¿Hay que preferir la intimidad al amor?

Esta mañana he estado leyendo y traduciendo el informe de Jean-Paul Galibert acerca del libro De l’intime, Loin du bruyant amour, Grasset, fév. 2013, de François Jullien. Dice algo así:

«¿Hace falta sacrificar los ritos y los mitos del amor o bien celebrar la posibilidad dulce y nueva que nos ofrece la intimidad?
El amor, sobre todo el verdadero, mantiene un discurso que se despliega entre una declaración y una ruptura. Todo parece dicho de inmediato en ese “te quiero”, idealmente recíproco, donde cada uno define al otro como su objeto exclusivo. ¿No veía Kant el matrimonio como un extraño contrato de propiedad mutua que sólo la reciprocidad distingue de la esclavitud? El amor es un romance de otro desde lejos, que fracasa muy frecuentemente allí donde la intimidad triunfa de inmediato.
Jullien no firma un libro contra el amor, sino sobre y por la intimidad, ese nexo perpetuo y por tanto nuevo, donde desaparecen las distancias. Porque lo íntimo –esa es la magia que le es propia- disipa las fronteras. En la intimidad, lo interior deja de oponerse a lo exterior como si hubiera una línea que separara para siempre a los protagonistas de las operaciones amorosas.
Tomar lo íntimo como objeto es ir -más allá del objeto, incluso del sujeto mismo-, a lo que hay dentro del sujeto, y a la vez lo une con el otro y le impide ser objeto. Porque lo íntimo es esta intensidad del interior que me convierte en cómplice del exterior, como si mis profundidades rimaran, y encontraran por fin y en sí mismas, la voz de un par y de un igual.
Como se ve, más que acumular el amor, se trata en el fondo, de dar a la moral su verdadero punto de partida. Tras el silencio de los antiguos acerca de la intimidad, un resbalón con respecto a lo íntimo desde dios hasta el hombre, ante la perspectiva al fin y al cabo, de vivir en pareja, Jullien da más que una verdad: da el sentido

Al leerlo, si bien me ha parecido que la reflexión que se realiza sobre la intimidad, o esa definición de intimidad, es la clave de la pareja, me resulta un tanto extraño que se hable de ello como algo separado o diferente del amor. Incluso el título del texto parece sugerir que son excluyentes, que hay que elegir entre una u otro.

Es cierto que puede existir el amor sin intimidad, entendida la intimidad como esa unión interior que acaba con la frontera que se percibe entre dos personas y que hace que uno se sienta dolorosamente solo, intimidad que otorga esa sensación de ser en otro más que de pertenecer a otro. Es cierto que un amor sin intimidad se trata de un amor de lejos, como un amor platónico muy a pesar del sexo, y de la cercanía física. Quieres a otra persona, conoces sus costumbres, deseas estar junto a ella, pero nunca desaparece esa frontera que separa ambos cuerpos y ambos individuos. Nunca. Y es cierto que es un amor que puede llegar a resultar muy frustrante y causar de una gran sensación de soledad. Y es cierto que esa forma de amor es enormemente frecuente.

Y también creo que es posible el tener intimidad y ausencia de sensación de separatidad entre dos personas que no impliquen un amor de pareja, ni una vida en pareja. Sino un amor de amistad.

Lo que sí creo es que, no sé si el verdadero amor (en palabras de Galibert -porque supongo que verdaderos son todos, aunque unos resulten satisfactorios, otros frustrantes, unos duren siempre y otros caduquen…- ), pero sí el amor deseable, el óptimo, el que une esencias además de existencias,  el que comprende, el que engrandece, el que es sólido, el que es siempre, el que es uno…  necesariamente implica intimidad. Es decir, que lo que me ha resultado quizás artificial es ese tratamiento de amor e intimidad como dos hechos distintos, independientes, excluyentes incluso. Puede que los traten de esa forma de cara a una mejor comprensión, algo así como siguiendo un criterio pedagógico. Pero yo creo que el sentido, el óptimo, lo deseable, lo ideal y sin embargo alcanzable en cuanto a vida en pareja, tiene mucho que ver con una interrelación difícil de desligar entre el amor y la intimidad.

Primera vez

Porque cuando me miras por primera vez
vivo por vez primera.

Literalmente me refiero
a la primera puesta de sol
al mar por primera vez
a meterme en la boca el primer puñado de nieve
al primer café.
Me refiero a la primera risa,
que arranca en el origen
y llega hasta el final.
Me refiero a tus primeros labios.

Sí.
Estoy hablando de la sorpresa, de la emoción. De la
inocencia de la vida primera.
Del aquí y el ahora
puro porque no tiene un antes.
Ni un después.
Existe.
Hablo de una gratitud que desborda
mi cuerpo pequeño
estremecido de belleza,
bonito porque lo miras
por primera vez.
Y lo ves.

Por todo eso
sé que la primera vez
no es un ordinal sino un estado de ánimo
del amor nuestro,
y golpes de conciencia nos regala el
espectáculo de la vida primera.

Memoria gráfica: Plaza de España-Sol, 23N

Vana exposición de motivos

Ayer estuve una hora delante del ordenador sin ser capaz de escribir una sola línea. Tal y como temía no se trata de una falta de tiempo o de espacio. Creo que he desarrollado una aversión al yo.

Una vez consciente de mi derrota en el ejercicio de la honestidad, me dediqué, en un intento de acercamiento al teclado  -cada día más hostil-, a continuar con un relato de ficción como resultado de mi contexto y la lectura de Plenilunio. Pero lo cierto es que cuanto menos escribo más me cuesta.

El otro día, en el programa de Torres y Reyes, le dieron cinco minutos al filósofo José Antonio Marina para hablar de educación y neurociencia, y el tipo vino a decir que en la medida en que nosotros somos pensamiento, y que el pensamiento se instrumenta con el lenguaje, cuanto mejor sea nuestro manejo y dominio del lenguaje, más capaces seremos de desenredar nuestros pensamientos  y de traducirlos en palabras precisas, y así comprendernos nosotros mismos, y poder traducirnos a los demás también. Comprendernos, comprender y que nos comprendan.

Eso es algo sobre lo que me había hecho pensar de manera explícita Vigotsky cuando hace un par de años me puse a estudiar Teorías, pero que ya previamente había intuido: recuerdo mi curiosidad sobre cómo pensarían los sordos si a esa voz interior le faltan las palabras, a través de qué instrumentan ellos su pensamiento. Pero también, intuitivamente, cuando hace unos años me puse a escribir reflexiones y pensamientos personales, y al cabo del tiempo me di cuenta en uno de esos momentos en los que se para uno a pensar ¿por qué escribo? Y una de las respuestas, aunque no sea LA RESPUESTA, es que me había dado cuenta de que resultaba terapéutico. A través de la escritura realizaba en realidad un análisis acerca de mi forma de ver las cosas, de sentirlas, y de sus por qués.  Y volví a pensar en ello a cuenta del neurocientífico y su speach de cinco minutos el otro día, y a raíz de eso he vuelto a reflexionar acerca del por qué ya no escribo. O de la conveniencia de volver a hacerlo.

Volviendo a la escritura como terapia aunque no sé muy bien por qué ocurre -la sanación-, pero lo cierto es que ocurre. Y es que el desentrañar el pensamiento y las emociones, el convertir ese indescrifrable que hay por ahí dentro  (que gruñe, que araña, invisible e informe, abstracto pero real), en palabras precisas que lo delimitan, le dan forma, lo concretan, lo dimensionan, y a través de ellas verlo desde fuera, con una distancia, es terapéutico. Un terapia psicológica supongo que es algo así. Pero no se recurre al lenguaje escrito sino al oral, con un terapeuta que está enfrente, y que se encarga de estimular y propiciar el análisis, y de dirigir las interpretaciones, y reconducir las destructivas a constructivas. Y me di cuenta de que hacer el ejercicio de tratar de poner en palabras aquello que de alguna manera me había afectado en el día, para bien o para mal, me servía. Porque muchas veces, algo me había dejado con una sensación molesta, o sin energías, o al revés, maravillada y feliz, aunque aparentemente no existiera ninguna explicación ni para una cosa ni para otra:  ¿por qué este hecho me ha tocado? Y muchas veces me ponía a escribir sin entenderlo. Pero haciendo el ejercicio de analizarlo, de ir un poco más adentro, de buscar los porqués, de convertir ese malestar informe o esa felicidad inexplicable en palabras escritas, me obligaba a estructurar y ordenar las ideas. Y hacerlo me iluminaba. Porque es más sencillo enfrentarse a algo conocido que a lo desconocido. Porque es más sencillo enfrentarse a algo cuando tiene un contorno definido que cuando lo ocupa todo. Porque si se conoce por qué se produce un dolor es más sencillo evitarlo o contrarrestarlo, y si se conoce el tipo de dolor es más sencillo curarlo, buscarle la medicina adecuada. Porque si se conoce el origen de la felicidad es más sencillo conservarla, recuperarla. Y porque, una vez reconocido el pensamiento o el sentimiento, una vez que se identifica y se limita, sacarlo fuera ayuda a tomar una distancia, y compartirlo a sentirse menos solo e indefenso.

Y yo lo reconozco, que aunque el entendimiento total, ese que se adquiere y ya es válido para siempre, para cualquier circunstancia, sea imposible, yo necesito entender. Hacer el esfuerzo. Al menos un entendimiento fragmentado y efímero, uno que me sirva para hoy. Aunque mañana tenga que construirlo y entenderlo de nuevo. Aunque sea cansado necesito entender. Y a lo mejor por eso soy tan pesada y tan desarrolladora de teorías. Que sobre cualquier tema termino elaborando una tesis, como si tuviera que andar explicándolo todo, como si lo supiera. Y no, no diserto para explicar condescendientemente a mi interlocutor, que casi siempre eres tú, diserto para comprender yo misma, para comprenderme yo misma, para reafirmarme yo misma. No estoy pretendiendo iluminar, estoy buscando. Siempre buscando. Y a veces las reafirmo, y otras tengo que admitir que lo que valió un día ya no, incluso que pude haber llegado a ser una completa estúpida. Y aunque lo intento no logro encajar mis pequeñas comprensiones o explicaciones fragmentadas en una comprensión global. Al final voy por la vida intuyendo luces, con muy pocas certezas, y un bastón blanco que no siempre me sirve para no ver los agujeros.

Lo que todo eso no explica es el por qué reflexionar en público. Escribir y que se lea. Pues por aquí también podría ponerme muy racional, y extenderme acerca de las necesidades de comunicación. O sobre la grandiosa paradoja del placer que se encuentra en el creerse único en el sentir y en el hallar un porqué a ese sentir, y en las palabras elegidas al efecto, para después sentir placer también al darse uno cuenta de que no se es único, es decir solo, y saber que hay otras personas que sienten de la misma forma, que se han sentido identificadas, que han estado en el mismo lugar que uno. Que yo. Con otras palabras. Sin palabras incluso. O quizás no sea nada de esto y estemos hablando de una mera cuestión de vanidad.

Y todo este razonamiento para qué, para que el otro día me sugirieras buscarme un lugar, un espacio, un tiempo, porque últimamente escribía menos, y terminaras con ese los pájaros tienen que volar. Tanta explicación, tanta racionalidad, tanto análisis y tanta tesis para darme de bruces con la esencia. ¿Por qué un pájaro vuela? Pues porque los pájaros son seres que vuelan. Y no hay ningún otro por qué, o muchos más pero todos pasan por el POR QUÉ. ¿Que por qué escribir? ¿Por qué escribo? Podría alegar que por terapia, por entretenimiento, por conocimiento, como forma de comunicación, por vanidad. Pero aunque todas ellas podrían ser la respuesta, ninguna es LA RESPUESTA. La respuesta me la recordaste el otro día. Porque yo soy un ser que escribe. Y por eso escribo.

¿El pájaro canta porque es feliz o es feliz porque canta?

 

Lo que soy

Hoy ha sonado el despertador y era de noche.
Lo sé porque estaba oscuro
y nunca bajo las persianas.
No me parece natural levantarme de la cama sin ver la luz del día,
amaneciente al menos.
No me parece natural y no lo es,
porque yo soy la mujer que ama despertar con la luz del día.
Pero hoy ha sonado la alarma
y era de noche.
Y con esa noche se ha cerrado la puerta de casa. Y he tomado café. Y esperado el transporte escolar.
Y conducido junto a mil millones de coches hasta llegar al trabajo en un atentado contra mí misma.
Con esa noche.

Pienso en lo que permanece. Es poco.
Tantas canciones y libros,
y actitudes y personas
y emociones que un día estuvieron pero ya no,
porque no son.
Pero mira que pasaron años de persianas bajadas
y sin embargo no he dejado de amar la luz al abrir los ojos.
En la permanencia soy.

Soy la que se pone introspectiva cuando viaja en coche
y después se duerme.
La que siente debilidad por los acordes menores
y los compases ternarios.
La que se dispersa con la misma intensidad con que se concentra.
La que odia los espárragos blancos.
La que necesita hacer muchas cosas y deprisa,
como si la vida se fuera a acabar mañana,
y la de sentir lento e intenso.
La desarrolladora de teorías.
La de la risa. La de la sonrisa.
La del temblor en el labio antes de llorar.
La que no espera colas.
La de la avidez.
Y las bebidas, las comidas y las duchas me gustan muy frías o muy calientes, jamás tibias. La vida tampoco.
La de la mirada.
La que se rebela contra los espacios cerrados y se
inventa puertas de emergencia en situaciones sin salida.
La que pierde la noción del tiempo cuando lee. Y cuando escribe.
Y cuando siente.
La independiente y la del yo solita.
La de las manos pequeñas y heladas. La que desea ser piel roja
y wacan.

Pienso en ti. Y en tu permanencia
antes incluso de haber existido.
Pienso en los momentos en los que se me ha ido revelando
que yo soy la mujer que te ama.
Pero no ahora, siempre.
Y siempre es siempre,
antes incluso de conocerte.
Lo que quiero decir es que antes de saber que te amaba
ya te amaba.
Y en tu permanencia
el prodigio de identificarme en tí,
de reconocerme en tí,
de serme en ti completamente yo.
Por eso si alguna vez te miro y no te veo
la soledad es devastadora,
soledad de huérfano,
de las demás permanencias.
Y devastador también el miedo a perderlas:
qué va a ser de mí si no soy.

Entonces suena el despertador y es de noche.
Y es un atentado contra mí misma
que me levante de la cama de noche
porque soy la mujer que ama abrir los ojos con la luz del día.
Y en ese atentado contra mí misma está el milagro de la permanencia:
yo sigo siendo yo.
Incluso aunque en un momento no te vea,
incluso y a pesar de la soledad,
y del miedo,
está el siempre del ser,
y ese ser es sagrado en mi orden del mundo.
Y yo soy,
-por encima y además de mis otras permanencias-
la mujer que te ama.