Un día

Ayer salí de casa un poco tarde. Dejé antes la cena preparada y la lavadora tendida. Como si se tratara de una compensación. También fui a pagar el garaje, pero el cajero no me quiso dar dinero, así que solo pude ir a pagar la academia, donde sí pagan impuestos y aceptan tarjetas. En el metro estuve jugando con el teléfono. Me había llevado un libro de los que tengo a medias, el ensayo sobre novela, pero estoy demasiado dispersa. Me dedico a buscar la ruta para saber en qué estación me viene mejor bajarme, si en Lavapiés o en Embajadores. Aunque hay poca cobertura consigo enterarme de que es mejor en la segunda.

Al salir del metro tengo esa conocida sensación de encontrarme en aquel lugar por primera vez, aunque el supermercado que hace esquina me resulta familiar, y entonces me acuerdo del concierto, y que habíamos estado allí hacía escasas dos semanas.

Como llego con algo de tiempo vuelvo a intentar sacar dinero. En tres cajeros. No lo consigo en ninguno. Pienso en pagar con tarjeta. Entro en la Casa Encendida intentando no ver nada, así que me dirijo a la cafetería mirando al suelo. Al llegar me doy cuenta de que lo más probable es que allí no pueda pagar con tarjeta, y menos un solo café, así que afronto el hecho de que el mismo día que conozco a mi profesor tendré que confesarle que solo tengo un euro y medio -en monedas de cincuenta céntimos- en el bolsillo. Como dudo que con eso pueda llegar a pagar nada, me siento en una  mesa sin consumir y vuelvo a jugar con el teléfono. Leo una conversación del grupo del equipo de fútbol de mi hijo en la que los padres discuten acerca del hotel en el que se alojarán en el torneo de semana santa. Se debate entre que lo hagan en unos bungalows de cinco personas, que es la opción batallera y barata, o hacerlo en un hotel en habitaciones de dos, en régimen de pensión completa. Algunos padres dicen que prefieren la opción en la que los niños estén más controlados, otros padres dicen que a los niños les hace ilusión el bungalow. El entrenador claramente prefiere el hotel. Como suele ser habitual en ese grupo, yo solo leo pero no digo nada. En otro grupo que se llama “familia”, el padre de mi hijo le pregunta a mi hijo por los deberes que yo le he mandado. Posiblemente esa conversación telefónica la estén manteniendo estando ambos en la misma casa, puede que incluso en la misma habitación.

Enseguida llega mi profesor. Parece más joven en persona. Yo creo que parezco más vieja. Como presentación le digo que no tengo dinero para pagar el café, así que me invita él. Charlamos sobre las trayectorias profesionales. Charlamos sobre edición. Pasamos de puntillas sobre el libro porque me da bastante vergüenza, y porque además ya lo considero un capítulo cerrado y terminado, pero sí que me extiendo sobre los dos proyectos que tenemos ahora, que me hacen más ilusión. Hablamos un poco de enseñanza. Me cuenta que a veces tiene crisis y le dice a su mujer que qué demonios está haciendo preparando a personas para ser docentes, una profesión con tan pocos momentos gratificantes. Me dice que a pesar de todo lo mejor son los alumnos, y lo peor los compañeros, peor incluso que los padres. Charlamos de literatura y me apunto un par de sugerencias. Al despedirnos se ofrece para ayudar si en algún momento necesitamos algo, que todo lo que sea leer y corregir le gusta. Le amenazo con tomarle la palabra.

A la vuelta casi me paso de estación porque me dedico a explicarle a mi hijo con un mensaje qué es la diglosia. Pienso que desde que existen los teléfonos el mundo es un lugar peor. Me vuelvo a acordar del momento de la comida, con mi hijo mayor. Le obligo a no mirar el móvil y él me echa en cara que de todos modos le obligo a ver el telediario, y que qué diferencia hay. Le digo que por mí apagamos la tele, y me dice que no -peor que el telediario es el silencio y tener que combatirlo charlando-. Yo tampoco tengo ganas de hablar. Ni de discutir. No le gusta la comida. En cuanto bajo la guardia vuelve a coger el teléfono. Yo entonces cojo el mío. A tomar por culo, pues comemos los dos solos. En cuanto acabo me levanto y me voy a estudiar. En realidad el teléfono es como la tele, un recurso más para poder estar solos, o para poder estar en un lugar diferente o con otras personas distintas.

Antes de volver a casa entro al supermercado, para comprar zumo y detergente. Creo que también es un acto compensatorio. Hay una cola de diez millones de personas, pero considero que no puedo volver a casa sin la compra dado que me he largado a tomar un café. Al llegar a casa están con el cuento de antes de ir a la cama, así que voy corriendo al ordenador para terminar un tema del trabajo que había dejado pendiente antes de irme. Termino y me pongo a preparar la cena. A pesar del ruido de las sartenes, de los cubiertos, de la campana extractora y de la tele de fondo, hay silencio. Me pregunto si también es compensatorio. De todos modos tampoco soy capaz de romperlo.  Después de cenar termino un relato de Susan Sontag, uno en el que su protagonista se construye un doble para que vaya a trabajar por él y atienda a su mujer y a sus hijas. Empiezo el siguiente, que va de una especie de secta o de organización, y que tiene pinta de tener un fondo bastante distópico, al igual que el anterior. Me quedo dormida. Al irme a la cama me fijo en que la persiana está bajada.

 

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4 comentarios sobre “Un día

  1. He estado tentado de no comentar. Por el tiempo, porque lo ganarias, y más tranquilidad y mañana será otro día. Feliz y con todo lo demás. Pero quería saludarte, que hace tiempo que no te saludo. Eso, un abrazo.

    1. Hola Eladio, gracias por ese saludo. Yo ya estuve leyendo tus propósitos creativos. ya te echaba de menos. Pero como soy más seca, no dije nada de lo que pensaba. Un abrazo!

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