Episodios. Nadas y tormentas.

Estábamos comiendo los tres, y le pregunté por Vaquero. ¿Has vuelto a saber algo de él, qué es de su vida? No, nada. Expresé en voz alta mi extrañeza ante ese fenómeno de las amistades superficiales, y que durante tantos años y durante tantas horas, el juego hubiera sido su único nexo de unión. En alto también le pregunté acerca sus conversaciones. Dijo que él lo contaba todo, pero que había mucha gente que no decía nada sobre su vida. Le pregunte que a qué se refería con todo. Todo puede ser todo lo que uno hace, o todo lo que a uno le pasa, o todo lo que uno desea, o todo lo que uno piensa sobre alguna cosa, o sobre todas, o todo lo que uno siente…. Todo puede ser muy variado. Todo, en la mayoría de las ocasiones, es imposible.

Entonces tú contaste la historia sobre tu amigo García, que debido a la regla del orden alfabético había ido a tu clase y se había sentado a tu lado durante todos los años de secundaria y bachiller. Después, ambos elegisteis la misma carrera, en la misma universidad, de nuevo en la misma clase. Erais vecinos, ibais y volvíais juntos a clase. Estudiabais en la misma biblioteca. Compartisteis al menos ocho horas diarias durante más de diez años. Hablabais de música.  Cuando terminó la carrera y con ella las coincidencias que os habían unido, jamás volvisteis a saber el uno del otro. Bueno, a excepción de un día en que os encontrasteis por la calle -de nuevo la coincidencia- y os tomasteis un café, y tuvisteis que terminarlo enseguida porque no teníais nada que contaros.

Entonces me acordé de Víctor. Estuvimos más de cuatro años tocando con él una vez cada quince días, y era un completo desconocido. Apenas hablaba de si mismo. Apenas hablábamos. Un día comenzamos a distanciar los ensayos hasta que dejamos de llamarnos. Y se acabó. Sin una despedida, sin una palabra, sin nada. ¿Qué será de Víctor? ¿Quién será Víctor?

No sé por qué, pero las historias de amistades superficiales me producen cierta tristeza. Como si quedara un vacío del propio vacío. Una reduplicación del vacío. Dos veces nada.

Por la noche nos fuimos a cenar, también los tres. Pablo mantuvo sus auriculares por la calle. Cuando está acompañado recurre a la técnica de mantener uno sobre su oreja y el otro retirado, de tal forma que es capaz de poder escuchar lo que decimos, incluso de contestar y mantener conversaciones sin renunciar a la música. A nadie le gusta renunciar, pero el lema de Pablo parece ser el no tener que hacerlo. En el restaurante le pido que se los quite. Continúa con el móvil, pero esta vez es para enseñarnos fotos de Magui. Tú la ves por primera vez. Vuelves a insistir, ellas lo saben, dices. Ellas lo sospechan, digo yo. ¿Alguna novedad? Le pregunto. No. Me contesta. Tú dices que el camino es complicado. Que podría tener novio, o podrían gustarle las chicas, o podría estar enamorada de otro. ¿Sabes si está enamorada de alguien? Que yo sepa no. Bueno, dentro de las opciones posibles, tampoco es tan mala. Y si no, siempre te queda la amistad que os une. Eso lo digo yo. Pienso que quizás le parece una absurdez, y un consuelo absurdo. Pero aunque no recuerdo qué dijo él, sí me dio la impresión de que, por su respuesta, a pesar de que él sienta algo más, la amistad que mantiene ahora mismo, por sí sola, le resulta valiosa y lejos del vacío que deja el vacío.

No sé por qué en algún momento surgió el tema de la resistencia física.  En general yo soy poco enfermiza, aguanto bastante bien el dolor, y soy capaz de soportar temperaturas altas sin quemarme. Muy altas. A veces cojo con las manos la bandeja del horno. Yo lo llamo superpoder. Pablo lo ha heredado, también es fuerte. Se lo digo. Contesta que físicamente sí, pero que fuera de lo físico sí que siente dolor, y que las cosas le afectan mucho.  Vale, pues eso también lo ha heredado. Entonces me alegra que haya vuelto a retomar la música, que haya empezado a cantar, que esté tocando la guitarra. Yo la música no la entiendo como un placer estético, o no solo. Yo necesito la música para salvarme. La música es un salvavidas. Y escribir.

Unos días más tarde me llama para enseñarme cómo lleva un tema. Enchufa la guitarra y toca y canta She’s thunderstorms. Apenas le había oído cantar, al menos desde que era un niño, desde antes de que le cambiara la voz. Bueno, quizás algún tema de Logic, pero no sé si el rap puede considerarse canto.  Los cambios de acorde los acomete con cierta torpeza, le falta fluidez, y aun así lo que escucho me lleva a donde está. Noto que me emociono.

 

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Por qué es real lo real.

(Por Pablo C., que no tiene cuaderno, y es joven, y no piensa en guardar ni en conservar, solo en vivir. Pero igual que hace poco le dio una obsesión con sus fotos del pasado, y me pedía y yo se las suministraba a miles -cosas del formato digital-, y me siguió pidiendo hasta agotar los 15 gigas del drive, y le gustaba verse y descubrirse, quizás, dentro de unos años también le guste leer esto. Es una redacción que preparó a principio de curso, en una de sus primeras clases de filosofía. )

“Nosotros, las personas, la especie humana, tiene un concepto muy definido sobre lo que es real y lo que, físicamente, no lo es. Nos basamos en nuestra vida para explicar la gran mayoría de sucesos. Mirando a nuestro alrededor podemos observar las mesas de madera con sus no muy altas patas de metal, o las sillas, o las pizarras, o incluso al resto de nosotros. ¿Cómo podemos saber que los demás seres que vemos todos los días son reales? Los vemos, los podemos tocar, oír, oler, y, a algunos, saborear. Sin embargo, pensemos en el aire: ¿se puede tocar el aire? No, pero es la fuerza que te frena al correr. ¿Se puede oír el aire? No, pero lo sentimos cuando sacudimos en él un palo rápidamente. Podemos escuchar el contacto que estos hacen al chocar sabiendo que no es vacío lo que está frente a nosotros.

Y por último, pensemos en los átomos y en sus electrones, en la física cuántica. ¿Nunca habéis oído hablar del experimento de los electrones y las rendijas? Este experimento consiste en dos pistolas de electrones apuntando hacia dos rendijas, por donde, según la lógica, deberían pasar ya que no hay nada que los haga cambiar de dirección. Sin embargo, lo curioso es que cuando se observa de cerca, todos los electrones pasan por una única rendija a pesar de que cada pistola apunta a cada rendija. Y lo más curioso todavía es que, cuando no se observaban las rendijas, los electrones se estrellaban en todas las zonas posibles, como si atravesaran el metal con el que las rendijas estaban hechas, mágicamente.

Entonces, si los electrones, parte de nuestra composición corporal, se comportan así, ¿por qué no todo lo demás? ¿Cómo sabemos que, mientras no miramos, todo lo demás desaparece, y es solo cuando miramos que vuelve a aparecer?

Igual que la luz. Si bajamos todas las persianas de casa y apagamos todas las luces, no veríamos absolutamente nada, ya que es la luz la encargada de entrar en nuestra retina y dar color a lo que vemos.

Imaginaos ser todos daltónicos y , de repente, poder ver los colores perfectamente, ¿cómo os sentiríais? Probablemente raros, como si todo aquello hubiera estado ocultado a vosotros, o incluso, como si os estuvieran engañando ya que ese es el modo en que habíais visto el mundo hasta ahora.

¿Y si el mundo no es realmente como lo vemos?

¿Y si nada es como creemos que es?

¿Por qué es real lo real?”

 

Permanent holiday

Tengo la sensación de que en enero las cosas se han ralentizado, incluida yo. Ya desde por la mañana salgo de casa para llevar a Miguel al cole diez minutos más tarde que el trimestre anterior, y además sin prisas, como si de fondo sonara Bob Marley, como si los tiempos reglamentarios de empezar las clases o el trabajo hubieran tomado el carácter de orientativos, o, simplemente, como si nos diera lo mismo. Miguel ha dejado de meterme prisa y avisarme de los minutos que van pasando, y espera tranquilamente, despidiéndose del móvil. Continúa preguntándome antes de salir si he cogido mi comida y si llevo las llaves del coche. Él también se ha ralentizado. Y el tráfico. Porque el trimestre pasado, salir con diez minutos de retraso habría supuesto una absoluta debacle horaria a causa del infierno circulatorio en la cuesta de san vicente. Pero no ha habido debacle. Quizás no la habría habido nunca, en realidad.

En mi trabajo, hasta la semana pasada he estado en un modo de eficiencia cero, con la desmotivación añadida de que dentro de mi nutridas y variopintas tareas a desempeñar, se acumulan las tediosas. El viernes pasado mi cuerpo ralentizado entró en rebeldía ante la urgencia y el tedio de aquello que tenía que terminar, y grité.

Estoy experimentando nuevas músicas. No quiero escapar a mi naturaleza obsesiva y poco descubridora. De vez en cuando descubro algo o a alguien que me gusta, y me quedo enganchada a esa música y la pongo una y otra vez, y otra, durante horas y días y años. Hasta que dejo esa adicción por otra. Sé que así soy, y que mi exploración durará lo que tarde en engancharme de nuevo, pero, no obstante, ahora estoy explorando sendas más luminosas, con la excepción de Modelo de respuesta polar. Necesito dosis de La guerra y las faltas, y El cariño diarias.

Tanto Pablo como Miguel siguen ralentizados en sus estudios. En esto no ha habido diferencias este mes, es tendencia.  Las primeras semanas lo dejé pasar, es tan fácil, tan cómodo y tan maravilloso dejarse arrastrar por la inconsciencia y la ralentización… pero ya estoy empezando a acercarme al barro, me he descalzado, y he metido los pies. El recurso de ordenar estudiar desde la distancia es tan sencillo como estéril. Por otra parte, cuando empieza una evaluación bajarse al barro tiene su gracia. Cuando aún no estamos cansados y nos queda humor, reestudiar, reexplicar, y repreguntar se amplía a un espacio de debate y humor. Muchas veces nos divertimos. Dejo anotado que mientras Pablo me contaba de qué iba el Cantar de Mio Cid (por cierto, empiezo a pensar que el oscurantismo medieval no va a terminar nunca, en cuatro años no hemos llegado al siglo XVI, es como revivirlo en tiempo real) y me cuenta cómo el Cid le ofrece al rey que lo ha desterrado para obtener su perdón. ¿Y lo perdona? Todavía no, me dice. Intervengo diciendo que el rey era un vengativo y un rencoroso de mierda. Y Pablo contesta que eso es lo que en la época llamaban honor.

Con Miguel todo es fácil aún, para mí al menos. Con Pablo cada vez menos. Si tengo que ponerme a estudiar la regla de ruffini, o el modelo atómico de bohr y rutherford, de entrada me cago en la puta, y mentalmente empieza el argumentario ese de que yo ya pasé por ésto, y por qué demonios me tengo que poner a estudiarlo todo con él cuando la responsabilidad es suya. Pero en esos momentos se me olvida que, últimamente, los pocos momentos que compartimos y, por ello, las pocas oportunidades que tenemos para divertirnos juntos, son esas, y cada vez irán a menos. No obstante, si el año que viene que ya puede elegir, se quiere quitar todas las asignaturas de ciencias, no seré yo quien trate de convencerle de lo contrario. Esta noche he conseguido seducirle para compartir un tiempo mucho más lúdico. Gracias, Tarantino.

Ayer por fin conseguimos diagnóstico para Miguel, que lleva lesionado desde noviembre, y tiene una calcificación en el ligamento deltoideo, así que va para largo, quizás para el resto de la temporada, y posiblemente con un final de artroscopia. ¿Estás muy disgustado? Sí. No te preocupes, esto se cura. (Por un momento llegué a tener mis dudas. Una mañana  lo miré mientras entraba en el cole, cojeando y triste, y lo imaginé en un futuro sin deporte, que es lo que más feliz le hace en el mundo, y en esa imagen seguía cabizabajo y triste, y fui llorando todo el camino hasta el trabajo. Así que mientras todos se disgustaban con el diagnóstico yo respiré. Se cura. Ahora nos queda el futbolín y la canasta de su cuarto.)

También ayer mi madre cumplió 60. Mientras la acompañaba a comprar una tarta y velas le dije que lo llevaba muy bien, bueno, tú nunca has tenido problemas con cumplir años. Y me miró con una sonrisa de esas suyas, con esa chispa pícara heredada de su padre, mi abuelo, y me dijo, no, que me quiten lo bailao, que ni ha sido poco, ni ha estado mal.  Hoy han llegado las fotos que la hice. Tendrían que haber llegado el lunes para habérselas podido dar ayer, pero no llegaron. Tengo ganas de verlas, a ver si lo he conseguido. Mi madre es de esas personas que siempre están mejor al natural que en una foto. Creo que se merece una foto que refleje todo lo que es. O que al menos se le arrime un poco. El listón es tan alto.

dentro fuera

Desconectar. Desconectar suena a paraíso. Los viernes se llenan de los mejores deseos, a ver si desconectas, y los treinta y uno de julio, y las vísperas de puente. Y todos los lunes del año, y los primeros de septiembre, responden con sonrisas a la pregunta de ¿cómo te ha ido?, sonrisas rememorantes que preceden a las cuatro palabras que, a modo de resumen, acompañan al muy bien: he desconectado un montón.

Desconectar suena a liberación, para desconectar veo la tele, para desconectar leo, para desconectar miro el facebook, instagram, twitter y whatsapp, para desconectar cocino, para desconectar voy al cine, para desconectar hago runnig, spinning y frunfring, y todo el mundo comparte sus maneras de desconexión desinteresadamente pues si quieres te cuento lo que yo hago para desconectar, lucrativamente desconectará seguro, pruebe gratis el primer mes, cooperativamente, podemos desconectar juntos, a veces competitivamente, mi desconexión es más desconectante que la tuya. Y podría seguir enumerando adverbios de modo, mas no lo haré.

Todo el mundo persigue la desconexión, y yo me descubro en contramensaje persiguiendo lo contrario. Ansiando conectar, y, por fin, conectando. Conectando con el rubio, que ya no está frente a la pantalla sino delante de mí misma. Y habla. Me sorprendo redescubriendo el habla del rubio: abundante, enérgica, apresurada, ininterrumpida, a borbotones. Y me doy cuenta de que lo había echado de menos, pero como estaba desconectada no era consciente de que lo echaba de menos, y mientras él habla de ritmos, de música, de algoritmos que resuelven el cubo de rubick, de su historia con youtube, de sus progresos en el league of legends, de sus planes de futuro inmediato, y como estoy conectada, soy capaz de escucharle hablar, de entender lo que dice a pesar de lo vertiginoso de su discurso, de sentir la energía y la pasíón que desprende. Y conecto con miguel, que habla y se mueve, y conecto y me muevo también, con él, y nado, y corro, y juego al futbolín, que es lo más cercano al fútbol de lo que soy capaz, y siento la energía del movimiento, y me doy cuenta de que la había echado de menos, pero como estaba desconectada no era consciente, y lo miro reírse y, como estoy conectada, consigo distinguir en su risa la alegría universal. Y conecto también con el pequeño, y me pide que le dé un masaje, primero de jirafa, luego de elefante, luego de murciélago, y como estoy conectada, cuando sonríe travieso y le brillan de picardía los ojos, que es lo único pícaro que tiene pues, aunque le divierta sentirse travieso y pícaro, mantiene intacta la inocencia y la ternura de su edad, como estoy conectada, me hago cómplice de esa travesura inocente y divertida que tiene cinco años.

Y después, cada vez más consciente, sigo conectando conmigo, y contigo. Y en ese punto, en ese momento de conciencia máximo, vuelvo a ser yo, y desde mi, contigo, continúo conectando.

Con el mar. Con el viento. Con la música. Con el paisaje que se ve desde la ventanilla del coche. Con el libro que estoy leyendo. Con las noticias que leo en prensa, con las imágenes que muestran, y es horrible, y estoy tan conectada que puedo sentir ese desgarro con tanto dolor como se merece. Y me digo que menos mal que duele. Que duela, que siga doliendo. Y con el sol que vuelvo a ver saliendo por las mañanas, otra vez, de lunes a viernes, y con las tareas pendientes del trabajo, y con terminar de comprar lo que hace falta, los libros, llenar la nevera, la cena, una llamada perdida, contestar un mensaje, un nuevo grupo de whatsapp llamado pretemporada alevines, 15 mensajes sin leer, un correo electrónico, revisión médica, una peli, otra peli, despertador, una expo, un ensayo, el trabajo, entrenamiento, ensayo, trabajo, facebook, las noticias, la rabia, la inscripción, la comida para dos y la cena para cinco…. y…. he tardado menos de diez días en perderme

pero si piensas que me resigno a que se desintegre toda la conexión, si piensas que no voy a seguir buscando formas de abrirme un hueco en todas estas distracciones pesadas y desconcertantes, si piensas que me resigno al viernes por la tarde y al treinta y uno de julio para ser lo que soy mientras toda esa gente desconecta, si lo piensas, es que aún no sabes del todo con quién te la estás jugando…

Lenguajes

Mientras esperaba el autobús me entretuve hablando con la abuela de Jorge.  LLegó dejándonos con la conversación a medias y la apuramos mientras bajaban los niños.

De camino a casa Pablo me preguntó

-¿qué le estabas diciendo a la abuela de Jorge?

-Es que Jorge quiere venir a casa el jueves, y el jueves nace su hermana, y supongo que a sus padres les hará ilusión que vaya al hospital a conocerla, pero Jorge estaba empeñado en venir. Y yo le decía a su madre que ya se le pasaría. Ahora puede que le de pereza lo de la hermana, pero seguro que después le hará más ilusión.

-No me refiero a eso. ¿Qué le estabas contando antes?

-Ah, antes…  -este niño tiene un radar cuando se habla de él, y más si se habla de él y de su hermano- … Bueno, pues la abuela de Jorge me comentaba que Jorge es poco cariñoso y que suponía que la querría, pero que como no se lo demostraba no estaba segura. Y yo le dije que seguro que sí. Y le hablé de vosotros. Que tú eres también muy reservado, sólo das besos si te lo recuerdo y jamás me dices que me quieres. Pero es tu forma de ser. Yo sé muy bien que me quieres. Sin embargo Miguel…

-Miguel… no para! -y se ríe.

-Eso es. Los dos sois diferentes, cada uno es como es, y cada uno expresa sus sentimientos de una forma diferente. Pero me queréis los dos. Cada uno a su manera. Y yo también os quiero a los dos, a cada uno como es.

Lo llevé a sus clases de  batería.

Cuando dos horas más tarde volví a buscarlo, se abalanzó sobre mí (dentro de la escuela y delante de todo el mundo!!!!!!!) y me dio un abrazo fuerte y un beso. Tras una primera reacción de extrañeza ante tan insólito arranque, entendí que sin pronunciar palabra y a su manera, me estaba diciendo profundamente, te quiero, y quiero que lo sepas.  “¿Lo has pasado buen en clase?”  Pero lo que yo le decía,  también sin pronunciarlo, era  lo sabía y lo sé,  pero gracias. Yo también a tí. Y él lo entendió. “Sí”

El reto

A mí siempre me han gustado los retos. Y me pongo muchos en mi día a día. Por lo general suelen ser bastante estándares, porque aunque una tiene sus cosas, si jugáramos a hacer estadísticas, creo que me podría encuadrar en el inmenso margen de aquello que se llama normalidad, que es lo que asociamos siempre a la media.

Pero tengo un reto que me ha tenido frustrada durante meses, ese reto que parecía pequeñito y tontorrón, y que probablemente no quedara registrado como estándar. Fíate tú de un reto, te lo marcas y nunca sabes por dónde te va a salir.

Yo me había propuesto hacer sonreír a la panadera. Porque no hay derecho a que una le sea fiel, compre el pan siempre en el mismo sitio, sea atendida siempre por la misma persona, pida siempre el mismo tipo de pan para no complicarle la vida, y la mujer haga su trabajo como una autómata. Sin mirar, sin mirarme, y sin expresar el más mínimo asomo de expresión que la convierta en humana. Eso es algo que le pasa a mucha gente cuando trabaja, el dejar de parecer humana. Y no es que yo pretenda que me cuente su vida o sea mi mejor amiga, pero sí me gustaría que mi panadera dejara de parecer un androide, y dejara entrever por algún resquicio, que es de carne y hueso, y siente, y padece.

Lo fácil sería pasar, o incluso, para los más sensibles, cambiar de panadería. Pero yo sólo veía un reto, con mi vocecilla interior espetándole.: “¿Así que con que esas tenemos? Pues no sabes con quién has dado, que te voy a robar una sonrisa, me cueste lo que me cueste”.

Desde ese día, cuando llego al mostrador, así esté contenta, triste, cansada, exhausta, con ánimos o sin ellos, dibujo la mejor de mis sonrisas, y la amabilidad se personifica en mí. Pero nada. Derrota estrepitosa un día tras otro. Como si ni me viera ni me oyera. No baja la guardia la tía, ni su escudo antisonrisas.

Y tras tanto intento infructuoso, un día bajé la guardia. Volvía con Pablo, al que había ido a recoger de un cumple. Y cuando llegué al mostrador se me olvidó el reto, y pedí el pan casi sin mirarla, tan centrada estaba en la conversación que mantenía con el niño:

Pablo, ¡es que no puedes ir preguntando a la gente cuánto gana!

¿Pero por qué?

Porque es indiscreto

Pues no lo entiendo

Su pan

Gracias

Entonces la miré. Y sonreía. Y por dentro le dije “¿Ves cómo eras humana?”.

Sólo era cuestión de tiempo. Y de que un niño me echara un cable. O me pusiera en un aprieto. Será cabrona….

Autodemostración empírica

La gente suele decir que los hijos envejecen en el sentido de que, el ver cuánto crecen ellos, te hace sentir que, inexorablemente, lo haces tú también.

Yo sin embargo no tengo esa percepción. De hecho, muchas veces me siento más joven con 30, y con bastante menos pudor y sentido del ridículo, que con 18 -bueno, vale, lo del Pokémon de ayer es una excepción, pero, ¿qué sería de una regla sin excepciones?-

Por ejemplo, no consigo recordar si de pequeña jugaba a hacer teatro. Sí recuerdo que de haber jugado, no debía hacerlo muy allá, porque en las obras de teatro que representábamos en el cole, jamás tuve un papel estelar. En las ocasiones más afortunadas, dije alguna frase. En las más habituales, fui figurante. Y en alguna que otra, me quedé de puro atrezzo.

A principio de curso, Pablo tuvo que aprenderse una frase en inglés, para hacer una mini obra. Era la siguiente “Oh! I’m not a frog! I’m a prince! Thank you princess!” Aprendérsela no fue un problema. El problema fue declamarla. Pablo con su elevado e innato sentido del ridículo, y su timidez, la pronunciaba rápidamente, en voz baja y entre dientes. De modo que hubo que hacer un esfuerzo e intentar enseñarle a quitarse el sentido del ridículo, por lo que me pasé una semana repitiéndole la frase, absolutamente sobreactuada, casi a grito pelado, gesticulando cómicamente, y haciéndole reír. Venga, Pablo, ¡ahora tú! Y conseguimos que gritara (sí, sí, a veces declamaba la familia al completo). Pero cuando llegó l ahora de la verdad, dijo: Yo no pienso hacer eso en clase. Bueno, en cierto modo le comprendo.

Sin embargo, mis incursiones teatrales no terminaron ahí. Una vez que se le coge el gustillo…

Todo empezó –o continuó- el día en que Miguel llegó a mi dormitorio con una pelota como proyectil, apuntándome amenazador. Entonces salió la actriz que llevo dentro, y, con cara de pánico y unos gritos desgarradores, comencé a suplicar “NO, NO, POR FAVOR, ¡¡¡SOCORRO!!”, mientras me llevaba las manos a la cabeza, y comenzaba a correr. Miguel corrió detrás de mí riendo a carcajadas  y blandiendo la pelota hasta acorralarme contra la cama , donde no tuve otra defensa que agazaparme escudándome con una almohada. Entonces el pequeño atacante se apiadó, incluso se preocupó, soltó la pelota, y vino a abrazarme. Él se lo pide todo, héroe y villano.

Bien, pues mi interpretación fue tan grandiosa, que ahora TODAS las tardes, cuando llego a casa y me cambio de ropa, llega mi público intruso, que ya casi se ha convertido en fan, y me dice “Mamá, coge la almohada y di No, No, Pol Favol”. De modo que no me ha quedado más remedio que mejorar mi capacidad interpretativa. Porque no es lo mismo actuar cuando en un momento gamberro te sale de dentro, que por obligación cada día. El hecho de hacerlo bien siempre es lo que distingue a un aficionado de un verdadero profesional. Pero volviendo al tema de antes, eso de que los niños envejecen, pues eso, que no: hace unos años yo era demasiado mayor para estas cosas. Acabo de autodemostrármelo empíricamente.

Y de lo de hacer una discoteca en el salón y quitarse los zapatos lanzándolos por los aires para bailar mejor, hablaremos otro día…