Viajar tan lejos

Las imágenes se sucedían en la tele. No sé muy bien de qué hablaban. Me pasa a menudo, lo de mirar imágenes pero discriminar el sonido,  mirar imágenes en absoluto, sin contexto, porque sí. Y porque sí y sin contexto yo veía imágenes de monumentos familiares. No, eso es mentira. Lo que yo  veía japoneses alrededor de esos monumentos – veía lo que miraba-. No sé de qué demonios estarían hablando, o a santo de qué esas imágenes. Sólo los veía a ellos, los miraba fascinada. Tan pequeñitos, tan juntos, tan frágiles, con ese aire de ingenuidad y sorpresa, como si se dedicaran a descubrir maravillas, y en eso consistiera su vida, en descubrir maravillas, en sorprenderse, y en tomar fotografías. Las fotografías, sí y sobre todo. Todos con sus cámaras, haciendo fotos a un ritmo vertiginoso. Me preguntaba si serían fotos como un pellizco en forma de imagen, de los de no estás soñando, o como ayuda para hilar su narración del viaje a la vuelta, – si me concentro puedo escucharlos hablando japonés, y suena rápido, quedo, elegante y exótico,  me relaja,  me afloja la tensión del cuello, no sientes las piernas, no sientes los brazos, no sientes la cabeza, te pesan los párpados….- .

A la vuelta. En sus casas. Me pregunté cómo serían en sus casas, a la vuelta, en sus propias ciudades. Por eso tomé el avión, aunque no reconocería en voz alta ese por qué del viaje, tengo otros muchos motivos que verbalizar y que encajen en estructuras mentales normales: paisajes, cultura, monumentos, búsqueda de sorpresa y asombro…

Al aterrizar en Narita nos informan de que en Tokio hay 54 grados farenheit, y el cielo está cubierto. Tomo un taxi y discrimino edificios, coches, flora, fauna, luces y sonidos. Sólo veo japoneses. No me parecen tan pequeños, caminan seguros, sin ingenuidad y sin sorpresa. Pienso que me muero de ganas por escucharles hablar sin entender, sólo por el sonido. Intento reconocerlos en las imágenes de la tele. Me fijo bien. Todos llevan cámaras de fotos. Busco en la mochila el billete y confirmo la fecha de vuelta mientras constanto que he tenido que viajar tan lejos para saber que lo que se pierde es el asombro. Y que esa pérdida me duele como mía.

inexperta

Cambió una casa de cuatro paredes por una de dos brazos.

Con lo imprescindible en la maleta, determinada a vivir itinerante, lo abraza y se muda.

Sólo saca el cepillo de dientes, busca en él dónde dejarlo. Podría ser en el pecho.

O en la boca.

Errantum Lumen

Apareció una noche. Mi amigo Manu y yo habíamos salido a Las Vistillas y habíamos terminado tomando un pisco sour en un local con mucho diseño pero  muy frío en La Latina. Ese hombre, que probablemente habría llamado la atención en cualquier sitio, destacaba como iluminado por luces de neón en aquel peruano ultramoderno.

Manu, que es buen fisonomista, cayó pronto en quién hacía pensar. Gary Oldman. LLevaba perilla y pelo largo, camisa, y por motivos que quizá sean subjetivos y que no puedo descifrar, resultaba muy oscuro. Me di cuenta de que no era a Gary Oldman a quien me recordaba, sino a Drácula. Hablaba con gente en la barra, gente que iba y venía. Hablaba con gente pero estaba solo. También se acercó a hablar con nosotros. Se presentó como Errantum Lumen, famoso artista. «¿No me conocéis?, – dijo un poco indignado, -¡Buscad en Internet Errantum Lumen y sabréis quién soy!»

Errantum Lumen. La primera parte de ese nombre suyo sí parecía corresponderle. Pero sin embargo, me pareció contradictorio que una persona tan oscura se autodenominara lumen. Me pregunté cuándo habría perdido la luz y por qué. Además de faltarle luz le sobraba alcohol. Él tampoco debía tener acerca de ese punto la misma percepción que yo, porque aún nos pidió dinero para seguir bebiendo. Recuerdo que antes de irnos le deseé suerte y no le gustó. Supongo que le parecí condescendiente.

Lo estuve buscando por Internet, y aparte de un blog con pocas entradas, con algunas fotos fechadas hace años, no encontré nada más. Me decepcionó un poco,  porque en realidad, y ahora me doy cuenta,  quería encontrar otra cosa, la revelación de alguno de sus misterios, alguna señal que me hablara de la luz, o de la falta de ella, algo que colmara de alguna manera las expectativas que aquel misterioso personaje me había generado, y que no se quedara todo en un dipsómano excéntrico. Pero no encontré nada más.

Ayer lo vi al ir a entrar en el metro de Ópera.  Su visión me hizo detenerme para observarlo. Pelo largo, perilla, camisa,  una lata de cerveza,  el mismo halo de oscuridad y misterio, y el mismo poder de atracción. Y seguí observándolo mientras bajaba las escaleras del metro, pensando para mí misma,Errantum Lumen,  no me engañas con tus nombres,  eres quien pareces.

Volví a casa algo distinta. Reconocer a un vampiro otorga una extraña sensación de lucidez.

El cuento del chico, el río y el secreto.

Érase una vez un chico que vivía en un pueblo pequeño que a él no le gustaba, quizá porque era el suyo, o porque era pequeño, o porque se sentía extranjero. Se aburría, y algunas veces, para escapar de allí, jugaba a explorar en sus alrededores, buscando algo, quizá sólo el juego, quizá su lugar.

 Un día, en una de esas huidas, encontró un río. Le pareció hermoso, le pareció que el murmullo del agua decía cosas bonitas que sólo él podía comprender, y al asomarse, en el reflejo del agua, se descubrió a sí mismo. Como por una necesidad imperiosa de saber más sobre sí, se desnudó contemplando su imagen, y se sumergió en el agua, fundiéndose con ella, y el frío le hizo ser consciente de su cuerpo, de su piel, de cada uno de sus músculos, y sintió como si hasta ese día hubiera vivido abotargado, siguiendo las normas del pueblo, de su casa, de todo aquello que le producía hastío, y que jamás reflejaba su imagen.

Después del baño miró la hora, el tiempo había pasado tan deprisa. Se vistió corriendo, se secó el pelo con la camiseta, aún dio un rodeo hasta llegar a su casa ya seco, casi sudando, sin marcas de agua, ni de río, ni de sí mismo, pues todo ello había pasado a formar parte del más bonito de sus secretos.

Comenzó a acudir allí cada vez que tenía la oportunidad de ser invisible, y a la orilla hablaba con el murmullo del agua, y le contaba sus sueños, le decía que allí era feliz, que se iría de su casa y allí viviría, y se bañaría cada día, y cada día se asomaría para no olvidar su imagen, para no olvidar quién era.

 El río también era feliz, porque sentía que sus aguas tenían sentido en la medida en que daban forma al cuerpo de aquel chico, en que reflejaban su imagen, en que lo hacían feliz, y a fuerza de escuchar sueños aprendió a soñar también, y se soñó casa, se soñó eterno, se soñó siempre, se soñó real.

 Un día, el chico acudió al río con una mochila y un saco de dormir. Había decidido que era el momento. El río estaba tan contento que las aguas avanzaban torrenciales, brincando, contentas, y no eran ya susurro sino un estallido de espuma y júbilo. Y con tanto alboroto, el chico, al asomarse, no pudo ver su reflejo, sino un conjunto extraño de colores y formas. Y como no sabía quién era, sólo por los reflejos, se sintió perdido. Se desnudaba angustiado y se bañaba con frío y miedo, y sus ojos no brillaban. Porque aunque su pueblo no le gustara, era su pueblo, y echaba de menos su cama, pisar los caminos polvorientos. Y el haber llegado allí con mochila, con intención de quedarse, para descubrirse igual de perdido que siempre, hizo que de pronto el río le resultara extraño y hostil.

 El río, al sentir desde dentro la desdicha de aquel chico lleno de sueños, pensó primero que la desdicha se debía a su pasión desmedida. Y procuró calmar sus aguas, pero no pudo evitar las lágrimas, y tantas derramaba que sus aguas continuaban violentas y torrenciales. Sin embargo un día el río abrió los ojos y entendió. Aunque durante un tiempo había soñado ser casa, compañera, o  mujer, – una mujer, sí-, supo entonces que para él sería un río, y secreto, siempre. Un secreto siempre es un secreto, y sobre un río no se puede construir nada, ni una casa, ni unos sueños, ni una vida. Ni sobre un secreto que será siempre secreto. Y ni todo el bullicio de sus aguas, ni toda su transparencia, ni su fuerza arrolladora harían feliz a ese chico. Ni al revés. Esos pequeños hombros jamás podrían soportar sus crecidas con las lluvias, y se abrasarían bajo el sol cuando la sequía evaporase el agua. Él no soportaría todo aquello, pues sólo amaba al río en tanto en cuanto había creído que éste le descubriría quién era él y cuál era su sitio. Retenerlo supondría pasar de ser un rincón de libertad para convertirse en celda. Y el río se sabía río, y secreto, pero cárcel no, cárcel jamás.

 Las aguas del río que había sido el más bonito secreto poco a poco comenzaron a transcurrir serenas, pero no volvieron a reflejar ninguna imagen, ni sus murmullos dijeron más, para que él pudiera marchar sin pena, como último gesto de amor hacia ese chico al que ya amaría siempre. Y los sueños se fueron alejando a nado, para desembocar en un afluente mayor hasta llegar al océano, dejando, mientras se alejaban, un dolor sordo.

El río con pintura de dedos y pinceles

Almohada

Duermo abrazado a mi almohada desde que tengo memoria. No puedo conciliar el sueño de ninguna otra manera.  Un día me desperté sobresaltado pues noté que mi almohada respiraba. Me pellizqué varias veces,  pero ella seguía respirando. Entre mis brazos.

Pude sentirme el hombre más afortunado del mundo hasta que imaginé la reacción de mi mujer cuando la viera por la mañana.  Lleno de angustia le pedí a mi almohada que me abrazara un poco. Al fin y al cabo, yo llevaba haciéndolo toda la vida.