Pedro Salinas

Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida -¡qué transporte ya!- ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

Pedro Salinas

La voz a ti debida

El reto

A mí siempre me han gustado los retos. Y me pongo muchos en mi día a día. Por lo general suelen ser bastante estándares, porque aunque una tiene sus cosas, si jugáramos a hacer estadísticas, creo que me podría encuadrar en el inmenso margen de aquello que se llama normalidad, que es lo que asociamos siempre a la media.

Pero tengo un reto que me ha tenido frustrada durante meses, ese reto que parecía pequeñito y tontorrón, y que probablemente no quedara registrado como estándar. Fíate tú de un reto, te lo marcas y nunca sabes por dónde te va a salir.

Yo me había propuesto hacer sonreír a la panadera. Porque no hay derecho a que una le sea fiel, compre el pan siempre en el mismo sitio, sea atendida siempre por la misma persona, pida siempre el mismo tipo de pan para no complicarle la vida, y la mujer haga su trabajo como una autómata. Sin mirar, sin mirarme, y sin expresar el más mínimo asomo de expresión que la convierta en humana. Eso es algo que le pasa a mucha gente cuando trabaja, el dejar de parecer humana. Y no es que yo pretenda que me cuente su vida o sea mi mejor amiga, pero sí me gustaría que mi panadera dejara de parecer un androide, y dejara entrever por algún resquicio, que es de carne y hueso, y siente, y padece.

Lo fácil sería pasar, o incluso, para los más sensibles, cambiar de panadería. Pero yo sólo veía un reto, con mi vocecilla interior espetándole.: “¿Así que con que esas tenemos? Pues no sabes con quién has dado, que te voy a robar una sonrisa, me cueste lo que me cueste”.

Desde ese día, cuando llego al mostrador, así esté contenta, triste, cansada, exhausta, con ánimos o sin ellos, dibujo la mejor de mis sonrisas, y la amabilidad se personifica en mí. Pero nada. Derrota estrepitosa un día tras otro. Como si ni me viera ni me oyera. No baja la guardia la tía, ni su escudo antisonrisas.

Y tras tanto intento infructuoso, un día bajé la guardia. Volvía con Pablo, al que había ido a recoger de un cumple. Y cuando llegué al mostrador se me olvidó el reto, y pedí el pan casi sin mirarla, tan centrada estaba en la conversación que mantenía con el niño:

Pablo, ¡es que no puedes ir preguntando a la gente cuánto gana!

¿Pero por qué?

Porque es indiscreto

Pues no lo entiendo

Su pan

Gracias

Entonces la miré. Y sonreía. Y por dentro le dije “¿Ves cómo eras humana?”.

Sólo era cuestión de tiempo. Y de que un niño me echara un cable. O me pusiera en un aprieto. Será cabrona….

Flores sin hogar

En la estación de Príncipe Pío han puesto unas nuevas máquinas de vending. Cuando una vez vi una de esas ofreciendo libros, pensé que ya ninguna otra cosa me podría sorprender, pero como siempre que pienso eso, me equivoqué: las máquinas que han instalado venden flores. Ramos. Y si uno quiere quedar rebién, también puede comprar el jarrón.

Reconozco que no pude evitar pararme a mirarlos. Aunque yo soy un poco especial para las flores. No me gustan los clásicos surtidos. Me gustan más con una única variedad de flor. Y mi preferida no es la rosa, sino el tulipán. Sencilla y económica. Así salgo yo. Una ganga. Por eso, nada de lo que vi en ellas me encandiló. Al día siguiente de instalar unas cuantas máquinas de esas, dejaron de verse las flores. Todas estaban rodeadas por un nutrido grupo de personas, admirando embelesadas aquellos ramitos que daban vueltas, exponiéndose dentro de la máquina refrigerada.

Pensé que sería por la novedad. Aunque la máquina de libros nunca organizó ese corrillo. Ni siquiera el día de su inauguración. Debe sentirse muy fracasada. Pero según pasan los días, y las máquinas dejan de ser una novedad para ir convirtiéndose en un elemento más del paisaje, siguen los corrillos y los embelesos. Yo no sé si será porque después de tanto invierno ya se echaba de menos una flor, aunque fuera inserta en un ramo hortera, obligado a girar sin parar dentro de una cámara refrigerada. O si quizás se deba a las expectativas que genera. O a los deseos. O a las ilusiones. Nunca se sabe qué efectos puede producir una flor.

Hoy cuando he llegado a trabajar, había una ramita sembrada de flores amarillas en cada una de las mesas. En la mía también. Sonreí. Y pensé que ya que me había hecho sonreír, lo menos que podía hacer por ella, era hacerle un sitio entre tanto papel, y que estuviera cómoda. Así que cogí un vaso, lo llené de agua fresca, y le preparé un hogar, una casita junto a mí donde lucir sus encantos. Donde pueda arrancarme sonrisas en mañanas aciagas. O lo que ella quiera. Que nunca se sabe qué efectos puede producir una flor.