nostalgia primigenia en la pausa de la publicidad

el lunes rompemos el voto de un mes sin tele para ver mátalos suavemente.  en una pausa publicitaria anuncian un producto que sirve para evitar que los pezones de los corredores -o runners- se irriten con el roce de sus camisetas.

pienso que el mito del tipo duro, encarnado en el cine por John Wayne, Clint Eastwood, Gary Cooper, Burt Lancaster, Paul Newman, o Brando, ha muerto para siempre. pero pienso que eso no debe importarme, pues mi ideal de tipo duro es también el del tipo puro, y no es un vaquero sino un piel roja.

pienso también en la especie humana en su conjunto, diseñada en sus inicios por la naturaleza para el ejercicio físico, para la búsqueda de agua y alimentos, para la caza y la recolección, para caminar sin calzado así sea supinador o pronador, para vivir en la desnudez antes de que el absurdo pudor tras el también absurdo episodio de la manzana nos condenara como especie a cubrir la absurda vergüenza con ropa, a sufrir colas en las rebajas, a la vida en los centros comerciales, a los sostenes para ellas, y para ellos, el gel evitaescoceduras de pezón.

pienso que no hace falta irse miles de años atrás. me imagino preguntándole a mi abuelo qué opina acerca del uso de una protección para que no se irriten los pezones. pero no puedo porque está muerto. me pregunto a mí misma, y me descubro oponiendo resistencia a hacer un viaje de verano en coche sin aire acondicionado, cuando hace veinticinco años me cruzaba la península sentaba en el asiento de atrás de un coche, y por todo refrigerio el aire que entraba por la ventana.

somos una especie en vías de debilitamiento y fragilización.  a saber de cuántos remedios para poder soportar malestares terribles de los que aún no somos conscientes podrán disfrutar nuestros nietos.

pienso en pablo cuando vuelve de tocar los tambores con las manos llenas de callos y de heridas que sangran, en que ni las mira, ni las cura, ni le duelen, las ignora, y sólo piensa en volver a tocar otra vez. y me gusta. pienso en miguel, cuando vuelve de los entrenamientos o de los partidos o del colegio con las piernas llenas de heridas, o con lesiones musculares, en que ni las mira, ni las cura, ni le duelen, las ignora, y sólo piensa en volver a jugar otra vez. y me gusta.

pienso en las noches en que sufrimos ataques de mosquitos por no usar protectores en crema, eléctricos o ultrasonidos. y en tus combates cuerpo a cuerpo, armado con un trapo, y los matas suavemente…

pienso que esa admiración mía por la resistencia, la dureza, el instinto, la fuerza, la desnudez, lo salvaje, lo humano, siendo una urbanita irredenta, con aire acondicionado, podría parecer incompatible. y sin embargo….

«Déjenme ser un hombre libre. Libre para viajar o quedarme, para trabajar, para comerciar donde escoja, libre para elegir a mis propios maestros, para seguir la religión de mis padres, libre para pensar, hablar y actuar por mí mismo. La tierra es la madre de todas las personas, y todas las personas deben tener derechos iguales en ella»

HINMAHTOO-YAHLAHKET (Jefe Joseph)
Jefe de los Nez percé 

«Cuando todos los búfalos se hayan ido, los caballos salvajes hayan sido domados, el rincón más secreto del bosque invadido por el ruido de la multitud, y la visión de las colinas esté manchada por los alambres parlantes, cuando desaparezca la espesura y el águila se extinga, habrá que decir adiós al caballo veloz y a la caza».
SEATTLE
Jefe de los Suquamish

Ventas de alma

La señora de la cama del box contiguo era cantante lírica. No lo supe por su aspecto, ella misma me lo dijo. Yo estaba  a los pies de la cama de mi abuela y la miraba dormir. No existe intimidad en las urgencias del hospital. En la cama de la derecha, a menos de un metro, había una chica joven acompañada por la que debía ser su madre, charlaban animadas, aunque la chica llevaba una vía en el brazo. En la cama de la izquierda la cantante, acompañada por la hija. Detrás un señor muy viejecito respiraba como un pez fuera del agua, con los ojos cerrados, con la que debía ser la hija al lado, que lloraba. Y ya. La cercanía física parecía ilusoria, porque en realidad cada cama era un universo estanco en el que nadie se comunicaba ni parecía ver u oír a los enfermos de al lado. A menos que alguien rompiera esa ley cósmica hospitalaria, y traspasara las barreras de la distancia metafísica. Como la señora del box de la izquierda. “No estés preocupada”. Bastaron tres palabras. En realidad no estaba preocupada, o no al menos muy preocupada, porque acababa de venir el médico a decirme que le iban a dar el alta y que ya habían llamado a una ambulancia para llevarla de vuelta. Estaba más bien triste, por verla allí, con ese aspecto tan frágil, y sobre todo por lo definitivo de esa fragilidad, por el deterioro que ya no tiene vuelta a atrás, por el desamparo ante la vejez irremediable, pero de esas meditaciones me sacan tres palabras “no estés preocupada”. Me giro y le doy las gracias. La mujer continúa diciendo que mi abuela es muy simpática, que antes se despertó y se puso a saludar. Sí, lo de traspasar las barreras metafísicas siempre que puede es también muy de mi abuela, ella lo llama ser sociable.

En los boxes de urgencias no hay intimidad ninguna. Aunque quiera evitar hablar con la señora de la cama de al lado, porque prefiero seguir mirando a mi abuela dormir, ya no puedo. No hay salida. Resignada ante la imposibilidad de escapar de una conversación, me giro, soy educada y le pregunto a la señora cómo se encuentra, porque una vez que se han derribado las barreras de la distancia es imposible volver atrás estando a menos de un metro, y me siento obligada a tener que continuar compartiendo universo hospitalario sin haber sido consultada.

La señora de al lado, consciente de la posición de fuerza en que la colocaban las convenciones sociales, decidió exprimirla (nunca se sabe cuándo la vida te va a ofrecer una nueva oportunidad), y me contó con todo lujo de detalles los problemas pulmonares que la habían llevado hasta allí, cuándo comenzó a padecerlos, las veces que ha estado en urgencias, cuántos días la mantuvieron ingresada en cada una de las ocasiones, su dieta hiposódica, y hasta incluso dónde vive. Pero en realidad todo esto era un rodeo para llegar al punto donde desde el principio, y con esas tres palabras, quería llegar. “Antes de mi enfermedad yo cantaba.”  Hay verbos que conjugados en pasado son dolorosos. “Lírica. En un coro. Pero ahora no puedo, me ahogo. Cantar era mi vida.” Entonces realmente se animó, le empezaron a brillar los ojos, se incorporó de la cama, y  me contó los lugares donde habían actuado, en la Iglesia de la calle Goya, en el Colegio del Pilar, en homenajes a Miguel Ángel Blanco, y también me cantó sus greatests hits, allí, en medio de urgencias, eso sí, sin impostar la voz, himno patrio incluido. Modificó hasta el tiempo verbal, que volvió al presente para categorizar su tesitura: yo soy mezzo soprano. La mujer del box de al lado había sufrido una trasformación completa, y allí estaba, erguida, brillante, segura, orgullosa, sacando pecho, entonando con devoción las canciones de su vida.

La hija decidió tomar cartas ante lo que le debió parecer un comportamiento totalmente inapropiado, y reprendió a su madre con el argumento de que si llegaban los médicos y se la encontraban cantando, la iban a mandar a su casa, por lo que deduje que debía gustarles la experiencia en planta.

Yo me sentí un poco incómoda con tanto cante de música sacra, patria, y zarzuela, – la señora de la cama de al lado gozaba de un extenso y nutrido repertorio- en medio de las urgencias hospitalarias, pero no me incomodaba la posibilidad de que su sana apariencia hiciera que la enviaran de vuelta a casa, sino las molestias que pudiera estar ocasionando a las personas que estaban allí, cuyas enfermedades, dolores o traumatismos no predisponen a la fiesta, el cante o la lírica.

Pero mi abuela continuaba durmiente, la chica joven de la cama de la derecha leía con su madre la revista Cosmopolitan, el viejecillo que estaba tumbado a mi espalda seguía con los ojos cerrados respirando como un pez fuera del agua, y su hija continuaba llorando. Nadie parecía reparar en los cantos de la señora de al lado. El resto de los universos hospitalarios se mantenían intactos en su unicidad y singularidad. Continuaban con esa protección que les impedía ver u oír más allá de los barrotes de sus camas. Tan sólo el mío y el de la señora que canta en el box de al lado estaban conectados. Tres palabras habían bastado para aniquilar las fronteras. Qué frágiles. Miro a mi abuela que sigue durmiendo. Los médicos llegan para atender a la señora de al lado, y corren una cortina que restablece el aislamiento. A partir de ese momento vuelo a mirar a mi abuela esperando el momento en que llegue la ambulancia para sacarnos de allí.

Refugio esencial

Murúa Niño recordó el primer aura, el que le llevó al hospital. Sabe su nombre porque es el que recibió en el parte de alta. Migraña con aura. Un diagnóstico inferido ante la falta de evidencias de otra enfermedad como ictus, tumor cerebral, o alguna otra de esas temibles.

El aura supo antes que Murúa Niño que la amaba, pero ese desconocimiento no significaba en absoluto que no existiera, muy a pesar de que esa existencia atentaba contra todos sus criterios morales, prácticos y razonables.

El segundo aura, y los sucesivos, ya no lo llevaron al hospital. Los conocía. Sabía cómo empezaban, cómo transcurrían y como terminaban. Dolor de cabeza seguido por un cosquilleo en alguno de los dos brazos hasta que el afectado se dormía del todo. Escucha lejana, como si hubiera dejado de estar allí y estuviera orbitando y mirando desde lejos. Y después una afasia que duraba unos minutos y posterior entumecimiento de la nuca. Poco a poco volvía a aparecer el lenguaje, el sonido a escucharse cercano, el brazo dejaba de estar dormido, y tras un último hormigueo terminaba. Auras aparatosos y espectaculares, pero inofensivos. Auras señales.

Las señales llegaron con las dudas, cuando Murúa Niño sabía que la amaba pero no quería aceptarlo. Cuando se sentía culpable. Cuando sabía pero negaba. Cuando pensaba que podía elegir. Se puede elegir lo que se hace, pero no lo que se siente. Y ni lo que se hace siquiera, porque auras, tristeza, apatía, libros, canciones, sombras, piedras, el universo al completo, se habrían alineado para empujarle a descubrir, a aceptar, a maravillarse con quién era, qué eran. No le habrían dejado no ser. Universo y existencia. Universo y esencia. Esencia y vida.

Con la aceptación, la alegría y la urgencia de ser desaparecieron las señales, conscientes de su inanidad. Murúa Niño, tras el descubrimiento y la felicidad de esa nueva existencia, tan familiar por otra parte, pues -en cierto modo- le parecía que por fin se había encontrado consigo mismo, se llenó de fuerza, y no hubo miedo, mudanza, esfuerzo, dolor o complicación que le impidieran renunciar a vivir ese descubrimiento esencial de ser con ella.

Murúa Niño a veces corre el riesgo de pensar que no necesita señales por el mero hecho de que ya están juntos. Pero estar es un verbo difuso, que implica muchas cosas que no tienen necesariamente que ver con el ser, y que además hace confundir ambos verbos o la propia identidad. A veces, incluso, estar impide ser, lo pospone, lo nubla, lo apacigua, lo duerme. Cuando esto ocurre, el universo se pone contento porque vuelve a sentirse necesario, y piensa en escoger las señales, y las envía para sacudir a Murúa Niño del rutinario estar, y en esta ocasión le ha bastado con hacerle pensar en esas auras del pasado para hacerle consciente de su alejamiento del ser, y de su necesidad de ser, con ella, de su necesidad urgente, inaplazable, alejada de los criterios razonables y serenos, porque en ese maravillarse del reencuentro esencial, en acudir al refugio aunque esto suponga salir corriendo, en rendirse ante lo sagrado, reside el equilibrio de su universo: la fuerza, el valor, la luz, la esencia, su propia vida.

Otro camino

Esta mañana he tomado otro camino. Tenía que entregar unos papeles en un organismo oficial. Ningún trabajo de altura, pero me ha permitido tomar otro camino.

Aparcar media hora en la calle me ha costado 1 euro y cuarenta y cinco céntimos, y tras pagarlos con una aplicación del teléfono que me permite no tener que estar pensando en llevar monedas, ni buscar parquímetro, ni tener que recordar la matrícula del coche, y que además te permite pagar sin que tengas la sensación de haber pagado, aunque por supuesto lo hayas hecho, busqué el organismo oficial en cuestión. Estaba muy cerca del coche, tanto, que ha habido pocas oportunidades de encontrar nada que mereciera el protagonismo de la foto del día. Eso es algo que me ha dejado un tanto decepcionada, porque el hecho de tomar otro camino distinto del que tomo todos los días es en sí mismo, motivo suficiente para ser el motivo de la foto del día.

El organismo oficial estaba escondido dentro de un centro de salud. Un señor del samur social me pidió ayuda para abrir la puerta porque llevaba en una silla de ruedas a un paciente, y las primeras puertas no eran de apertura automática. Las segundas sí, pero como puede suponerse gracias a los ordinales, para atravesar cómodamente con una silla de ruedas por las segundas puertas de entrada primero hay que atravesar las primeras. Y para abrir las primeras hay que accionar un picaporte. Y además, como son estrechas como para que las atraviese la silla de ruedas, también hay que abrir las contiguas quitando unos bloqueos arriba y abajo. Y la verdad es que no entiendo cómo en un centro de salud, lugar susceptible de ser utilizado por personas que necesitan sillas de ruedas, o bastones, o camillas, han dejado unas primeras puertas de entrada tan difíciles para ellos. Escalones, eso sí, no había.

Un tanto desconcertada en la sala de espera del centro de salud, recurrí al papel para averiguar por dónde buscar al organismo oficial. Quinta planta. En el ascensor vuelvo a coincidir con el del samur social y el señor que lleva en silla de ruedas. Me fijo en que no tiene calcetines y lleva los pies al aire, con unas sandalias de esas de casa que se atan con velcros y que son de rizo, como los albornoces y las toallas.  Ellos se bajan en la segunda.

En la quinta veo un cartel que pone registro, y me dirijo allí, que eso ya va teniendo más pinta de organismo oficial. No hay nadie esperando y me atienden nada más llegar. La señora que me atiende no me pone pegas a la hora de compulsarme los documentos, y continúa alegremente con la conversación que mantiene con sus compañeros de trabajo. Yo procuro no viajar en Iberia. Es que ya no te dan ni cacahuetes. Vamos, que casi puedes dar gracias si no te tiran por la borda a mitad de camino, y te llevan a destino con vida. Bueno, tal y como están las cosas, eso ya es de agradecer…. Eso lo digo yo, en voz alta, sin poder reprimir el comentario, como si fuera partícipe de la conversación y no sólo una mera espectadora. Ella contesta que ya no sabe si llevar a su hija a Londres o cancelar el viaje. Otro compañero se queja de que viajar en avión últimamente es espantoso. Que en la sala de embarque primero llaman a los que tienen billete business (lo pronuncia así: bú-si-nes), después a los discapacitados, después a los que tienen niños con sillitas…. ¿y a mí dónde me van a meter, dice, en la cola? Y es que –dice-  cuando no viaja uno en un su jet privado las cosas son diferentes. La señora que me atiende me da mi justificante de haber presentado la documentación, demostrando -ya sin lugar a dudas- que estoy en efecto en un organismo oficial por muy camuflado que esté en la quinta planta de un centro de salud, mientras sigue hablando acerca de las incomodidades del avión para el común de los mortales, así que no sé muy bien si me puedo ir o si me tiene que decir o dar algo más. Pero siguen de charla y a mí ya me resulta incómodo el papel de espectadora, así que directamente le pregunto que si ya me puedo ir, aún a sabiendas de que estoy interrumpiendo, y me dice que sí, así que me voy.

Como sólo tardo cinco minutos y tenía pagada media hora de aparcamiento en la calle, decido que hoy me voy a tomar mi café por allí en lugar de donde siempre en la oficina, puestos a tomar caminos nuevos, y me meto en una cafetería que se llama Los Torreznos. Entro y el interior no sorprende,  en la vitrina de la barra hay bandejas de boquerones en vinagre, morcilla, filetes de cinta de lomo crudos y ensaladilla rusa. Detrás de la barra el escaparate de botellas de alcohol de rancio abolengo en una estantería de madera, a la derecha dos máquinas tragaperras y una tele con una tertulia matutina. La camarera es muy delgada, morena, con coleta y flequillo, los ojos tristes, los hombros caídos,  y un aire demacrado y frágil,  pero cuando se dirige a mí para preguntarme me sonríe, y es una sonrisa luminosa. Me da la impresión de que contrasta, y que le habría pegado más hablarme seria y malhumorada, pero sin embargo es amable y sonríe, a pesar de las ojeras y del aire ceniciento. Yo pongo mucho esmero en sonreír también.

Al otro lado de la barra un señor jubilado un tanto rancio y hortera, con el pelo engominado y altanero, apura una Mahou. Con esos prejuicios que me caracterizan pensé que le pegaba ser socio del Madrid. Y detrás, en una mesa, un señor mayor que no es hortera se come una ración de churros, mojándolos con gusto en el café, supongo que de la misma forma que se los come en la intimidad de su cocina, compartiendo esa familiaridad de las puertas para adentro del hogar en el salón de la cafetería Los Torreznos. Me resulta tierno. Ayer mismo, en mi cafetería de siempre, un señor tenía metida una barrita entera en su vaso de leche, no la tenía sujeta con las manos, la tenía ahí, metida en el vaso, en remojo, supongo que para que estuviera bien blandita… también me pareció tierno.

Cruzo unos correos con mi amiga Ana, la aplicación del estacionamiento regulado me avisa de que va a caducar mi ticket, pago sonriendo mucho, y vuelvo al coche. Antes de meterme vuelvo a mirar a un lado y a otro. Igual hay algo especial y yo no he sido capaz de verlo por no haberme parado a mirar. Nada, no veo nada. Ni rastro de la foto del día.

Arranco y cojo la Castellana bajando por Raimundo Fernández Villaverde. Cuando me acerco a la Torre de Madrid  se me agita algo. Un momento, ya lo entiendo. Haber recorrido un camino tan poco habitual para que al final la foto escogiera precisamente ese lugar que en tiempos fue mi rutina diaria. A esta hora seguro que estás tomando café, aunque ya no donde siempre. Cojo el móvil y selecciono cámara. El semáforo se pone en rojo, cuando una foto escoge motivo busca sus cómplices. La primera, apresurada, me sale completamente torcida. Las dos siguientes derechas y encuadradas.

Cuando llego al trabajo, aparco y miro las tres fotos. Sin duda me quedo con la torcida. Le paso un filtro que se llama nostalgia, pero termino escogiendo el sepia, porque aunque se llame sepia y no nostalgia, a mí me parece que representa mejor los colores que yo veo con ese órgano que no es la vista. Selecciono la opción compartir. Escribo esa dirección que, por habitual, con sólo pulsar la primera letra del nombre, mi teléfono la predice. Enviar. Salgo del coche, ahora ya sí donde siempre, y me dirijo a ese edificio donde ponerme a hacer lo de siempre el resto de la jornada.

Sábado siete de febrero (II)

Llegamos a casa y miro el teléfono. Sin señales de mi amigo pérez. Me llevo bien con prácticamente todo el mundo, pero amigos tengo pocos. Mi amiga raquel, mi amigo eme, mi amigo pérez, mi amiga ana. Son pocos pero extraordinarios. La inteligencia de mi amigo pérez, por ejemplo, es de una singularidad inversamente proporcional a la de su apellido. Esconde sus zonas frágiles tras un muro de cinismo pintado de humor sardónico, incorrección política, y acidez. Tiene, en definitiva, un discurso ágil, hilarante y cabrón, como sólo un ser muy vulnerable y de inteligencia superior es capaz de articular. Si en lugar de ser auditor interno hubiera sido médico, quizás estaría hablando del Dr. House.

Mi amigo pérez no mira a los ojos cuando habla, posa su mirada en un indeterminado punto del horizonte, y habla sin detenerse y sin apartarla. Poco gesticulante y en tono monocorde, narra con maestría las situaciones que protagoniza en el campo del absurdo, -pérez utiliza el término «delirante«-  en las que a menudo hay algún agente del orden, un funcionario o su jefa como actores, aunque jamás es repetitivo, ni mucho menos vulgar, porque los avatares vitales de pérez son insondables.

El mundo es de los mediocres.

La última vez que vi a mi amigo pérez fue hace un año y medio, o más. Hace mucho. Dejó su trabajo en medio de la peor crisis económica de los últimos años porque le hacía infeliz, una decisión audaz que yo no he tenido el valor de tomar. Y lo aplaudí. No tienes hijos, no tienes hipoteca, estás a tiempo de buscarte, de hacer algo que sí te llene. Yo y mi discurso para otros. Es sencillo aplaudir decisiones muy valientes, muy loables y muy difíciles desde la barrera.  El caso es que poco después desapareció sin avisar.  Normalmente, pérez desaparece cuando lo está pasando mal, o cuando hay una mujer.  Yo respeté su silencio, deseando con fuerza que el motivo fuera el segundo.

Ayer, cientos de días después de su desaparición, sonó al otro lado del teléfono:  me voy a méxico, pero no una temporada, me voy para vivir en méxico, me voy para ser mexicano, para trabajar ya que aquí es imposible, para quedarme, eso sí, voy como espalda mojada, tardaré años en volver. ¿Cuándo? En quince días. Quedamos en hablar para quedar hoy. Me da por pensar que en esa conversación telefónica hemos hablado más que en los últimos dos años, probablemente. Vuelvo a mirar el teléfono y no hay noticias de pérez. Le escribo yo. ¿Quedamos por fin? Sí. Cuidadosamente y en todo momento evitaríamos utilizar la palabra despedida.

Elige él el sitio. Siempre elige él. Siempre tiene lugares interesantes que enseñar. A mí me gusta que elija él. Me gusta lo que me enseña. Llegamos tarde los tres. Ha vuelto a fumar. En la calle hace un frío terrible, pero fumamos. Un cigarro, dos cigarros. Tres cervezas. También las elige él.

Miro a pérez hablar.  Cómo mira a su punto en el horizonte, como levanta sus muros, cómo reacciona cuando se agrieta alguno, cuándo retoma los lúpulos. Cuánto tiempo. Miro los ojos de pérez, su pelo, su postura. Miro su entusiasmo al hablar de su producción de cervezas, lo miro contar historias delirantes, lo miro tratando de retenerlo, necesito esa imagen. Pienso en hacer click, pero aunque lo he pensado, porque hoy me ha entrado una urgencia física de retratar pertenencias, no me he atrevido a llevar la cámara, y además, cuanto más procuro retener la imagen de mi amigo, más aguda es la consciencia de su ausencia, y de estar despidiéndonos. Y no quiero pensar pero pienso en la posibilidad de no volver a verlo. No quiero pensar pero pienso que le he echado de menos. Y no quiero pensar pero pienso que le voy a echar de menos. Al menos esta vez sí tengo la oportunidad de despedirme, no como cuando desaparece sin avisar, como esta última, en que se iba tres meses y han pasado varios cientos de días. Como si sirviera de algo despedirse, sólo para tener que asumir toda la consecuencia de golpe. En una desaparición no sabes cuánto tiempo va a durar la ausencia, no sabes siquiera que te estás despidiendo, la ausencia se diluye con la ignorancia, con la normalidad, sabes que está a menos de diez kilómetros, que en cualquier momento puede sonar el teléfono, que cualquier sábado puede acabar con una cerveza artesana junto a pérez. Ahora sí sé que es una despedida y tengo la oportunidad de despedirme, pero no quiero despedirme. Cuando me llamó y me contó su próxima aventura mexicana, me alegré, porque después de tanto silencio, de tantos meses de ausencia -porque no intuyo sino sé que lo estuvo pasando mal, y que hubo al menos una mujer, incluso es posible la concurrencia de ambas circunstancias- pensé que una aventura sería buena. Y quizás fuera porque estoy terminando Los detectives salvajes, pero méxico me resultó un lugar cercano y conocido, una fuente de inspiración. Sin embargo, ahora, ahora que tengo a pérez delante, y lo escucho, y lo miro, como desde lejos, como si ya se hubiera ido, como si sólo estuviera disfrutando de la oportunidad de desempolvar el recuerdo de un amigo, como una oportunidad para retener sus rasgos, sus gestos, sus historias, de una manera que hace que me entristezca mirarlo, porque no quiero mirarlo así, como si ya se hubiera ido, sino que quiero mirarlo como cuando antes, cuando estaba…

no, ahora, con pérez delante, méxico me parece que está a tomar por culo, que dos o tres años es mucho tiempo. Tengo a pérez delante, ahora que ha vuelto para irse. Y cuidadosamente, y en todo momento, evitaríamos utilizar la palabra despedida.