puntualizaciones al camino de vuelta

Lo que pasa cuando escribo en horas de trabajo, cuando he terminado deprisa para poder robarle un rato al lugar donde estoy sola y a veces tranquila, es que no me da tiempo a pensar lo suficiente ni a veces siquiera a releer, y mientras iba de camino al cole a recoger a miguel para llevarlo al entreno me di cuenta de que no lo había contado todo, y que además lo que había contado lo había contado mal.

Lo voy a intentar ahora, antes de que se me olvide, porque esto además de un refugio es un protector de memoria, aunque en casa ni estoy sola ni tranquila, y en estos cinco minutos miguel, que al final no ha ido a entrenar porque le dolía la tripa, ya me ha llamado dos veces para ayudarle con la ficha de lectura, y dentro de media hora llegas tú, y después yoga, y la cena, y…. déjalo ya, calabaza.

Pues eso, que de camino al cole me acordé de que también iba pensando en que quizás debería haber sido más prudente a la hora de expresar mis críticas, porque tampoco soy ninguna experta, y si estoy empezando a ir a conciertos es ahora. También pensé que me gustan más los conciertos que los festivales. A los conciertos va una mayor proporción de gente interesada en la música que van a escuchar, pero a los pocos festivales a los que he ido, hay mucha más gente que va por la fiesta, para la que la música es secundaria,  y dan por saco. A mí al menos me distraen, me enfadan. Joder, si la música no les interesa les saldría más barato ir a emborracharse y a ponerse de coca hasta las cejas, a bailar dando golpes y, lo peor, a hablar a voces, a una discoteca, o a su puta casa (¿lo ves? me enfadan). La única ventaja que tiene para mí un festival frente a un concierto, es que me da la oportunidad de descubrir música que no conocía. Es posible que esto sí lo compartiera contigo, pero no lo siguiente. Lo siguiente que pensé es que quizás pienso así porque tengo treinta y siete años y no veinte, y la edad se va haciendo notar por muy joven que me siga creyendo. Y yo, en mi veintena, no fui a festivales ni a conciertos, porque mi casa olía a leche y a cereales, y en mis noches de viernes y sábado y en todas las demás, contaba cuentos, y preparaba biberones, y me acordé del tacto caliente de la piel recién estrenada en mi pecho y en mis manos, y aunque quizás en ese momento no tuviera perspectiva para valorarlo lo suficiente, en el coche de pronto me llegó esa sensación caliente e intensa, tan intensa que casi no cabe en la tripa, que casi tienes que gritar ah, porque no cabe, y pensé en la suerte que tuve de que llegaran en ese momento, tan pronto y sin avisar, y que no cambiaría esas noches por nada. Ni los días. Ni a ellos. Hay pocas experiencias tan intensas y tan absolutas. Son un absoluto, y mira que hay pocos. Ahora tenemos la oportunidad de irnos descubriendo los tres, y de ir probando el mundo los tres. Los cuatro. Los cinco. Los dos. Algo de ventaja les llevamos. Pero tampoco tanta.

Y también, que cuando escribí antes acerca de las causalidades, no me refería a haber puesto Sil fono, esa es una causalidad pequeña. Me refiero, por ejemplo, a las causalidades como que nos enamoráramos, a que no paremos de probar y de descubrir nuestras posibilidades, a la curiosidad, a ese probar a vivir de una forma con la que por fin nos identificamos, aunque a ojos ajenos estemos un poco locos, a sentirnos un poco más ubicados, al menos a ratos, o a esos pocos amigos, tan poco al uso pero en los que nos reconocemos tanto, y que han aparecido entre todos los millones de personas que pueblan el planeta tierra, y no nos hemos ido encontrado por casualidad sino porque nos buscábamos. No ha sido una conjunción de astros, sino el resultado de la búsqueda de unos mínimos seres que no son más que una chispa imperceptible en el tiempo cósmico, que con su búsqueda han conseguido que fuera el universo el que se alineara para que se produjera el encuentro, porque si no nos hubiéramos buscado, incluso sin saberlo, no nos habríamos encontrado. Jamás. Y por eso el otro día, cuando veía a pablo tan aburrido y le pregunté que qué más cosas le gustaría hacer además de jugar, y me dijo que tocar más música, le dije que por qué no buscaba algún grupo que necesitara batería, alguno con gente joven, además ahora ya podía entrar en salas de conciertos si surgía, y me contestó que no, que le daba vergüenza, que le gustaría que a sus compañeros les gustase y montar un grupo con ellos, ya, como los beatles, o como u2, pero no todo el mundo tiene a su gente al lado. Yo conocí a eme en internet, y a chema, y a víctor y a ana, y a carmen. No esperes a que sea la suerte la que coloque a alguien como tú a tu lado, no lo dejes todo al azar. Busca, dirige los pasos, sal ahí fuera, y si no es a la primera será a la segunda, y si no a la tercera, y si no a la quinta, pero no dejes de buscar, porque no estás solo, tampoco querías probar con el grupo de batucada y ahora tocas seis horas con ellos a la semana, y de lo que haces, es lo que más te apasiona…

Y creo que más o menos, eso era. Contado a trompicones y sin releer. Pero ya no se me olvida.

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el camino de vuelta

En el camino de vuelta estuve más callada todavía. Intenté mantenerme activa, y en lugar de dejar la música en aleatorio -como suelo- puse Ser brigada como canción de despedida, y como una de esas declaraciones de intenciones que parece que van a durar siempre hasta que llegan los lunes y las obligaciones que van en contra de mi ser caótico, y me arrastran al suelo, del que intento despegar y al que trato de sujetarme a partes iguales.

Después dejé Valiente, porque saltó antes de poder cambiar de disco y odio cambiar un tema cuando está a medias, salvo que el odio hacia el tema sea mayor que el odio a dejarlo a medias, y te puse Sil Fono, que era el tema que estabas deseando que tocaran la noche anterior y no tocaron aunque hubiéramos ido hasta Granada para oírlo, y que probablemente tocarían ayer, mucho mejor, y al lado de casa, pero no pudimos estar. Es una cosa que nos pasa bastante. Lo difícil se nos da mejor que lo sencillo. Además fue una forma de decirte que, aunque discutiéramos ayer porque a mí me pareció que el grupo tuvo fallos, y sí, califiqué su puesta en escena inicial como pretenciosa, y a ti te sentó como si te hubiera tildado de pretencioso a ti mismo,  te sigo queriendo y te escucho cuando hablas, y también me sigue gustando Sil Fono aunque piense que ayer la puesta en escena fuera pretenciosa en el contexto de ayer.  Y cuando la oíste me preguntaste que si tenía puesto el modo aleatorio. No. Por supuesto que no. Aleatoriamente es prácticamente imposible que hubiera comenzado con Ser Brigada, después por Valiente y por último Sil Fono. Si hubiera ocurrido por casualidad habría resultado muy mágico, desde luego. Entonces me puse a pensar que las cosas que suceden por causalidad son también muy mágicas. Incluso a veces hasta más. Porque cuando algo ocurre como consecuencia de uno mismo, ese darse cuenta de que los propios deseos, convertidos en acciones, pueden dar lugar a resultados bonitos, es tremendamente mágico. Se trata de esos momentos en los que uno piensa, sólo soy una gota en el océano, una pequeña e insignificante chispa de vida que apenas dura unos segundos, pero he tenido el poder de que ocurriera algo maravilloso, he influido y contribuido a que ocurriera. A veces lo hacemos de forma consciente y voluntaria, pero otras veces ocurren cosas que parecen casuales y no lo son, las hemos provocado nosotros, sólo por ser lo que somos, y sólo nos damos cuenta después. Y me parece que es bastante más sorprendente eso a que un día se alineen los astros y manden señales, o hagan que el reproductor elija justo la canción adecuada para el momento preciso de manera aleatoria. Los astros, la suerte, las leyes físicas y el universo en su conjunto son mucho más poderosos que una persona, es natural que sean capaces de hacer magia y poesía.

Empecé a pensar en eso casi sin darme cuenta, y casi sin darme cuenta pasé a un estado de semi-inconsciencia. Dormida del todo no estuve porque recuerdo tener un recuerdo claro de cada canción que iba sonando, ya sí, en orden aleatorio. Pero en mi cabeza sólo estaba la música, nada más, sólo sentía la música. Y no fue intencionado, nunca lo es, pero no volví a pronunciar una palabra hasta tres horas más tarde. Qué solo me dejas. Me dices. Para compensar te lío un cigarro, uno bonito. Y te miro un rato, disfruto del hechizo consciente de que le queda poco. Es domingo. En unas horas volveremos a ser calabazas.

ser hoja

– Sabes, en el viaje estuve pensando una tontería, pero no te la conté.

– Ya, nunca me cuentas nada de viaje. Eres una compañera de lo más silenciosa.

-Porque me abstraigo, pero lo voy a compartir ahora. Es una cosa muy simple. ¿Te has fijado que las hojas son bonitas desde que nacen hasta que están a punto de morir? Mira el otoño, es abrumador. Con todas las hojas viejas, da igual lo viejas que sean, si sólo están un poco rojas o si ya son completamente marrones y están a punto de caer. Da igual, resultan bellas. No sólo bellas, abrumadoramente bellas. La belleza del ocaso, de la decadencia. La decadencia no tiene una connotación negativa en una hoja. Existe una cierta tristeza, una nostalgia, pero bella. Incluso voy más allá, hasta las hojas ya muertas, las que están en el suelo, los cadáveres de hoja, marrones y secos, muertos, son bonitos. Vamos pisando hojas muertas y son bonitas. Las percibimos como bonitas. Los niños las recogen del suelo para hacer trabajos en el cole, y decorar las paredes de clase. Las hojas son bonitas siempre. Desde que son brotes tiernos hasta que mueren. Siempre. ¿Verdad?

– Sí.

– Sin embargo las flores no. Las flores son bonitas justo hasta su madurez. Después se abren demasiado, se empiezan a poner mustias, marrones, se ajan, y ya medio muertas no le gustan a nadie. Cuando alguien las corta siempre lo hace cuando aún son jóvenes, y trata por todos los medios de alargar esa juventud en la medida de lo posible, con trucos absurdos como la aspirina en el agua, o en su forma más ingenua y despiadada, secándolas. La de la flor seca sí es una belleza decadente. ¿Verdad?

-Sí.

-Pues eso, que es una pena ser flor. Y nosotros somos flores.

– Bueno, hay personas que siguen siendo bonitas en su vejez.

-Pero me estás hablando de excepciones, de personas sueltas, de tu percepción particular… sin embargo, sobre el color del otoño, y la belleza de las hojas moribundas hay un amplio consenso. Para nosotros la vejez no es percibida como bonita, no abruma, no nos da un vuelco en las tripas. Más bien es fea, decadente. La máxima ambición es la juventud, ese es el mensaje que se bombardea. La eterna juventud. No somos capaces de ver belleza más allá. No nos emocionamos con la estética de la vejez. No la encontramos. Podríamos resultar hojas naranjas, pero nos vemos flores pochas. Podría ser una cuestión cultural. Pero también es posible que simplemente se trate de algo esencial. Es decir, que el ser humano sea flor y no hoja…

….pero ojalá fuera hoja.

un viernes 13

El viernes por la mañana estoy a vueltas con el tema de la violencia machista para el artículo. Leo estadísticas, últimas noticias, protocolos policiales y judiciales ante denuncias,  y de algún modo caigo en un artículo de Libertad Digital, y aún entendiendo los riesgos, leo parte de los doscientos comentarios de personas en contra de la manifestación de la semana anterior, indignadas ante la reivindicación de que se detengan los asesinatos.  Escribo un artículo de mierda y llego a casa con una crisis de fe, y con la sensación de que el círculo en que me muevo es insignificante, y que el mundo ahí fuera es el planeta de los simios, y sí, me doy cuenta de lo arrogante de la afirmación.  Y estoy conmocionada y me desahogo con mi ex mientras vamos con el niño al médico, y a él, que perdió la fe hace mucho, le sorprende que a mí me sorprenda tomar conciencia de vivir en el planeta de los simios, y me dice que si aún tengo dudas las despejaré tras las próximas elecciones, y el traumatólogo dice que miguel tiene un esguince y que todavía no puede entrenar. Y después volvemos a casa y me desahogo contigo mientras vamos a la compra, aunque no me apetece tener que hacer la compra pero no queda ni leche para desayunar, y salimos a la calle, con un carro, dos niños, dos patinetes, y mi narración de lo que he leído porque sigo conmocionada, y me dices también sorprendido con mi sorpresa lo de las próximas elecciones. Pero yo pienso que son cosas distintas, y que lo que leí en Libertad Digital es otra dimensión. Posiblemente sus lectores, hoy, estén jaleando al obispo de Alcalá de Henares pidiendo la retirada del derecho al voto femenino.  A la vuelta calentamos una pizza precocinada, y me tumbo después en la cama porque estoy muy cansada y me cuesta la verticalidad, y para distraerme me pongo a ver publicaciones de instagram, porque me acabo de hacer una cuenta, y hay gente que publica unos trabajos realmente buenos, y me encuentro con un vídeo de reichel, que está en un concierto, y se la ve tan feliz que me pone feliz, y le miro esos ojos inmensos y le miro sus ideas geniales, su talante optimista y transformador, dentro del círculo, y sonrío un poco, aunque fuera estemos en el planeta de los simios, y me sienta tan decepcionada. Y me quedo dormida sin querer, por la destrucción del cuerpo en un viernes por la noche, y me despiertas a las once y diez, y me levanto de la cama y me voy a recoger a pablo del ensayo, y cuando me ve se alegra, y me da las gracias por haber ido a buscarlo porque está muy cansado, y me cuenta que tienen un bolo en el Lope de Vega dentro de dos lunes, y le cuento que ha cambiado la legislación y que ahora va a poder ir a ver conciertos dentro de bares. Que hasta los dieciséis acompañado de adultos y después sólo enseñando DNI. Y me pregunta que si con adultos me refiero a tutores legales o cualquiera. No lo sé, creo que cualquiera, pero sólo he leído un artículo en prensa y no el texto legal, y me sonrío por sus ganas de darnos esquinazo y poder salir con sus amigos, que por otra parte tienen mi edad, pero son sus amigos. Y llegamos a casa y está el telediario casi a media noche, y me dices que ha habido un atentado en París, explosiones, disparos por la calle, cerca de un estadio, cafeterías, una sala de concierto, rehenes. Putos locos, pienso. Putos locos, dice Pablo. Le hago un pizza, me da las gracias de nuevo, y se coloca los auriculares, que es su forma de encerrarse en el cuarto que no tiene, y yo voy contigo a enterarme. Que hay rehenes en la sala de conciertos, que los que tocaban son colegas de Dave Groll, me cuentas. Cojo el móvil, y veo en twitter que un tipo que se llama Benjamin Cazenoves está escribiendo en facebook desde dentro de la sala Bataclan, y que los están matando uno a uno. Y pienso en reichel, que está en un concierto aquí en madrid y está a salvo, pero pienso en ella, y menos mal que está a salvo, pero cuántos como ella ahí dentro. Y en el muro de Benjamín Cazenoves, que está secuestrado y rodeado de cadáveres, un montón de amigos le dan al like a sus declaraciones, y escriben comentarios, y a mí me resulta muy extraño, pero pablo dice que así suben la publicación y más gente se puede enterar de lo que pasa y que eso es bueno. Cuando sacan a los rehenes ya no podemos más y nos vamos a la cama. Y mientras me estoy durmiendo lo único que puedo pensar es que definitivamente la tierra es el planeta de los simios, siempre ha sido el planeta de los simios, y siempre va a ser el planeta de los simios, y que no hay esperanza.

Cuando abro los ojos al día siguiente mi primer pensamiento es para Benjamín Cazenoves. Abro su facebook y ha dejado un mensaje. Está vivo. Y después busco a mi amiga, que también está viva, y ha salido de su concierto y se ha enterado de todo, y ha publicado en facebook y en instagram lo siguiente:

“Cuando pasan este tipo de desastres contra la humanidad y luego, a la vez, ves que la vida sigue, y está guay pero a la vez me acuerdo de tierras de penumbra y de esa conversación:
-la vida debe continuar
-no sé si debería, pero lo hace.”

Y me quedo con la sensación de que mi círculo es más pequeño que nunca, que está por completo al margen de la realidad, que es naïf e ingenuo, e incluso frívolo, pero también es la resistencia, y mi lugar donde continuar.

Reivindicación de la ausencia en cenas de navidad.

El primer correo electrónico de convocatoria de cena de navidad llegó el 22 de octubre. Me pareció motivo suficiente para no sumarme. Hay más: ese email era para proponer fechas y someterlas a votación, le siguió otro para proponer restaurantes y someterlos a votación. Y uno más para confirmar asistencia y reservar. Todo eso antes de hoy, 11 de noviembre. Eso es previsión. Y democracia. Y también el no contestar ninguno de ellos y leerlos únicamente porque Outlook preabre el correo entrante en la esquina inferior derecha. Podría haber desactivado esa opción, pero como es la cuenta del trabajo considero que leer lo que recibo forma parte de las funciones por las que me pagan.

Podría llegar a parecer que mis compañeros de trabajo no me caen bien, pero no lo es. Me caen bien, dos o tres hasta incluso muy bien. Los conozco a todos, a la mayoría muy por encima, a unos pocos más. Son todos amables, agradables, buena gente. Y yo, en mi trato con ellos, también lo soy. Podrían incluso llegar a pensar que soy simpática y sociable. Hasta que ocurren estas cosas. Como no acudir a una cena de navidad, ni a ninguna otra juerga extra laboral que se les haya ocurrido organizar. O como no mentir cuando se me pregunta.  ¿Vas a ir a la cena? No.  ¿Por qué? Porque es un viernes por la noche y los viernes por la noche son sagrados. ¿Tienes a los niños? Ni lo he mirado, pero si tengo a los niños son sagrados porque estoy con los niños, y si no tengo a los niños son sagrados porque estoy a solas con mi pareja. Ya, pero por un día… No voy a sacrificar un viernes por la noche por una macrocena de gente de trabajo. Ni muerta.              Sólo entonces se terminan las preguntas.

No me caen mal, es sólo que no tenemos nada que ver, y en reuniones multitudinarias se me hace todavía más evidente.  No sé de qué hablar: que no sea ni demasiado personal ni demasiado comprometido ni demasiado denso, algo trivial pero ameno, superficial pero agradable…  Y no me interesa escuchar eso trivial pero ameno, ni superficial y agradable. Me aburro. Pero  no es sólo esa falta de facilidad para la comunicación insustancial. Es sobre todo y también esa sensación de desubicación, tan familiar por otra parte, que en otra época trataba de vencer intentando adaptarme. Como si fuera una cuestión de voluntad. Desubicada en el colegio, desubicada en el otro colegio, desubicada en la universidad, desubicada en mi larga lista de trabajos, desubicada en mi matrimonio, desubicada siempre. Y no, no es una cuestión de voluntad. No es que yo no hiciera suficientes esfuerzos. Si me siento desubicada es porque estoy desubicada. Si siento que no tengo nada que ver es porque no tengo nada ver.  Lo sé ahora que sé cómo y con quién me reconozco.

Proceso de desintoxicación del league of legends

Lo que más odio de tener que reconocer que me he equivocado es haberme equivocado. Porque normalmente no me formo opiniones ni actúo, ni adopto una filosofía de vida al azar. No he tirado una puñetera moneda al aire y esperado al cara o cruz. Si pienso de una determinada forma sobre algo es porque, después de haber analizado y estudiado con mucha profundidad, creo que es la mejor forma de pensar. Hasta que llega el método del prueba y error y me demuestra lo segundo, mi puto error. Y más aún cuando se trataba de una apuesta importante. Como el estilo educativo con un hijo de catorce. Y más aún cuando lo que yo quería que fuese la realidad era algo bonito, y había coleccionado cientos de discursos, tan bonitos como mi fé, de grandes pedagogos, psicólogos, sociólogos, filósofos, y adoptado sus argumentos y sus nubes rosas. Y me he empapado de un discurso victimista acerca de lo mucho que sufren los niños de hoy en día, que si un sistema educativo desmotivador, que si una metodología mediocre, que si no se tiene en cuenta sus sentimientos, bla bla bla. Que si la empatía, el diálogo, y el consenso. Y he empatizado, hablado, comprendido, respetado, argumentado, ayudado, motivado, dialogado, preguntado, criticado, reconvenido, explicado, advertido, argumentado, solicitado opinión, re-advertido, amenazado. Una vez que no queda ya un resquicio de autoengaño al que acudir, ni victimismo con que exculpar, ni confianza que otorgar, queda oficialmente inaugurado el imperio del terror.