Sin libro propio

Acabo uno y empiezo otro. Compulsivamente. Llego a la última página y me entra el desasosiego.

Y ahora qué…

El autor termina su obra y a mí me deja solo. A quién voy a tener yo en la cabeza. A qué princesas, a qué amantes, a qué verdugo, a qué víctima, qué guerra, qué viaje, qué ensayo, qué vida.

Llego a la última línea y cierro la tapa con los ojos bien cerrados. A mi lado está el siguiente, preparado. Y sólo vuelvo a abrirlos para comenzar con su primera página:

Todo esfuerzo es poco si consigo seguir ignorando que en mi vida apenas hay escritas unas líneas. Y que ni siguiera en ellas soy yo el protagonista.

Mantener contacto cero

Cuando bajo hacia la estación paso por delante de una marquesina. A las 8:00 no hay mucha gente, y los pocos que hay sentados lo han hecho de forma que quede un espacio más que prudencial entre ellos.

Llego a la estación, y espero el tren. No tarda mucho. Viene bastante vacío, pero todos los asientos de cuatro están ocupados por una sola persona. Unos pocos por dos. Casi todos se piden los asientos de ventanilla que van en el sentido de la marcha. Todos tenemos en nuestras manos los periódicos gratuitos que nos han dado casi por la fuerza en la estación. Yo llevo concretamente 6: ADN, 20 Minutos, Metro, Universo, Que, Su vivienda. Y es que, se colocan todos los entregadores de periódicos juntos, haciendo pasillo ante la puerta, a traición, y me da reparo decir a unos que sí y a otros que no. No sé qué hacer con tantos. Invadir un asiento libre con ellos me parece un abuso, así que observo para actuar según los usos y costumbres establecidos en los Cercanías. En el Metro no había más opción que quedárselos hasta el destino, espachurrados entre mi pecho y la espalda de otro usuario.

Veo que mis compañeros de vagón dejan los que van leyendo en el portaequipajes. Y de allí los toman quienes, por suerte o por desgracia, no han sido asaltados por los repartidores. Pero también observo que en un mismo asiento de cuatro, el que está en la ventana incordia levantándose a dejarlos en el portaequipajes. Y acto seguido el señor que está enfrente vuelve a incordiar al resto para recogerlos. Curioso.

En Atocha dejo de ver nada, pues los espachurramientos vuelven a resultarme familiares, y cuanto menor espacio vital y de movimientos, menos pie para la observación.

Bajo en Nuevos Ministerios y voy andando hasta mi oficina, acompañada por muchos de mis compañeros de tren y de vagón. Pero caminamos todos callados, mirando hacia el frente, haciendo que no nos conocemos. Porque no nos conocemos. Aunque nos suenen las caras y hayamos compartido lecturas y comportamientos en un vagón.

Y cuando llego a mi oficina, y me meto en uno de los grandes ascensores junto con otras muchas personas, compruebo como cada mañana, que quienes se han quedado al fondo del ascensor, han de hacer uso del gadchetobrazo y a veces de los empujones, para poder marcar su planta.

No he podido evitar pensar que somos capaces de ser retorcidos hasta el extremo, si de esa manera logramos evitar establecer un contacto directo con desconocidos. No sé si atreverme mañana a romper las costumbres establecidas y sentarme junto a alguien aunque queden compartimentos de cuatro vacíos, y si preguntarle a mi compañero/a si quiere leer la prensa antes de colocarla en el portaequipajes. Espero que con más suerte que cuando hace tiempo rompí las reglas en el ascensor, y me di cuenta de que o bien yo era invisible, o mis compañeros de ascensor mudos, porque a pesar de ofrecerme a marcar alguna planta, ellos siguieron haciendo uso del gadchetobrazo. Quién sabe, quizás fuera por esnobismo, que los que tienen aparatos raros están locos por usarlos. Haga falta o no la haga.

Vaya etapas

El otro día, un amigo me comentaba que la adolescencia se había adelantado. Cuando antes un niño de doce años sólo pensaba en jugar al fútbol y en cambiar cromos, ahora tiene móvil, chatea con sus amigos, se engalana antes de salir, tontea…

Y es curioso, porque si la adolescencia se ha adelantado, lo que antes se llamaba madurez se ha retrasado. Cada vez se estudia durante más años: una carrera, después un post grado, después un máster… cualquier excusa es buena para retrasar en lo posible la incorporación la mundo laboral (y no me extraña). Los sueldos, a pesar de tanta sabiduría, no son muy grandes, y la vivienda es muy cara. Cuántas excusas unidas para no abandonar el nido antes de los treinta. Eso por lo menos. Y ya lo de los hijos es capítulo a parte.

Así que entre la pre-adolescencia temprana, la adolescencia en sí misma, y la post adolescencia, nos hemos pulido media vida para deleite de psicólogos. (Ya se sabe, todo aquello que lleve consigo la palabra adolescencia, ya sea delante, detrás, o sola, suele ser motivo de consulta.). Por no hablar de la crisis de los cuarenta, que con estos cambios tan bruscos debe ser brutal. «Pero doctor, si hace tres días yo era un estudiante alocado…»

El caso es que a mí ya se me ha pasado el chollo. Yo fui una de las que tuvieron poca visión de futuro y no explotaron todo que habrían podido esa post adolescencia. Pero el tiempo pasa y me doy cuenta de que a Pablo le va quedando cada vez menos de su más tierna infancia. Hay señales inequívocas.Como el comenzar a cuestionarse mis normas. «Mamá, ¿te acuerdas de la norma de que la consola es sólo para los fines de semana? Pues no la entiendo.»

O como ciertas conversaciones de una alta carga emocional:

– Mamá, es que no me escuchas y no me entiendes!!!!

(Ahí, dando donde más duele. Una se repone del golpe con la mayor dignidad posible, para que el niño no vea ni la herida ni la sangre, que siempre impresiona.)

– ¿De verdad tienes la impresión de que no te escucho? Pues es curioso, porque a mí contigo me pasa exactamente lo mismo. Vamos a tener que hacer un esfuerzo por escucharnos más el uno al otro….

Pero sin duda, lo que ha sido definitivo, lo que ha marcado un antes y un después, lo que me hizo darme cuenta de que su infancia había dejado de ser tierna, fue su siguiente afirmación:

– Mamá, no me vuelvas a poner NUNCA MÁS los calzoncillos de Winnie The Pooh.

Y la verdad, tiene razón, son una mariconada.