Relato: El transformador.

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Una vez conocí a un hombre que se pasó cuatro meses encerrado en el baño de un bar. Nadie lo había visto antes. Antes de entrar ya avisó: «tardaré un poco».

Al principio, le llevaban comida, lo saludaban por las mañanas, y se despedían de él por las noches. Pero con el transcurso del tiempo,  el hombre cayó en el olvido. Y el baño, a fuerza de no poder ser usado, cayó también en él.

Pasados cuatro meses, largos como cuatro años, y para asombro de todos lo que allí estábamos, se oyó un ruido en la pared, y se abrió una puerta. Pero, ¿desde cuándo había allí una puerta? Dicen que era donde estaba antiguamente el baño.

Salió de allí un hombre. «Listo, he terminado». Era el mismo que entró tiempo atrás, pero con barba. Llevaba un maletín. Y una camiseta blanca, manchada de pintura. Pronto se arremolinó todo el mundo alrededor de la puerta, y se asomaron . Allí ya no había un baño. Había océanos con sirenas y sus cantos, y peces felices que bailaban a su lado; olas amigas que hacían cosquillas en la tripa a unos barquitos de papel, que navegaban sin mojarse, y sin hundirse, siempre hacia delante. Había verdes praderas llenas de flores, niños que jugaban bajo un arco iris sin lluvia. Había príncipes y princesas, a lomos de valientes bicicletas. Y los pájaros revoloteaban por todo el baño, y hacían carreras con unas mariposas, que, juguetonas, al ver por fin la puerta abierta, se dispersaron por todo el pueblo, revoloteando entre los asombrados espectadores.

Entonces busqué con la mirada al creador y a su barba, antes de que se fuera para siempre. Para asir bien su imagen, y fijarla en el recuerdo. Porque supe que me había encontrado con un Transformador, una de esas personas que pasan por el mundo haciendo que éste nunca vuelva a ser igual. El Transformador no me vio, tenía tanto trabajo por hacer… Unos pocos pinceles para colorear la tristeza, y ponerla guapa y contenta, y dibujar la esperanza a su lado, y llevarlas de la mano, allá por donde fuera. En ese mundo que, según pisaba, dejaba de ser como era, para ser mejor.

Relato: Tomasa: sin nostalgia al telefonillo

 

Cuando era muy chico pasé la polio, y soy cojo desde entonces.
De chaval yo soñaba que corría cuando mis amigos soñaban que volaban. Pero para mí no ha sido nunca un drama. De hecho, el ser cojo de profesión tiene ciertas ventajas. Como el no tener que trabajar para ganarme el pan, porque me asignaron una pensión de invalidez. Y mis padres sus ahorros. Que tampoco es para tanto, digo yo. Ni la invalidez ni la pensión, ni los ahorros. Pero el caso es que tengo aquello que otros tanto desean: tiempo. Bueno, tiempo y una plaza de aparcamiento reservada única y exclusivamente para mí en la puerta de mi casa. Vamos, que en la placa azul aparece un guiñapo en silla de ruedas que no soy yo, pero una matrícula que sí es la de mi coche. ¿Qué más se le puede pedir a la vida siendo de Madrid, y viviendo en un barrio de zona azul?


Los días se hacen largos, pero tengo mis entretenimientos. Uno de mis favoritos es aparcar lejos de casa y quedarme mirando por la ventana mi suculenta plaza. En cuanto algún incauto osa ocuparla, llamo a la policía y a la grúa municipal. El ver la cara de un incauto cuando al ir a recoger su vehículo se encuentra el cepo en las ruedas, o mejor aún, el hueco, no tiene precio. Un día de estos la voy a diñar de un ataque de risa, y que Dios me perdone por este sentido del humor tan cabrón que tengo, pero yo de niño no pude llamar a telefonillos y salir corriendo, y eso deja trauma. Además, él mejor que nadie para entenderme, teniendo un humor, a mi juicio, tan parecido.

El caso es que dedico horas y horas a mirar por la ventana. Bueno, lo hacía hasta que un día de esos en que estaba yo tan entretenido, comprobando que todo estuviera en orden, cayó otro en la trampa. Le costó un mundo salir del coche. No era otro, era otra. Preñada. Vamos, como una mesa camilla. Reconozco que dudé antes de marcar, pero yo soy un tío constitucional por encima de todo, y no hago distinciones por motivos de sexo, raza o religión. Mientras realizaba la denuncia, vi que se metía en mi portal. ¿Qué iría a hacer? Conozco ya a casi todos los amigos y familiares de los vecinos de mi edificio.

 

Bajó al cabo de media hora. No le había dado tiempo a la grúa, pero los municipales habían colocado la receta y el cepo. Se montó en el coche con más torpeza incluso que al salir, y arrancó confiada. Eso es lo mejor. Se me saltó la lagrimilla de pura risa. Para grabarlo estuvo. Al cuarto intento salió del coche. Le costó mirar un rato hasta que se dio cuenta. Se recostó en el coche. Mujer, ya sé que es una putada, pero para esos gestos constreñidos tampoco será. La cosa iba a más. Cogió el móvil, y al cabo de un momento lo tiró al suelo. Se agachaba, se tocaba la panza, y se volvía agachar. Esto ya no debe ser cosa del enfado. Bueno, alguien parará, digo yo. A preguntarle, digo yo. Nadie. Es que tiene narices. Nadie. Si al final tendré que bajar yo. Hay que joderse con los cojos de espíritu.

  • Señora, ¿qué le pasa?
    – No me encuentro bien. Que a lo mejor es el disgusto, fíjese, he comprado el 2ºA, y venía para ver lo que me tienen que arreglar. Se figurará que me corre prisa, que necesito que esté listo cuanto antes. Y he dejado aquí el coche un momento, pero cuidado que son rápidos los municipales….
    – Señora, rápidos pero no lo suficiente. Es mi plaza, y yo tuve que aparcar lejos de aquí mi coche porque cuando vine alguien la estaba ocupando. Siempre igual. No, no era usted, descuide… ¿La llevo a algún sitio?
    – Tendré que coger un taxi, pero tengo que ir primero a un cajero, no sé dónde hay uno, he llamado a mi madre y para variar no lo coge… y es que duele, no me puedo mover, y me estoy poniendo más nerviosa de lo que ya estoy.

     

Al final terminé llevando a la gorda que sería mi vecina al hospital. Tampoco era la cosa tan urgente, que aún tardó 20 horas la criatura en nacer. Que lo sé porque me quedé allí. Para una cosa apasionante que me ocurre, no me la iba a perder. Por eso y porque no llegaba nadie más. La madre no se enteró hasta el día siguiente. No sé si es peor ser cojo o sordo. Y no hubo nadie más. La madre y yo. Ha sido un niño.

Desde entonces miro menos por la ventana. Es un demonio de crío, pero me gusta subirlo a mi casa, mientras la madre llega de trabajar. O sacarlo al parque. Total, será por tiempo. Me dice que le enseñe a Tomasa, la pierna tonta, que así la llama. Y se la enseño. Le digo unos días que fui un valiente soldado, que me lo hizo un enemigo en la guerra. Otras que cazando cocodrilos. Otras fue un tiburón mientras sacaba a una niña de su sucia bocaza. Aunque no me cree nada, el jodío. Me besa y me pinta soles, y unas caras que llama esmailis, pero yo de inglés no entiendo. Y ahora voy con la Tomasa pintada de soles, andando por la calle sin mirar con nostalgia los telefonillos. Y hay días en los que incluso sueño que vuelo. Que ya decía yo que lo de ser cojo no es para tanto, y que paso los días entretenidos.

 

902902902

 

Llevo dos días sin Internet en casa. De pronto se terminó. Y vive dios, que pago religiosamente las cuotas. Pero lo mejor es no cuestionarse. Ni cuestionar. Por no darse de bruces con un silencio sepulcral. Cuando algo así ocurre es mejor armarse de paciencia. Porque no es el primer problema que tengo con una empresa de suministros en general y de telefonía e Internet en particular. Y ya sé qué es lo que ocurre cuando uno llama al teléfono de atención al cliente. Que curiosamente es un 902. Tengo un amigo, amigo a su vez de teorías conspiratorias, que sostiene que estas compañías generan averías a propósito para incrementar los ingresos vía llamadas 902.

Yo quiero creer que eso es mucho suponer.

Sigamos, ya había marcado al 902 correspondiente.

Tuuuuuu tuuuuuu “Bienvenido al servicio de atención al cliente de Ya.com. En estos momentos todos nuestros operadores están ocupados. Por favor, manténgase a la espera, en unos instantes será atendido”. Bueno hasta ahora nada que no esperase. El día en que haya un operador desocupado a la primera buscaré la cámara. En cierto modo está bien un cierto tiempo de espera, como de unos veinte minutos escuchando la amable voz que amablemente me ruega que espere unos instantes. Porque cuando uno habla con el operador completamente encabronado se le ocurren más métodos de presión para que tu incidencia sea tratada con más premura. Claro, que esto mismo le debe pasar a todo el mundo. Por lo que, si los operadores han de tratar con clientes descontentos, y con los nervios crispados, entendería que en lugar de técnicos hubieran contratado psicólogos. Esto lo explicaría todo. La amabilidad infinita.

Y la completa incapacidad para resolver los problemas relacionados con el router.
Después de que Rubén haya mantenido tres conversaciones amables, ha obtenido siempre la misma respuesta: “Debería poderse resolver remotamente señor Martín, por lo que dejamos una incidencia abierta para que nuestros técnicos se hagan cargo.” Eso tras haberle hecho repetir una y otra vez (hasta tres concretamente, pero…. ¿no había ya una incidencia abierta?) el cómo dejó de funcionar, nuestro número de teléfono, el tiempo que llevamos siendo clientes, realizar las mismas comprobaciones y resetear el módem.


Lo que no saben ellos es que el señor Martín tiene bastante mejor carácter (y menos mala hostia) que la señora Lodín cuando está encabronada (que por si por lo leído hasta ahora no quedaba del todo claro aclaro: sí, está encabronada). Y que por muy argentino que sea mi interlocutor, y muy psicólogo y empático que se muestre, va a tener que escuchar, que para eso estoy pagando esa llamada al 902, todo este relato acerca de nuestra experiencia personal con su call center. Es muy libre de recetarme Tranxilium o Prozac antes de colgar.


Mientras tanto me llevaré mi word en mi pen (si es que al final uno termina aprendiendo inglés a huevos), para poder publicar esto mañana.

Desde el trabajo. Y ahora dejo ya el ordenador, y voy a intentar divertirme como cuando lo hacíamos antes de tener ADSL en casa. Un concursito de anuncios. O una peli. O… qué, pensando en lo único ¿no?

En fin, si alguna vez consiguen arreglar el problema cualquiera que sea, cosa que empiezo a poner en duda, a ver cómo reparan el daño moral que en esta casa vamos a sufrir debido al síndrome de abstinencia.

PS: Este post lo escribí hace un año, pero está de rabiosa actualidad. Mis padres llevan un mes sin Internet, y un amigo más de dos semanas. Seguro que saben de lo que hablo. De todas formas he decidido catalogar el post dentro de la categría «humor». Porque si no se toma uno así estas cosas termina con una úlcera. Y no merece la pena.

 

 

 

 

Relato: Larvas

Larvas.

 

Dicen que existe un insecto que para reproducirse, aguijonea a un gusano inyectándole un veneno que lo paraliza, pero no lo mata.

Después, el insecto introduce dentro e él sus larvas, y el gusano permanece vivo e inmóvil mientras éstas crecen, hasta que nacen.

Entonces es devorado por ellas.

1. La picadura

Fue un día de calor sofocante, y más sofocante incluso a las cuatro de la tarde. Lo seguía con la mirada sin escuchar lo que decía. Era clase de Anropología Social. Eran horas para el sueño, no para ir alerta. Pero cuando acabó la clase, cogió su portafolios, y salió del aula, mi sueño no salió con él. Se quedó enredado en mi pecho, y fue creciendo y creciendo.

2. Los efectos del veneno en el ser humano

Mi parálisis comenzó con torpeza de movimientos, siguió con inapetencia, y con una incapacidad mental que me impedía concentrarme en cualquier cosa que no fuera él. Y a la rabia que sentí por mi condición de alumna, y al odio inmenso hacia la fecha impresa en mi documento de identidad, como recuerdo continuo de mi desgracia, les siguió una tristeza infinita. La tristeza de quien conoce al comenzar una historia cuál va a ser su final.

3. Las larvas crecen en el gusano. El gusano se rebela.

Fui a revisar mi examen, presa de la ansiedad de luchar por mi vida, o de hacer frente al destino.

Me senté frente a él a solas. Un instante. Y la vida se fue apagando. El corazón dejó de latir, y sentí cómo la sangre dejaba de regar el cerebro. Pero antes de que mi cuerpo se desplomara, hice un último intento por sacarme esas dos palabras que estaban devorando mis entrañas.

Y frente a la mirada del atónito profesor, que recibía a una alumna de sobresaliente para revisar un examen, me escuché decir TE QUIERO.

4. Un antídoto.

Pu púm. Pu púm. Pu púm.

Escuché de nuevo el latido. Y la sangre regando el cerebro. Moví los dedos de las manos, y tras ellos pude moverme entera. Entonces arrastré hacia atrás la silla, levanté la mirada y me encontré con su sonrisa.

La tomé con las dos manos, y la coloqué con cuidado en el vacío que dejó aquello que se había quedado llenando ahora el despacho. Y con ella dentro no eché la vista atrás mientras salía.

 

Acerca de la Navidad

Hace un par de años, estando de vacaciones, Eva me llamó al móvil. Patri, tengo que darte una mala noticia. Se ha muerto la madre de Borja. No jodas! ¡Pero si estaba mejor! Ha sido una neumonía, el ciclo la dejó muy baja de defensas. Es por si le quieres llamar. La van a enterrar en Zaragoza, así que igual para el funeral ya estás de vuelta.

Por supuesto escogí la opción más cómoda, nunca sé qué decir en esos casos ¿qué se puede decir? Y le envié un sms, que con las letras me siento más segura. Pero no dejé de pensar en él esos días. Al menos llegué al funeral, y terminamos en una cervecería. Me encargué de decirle a mis compañeros que cuando la diñe, también querría que mi gente me recordara tomando cañas.

Borja es un compañero de trabajo. En la oficina charlamos poco. Ambos somos de pocas palabras. Al menos yo, cuando además de trabajo tengo el correo abierto, y un montón de cosas con las que distraerme. Dame un ordenador y me harás muda. Alguna vez hago algún comentario en alto, del estilo “seré idiota!”. No sé por qué me empeño en hacer públicos mis fracasos.

El caso es que el otro día, Borja me dijo que no le gustaban nada las Navidades, y que ojalá pasaran pronto. Yo normalmente suelo responder a los ataques antinavideños. Porque me fastidia la gente que va de moderna y antialegría, y toda esa campaña que hacen. Que si la exaltación al consumismo, que si la familia es una mierda, que si lo de reunirse por obligación… Me parece absurdo que en lugar de buscar motivos para ser feliz, se busquen excusas para no serlo. Pero en este caso me callé la puta boca.

¿A tí te gusta la Navidad?

Sí. Contesté.

Claro, tú tienes niños. Con niños todo es diferente.

Yo pensé que sí. Pero me remonté hasta la fecha en que no los tenía. Cuando era adolescente me encantaban. Salir en nochevieja hasta tarde, los amigos, la fiesta. Cuando mis padres se fueron a vivir a Lima viajábamos allí con ellos y los veía. Y cuando volvieron… bueno, las primeras vacaciones que pasaron habiendo vuelto yo ya estaba embarazada.

Pero el caso es que siempre me han gustado. Por mucho trasfondo melancólico que tengan.

Aunque Borja no me había explicado sus motivos, pensé que no era necesario. Yo lo entendía. Las fiestas sin su madre debían ser tristes. Pero entonces me preguntó que si quería saber por qué nunca le habían gustado. Y yo le dije que sí, mientras deseaba por favor que no me soltara un alegato anticonsumismo. No lo hizo. Me dijo que no le gustaban porque eran unas fechas en las que las personas eran o muy felices o muy desgraciadas. Y que nunca le habían gustado esos contrastes. Supongo que eso significa que tampoco le gustaron cuando era de los que se suponía debía ser muy feliz. Me recordó a cuando era niña y nos daban las notas, y nunca me alegraba por las mías, porque siempre tenía a alguna de mis amigas llorando junto a mí por las suyas y era necesaria la palmada en la espalda, el ya verás como recuperas, o el seguro que tus padres no te matan. Pero sobretodo recordé de dónde viene esa melancolía, que a pesar de la alegría, llena estas fiestas.

Una vez más me quedé sin palabras. Pero sí me quedé pensando si la solución sería que nadie fuera feliz, para evitar los contrastes. O si tal vez, lo que merezca la pena, sea intentar contagiar si no la felicidad, al menos algo de alegría.