En la caja de música

Mira que soy despistada, y mira que pierdo cosas.                                                                  – qué te voy a decir a ti, que tanto me conoces-                                                                   Pero nunca tus cariños, ni los lejanos.                                                                               Estoy hecha con ellos.

A veces, insospechados, se esconden,                                                                                       y bailan en una caja de música.

Y qué sorpresa encontrarte                                                                                                           al abrir la tapa.

Oda a la inutilidad.

Mi hijo me preguntaba el otro día, mamá, ¿por qué cantas? Porque cantar me hace feliz.

Esa es la respuesta que da sentido. La única. La única que he sido capaz de encontrar. Y la única que importa. Para todo.  

Lo que me hace feliz es lo que me convierte en quien soy, es lo que me da coherencia, es lo que me define, es lo que hace dar lo mejor de mí, lo que me impulsa a ser mejor.

Las elecciones vitales que se argumentan con la utilidad son tan equivocadas, vacías, y carentes de sentido y coherencia como el propio argumento.  Sin embargo son las que encuentran una mayor comprensión.  Nuestro criterio de racionalidad va muchas veces unido al de utilidad. La racionalidad es relativa.

Algunas veces utilidad y corazón van de la mano. Pero igualmente, el impulso debería ser el segundo. Otras veces no, y  entonces aparece  el conflicto.  Hay que elegir. Y por tanto renunciar.   El sacrificio del corazón en aras de una utilidad, es un precio muy alto. Porque supone sacrificarse a sí mismo.  Supone dejar de contestar «porque me hace feliz, porque es lo que siento, porque es lo que soy, porque es en lo que creo» por cualquier otra respuesta.  Supone abandonarse, traicionarse. No hay peor traición.

Una flor en el balcón es inútil. Una sonrisa es inútil.  Jugar al escondite es inútil. La cosquillas son inútiles. Votar a los verdes es inútil. Inventar historias es inútil. La poesía es inútil. La música es inútil. Soñar es inútil.  El amor es inútil. Tener hijos es, además de inútil, absolutamente irracional. La vida es maravillosamente irracional. E inútil.   Y sin embargo, todo eso me hace feliz.

La dimensión paralela

No sé cuándo comencé a traspasar la frontera. Quizá cuando la pradera se convirtió en oficina.

No lo hacía de forma consciente, simplemente, de pronto, no estaba allí, en mi puesto. Dejaba de escuchar comentarios molestos, dejaba de hacer tareas monótonas, dejaba de ver rostros de expresión lectiva, dejaba de escuchar el hilo musical. Lo dejaba todo.

En mi dimensión paralela soy libre. Libre para estar en el lugar que quiero, con las personas que quiero, libre para elegir las melodías de mi cabeza, las palabras, y todo lo que elijo es bonito, y es en color, o en sepia, o en blanco y negro. Pero jamás es gris.

Sin embargo siempre hay algo que me hacía volver a la oficina, una sonrisa, un comentario cómplice, una mirada, un café… siempre algo bonito, las cosas que la convierten en pradera.

El día en que me di cuenta de que era más frecuente el tiempo que permanecía en mi dimensión paralela que aquello que me hacía volver de ella, supe que me tendría que ir.

Y no voy a echar de menos. Porque tengo esa suerte de escapar de las leyes del tiempo y el espacio, y podré volver a la pradera, ingrávida. Y cuando lo haga procuraré reírme fuerte, para que quienes no están acostumbrados a traspasar la frontera, puedan oírlo, y se den cuenta de que, aunque lo parezca, cuando miren hacia mi sitio, no estará vacío.

Es lo bueno de tener una dimensión paralela.

Más allá

Más Allá

«(El alma vuelve al cuerpo,
Se dirige a los ojos
Y choca.)- ¡Luz! Me invade
Todo mi ser. !Asombro!


Intacto aún,enorme,
Rodea el tiempo.Ruidos
Irrumpen. !Cómo saltan
sobre los amarillos


Todavía no agudos
de un sol hecho ternura
de rayo alboreado
Para estancia difusa,


Mientras va presentándose
Todas las consistencias
Que al disponerse en cosas
Me limitan, me centran!


¿Hubo un caos?Muy lejos
De su origen, me brinda
Por entre herbor de luz
Frescura en chispas.¡Día!


Una seguridad
Se extiende,cunde, manda.
El esplendor aploma
La insinuada mañana.


Y la mañana pesa,
Vibra sobre mis ojos,
Que volverán a ver
Lo extraordinario: todo.


Todo está concentrado
Por siglos de raíz
Dentro de este minuto,
Eterno y para mí.


Y sobre los instantes
Que pasan de continuo
Voy salvando el presente,
Eternidad en vilo.


Corre la sangre, corre
con fatal avidez.
A ciegas acumulo
Destino: quiero ser.


Ser, nada más. Y basta.
Es la absoluta dicha.
¡Con la esencia en silencio
Tanto se identifica!


¡Al azar de las suertes
Únicas de un tropel
Surgir entre los siglos,
Alzarse con el ser,


Y a la fuerza fundirse
con la sonoridad
Más tenaz: sí,sí,sí,
La palabra del mar!


Todo me comunica,
Vencedor, hecho mundo,
Su brío para ser
De verás real, en triunfo.


Soy, más, estoy. Respiro
Lo profundo es el aire.
La realidad me inventa,
Soy su leyenda.¡Salve!»

Jorge Guillén.

Cántico

Para Diana. Felicidades.


Vida inteligente

– Buenas tardes, señor

-Buenas tardes, ser de otro planeta. ¿Está usted de paso por aquí?

– Sí, lo de siempre, buscando vida inteligente, ya sabe …

– Ah! Perfecto, entonces supongo que querrá que yo sea tan amable de realizar una de esas encuestas…

– Sí, pero en forma de conversación se me hace menos arduo, si es que no tiene usted prisa. Ya sabe, los estadísticos siempre prefieren las respuestas estándar de A, B o C, siendo C no sabe no contesta, pero si dispone usted de un rato…

– Adelante.

– Empecemos por algo casual, ¿qué tal su día?

– Bien, muy bien. Por fin voy a comprar una vivienda. He estado en el banco y me han concedido una hipoteca a 27.563 años, por lo que puedo tener una casa y disponible suficiente para no tener que renunciar a ninguna comodidad.

– Caramba, 27.563 años… ¿qué esperanza de vida tienen ustedes aquí?

– Pues ahora mismo debe rondar los 75.

– Oh, ¿y no se ha planteado usted qué ocurrirá cuando usted muera?

– Verá, la trascendencia está en desuso en la sociedad actual, y yo soy un ateo muy de mi tiempo.

– Bien, ¿y con su hipoteca?

– ¿Eso? Bueno, la pagarán mis hijos, y los hijos de mis hijos, y así…. yo ahora mismo estoy pagando las deudas de parientes que fallecieron trescientos años atrás, es un sistema basado en la solidaridad intergeneracional.

– Solidaridad, eso debe ser lo que en otros planetas denominan timo piramidal, cuestiones de semántica… ¿Y no existe otra forma de conseguir una vivienda?

– Imposible. La vida está montada así. Es una práctica habitual, millones de personas no pueden estar equivocadas.

– Desde el desconocimiento y sin ánimo de juzgar, ¿no le parece a usted más racional una forma de vida que se ajuste a lo que uno tiene, sin necesidad de perjudicar a generaciones posteriores durante más de 27.000 años? Es cierto que el tiempo pasa volando, pero así en frío se me hace mucho. ¿No se da cuenta de que ese modelo no es sostenible?

– No sé,  hasta que no me ha hecho usted la pregunta no se me había ocurrido pensar que pudiera resultar extraño. Hoy funciona. Mañana dios dirá.

– Curioso ateísmo.  Debe tratarse entonces de mi mente extraterrestre, que no alcanza.

– O del choque cultural. Vaya usted a saber.

– De todos modos, creo que estoy curado de espanto. La última vez que me hablaron de solidaridad intergeneracional fue en un planeta que justificaba así la producción de residuos tóxicos que tardaban más de 100.000 años en dejar de resultar mortales, y escondían en agujeros bajo tierra.

– ¿Y por qué hacían eso?

– Porque de otro modo no eran capaces de generar energía suficiente para mantener las necesidades de sus vidas tal cual las habían montado. Las energías limpias no eran rentables.

– ¿Y no existían otras formas de poder vivir que no requirieran ese sacrificio?

– No, porque la vida estaba montada así, era una práctica habitual, y millones de personas no podían estar equivocadas. Entre cambiar de forma de vida o seguir con la misma y producir residuos mortales de forma exponencial optaron por lo segundo.  Cuando se les terminó el espacio para seguir cavando agujeros llenos de mierda, propusieron un acuerdo de Solidaridad interplanetaria. Pero se rechazó.

– Aprecio cierto grado de sarcasmo… No me negará que nuestra situación es de un nivel de irracionalidad mucho menor…

– Qué duda cabe. No obstante, y a pesar de lo grato de la charla, debo continuar mi camino, no se lo tome a mal pero llevo ya un buen rato perdiendo el tiempo. Fíjese, millones de años luz de distancia recorridos, y aún no he dado con vida inteligente.

– Va a ser verdad que están solos.

– Y tanto.