagino que mi columna es la unión del cielo y la tierra, y que la he despejado y ahora es un camino fácil. Sentirme camino a recorrer me gusta. Y salgo de allí relajada y contenta, y estirada, y ligera, y muy divertida, y después os lo cuento en casa, porque sé que lo del tercer ojo os va a encantar, y nos reímos bastante. Pero decido que aunque me resulte una de las cosas más bizarras que he hecho en los últimos días, mientras salga de allí contenta, estirada, ligera y divertida, seguiré cruzando ese umbral.

Jugar, como el jueves pasado, cuando después de volver del trabajo y hacer recados varios por fin me senté en el sillón y te dije que aún había que tender. Y pienso en lo tedioso del día, de un trabajo de mierda, de recados aburridos, de sentarme a las ocho de la tarde, y aún con cosas por hacer. Y tú me contestaste que ya tendías tú, como sabía que harías, porque habías tenido más tiempo y me parecía que era lo justo, pero lo cortés, y más sabiendo que tenemos un sentido de la justicia similar, era esperar a que tú mismo lo propusieras. Todo normal para un jueves anodino y cansado. Tan cansado que después de escuchar lo que quería oír aproveché para quejarme de mi dolor de espalda. Y entonces tú: quieres que te dé un masaje? y yo sí, quiero, pero primero tienes que tender. Justo ahí, en ese instante, en una tarde de jueves bastante anodina, sé que ha empezado el juego. Lo siento porque de pronto me ha entrado la sonrisa y el cosquilleo de una diversión incipiente, y siento la energía. Me dejo llevar y sigo: Y  cuando termines tráeme una cerveza….  Y sólo cuando te levantas un tanto descolocado a tender, me escapo sin que me veas a la cama, y me desnudo, y te espero. Apareces con las manos llenas de ropa y te sorprende verme allí. Es por mi masaje, te digo, con mi sonrisa delatora de pensamientos malignos, políticamente incorrectos, o simplemente algo crueles que tan identificada tienes. Y sueltas toda esa ropa de cualquier manera, porque lo de tender o doblar la ropa en realidad nos da lo mismo, y y me das mi masaje, y te desnudas, y, espera, no hay prisa, ahora vamos a fumar, y voy a hacer yo los cigarros,  y hago dos cigarros, y te pongo un disco de Ella y Amstrong, y jugamos al juego de escribir el guión, y después jugamos al juego del cigarro simultáneo con reglas que me invento sobre la marcha. Y cuando ya nos hemos cansado de reír follamos contentos. Cuando nos queremos dar cuenta son las diez y veinte de la noche. Y preguntas qué vamos a cenar? Y yo contesto ¿y esa cerveza que me debes? Quieres salir fuera?  Sí! Y entonces nos duchamos y enciendes el transistor, y es el primer momento en varias horas en el que vuelvo a ser consciente de que hay un mundo ahí fuera, detrás de la puerta de nuestra habitación. La semifinal del eurobasket. Sé tan poco de basket que tengo que comprobar en google cómo demonios se escribe. Sólo faltan los últimos cinco minutos. Y te vistes sin dejar de prestar atención al partido pero yo no me muevo. No pretenderás irte ahora que falta lo más emocionante, te digo, además, estoy jugando a mandar, y ahora vamos a ver cómo acaba. Y entonces juego a ser la persona que más vibra con el basket (se escriba como se escriba) del mundo. Y me pongo muy nerviosa y muy tensa, y grito, aunque no tanto como tú, porque aunque no me interese el basket, voy a jugar a que me encanta durante ese rato, y tengo suerte, porque para que pueda perfeccionar mi técnica la cosa se alarga y hay una prórroga de infarto. Y ganamos. Y cuando se acaba la prórroga salimos, y bebemos una cerveza al aire libre, comemos algo al aire libre y volvemos a casa. Sabes, podría llegar a acostumbrarme a esto. Y yo. 

Poética del principio de la medida

Empiezo a contarte que el otro día vi ese vídeo, que era del matemático que había dejado unas tarjetas tan originales en la tienda esa en la que habíamos estado poco antes. Te pregunto que si lo recuerdas. Contestas que sí.

Te cuento que Raquel me había hablado también  de ese hombre, y al llegarme ese vídeo a través de Eme no pude evitar que me picara la curiosidad, y es que no puede ser azar que por tres vías distintas aparezcan referencias de un ¡matemático!

Quizás con esta exposición de motivos quiero justificarte que haber visto unos vídeos titulados “Aprende física cuántica en cinco minutos” no responde a un especial interés científico, ni a esnobismo o superficialidad, sino más bien a esa particular forma de interpretar el mundo como un juego de pistas, y a mi incapacidad para negarme a participar.

Te pregunto que si puedo contarte lo que descubrí. Me contestas que sí, y sé que tu afirmativa no responde al interés científico, ni al esnobismo,  ni a la superficialidad, sino que es más bien una aceptación de lo inevitable, pues los signos de que ya estoy presa del entusiasmo no te ofrecen dudas.

Y entonces te cuento eso de que las partículas cuánticas, las pequeñas, los electrones, por ejemplo, tienen la cualidad de poder franquear la dimensión espacio temporal, esa que es para nosotros inexpugnable. Es decir, que una misma partícula es capaz de estar simultáneamente en dos lugares. Simultáneamente. Y gesticulo, y te cuento el ejemplo del vídeo con las canicas, y hablo a borbotones en una tarde tórrida dentro de un autobús congelado. Y entonces llego por fin al Principio de la Medida, que a mí se me revela como el epicentro de todo. Y consiste en que cuando se trata de observar y de medir el comportamiento de las partículas cuánticas, éstas dejan de comportarse como partículas cuánticas, y vuelven a estar sujetas a esa limitación espacio temporal.

Tú, atento, no miras lo que digo, me estás mirando hablar. Preguntas divertido y por preguntar si lo que estoy queriendo decir es que la materia cuántica no quiere que se descubran sus habilidades.

Y amparada en tu mirada sigo a borbotones, y te digo que sí, exactamente eso es lo que yo he interpretado, y que sea o no así me da lo mismo, porque me parece maravilloso. Que la propia materia ,por voluntad propia, es inaccesible para nosotros: ha tomado la decisión del misterio.  Y amparada en tu mirada prosigo hasta donde aún no había llegado, y de pronto me siento frente a un fuego lejos de la tarde tórrida, y del autobús helado, y acabo de pintar con sangre en la cueva.  Y abstraída pienso en voz alta. Nos creemos tan sabios, tan prósperos, con tanto conocimiento sobre el mundo y sus posibilidades, y en realidad, somos presa de la misma ingenuidad de los primeros hombres, que inventando al dios de la lluvia, de la tierra, de la fertilidad y poniendo el orden del mundo en la voluntad divina, creyeron haber resuelto el misterio del universo. Pero en realidad nuestro conocimiento es mínimo, y aunque nosotros en algún momento tuviéramos la suficiente capacidad de comprensión, la misma esencia de las cosas, sus partículas más pequeñas, la energía última, o la primigenia, que quizás sea la misma, no quiere ser comprendida ni desvelada. Quiere ser misterio.

Y tú no dejas de mirarme, de mirarme hablar. Y yo sigo. ¿Y no es ésto una forma maravillosa de poesía, poesía pura?

Sí, respondes.

Juegos entre taro, machado, y el pintor de batallas

Hace una semana leo por primera vez en mi vida el nombre de Gerda Taro en un correo electrónico. Al amigo que la cita no se lo cuento, que es la primera vez que oigo hablar de ella, sin embargo aquí sí. Me abruma la cantidad de cosas que no sé, que quizá debería saber, que se espera de mí que sepa. Sé muy poco. Tengo una memoria de detalle terrible. Como compensación tengo una asombrosa capacidad de asombro. Me encanta asombrarme. Entonces recuerdo unos versos de Machado que leí también hace muy pocos días, que tampoco había leído nunca, pues de haberlos leído no los habría olvidado, y me abruma la cantidad de versos que me faltan por leer. Y decía que no los habría olvidado porque identifiqué con ellos el propio mecanismo de mi recordar.

Sólo recuerdo la emoción de las cosas,

y se me olvida todo lo demás;

muchas son las lagunas de mi memoria

Y sigo, porque una semana después de haber visto escrito el nombre de Gerda Taro por primera vez, encuentro un artículo en El País acerca de Robert Capa y Steinbeck. Y pienso que qué casualidad. Y recuerdo de nuevo a Gerda Taro. Y los versos de Machado. Qué casualidad. Y entonces busco más acerca de Robert Capa y Gerda Taro. Al hilo de su historia me viene a la cabeza El pintor de batallas, de Pérez Reverte, que leí hace un mes escaso, por su paralelismo con Olvido y Faulques. Y pienso que Pérez Reverte sí debía conocer el nombre de Gerda Taro, y de Robert Capa, y que debieron formar una parte del conjunto de musas que inspiraron su libro. Nada surge de cero. Todo parte de algo, ¿recuerdas? eso creo que fue el lunes, y me viene ahora. Y al recordar esa lectura se me llena la boca de cenizas, y la mirada de un cinismo que daña, pero paradójicamente protege de una realidad que depedaza, que no deja más que ceniza, que no deja ni una tregua para tomar un poco de aire, porque no lo hay, aire, en todo el libro. Y de ahí el cinismo,  puro instinto de supervivencia.

Y me asombran todas esas cosas en mi cabeza, -¿casualidad?- y me asombra más todavía la forma que tienen de jugar entre ellas,  de descubrirse, porque un vez han entrado de ninguna manera se mantienen ahí en solitario, juegan, sí, se unen, a veces no inmediatamente, a veces cuando uno menos lo espera, con un hilo irracional, que es precisamente el que termina dando sentido…