Almohada

Duermo abrazado a mi almohada desde que tengo memoria. No puedo conciliar el sueño de ninguna otra manera.  Un día me desperté sobresaltado pues noté que mi almohada respiraba. Me pellizqué varias veces,  pero ella seguía respirando. Entre mis brazos.

Pude sentirme el hombre más afortunado del mundo hasta que imaginé la reacción de mi mujer cuando la viera por la mañana.  Lleno de angustia le pedí a mi almohada que me abrazara un poco. Al fin y al cabo, yo llevaba haciéndolo toda la vida.

Sin libro propio

Acabo uno y empiezo otro. Compulsivamente. Llego a la última página y me entra el desasosiego.

Y ahora qué…

El autor termina su obra y a mí me deja solo. A quién voy a tener yo en la cabeza. A qué princesas, a qué amantes, a qué verdugo, a qué víctima, qué guerra, qué viaje, qué ensayo, qué vida.

Llego a la última línea y cierro la tapa con los ojos bien cerrados. A mi lado está el siguiente, preparado. Y sólo vuelvo a abrirlos para comenzar con su primera página:

Todo esfuerzo es poco si consigo seguir ignorando que en mi vida apenas hay escritas unas líneas. Y que ni siguiera en ellas soy yo el protagonista.