Brújulas y tiempo

En los primeros tiempos, cuando su mujer aún no sabía que lo habían despedido, Durán solía ir a echarse la siesta a la sala de espera de la Tesorería General de la Seguridad Social. Salía de casa a la hora de siempre, con traje azul marino casi negro, camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, y cera en el pelo. Ya en la calle, en lugar de coger la línea diez cogía la seis, bajaba en Arguelles, tomaba un café en la barra de un bar pequeño, subía por Santa Cruz de Marcenado, cogía un número en la máquina, y se sentaba en la fila de sillones detrás de la columna. Una vez, un hombre de cierta edad lo despertó para indicarle que se había quedado dormido, seguro de que había sido un acto involuntario, preocupado por si perdía su turno. Ese fue el último día en que Durán fue a la sala de espera.

Después de eso buscó un bar, uno donde quedarse. Lo encontró después de explorar los que encontró en varias estaciones de metro, el día que decidió bajar en Usera. El ambiente era ruidoso y obrero. El bar disponía de sillas y mesas de aluminio, dos máquinas tragaperras, dos televisores, prensa, y una barra donde varios hombres con ropa de trabajo desayunaban destilados de alta graduación y hablaban con un tono de voz elevado.  En ese bar no habría entrado en otros tiempos, pero en esos le hacía sentir a salvo. Aunque no se diferenciaba demasiado de otros a los que había entrado en días anteriores, cuando aún continuaba con la exploración, esta vez tuvo ganas de volver. Llegaba cada mañana, se sentaba en una mesa de aluminio, pedía un café cortado y cogía un periódico. Leerlo entero, salvo aquellos artículos con los que corría serios riesgos de morir de aburrimiento o de ira, como los editoriales, le ocupaba alrededor de una hora. Cuando terminaba pedía otro cortado y cogía el segundo. El bar disponía de tres periódicos de tirada nacional y dos de prensa deportiva. Cinco horas más tarde salía de allí camino a casa, atormentado con la actualidad más reciente y con acidez de estómago. Al cabo de un par de meses, Durán consideró que el uso diario de la misma mesa le otorgaba ciertos privilegios usufructuarios, así que en salvaguarda de su maltrecha economía y de su maltrecho estómago, redujo el número de cafés a dos.

No empezó a jugar hasta mucho más tarde. No fue por necesidad ni impulsado por los cantos de sirena de la máquina tragaperras sonando a sus espaldas durante meses. Ocurrió después de escuchar una conversación entre dos asiduos. Durán lo recuerda con exactitud. Uno de ellos le contaba a su compañero mientras alimentaba a la Santa Fé, que se negaba a repartir un solo premio, algo acerca de una timba. Le invitaba a asistir alguna vez. El compañero le decía que no tenía traje. El amigo se ofrecía a prestarle uno. Durán los miraba con impunidad pues se hallaban de espaldas, y se preguntó cómo un ingenuo que le ofrecía un traje a su amigo que pesaba la mitad,  podía jugar al póquer. Se imaginó por un momento al amigo con el traje del gordo, y cuenta que en ese momento le vino a la cabeza la Alicia de Carrol después de beber la poción que la encogió, y pensó que en esas condiciones, ningún juego en el que intervinieran unos naipes podría terminar de otra forma que no fuera perdiendo la cabeza por una reina de corazones. Pero después, el gordo de la timba le contó que la primera noche había invertido mil quinientos euros y había vuelto a casa con cinco mil. Primero pensó que en una sola noche, él podría invertir su prestación de desempleo de un mes y multiplicarla por cinco. También pensó que en una timba de esas características podría invertir muchas horas con su traje azul marino casi negro con más propiedad. Pero esos eran los razonamientos con los que se justificaba su deseo, porque lo que definitivamente le hizo levantarse de la silla fue la posibilidad de ganar.

Brais Andrada Lemos había sido compañero suyo de clase en la facultad y de póquer en primero y segundo. Sus padres ostentaban cargos en consejos de administración de varias empresas, y costeaban sus estudios en una universidad privada, pero de una forma indirecta. Le asignaban a su hijo un sueldo que debía administrarse para pagar sus estudios y su ocio. Brais Andrada Lemos parecía un alumno más, pero desde los dieciocho años administraba un presupuesto anual de treinta mil euros. Durante el día asistía a algunas clases y jugaba al mus y al póquer con sus compañeros, por las tardes emprendía pequeños negocios, y por las noches participaba en timbas con traje de chaqueta y chaleco, puros, cocaína, escorts. Durán había aprendido con él en la horas diurnas, solo hasta que su relación con Berenice se consolidó hasta el punto de que se quedara embarazada. Entonces pidió el traslado al turno de noche de la universidad pública, durante el día aceptó un trabajo en prácticas como contable, alquiló un piso y se casó. La última vez que había visto a Brais Andrada Lemos había sido en el hospital al nacer su hijo. Durán no había vuelto a pensar en él hasta escuchar al gordo y al flaco de la tragaperras, entonces se puso a buscar su rastro en Internet. No tardó en encontrarlo.

Brais Andrada Lemos seguía viviendo en Madrid. Quizás fuera por cariño, o por sentido de lealtad, pero rápidamente concertó una cita con él. Trabajaba en corporate finance y era socio de varias empresas, algunas de ellas del sector petrolero, y en su día a día se relacionaba con líderes de países como Venezuela o Irak. Durán le pidió que le introdujera en una timba, en una seria. Brais Andrada aceptó. En ningún momento se le pasó por la cabeza pedirle además un trabajo.

Durán acudió como el protegido de Brais Andrada, y no le importó demasiado perder todo lo que llevaba en las dos primeras ocasiones a cambio del respeto con el que era tratado por el resto de los jugadores, y porque además resultó elegido por una de las tres mujeres que había en la sala. Tuvo que esperar a la tercera noche, a ganar una mano con dobles parejas de ases damas con la que se llevó cuatro mil setecientos veinte euros, para poder pagarla. Las seis primeras veces. Se hacía llamar Renée, pero su nombre era Carmen. Estudiaba traducción e interpretación y cobraba setecientos euros por una noche. Había conseguido el contacto gracias a su prima Martina, que no se llamaba Martina sino Beatriz. Una noche, Beatriz fue a una discoteca de moda y allí conoció a Brais. Éste la cortejó con cava, nadie bebía cava en discotecas, al menos ella nunca lo había visto, y después la llevó a su casa en un coche con chófer, y ella no sabía muy bien qué iba a ocurrir, porque estaba abrumada con el lujo, pero tampoco tuvo que pensar demasiado porque quien parecía saber exactamente en cada momento lo que pasaría, como si fuera el responsable de mover los hilos de los acontecimientos, era Brais. Así se lo contaría Martina a su prima Renée, y así se lo contó  ésta después a Durán. Por lo visto pasaron una buena noche. Brais no era un hombre atractivo, pero sí seguro y experimentado. Beatriz le contó que era estudiante, que habitualmente no iba a esos lugares porque no tenía ingresos, y contaba con una ayuda de los padres para pagarse sus gastos, un par de copas a la semana, ir de vez en cuando al cine, ropa barata. Brais entonces le propuso las timbas. Solo tendría que ir allí y acompañar. Por eso no iba a ganar nada, evidentemente, pero si algún jugador le interesaba y quería pasar la noche con él, entonces sí podía cobrar. El caché estaba en torno a los 1.000 euros. Algo así como lo que había ocurrido esa noche con él, pero cobrando. Y ella podía elegir. Si hacerlo o no, y con quién.

Beatriz Martina se lo propuso a su vez a Carmen, que también estaba estudiando en Madrid, y que a veces tenía que trabajar de camarera por las noches para ayudar a sus padres con los gastos. El negocio era bueno. Pero Renée no tenía tan buen ojo para los negocios como su amiga, y en cuanto vio a Durán supo que le gustaba. Esa misma noche se ofreció a pasar la noche con él, cosa que rechazó por motivos económicos. Ella a su vez rechazó las propuestas que otros dos jugadores le hicieron a su vez, y decidió esperar , pues una cosa era que se hubiera fijado en quien a todas luces tenía menos dinero de la mesa, y otra muy distinta hacer por gusto gratis algo que podría cobrando con el mismo gusto. Por su parte, la primera noche de timba, la noche de la propuesta de Renée, Durán no pudo dormir. Pensó un poco en el saldo de la cuenta de ahorros destinado a pagar la carrera de su segundo hijo que tenía ahora dos mil euros menos. Pero no se detuvo demasiado en eso. Pensó en Brais. Pensó en la partida. Repasó las cartas, repasó las jugadas, analizó sus errores. Pensó en Renée, en cómo lo había mirado. En su propuesta. Y en la sorpresa del resto de los jugadores. Era hermosísima. Nunca lo había mirado una mujer así. Nunca lo había mirado una mujer que no fuera Berenice. Y con el paso de los años la mirada de Berenice se había ido diluyendo. Ahora, en ocasiones lo miraba de la misma forma que al microondas antes de meter la taza para calentar la leche por las mañanas, aunque la mayor parte de las veces lo miraba como a la cama deshecha, o a la montaña de ropa pendiente de plancha. Él también se paró a pensar de qué forma miraba él a Berenice. Llegó a la conclusión de que era como a la tele antes de encenderla, o a la tele después de haberla encendido, o a la nevera después de abrirla, según el caso. Esa noche Berenice estaba allí durmiendo a su lado como cada noche. Durán recuerda que esa noche, después de mirarla miró las cortinas, y las fotos encima de la cómoda. Y la cómoda. Repasó visualmente todo lo que había dentro de aquel dormitorio y que después de ese repaso no pasó nada. Pensó que aplicando la suficiente cantidad de tiempo todo acababa siendo nada. Se dio cuenta de que en todo aquello que veía ya la había aplicado. Sin embargo pensó en sus hijos, y pasaron cosas, y el tiempo aplicado había sido prácticamente el mismo. Pensó en algo más antiguo todavía, en sus padres, en Because, en Cien años de soledad, en Ancia y pasaron cosas. En todo aquello llevaba aplicando el tiempo del que se componía toda su vida, o una gran parte de ella. ¿Habría entonces posibilidad de sobrevivir? Puede que existiera la esperanza, sí, con el límite de la muerte, que llega con total certeza mediante la aplicación del tiempo necesario. Volvió a pensar en Renée, y pasaron cosas. Entonces la imaginó con el camisón de Berenice, la imaginó tendiendo, la imaginó dormida en el sofá con un hilo de baba cayendo de la comisura, la imaginó en la cola del supermercado, la imaginó con el pelo sucio, la imaginó con chándal de algodón, la imaginó con un forro polar, la imaginó con canas, la imaginó de mal humor. No obstante seguían pasando cosas. Se dio cuenta de que imaginar el paso del tiempo no tenía el mismo efecto que el propio paso del tiempo. Dejó de tratar de matar la excitación y se masturbó.

Conocí a Durán unos meses después de aquello, cuando a su mujer un día le dio por abrir una carta del banco y vio el saldo de la cuenta de ahorros. Cuando le preguntó por qué había tan poco dinero, y dónde estaba el que faltaba, Durán le contó serenamente toda la historia, desde el principio. Lo hizo bien, porque con Renée había descubierto, además de otras habilidades de índole sexual, su talento como narrador. Él, que nunca hasta entonces había hablado demasiado, se sorprendió cuando Renée escuchaba con atención las historias que le contaba. Ese interés le sirvió de estímulo, y los días que transcurrían entre encuentro y encuentro, Durán los dedicaba a pensar en la siguiente historia, a buscar los recursos narrativos más apropiados, a estudiar las pausas, la entonación…se lo tomaba tan en serio que a veces realizaba prácticas frente a un espejo, y todo ese esfuerzo era recompensado con la emoción con que los escuchaba su joven amante, o su joven escort, o su joven puta, o lo que quiera que fuera. Nunca se le llegó a ocurrir que esa atención estuviera incluida en el precio que continuaba pagando por su compañía. Al final apenas acudía a las timbas, y su fuente de ingresos para pagar a Renée terminó siendo casi en exclusiva la cuenta de ahorros familiar. La narración de esa historia a su mujer fue realmente sobresaliente, y Durán la terminó muy satisfecho con el resultado, pero la reacción de Berenice no fue positiva, y poco después me la estaría contando a mí con una pequeña maleta mientras lo entrevistaba para alquilarle la habitación que tenía libre. Sin duda fue la mejor que escuché, aunque debo decir que solo entrevisté a dos personas. No parecía afectado, no resultaba frágil. Me gustó. Se instaló en su cuarto y salió después de varias horas. Yo no había alquilado nunca una habitación, no sabía cómo se convivía con un inquilino. Me pareció que lo natural era proponerle que cenara conmigo. Me pidió prestados algunos libros. Nos acostamos esa misma noche. Cuando le pregunté por el póquer y por Renée me dijo que el póquer había dejado de divertirle y que a Renée ya no podía pagarla. Le pregunté si le provocaba dolor. Me contestó que no. Que era una etapa que había terminado. Que ahora estaba aquí. Y que mañana no tenía ni la menor idea de dónde estaría.

Durante el día yo me iba a trabajar. Él solía arreglar un poco la casa, y dejaba preparado el almuerzo. A veces salía a la calle. Otras se quedaba en casa leyendo. Por las noches solía contarme lo que había hecho. Continuó desarrollando su afición por narrar. Así que no se trataba de una mera enumeración del tipo he limpiado los cristales, he hecho la compra y la comida y me he ido a pasear, sino que cada noche, durante la cena, me regalaba una historia. Y es cierto, tenía talento, y yo me convertí en su entregado público. A veces tiraba de recuerdos, pero a medida que se iba quedando sin pasado empezó a narrar lo cotidiano, que nunca parecía cotidiano, o sí, pero conseguía que me pareciera fascinante, y es muy posible muchas veces lo inventara, pero eso es algo que carece de importancia. Además, si Durán era vanidoso y necesitaba obtener todos los días mi admiración y sorpresa, yo también lo soy, y escuchar sus relatos me empujaba a contarle mi día en esos términos épicos y aventurescos. Pronto me descubrí elaborando mentalmente la historia que le contaría a Durán, con la esperanza de asombrarlo, de hacerlo reír, de conmoverlo. En esa época no vivía los días, los protagonizaba.

Algunas veces vinieron sus hijos a visitarlo. Yo me metía en la habitación para procurarles intimidad. O para que creyeran que la tenían, porque desde mi cuarto se oía todo. Ellos no entendían muy bien a su padre. Supongo que no era fácil. A mí misma me costaba mucho reconocer a Durán en el hombre de traje azul marino casi negro, con camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, que había estado trabajando en una oficina durante más de veinte años, con un matrimonio estable y apacible de la misma duración. Si no hubiera sido por las visitas de los hijos, y por las conversaciones que sostenían, sobre todo al principio, cuando aún no habían aceptado que su padre estaba completamente desnortado -adjetivo empleado literalmente por el mayor-, habría pensado que se trataba de una sus ficciones para amenizar la cena. Durán me comentó que le había gustado el término desnortado, por lo preciso, y que estaba de acuerdo con su hijo. El trabajo había sido un imán, y cuando lo perdió empezó a moverse en todas direcciones. Y le gustaba. Eso es, decía, estoy completamente desnortado. Lo decía con orgullo. Yo creo que los hijos terminaron por aceptarlo, porque continuaron viniendo, y porque, aunque no lo entendieran, dejaron de estar enfadados. La mayor parte de las veces son los padres quienes se sorprenden con hijos que no eran como esperaban y no les queda más remedio que aceptar, pero está claro que a veces también ocurre al revés.

Cuando a Durán se le terminó el subsidio por desempleo trasladó sus cosas a mi cuarto, donde al fin y al cabo dormía casi cada noche, y yo alquilé de nuevo la habitación a una estudiante de filosofía llamada Eva. Creo que no estábamos enamorados, sea lo que sea eso, desde luego no en una concepción clásica. No me reventaba el pecho, nunca hubo ansiedad, ni los siempres, ni anhelos, ni celos… Algunos días yo dormía fuera de casa. Otras veces él se acostaba con la estudiante. Los guiones se enriquecían, y nos llenaban de ideas para poner en práctica. Desde que alquilé la habitación a la estudiante, nuestras veladas dejaron de transcurrir en el salón, y las trasladamos a mi cama. Terminábamos de cenar los tres, después nosotros íbamos a mi cuarto y poníamos un disco. Entonces nos contábamos. Si alguno de los dos había salido y volvía tarde, o no volvía, la velada quedaba pospuesta. Creo que yo lo miraba como mira un niño a su mejor amigo a la hora del recreo, solo que además de jugar follábamos, y el sexo genera con frecuencia ciertas confusiones.  Pero eso no impide que algunas noches me sorprendiera mirando a Durán mientras dormía, y mirando después las cortinas, y la cómoda, ni que me preguntara por el tiempo pendiente de aplicar.

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La otra tarde Raquel y yo fuimos primero al Vips porque ella no había comido, y quería comer, y yo odio el Vips, pero me dio igual porque al fin y al cabo era ella la que tenía hambre, y pidió un salteado oriental, que es lo que pedías tú cuando ibas a comer allí, cuando tenías una tarjeta y todo, es posible incluso que yo en algún momento de mi vida haya tenido una tarjeta del Vips. Fíjate que hasta tuve una de El Corte Inglés. Qué tiempos  extraños.

Cuando acabó, buscamos un lugar un poco más bonito para tomar un café, y fuimos al Ocho y Medio, que no sé por qué yo lo llamo el Café de las Estrellas, igual porque además de café es una librería de cine, y aunque lo vea a menudo y cada vez que lo vea piense “si se llama Ocho y Medio”,  cuando vuelvo a ir otra vez, o a pensar en ese sitio, mi cerebro le asigna de nuevo el nombre Café de las Estrellas, y es que él ha decidido llamarlo así.

Y estábamos allí sentadas las dos, y te aclaro que allí eran las mesas de la terraza, y esto es significativo para lo que voy a contarte ahora, cuando de pronto Raquel dejó de mirarme para mirar a la calle fijamente, porque allí en la calle estaba apareciendo una persona conocida. Y esto lo sé porque siempre cuando quedo con Raquel, siempre, encuentra al menos a una persona conocida. Quedemos donde quedemos. Quedemos en Ópera, quedemos en Quevedo, quedemos en Plaza de España, quedemos donde quedemos, siempre encuentra a alguien. No es extraño que unos momentos antes me hubiera contado que a veces Madrid se le hacía pequeño, a veces casi aldea.

Poco a poco se fue acercando la persona conocida a nuestra mesa. Era un chico joven paseando a su bebé. El chico se llamaba David, y nos pidió por favor que no nos levantáramos. Por lo menos dos veces. Y el chico era tan amable y tan cariñoso que yo no me atreví a llevarle la contraria, y además me parecía lo prudente quedarme un poco al margen para que ellos, que son los que se conocían y se habían encontrado, pudieran saludarse con un poco más de intimidad.

Supongo que por las licencias que da la confianza a Raquel no le supuso ningún reparo llevarle la contraria a David, y sí se levantó, y se pusieron a hablar de pie, pero no entre ellos, sino incluyéndome, porque Raquel no tardó en presentarme de esa forma en que me presenta siempre y que a mí me da un poco de vergüenza, como su amiga más antigua, y es que en general las presentaciones me dan un poco de vergüenza, y me sentí bastante estúpida  ahí sentada para no llevarle la contraria a David, mientras ellos hablaban ahí de pie de mí y conmigo. El caso es que mientras estaba yo ahí sentada como una completa imbécil, Raquel también me presentó a David, y también dijo cosas bonitas de él, en concreto que dibujaba genial. Y entonces David nos dijo que le acababan de contratar para hacer unos dibujos, y también contó otra cosa, y aquí es donde está todo el meollo del asunto y lo que en verdad ha sido la causa de que haya comenzado a escribir todo esto.

Contó que había estado leyendo unas cartas de Van Gogh, y que en una de ellas le contaba a un amigo que con treinta y cinco años aún no sabía qué se le daba bien hacer, y que se sentía perdido en el mundo. Y un tiempo después descubrió que le gustaba dibujar, y entonces empezó a dibujar, y se dio cuenta de que además de gustarle se le daba bien. Y que entonces se sintió mejor en el mundo, porque por fin había encontrado aquello para lo que valía. Imagina!!!! El puto Van Gogh, con treinta y cinco años, aún no se había descubierto! David lo contaba como si él llevara dibujando poco, como si antes hubiera estado haciendo otras cosas, buscando y buscando, y él también ahora se hubiera descubierto, y además le habían hecho un contrato para hacer dibujos.

El caso es que me pareció una historia esperanzadora. Y terminaba David con sus conclusiones, diciendo que para él eso significaba que lo que tenemos que hacer cuando aún estamos confusos y perdidos, es buscar, seguir buscando siempre, al margen de nuestra edad, de nuestra profesión, seguir buscando.

Y a veces cuando pasan cosas que te llaman la atención parece que el mundo se confabula para que allá donde mires todo te venga a decir lo mismo, que aunque el Dr.Puig lo explique como un fenómeno que crea nuestro propio cerebro, que lo leí ayer en un artículo que titulaban “Lo que el corazón quiere la mente se lo muestra“, y que me pareció muy interesante y muy sorprendente y lo compartí en Facebook, pero no lo pudiste leer, me gusta más pensar que el mundo se pone a emitir señales, a vibrar para que pasen cosas, y para que tú te des cuenta y no las dejes pasar, y estés atento, y por eso me encontré también con la carta de Bukowski  contra el trabajo que sí leíste conmigo, y que también compartí. Y es que él también se descubrió tarde, y lo explica aunque de una forma beligerante y rabiosa. Y casualmente ayer recibo una propuesta de Raquel para participar de una forma o de otra en su proyecto, y digo sí, aunque no sé muy bien qué cosas podría hacer bien para él, o de dónde voy a sacar el tiempo, pero es un sí.

Y esta mañana iba pensando todo esto. Y mientras lo iba pensando así, de la misma forma en que escribo ahora, dirigiéndome a ti, como si fueran pensamientos carta, que después convierto en carta, pensé también que hacía mucho que no pensaba de esa forma, y por eso hacía mucho tiempo que no escribía de esta forma. Y cuando me he dado cuenta, lo que más me ha gustado, más que Van Gogh, más que su carta, más que la esperanza y que Bukowski, más que las señales, que el café, que buscar o encontrar, es haberme encontrado pensado de esta forma.

 

Otro camino

Esta mañana he tomado otro camino. Tenía que entregar unos papeles en un organismo oficial. Ningún trabajo de altura, pero me ha permitido tomar otro camino.

Aparcar media hora en la calle me ha costado 1 euro y cuarenta y cinco céntimos, y tras pagarlos con una aplicación del teléfono que me permite no tener que estar pensando en llevar monedas, ni buscar parquímetro, ni tener que recordar la matrícula del coche, y que además te permite pagar sin que tengas la sensación de haber pagado, aunque por supuesto lo hayas hecho, busqué el organismo oficial en cuestión. Estaba muy cerca del coche, tanto, que ha habido pocas oportunidades de encontrar nada que mereciera el protagonismo de la foto del día. Eso es algo que me ha dejado un tanto decepcionada, porque el hecho de tomar otro camino distinto del que tomo todos los días es en sí mismo, motivo suficiente para ser el motivo de la foto del día.

El organismo oficial estaba escondido dentro de un centro de salud. Un señor del samur social me pidió ayuda para abrir la puerta porque llevaba en una silla de ruedas a un paciente, y las primeras puertas no eran de apertura automática. Las segundas sí, pero como puede suponerse gracias a los ordinales, para atravesar cómodamente con una silla de ruedas por las segundas puertas de entrada primero hay que atravesar las primeras. Y para abrir las primeras hay que accionar un picaporte. Y además, como son estrechas como para que las atraviese la silla de ruedas, también hay que abrir las contiguas quitando unos bloqueos arriba y abajo. Y la verdad es que no entiendo cómo en un centro de salud, lugar susceptible de ser utilizado por personas que necesitan sillas de ruedas, o bastones, o camillas, han dejado unas primeras puertas de entrada tan difíciles para ellos. Escalones, eso sí, no había.

Un tanto desconcertada en la sala de espera del centro de salud, recurrí al papel para averiguar por dónde buscar al organismo oficial. Quinta planta. En el ascensor vuelvo a coincidir con el del samur social y el señor que lleva en silla de ruedas. Me fijo en que no tiene calcetines y lleva los pies al aire, con unas sandalias de esas de casa que se atan con velcros y que son de rizo, como los albornoces y las toallas.  Ellos se bajan en la segunda.

En la quinta veo un cartel que pone registro, y me dirijo allí, que eso ya va teniendo más pinta de organismo oficial. No hay nadie esperando y me atienden nada más llegar. La señora que me atiende no me pone pegas a la hora de compulsarme los documentos, y continúa alegremente con la conversación que mantiene con sus compañeros de trabajo. Yo procuro no viajar en Iberia. Es que ya no te dan ni cacahuetes. Vamos, que casi puedes dar gracias si no te tiran por la borda a mitad de camino, y te llevan a destino con vida. Bueno, tal y como están las cosas, eso ya es de agradecer…. Eso lo digo yo, en voz alta, sin poder reprimir el comentario, como si fuera partícipe de la conversación y no sólo una mera espectadora. Ella contesta que ya no sabe si llevar a su hija a Londres o cancelar el viaje. Otro compañero se queja de que viajar en avión últimamente es espantoso. Que en la sala de embarque primero llaman a los que tienen billete business (lo pronuncia así: bú-si-nes), después a los discapacitados, después a los que tienen niños con sillitas…. ¿y a mí dónde me van a meter, dice, en la cola? Y es que –dice-  cuando no viaja uno en un su jet privado las cosas son diferentes. La señora que me atiende me da mi justificante de haber presentado la documentación, demostrando -ya sin lugar a dudas- que estoy en efecto en un organismo oficial por muy camuflado que esté en la quinta planta de un centro de salud, mientras sigue hablando acerca de las incomodidades del avión para el común de los mortales, así que no sé muy bien si me puedo ir o si me tiene que decir o dar algo más. Pero siguen de charla y a mí ya me resulta incómodo el papel de espectadora, así que directamente le pregunto que si ya me puedo ir, aún a sabiendas de que estoy interrumpiendo, y me dice que sí, así que me voy.

Como sólo tardo cinco minutos y tenía pagada media hora de aparcamiento en la calle, decido que hoy me voy a tomar mi café por allí en lugar de donde siempre en la oficina, puestos a tomar caminos nuevos, y me meto en una cafetería que se llama Los Torreznos. Entro y el interior no sorprende,  en la vitrina de la barra hay bandejas de boquerones en vinagre, morcilla, filetes de cinta de lomo crudos y ensaladilla rusa. Detrás de la barra el escaparate de botellas de alcohol de rancio abolengo en una estantería de madera, a la derecha dos máquinas tragaperras y una tele con una tertulia matutina. La camarera es muy delgada, morena, con coleta y flequillo, los ojos tristes, los hombros caídos,  y un aire demacrado y frágil,  pero cuando se dirige a mí para preguntarme me sonríe, y es una sonrisa luminosa. Me da la impresión de que contrasta, y que le habría pegado más hablarme seria y malhumorada, pero sin embargo es amable y sonríe, a pesar de las ojeras y del aire ceniciento. Yo pongo mucho esmero en sonreír también.

Al otro lado de la barra un señor jubilado un tanto rancio y hortera, con el pelo engominado y altanero, apura una Mahou. Con esos prejuicios que me caracterizan pensé que le pegaba ser socio del Madrid. Y detrás, en una mesa, un señor mayor que no es hortera se come una ración de churros, mojándolos con gusto en el café, supongo que de la misma forma que se los come en la intimidad de su cocina, compartiendo esa familiaridad de las puertas para adentro del hogar en el salón de la cafetería Los Torreznos. Me resulta tierno. Ayer mismo, en mi cafetería de siempre, un señor tenía metida una barrita entera en su vaso de leche, no la tenía sujeta con las manos, la tenía ahí, metida en el vaso, en remojo, supongo que para que estuviera bien blandita… también me pareció tierno.

Cruzo unos correos con mi amiga Ana, la aplicación del estacionamiento regulado me avisa de que va a caducar mi ticket, pago sonriendo mucho, y vuelvo al coche. Antes de meterme vuelvo a mirar a un lado y a otro. Igual hay algo especial y yo no he sido capaz de verlo por no haberme parado a mirar. Nada, no veo nada. Ni rastro de la foto del día.

Arranco y cojo la Castellana bajando por Raimundo Fernández Villaverde. Cuando me acerco a la Torre de Madrid  se me agita algo. Un momento, ya lo entiendo. Haber recorrido un camino tan poco habitual para que al final la foto escogiera precisamente ese lugar que en tiempos fue mi rutina diaria. A esta hora seguro que estás tomando café, aunque ya no donde siempre. Cojo el móvil y selecciono cámara. El semáforo se pone en rojo, cuando una foto escoge motivo busca sus cómplices. La primera, apresurada, me sale completamente torcida. Las dos siguientes derechas y encuadradas.

Cuando llego al trabajo, aparco y miro las tres fotos. Sin duda me quedo con la torcida. Le paso un filtro que se llama nostalgia, pero termino escogiendo el sepia, porque aunque se llame sepia y no nostalgia, a mí me parece que representa mejor los colores que yo veo con ese órgano que no es la vista. Selecciono la opción compartir. Escribo esa dirección que, por habitual, con sólo pulsar la primera letra del nombre, mi teléfono la predice. Enviar. Salgo del coche, ahora ya sí donde siempre, y me dirijo a ese edificio donde ponerme a hacer lo de siempre el resto de la jornada.

Lunes en Madrid

La Ciudad es un ser vivo, que nace, crece, se reproduce y a veces también muere. Que tiene sus defectos y virtudes, su personalidad, un aspecto físico y una vida interior.

Yo intento llevarme bien con ella, tenemos una relación especial, y a veces hacemos planes juntas.

Hay días que salgo a la calle indecisa, sin un rumbo fijo, y entonces le pido ayuda. Hazme una señal, le digo. Y al pisarla saliendo del portal (cosa que hago con mucho cariño, sin prepotencia ni altanería), veo que hay sol, cielo azul, la calle está limpia, los peatones caminan contentos, y me cruzo al frutero y me saluda. Esto me vale, vía libre. Y comienzo a andar. Sin saber dónde ir. Y de pronto, mientras camino, veo que a mi lado un semáforo acaba de ponerse en verde, y que canta como un pájaro, o bueno, casi, porque en lugar de decir pío, pío, dice piú, piú. Pero cada uno es como es. Y entiendo. Quieres que vaya por ahí, ¿no? ¿Dónde me llevas? Y me dejo hacer. Y cruzo. Y paso por una terraza frente a la Almudena, y una de las mesas, la más bonita, tiene una silla algo retirada, invitándome a sentarla. Y a mí hacer feos no me gusta. “¡Por favor, un café!” Y cuando acabo me fijo en los adoquines tan grandes y separados. Si no te importa, ahora me apetece jugar. Bueno, le contesto. A no pisar las líneas, como siempre, no? Eso. Dice ella. Y ando a brincos, y unos niños me miran, sonríen, y siguen su camino junto a su madre, saltando como hago yo, sin pisar las líneas, ni las cacas (esta puñetera siempre le busca alguna dificultad extra al juego). Y con tanto mirar al suelo, me encuentro una moneda de un euro, y un billete de metro. Vaya, hoy te estás pasando, ¿dónde me piensas llevar?…

Pero también es caprichosa. Que no siempre puedo hacer lo que ella diga. Esta mañana me ha puesto charcos en el suelo, el semáforo en rojo, y el metro a rebosar.

Escucha chata, no lo hagas más difícil, que te pongas como te pongas, voy a ir a trabajar.

El reto

A mí siempre me han gustado los retos. Y me pongo muchos en mi día a día. Por lo general suelen ser bastante estándares, porque aunque una tiene sus cosas, si jugáramos a hacer estadísticas, creo que me podría encuadrar en el inmenso margen de aquello que se llama normalidad, que es lo que asociamos siempre a la media.

Pero tengo un reto que me ha tenido frustrada durante meses, ese reto que parecía pequeñito y tontorrón, y que probablemente no quedará registrado como estándar. Fíate tú de un reto, te lo marcas y nunca sabes por dónde te va a salir:  yo me había propuesto hacer sonreír a la panadera.

Porque no hay derecho a que una le sea fiel, compre el pan siempre en el mismo sitio, sea atendida siempre por la misma persona, pida siempre el mismo tipo de pan para no complicarle la vida, y la mujer haga su trabajo como una autómata. Sin mirar, sin mirarme, y sin expresar el más mínimo asomo de expresión que la convirtiera en humana. Eso es algo que le pasa a mucha gente cuando trabaja, el dejar de parecer humana. Y no es que yo pretenda que me cuente su vida o sea mi mejor amiga, pero sí me gustaría que mi panadera dejara de parecer un androide, y se viera por algún resquicio, que es de carne y hueso, y siente, y padece.

Lo fácil sería pasar, o incluso, para los más sensibles, cambiar de panadería. Pero yo sólo veía un reto, con mi vocecilla interior espetándole.: “¿Así que con que esas tenemos? Pues no sabes con quién has dado, que te voy a robar una sonrisa, me cueste lo que me cueste”.

Desde ese día, cuando llego al mostrador, así esté contenta, triste, cansada, exhausta, con ánimos o sin ellos, dibujo la mejor de mis sonrisas, y la amabilidad se personifica en mí.

Pero nada. Derrota estrepitosa un día tras otro. Como si ni me viera ni me oyera. No baja la guardia la tía, ni su escudo antisonrisas. Y tras tanto intento infructuoso, un día mi ánimo decayó. Volvía con Pablo, al que había ido a recoger de un cumple. Y cuando llegué al mostrador se me olvidó el reto, y pedí el pan casi sin mirarla, tan centrada estaba en la conversación que mantenía con el niño:

– Pablo, ¡no puedes ir preguntando a la gente cuánto gana!

– ¿Pero por qué?

– Porque es indiscreto

– Pues no lo entiendo

– Su pan

– Gracias

Entonces la miré… ¡¡¡Y sonreía!!! Y por dentro le dije “¿Ves cómo eras humana?”. Sólo era cuestión de tiempo. Y de que un niño me echara un cable. O me pusiera en un aprieto. Será cabrona….

De la muerte y otros negocios

Trabajo en una asesoría. Y más concretamente me dedico a contabilizar para empresas, liquidar impuestos, hacer cierres mensuales, reportes y controlling financiero, consolidaciones, y procurar que no tengan problemas con la Temible Hacienda Pública, enseñándoles a portarse bien. Y si los tienen, arreglarlos de la mejor manera posible. Casi tan apasionante como ser piloto acrobático.

El caso es que un día corriente, en medio de este trabajo corriente, trabajando para un cliente corriente, una factura no muy corriente me llamó la atención. La emitía una funeraria. El importe era elevado. Miré el concepto. No había error. Estaban facturando un sepelio y demás servicios funerarios. No pude evitarlo, y la escudriñé hasta que vi el nombre del muerto. Por los apellidos até cabos. Era el hijo del socio de esa empresa. Por ley, la sociedad no se puede deducir esa factura. Pero lo cierto es que en esos momentos me dio reparo llamarle para decírselo. Hice mi trabajo como se debe sin consultarle. No encontraba palabras con tacto suficiente como para abordar el tema. Claro, que este señor no tuvo ningún reparo en pedirle a la funeraria una factura a nombre de la empresa con el cuerpo de su hijo sin terminar de enfriarse. Y eso que yo siempre he sido partidaria de buscar el lado positivo de todo. Pero el razonamiento ese de “bueno, ya que la ha diñado, al menos me deduzco los gastos del sepelio”… no coincide exactamente con lo que yo entiendo por “lado positivo”. Y es que cuando el lado positivo tiene que ver con el dinero, esa filosofía se envilece.

Supongo que todo el mundo piensa en su muerte, que es la única muerte que con certeza va a tener que vivir. Y también en su post-mortem. Y no me refiero a si hay o no vida después, a una posible reencarnación, o al Nirvana. Yo me refiero a imaginarme a mí misma dentro de una caja de pino abierta en un tanatorio. Y a la familia y amigos desplazándose para acompañar a los más allegados y afectados, desfilando delante de un cuerpo en el que a duras penas se reconoce la vida que antes hubo. Y no me gusta. Al igual que no me gustan los cementerios. Ni las visitas obligadas. Ni las limpiezas de lápidas. Ni mucho menos una urna dentro de una casa. Me pregunto si no sería posible que nadie velara mi cuerpo y que lo metieran directamente en un horno. Si no sería posible que mis cenizas se tiraran en algún lugar bonito. Aunque si es por el váter tampoco me importa. Total, no me voy a enterar.

Me pregunto si sería posible que no hubiera ningún lugar físico que recuerde el “aquí yace”, para poder yacer en los corazones de aquellos que me hayan querido. Ese se me hace un lugar mucho más hermoso. Y sobre todo me pregunto si sería posible vivir en su recuerdo.

Cuántas cosas con sólo una factura. No seré piloto acrobático, pero al menos puedo permitirme el lujo de ponerme pensativa. Sólo siento que, en mi caso, no vaya a existir factura que le permita a alguien pagar menos impuestos. Aún así espero que me lo perdonen y no me aparten de su memoria.

Mientras pienso todo esto, no puedo evitar escuchar a mi vocecita interior, esa que es mi amiga, recitarme:

When I am dead, my dearest,
Sing no sad songs for me;
Plant thou no roses at my head,
Nor shady cypress tree:
Be the green grass above me
With showers and dewdrops wet;
And if thou wilt, remember,
And if thou wilt, forget.

I shall not see the shadows,
I shall not feel the rain;
I shall not hear the nightingale
Sing on, as if in pain:
And dreaming through the twilight
That doth not rise nor set,
Haply I may remember,
And haply may forget
.

de Christina Georgina Rossetti

Y de Los tres cerditos, yo me quedo con…

Cuando consideré que Miguel era lo suficientemente maduro como para aguantarme cuentos, comencé con uno al azar, Los Tres Cerditos. No sé por qué tomé esta decisión tan a la ligera, porque todo el mundo sabe que a los niños les encantan las repeticiones. Y cuanto más de memoria se saben algo más les gusta. Así que estuvimos contando el cuento de Los tres cerditos cada noche durante… yo calculo… los siguientes seis meses.

Básicamente el cuento trata de tres cerditos que deciden emanciparse, y para ello se construyen sus respectivas casas. El más vago se la hace de paja, el que es un poco menos vago de madera, y el más trabajador de ladrillo. Esto significa que cuanto más vago era el cerdo, antes terminaba la casa y antes se podía poner a jugar y a retozar en el barro. Y lo mejor de todo, a reírse del hermano currante y pringado que seguía ahí con el cemento y los ladrillos, y esperando que fraguara el hormigón.

En esto que llega un lobo con hambre, y a soplido limpio se carga las casas de paja y madera. Así que los cerdos vagos van corriendo a refugiarse a la casa del que se hizo el chalé. El lobo no consigue derribarla, y cuando intenta entrar en la casa para el ansiado festín colándose por la chimenea, se encuentra con la sorpresa de que los muy cerdos la tienen encendida, así que se le quema el culo y se le quita el hambre.

Casi todos lo cuentos vienen con moralina. La más clara de este cuento: que hay que ser trabajador y bla, bla, bla, …. Pero es esta moraleja ya aburre, que lo mismo cuenta el de La cigarra y la Hormiga y cuántos otros.

A mí lo que me encanta de este cuento y concretamente del cerdito del chalé no es su responsabilidad. Lo más grande es que cuando llegan los dos cerdos que previamente se han reído de él, que han retozado en el lodo, cantando y bailando mientras él trabajaba (y quien dice cerdo dice cualquier otro animal de la diversa fauna que puebla nuestro planeta), no les hace un corte de mangas, no les manda a tomar por culo, ni siquiera les reprocha, ni se le oye un “os lo dije”. Abre la puerta de su casa. Les deja entrar. Sin más. Y comparte con ellos la travesura de chamuscarle la cola al lobo. Es un cerdo sin rencor. Yo me quedo con eso.