Miércoles

«Esta piedra es una piedra, pero es también animal, también es Dios, también es Buda; la amo y la respeto no porque algún día pueda ser esto o lo otro, sino porque es y siempre ha sido todo. Y la amo precisamente por esto, porque es piedra y en este momento se me presenta como tal; y descubro un valor y un sentido en cada una de sus venas y concavidades, en el amarillo, en el gris, en la dureza, en el sonido que emite cuando la golpeo, en la sequedad o en la humedad de su superficie. «

Siddhartha, Herman Hesse

Caracol manzana

Abrir la prensa es a veces una tortura de titulares que tienen que ver con la crisis del euro, la corrupción política, las primas de riesgo, y el apocalipsis en general. Pero el pasado lunes sí encontré una noticia interesante que me mereció la pena leer al completo y que captó todo mi interés. En ella hablaban de un animalillo, el caracol manzana, que bajo su inocente nombre, y su inocente apariencia, con su concha, sus colores, y sus cuernos al sol, esconde una hasta ahora desconocida pero malvada plaga de devoradores insaciables que están asolando el valle del Ebro, y otras partes del planeta.

Uno de los mayores poderes de la plaga, además de comerse las cosechas de arroz, es su indestructibilidad.  Según el artículo, el gobierno ha destinado tres millones y medio de euros en inventar formas para destruir al entrañable caracol manzana y su prole, fracasando con todas ellas. Los expertos han probado a secar los márgenes afectados del río, llenar los desagües con cal viva, regar los arrozales con saponina tóxica, y rociar a los caracoles con un aceite que les impide respirar,  pero todos esos esfuerzos han sido en vano. Hasta ahora, el malvado caracol manzana ha demostrado una inmortalidad sin fisuras. Cito textualmente las declaraciones del biólogo indio, un tal Joshi, experto en  caracoles manzana: “Ningún país ha logrado erradicar esta plaga”, cuya intención supongo que es consolar a los valerosos ciudadanos que han sido derrotados por el bichito con el clásico sistema del mal de muchos.

Sigue con su consuelo, pues afirma el biólogo que, si bien no han conseguido erradicar la plaga, el mero hecho de que no se haya extendido al resto del país ni del continente, es ya una gran victoria. La humanidad entera está en grave riesgo (esto último lo digo yo por deducción.)

La cosa es que, y vuelvo a citar el artículo, “no existe una solución industrial para erradicarlos, sólo queda zambullirse en el agua y destrozarlos con las manos”.  Eso rápidamente me lleva a pensar que quizá podría ser una gran oportunidad para reinventarnos, y hacer de nuestra larga lista de parados un ejército de valerosos guerreros que podrían salvar el delta del Ebro, y crecidos con dicha victoria, podrían extender la salvación al resto del continente, y por último a la humanidad al completo. Porque, con semejante poder de destrucción del poderoso y maléfico caracol manzana –y prole-, no me extrañaría nada que todo el tema de la crisis fuera en realidad una cortina de humo que han utilizado los políticos para no alarmar a la población civil con esta plaga que nos amenaza, y evitar así las terribles consecuencias del pánico.

De hecho, y ahora que lo pienso de una forma más global, y tomando perspectiva espacio-temporal, quién no nos dice que todos los desastres ecológicos de autoría humana no pudieran ser  daños colaterales de esa encomiable y nunca suficientemente valorada lucha por terminar con el malvado caracol manzana…

Y no puedo evitar sentirme en deuda con ese animalillo baboso, porque desde que lo he descubierto, todo parece tener algún sentido. Gracias, gracias de verdad, querido caracol manzana.

Rutinas para la inmortalidad

A pesar de que en general el adjetivo esté lleno de connotaciones negativas, los hombres somos rutinarios. Por una lado nuestra propia fisiología nos lo impone: tenemos que comer cada ciertas horas para estar sanos, y beber, y dormir, -y demás necesidades que no creo que haga falta seguir enumerando-, y construimos nuestros días en torno a ellas.

El sonido del despertador a las 7, siempre el mismo. La misma luz ahí fuera cada mañana, o más o menos, según la estación y el clima. Los mismos muebles alrededor, la misma ducha, el mismo armario, la misma ropa dentro. La misma cafetera, el mismo café. El mismo medio de transporte, la misma ruta, la misma mesa de trabajo, los mismos compañeros, las mismas caras, el mismo ambiente, el mismo trabajo o parecido, la misma hora de vuelta a casa, la misma casa. Una cena que, ya casera, ya precocinada, resulta familiar, el mismo rato de sillón, el mismo programa de los lunes en la tele, o de los martes, o de los miércoles, según toque. Y después de cinco días de rutina romper con un fin de semana de rutina, y cerrar el ciclo de una semana, semanas que unidas en series de cuatro cierran el ciclo de un mes, meses que unidos en series de doce cierran el ciclo de un año, años que unidos en series variables, de unos ochenta de media, cierran el ciclo de una vida.

Pero aparte de que tengamos unas necesidades fisiológicas que nos impongan rutinas existe otro componente de índole psicológica que nos ata a ellas. Quien quiera comenzar desde el principio, y con el principio me refiero al nacimiento, que tome entre sus manos cualquier libro de puericultura. De una forma más o menos clara en todos ellos insisten hasta la saciedad en lo imperativo que es para un bebé adquirir rutinas. Y, paradójicamente, aunque las necesidades fisiológicas de un bebé sean mucho más urgentes e inaplazables que las de un adulto, el motivo que dan los manuales no es ese. Los niños necesitan rutinas porque les dan seguridad. Ellos van construyendo poco a poco sus esquemas mentales, el funcionamiento de su pequeño mundo, en torno a unos hitos diarios que se repiten, normalmente con las mismas personas. Y duermen tranquilos porque saben que el día siguiente va a ser igual, van a estar con esas mismas personas, y eso significa que todo está bien. Su mundo es estable, se sienten seguros. Aquellos acontecimientos que cambian sus vidas, como ir al cole por primera vez, comienzan siendo traumáticos. Desaparecen sus personas de referencia y su entorno de referencia, y de pronto ya no saben qué va a pasar con ellos, hasta cuándo van a estar allí, qué va a ser de sus vidas, y tienen miedo, y lloran. Hasta que las nuevas rutinas les hacen conocido el nuevo entorno, y sus profes se convierten en referentes, y además, también a base de la repetición, saben que invariablemente, día tras día, cuando la profe les hace quitarse el baby y salen al patio, estará allí su padre, madre o cuidadora, y volverán a casa. ¿Por qué? Porque a fuerza de repetir saben que eso es lo que pasa siempre, y es lo que pasará hoy también, y lo que pasará mañana.

Y me pregunto si no será lógico pensar que ya que hemos aprendido seguridad en torno a las rutinas,  nosotros adultos no las necesitaremos también, si no nos aferramos a ellas  en aras de ese sentimiento de seguridad que proporcionan. Pero ¿por qué? Si somos adultos, ¿no? ¿de qué podríamos tener miedo? A veces me pregunto de qué no lo tenemos. Pero puestos a escoger un miedo de los grandes,  uno al que no se nos enseña a vencer, un miedo legitimado, uno que es tabú desde que se comienza a ser consciente de él, es a la muerte. Y quizá una de sus implicaciones, aunque parezca una perogrullada, es que el hecho de que vayamos a morir -porque vamos a morir- hace que la vida sea provisional. Y cuando la vida es provisional, todo en ella lo es. Todo para nosotros tiene un principio y un final desde el mismo momento en el que nuestra propia vida lo tiene. Y eso es algo que no podemos soportar, que no abordamos, que tratamos de evitar, que convertimos en tabú y no entiendo muy bien por qué.

Pongo un ejemplo: he apuntado a mi hijo pequeño a un campus de fútbol que dura una semana. El primer día le daba miedo quedarse (incido en un pequeño repaso: entorno nuevo, referentes nuevos, miedo a lo desconocido…. de eso ya he hablado). Sin embargo una vez allí lo pasa muy bien. Y hoy, tercer día, estaba verdaderamente entusiasmado. Entonces no he tenido ningún problema en decirle «disfrútalo todo lo posible, que sólo te quedan dos días más». Pues sí, es algo que al principio le daba miedo, pero que ahora le encanta, y que no obstante se termina, y no tengo ningún pudor en recordárselo, y le cuento que eso que tanto le gusta se acaba sin andarme con paternalismos (o maternalismos), ni condescendencias, ni tacto, ni pienso en tener que usar unas  palabras adecuadas para el mensaje. Tiene principio y final, y ya está. Se acepta, se asume con naturalidad, no pasa nada, no hay dramas. Sin embargo, la visión trágica de la muerte que tenemos desde siempre, nos impide realizar con semejante tranquilidad afirmaciones de ese tipo cuando las preguntas de un niño de cinco años, (o las del adulto de cincuenta)  giran en torno a la muerte. Cuando pregunta, mamá, ¿me voy a morir? (o podríamos cambiarlo por un doctor, ¿voy a morir?) la respuesta suele ser «sí, pero cuando seas muy mayor»  o… «pero falta muchísimo, vamos, una eternidad» o » sí, pero no pasa nada, porque después vas al cielo» o directamente  » tú no tienes que pensar en esas cosas». Y con ese tipo de respuestas, contrariamente a lo que se desea, se le hace ver al niño la terrible fatalidad que es eso de la muerte. Y así, poco a poco, todo lo que es provisional nos aterra, nos aterran los finales, nos aterran los cambios, nos aterra el futuro y nos aterra lo desconocido.  Pero no pasa nada, porque contra todo ese miedo hemos establecido un gran mecanismo de defensa que son las rutinas. De hecho, quién sabe si todas esas necesidades fisiológicas que tanto ayudan a establecerlas no estarán en realidad al servicio de la paz mental a que contribuyen. De hecho, si no muriéramos no necesitaríamos dormir, ni comer, ni mear, como no lo necesitan las  piedras o los superhéroes, y si lo hacemos no es para mantener en orden nuestro organismo -eso es secundario- sino para poder establecer un sistema de rutinas que nos proporcione estabilidad y seguridad, y que a fuerza de repetir un mismo esquema un día tras otro, tras otro, nos genere una sensación de no acabar, de ser inmortales.

Y es que la cosa funciona así, si cada día me despierto a la misma hora, con el mismo despertador, en la misma cama, con la misma persona al lado, o con el mismo hueco,  y voy al mismo trabajo, realizando el mismo trayecto, y mantengo así el esquema un día y otro y otro, al igual que el sol, que cada día nace por el este y se pone por le oeste, entonces  aparece la ilusión de que siempre será así. Las rutinas nos hacen extrapolar lo que ocurre históricamente en el pasado a lo que ocurrirá en el futuro. E, ilusoriamente-nótese que insisto en el término «ilusión»-, se borran las incertidumbres y las provisionalidades, hasta la de nuestra propia existencia. Siempre es siempre.

Pero esa seguridad que nos permite vivir mucho más tranquilos por difuminar la conciencia de provisionalidad, nos hacer perder el valor que toda rutina pueda llegar a tener precisamente debido a esa provisionalidad. Y es una pérdida tremenda, porque a cambio de esa seguridad terminamos dándolo todo por hecho. Damos por hecho que el despertador va a sonar a las 7, damos por hecho que cada día vamos a tener trabajo, damos por hecho que el sol va a salir cada mañana, damos por hecho que nuestro barrio será siempre el mismo, damos por hecho que vamos a poder salir a pasear todos los días, damos por hecho que nuestra pareja nos va a amar siempre, damos por hecho que aquellos a quienes amamos van a estar siempre, damos por hecho nuestra salud,  damos, en definitiva,  la vida por hecho.

Pero es que, además, -y ya sé que me estoy pasando siete pueblos pero es importante-, me parece que también existe una tercera causa para aferrarse a las rutinas y perder esa conciencia de provisionalidad y de duración limitada que en realidad somos. Y es que al perder esa conciencia diluimos también nuestra responsabilidad. Es decir, no sólo tenemos miedo a la muerte, sino que también le tenemos miedo a la vida, ¿por qué? Porque se acaba, porque comparándola con el tiempo cósmico es terriblemente corta, y porque sólo hay una, sólo hay una oportunidad para aprovecharla. Eso genera una cierta presión, no, qué coño, eso genera una presión tremenda. Algo así como dios, sólo voy a vivir una vez, y no durante mucho tiempo, tiene que ser maravilloso, tengo que saber hacerlo bien, tengo que tomar un montón de decisiones cada día, ¿y si me equivoco? ¿y si no hago lo correcto? ¿y si no aprovecho mi tiempo? ¿y si no consigo ser feliz? ¿y si me equivoco y no puedo rectificar? Porque si ocurre todo eso ¿qué sentido habrá tenido mi vida? Ninguno, oh, si no aprovecho mi tiempo, si no tomo las decisiones correctas, si no consigo ser feliz, ni hacer feliz, si no acierto a la primera, y si no acierto a la segunda ni a la tercera, mi vida no habrá tenido ningún sentido. Eso también es un gran miedo. Cuántos miedos.

¿Y qué papel juegan entonces nuestras amigas las rutinas? Es sencillo: al repetir los mismos esquemas un día tras otro, tras otro…., y crearnos así la ilusión de que son esquemas que se repetirán siempre, nos damos la oportunidad de postergar decisiones. ¿Por qué? Porque qué importancia tiene decidir hoy, o lo que haga hoy, o mi insatisfacción de hoy, o mi infelicidad de hoy, o mi error de hoy, si total tengo toda una eternidad para poder arreglarlo. Ya tomaré una decisión mañana, o pasado, ya seré feliz, ya habrá tiempo… y así podemos ir aplazando decisiones, o dejar que nuestro entorno vaya tomándolas por nosotros, y jugamos a quitarle valor al presente para disminuir nuestra responsabilidad sobre el mismo (estaremos de acuerdo en que cuanto más valioso es algo, más responsables nos sentimos de tener que hacerlo bien, y también viceversa, que es a lo que jugamos), y quitándole todo el valor evadimos la presión, pero dejamos también de apreciar, de asombrarnos de lo maravilloso que es sentir calor, y frío, o provocar una sonrisa, o sonreír, o incluso llorar, o andar, correr, escuchar, ver, amar… tanto nos concentramos en creernos inmortales con todo lo que eso conlleva,  que se nos olvida que la vida es un regalo, cada uno de sus momentos, que es increíblemente valiosa precisamente porque tiene un principio, pero sobre todo, porque tiene un final.

Una mirada dura y sin compasión

Si me preguntara a mí misma qué es lo primero que me viene a la cabeza, sin pensar, al escuchar la palabra luz, saldrían así sin pensar  asociados estados de ánimo que tienen que ver con la alegría, la esperanza, o la belleza (en un sentido platónico y no puramente estético).

Y como yo no soy ninguna excepción a la hora de establecer mis asociaciones, y los organizadores de la exposición fotográfica que origina esta reflexión lo saben, quisieron romper ese mecanismo de manera brutal calificando la luz de dura y sin compasión, de una forma inteligente no sólo por lo que esa ruptura sirve como llamada de atención, sino por lo certera que puede llegar a ser. Porque una luz es de una forma o de otra dependiendo de lo que ilumine, y hay cosas que sería preferible no tener que ver, pero que existen, y es necesario ver. Aunque moleste.

Imagino que ese espíritu de denuncia fue el que impulsó al movimiento de fotografía obrera, cuyo trabajo entre 1926 y 1939 se expone en el Reina Sofía, dividiéndolo en tres bloques: Alemania y URSS, Centro Europa y EEUU, y el Frente Popular en Francia y Guerra Civil española. Desde luego el título de la expo además de llamativo es honesto, nadie podrá decir que no estuviera avisado, y es que en Una luz dura, sin compasión,  la luz es dura y sin compasión. Luz que alumbra hacinamiento en ciudades, rostros deformados por un trabajo que está lejos de dignificar, fosas comunes, miseria, violencia.

Pero lo que quería contar son las preguntas que me surgieron a raíz de ver esa expo. Es decir, las reacciones de quienes paseábamos por allí eran quizá las esperadas. Ir viendo imágenes de pueblos y ciudades cercanas, tanto en distancia como en tiempo, contrasta tanto con el presente, -sí, aún con la crisis, aún con todo-, que conmociona. Conmociona mirar fechas y lugares, y pensar mis abuelos, o mis padres– según la edad de cada cual-, pudieron estar ahí, podrían haber salido en esa foto, o pensar en lo difícil que habría sido la vida de haber nacido unas cuantas décadas antes.  Pero no pude evitar que me llamara la atención el contraste entre  toda esa impresión, circunspección, y conmoción delante de esas imágenes terribles de una situación superada, frente a la naturalidad y la normalidad con la que observamos a diario imágenes en prensa las consecuencias de las guerras de ahora sobre la población civil de ahora en Afganistán, Libia, Irak o Siria, de la miseria y la enfermedad en los niños de ahora, a los que también meten a cientos en cajas de madera, no sin antes haber realizado un reportaje mostrándolos devorados por las moscas, el hambre, la malaria y el sida, o a los millones de personas que trabajan en condiciones de semiesclavitud en Asia para hacer rentables a la par que baratas  las manufacturas de los productos que consumimos los hijos y los nietos de los de las fotos de aquella sala.  

Me pregunto entonces cómo funcionan los mecanismos de sensibilidad en el ser humano, partiendo de la base de que a cada uno nos ha tocado una determinada ración de la misma al nacer cuando la naturaleza o la genética jugaron a hacer el reparto.

El caso es que me pareció observar que el ser humano es más sensible hacia acontecimientos que son cercanos en términos geográficos. Es una característica absolutamente irracional, porque  tengo lo mismo en común con un ser que no conozco de nada y vive sin que yo lo sepa dos calles más allá, que con uno que vive en una ciudad diferente, que con otro que vive a cinco mil kilómetros de distancia. Pero sin embargo cuanto más cerca está la víctima de algo, más sensible se muestra uno. Quizá porque le resulta más fácil ponerse en su lugar. Porque la cercanía geográfica hace más sencillo pensar “esto me podría haber pasado a mí”. Y eso hace más fácil la empatía con el sufrimiento ajeno.

Otra conclusión a la que llegué es que el ser humano es más sensible también con acontecimientos que son cercanos en términos de tiempo, pero con un matiz, y es  la condición de que el acontecimiento haya sido superado. Lo que ocurrió en los tiempos de la Inquisición, o en la Guerra de los Cien Años genera un interés indoloro, casi puramente histórico, porque  tanto tiempo de por medio ha servido para curar todo rastro de posible herida, para superar circunstancias. Es pasado remoto. Pero el sufrimiento en presente es demasiado cercano y demasiado duro como para asumirlo, y todo lo terrible que ocurre en el presente es normalizado, es aceptado. Y no es que no seamos sensibles, es que a veces hay imágenes y realidades tan dolorosas que quizá obligan a bloquear la empatía para poder continuar, a cerrar los ojos a posibles responsabilidades, pero por tanto también a cerrar los ojos ante posibles formas de poder intervenir. Hace años no había imágenes, no había reportajes, no había información, y el ser humano no había necesitado establecer mecanismos de defensa contra el dolor que generan, pero me pregunto si es que nuestra psique nos ha proporcionado mecanismos para matar el nervio, y que ciertas imágenes dejen de doler a fuerza de verlas a diario una y otra vez. Sin embargo, cuando miramos imágenes de algo relativamente cercano, pero que ya ha pasado,  podemos dar rienda suelta a nuestra sensibilidad medio amputada: la empatía es sencilla, y la responsabilidad o la posibilidad de actuar sobre algo que pasó poco antes de haber nacido, y que ya se ha terminado, es cero. ¿De qué sirve ser sensible entonces? Supongo que sirve para desentumecer esa capacidad que nos hace más humanos, sirve para tomar conciencia de lo que no debería repetirse, y sirve para valorar todo aquello que ha mejorado. No está  mal.

Sin embargo me pregunto si no sería mucho más útil desarrollar la sensibilidad esa que amputamos, la que borra nuestra oportunidad para intervenir hoy, para tomar conciencia, y no como sufrimiento estéril desde la perspectiva derrotista de que nada se puede hacer, sino desde el optimismo  de las posibilidades reales de cada uno. Y es que, más terrible que una luz dura y sin compasión es una mirada dura, sin compasión.

 

Los días raros, Vetusta Morla.