Invierno

No hace falta que me digas que es invierno
lo veo en la luz relente
de tus ojos
y en que ahora los encienden a las seis.
Y en la lana que le pica a las palabras
de tu boca,
y es que no te pusiste camiseta debajo.
Me lo gritan las hojas
que hace tanto tiempo que se me han caído
que ya no queda ni su rastro en el suelo.
Y por mucho que me arropo los oigo -sus gritos-
congelados entre los dedos de los pies.
Y sobre todo es invierno
porque si no fuera invierno
mi aliento no sería vapor y escarcha
-incomprensible y muda-
y te traería de vuelta
al lugar que ocupa el vidrio
-trémulo pero vidrio-
en tus ojos.

Puto frío.

  
(El otro invierno es sólo una estación, y su frío se quita con jerseys o con una copa de vino. Pero inevitablemente pensar en uno, el estacional, trae a la memoria el otro. Mas queda lejos, el otro. He encontrado una selección de poesías frías aquí)

Sin cigarro ni café.

El pasado viernes no hizo frío. Cuando salí de casa y vi el pavimento mojado me alegré profundamente. Porque cuando llueve suben las temperaturas. Y estoy cansada de pasar frío. Odio el frío. Pero el viernes el pavimento estaba mojado, y yo me alegré, porque la teoría se hizo práctica, y anduve hacia el metro fumando contenta, sin tener que esconder las manos ateridas en los bolsillos, y sin refugiar mi nariz del viento mirando al suelo.

Delante del Banesto había dos hombres, en la calle. Uno debajo de unos cartones, durmiendo todavía. Otro sentado a su lado. El que estaba despierto me llamó. Por favor, ¿no tendrás un cigarro? Claro, hombre.

Me acerqué, y mientras rebuscaba en el bolso la cajetilla me dijo ¿Sabes? Es que hasta que no me fumo un cigarro y me tomo un café por las mañanas no soy persona. Como yo, pensé…. ¿Pero dónde vas a estas horas? Pues ¡a trabajar! ¿Ahora? Claro, entro a las ocho, y ya llego tarde, porque..¿qué hora es? Las ocho menos diez. Lo sabía, qué tarde.

¿Fuego no tendrás? Y le di el mechero. Que tengas un buen día. Gracias, mientras no sea como el de ayer…. Y me habría apetecido que no hubieran sido las ocho menos diez, y haber salido de casa por una vez con tiempo, y que me hubiera contado cómo fue el día de ayer. Tomando un café. Así, junto con el cigarro, él habría terminado de ser persona. Y yo también.