El miedo a la libertad. I

El hombre moderno

«Piensa, siente y quiere lo que él cree que los demás suponen que debe pensar, sentir y querer. y en este proceso pierde su propio yo, que debería constituir el fundamento de toda seguridad genuina del individuo libre.

(…)

Al adaptarnos a las expectativas de los demás, al tratar de no ser diferentes, logramos acallar aquellas dudas acerca de nuestra identidad y ganamos así cierto grado de seguridad. Sin embargo, el precio de todo ello es alto. La consecuencia de este abandono de la espontaneidad y de la individualidad es la frustración de la vida. El autómata, si bien está vivo biológicamente, no lo está ni mental ni emocionalmente. Su vida se le escurre entre las manos como la arena.

(…)

¿Cuál es el significado de la libertad para el hombre moderno?

Se ha liberado de los vínculos exteriores que le hubieran impedido obrar y pensar de acuerdo con lo que había considerado adecuado. Ahora sería libre de actuar según su propia voluntad, si supiera lo que quiere, piensa y siente. Pero no lo sabe. Y adopta un yo que no le pertenece. Cuanto más procede de este modo, tanto más se siente forzado a conformar su conducta a la expectativa ajena.

El hombre moderno está abrumado por un profundo sentimiento de impotencia que le hace mirar fijamente y como paralizado las catástrofes que se avecinan.»

El miedo a la libertad.

Erich Fromm

El cuento del chico, el río y el secreto.

Érase una vez un chico que vivía en un pueblo pequeño que a él no le gustaba, quizá porque era el suyo, o porque era pequeño, o porque se sentía extranjero. Se aburría, y algunas veces, para escapar de allí, jugaba a explorar en sus alrededores, buscando algo, quizá sólo el juego, quizá su lugar.

 Un día, en una de esas huidas, encontró un río. Le pareció hermoso, le pareció que el murmullo del agua decía cosas bonitas que sólo él podía comprender, y al asomarse, en el reflejo del agua, se descubrió a sí mismo. Como por una necesidad imperiosa de saber más sobre sí, se desnudó contemplando su imagen, y se sumergió en el agua, fundiéndose con ella, y el frío le hizo ser consciente de su cuerpo, de su piel, de cada uno de sus músculos, y sintió como si hasta ese día hubiera vivido abotargado, siguiendo las normas del pueblo, de su casa, de todo aquello que le producía hastío, y que jamás reflejaba su imagen.

Después del baño miró la hora, el tiempo había pasado tan deprisa. Se vistió corriendo, se secó el pelo con la camiseta, aún dio un rodeo hasta llegar a su casa ya seco, casi sudando, sin marcas de agua, ni de río, ni de sí mismo, pues todo ello había pasado a formar parte del más bonito de sus secretos.

Comenzó a acudir allí cada vez que tenía la oportunidad de ser invisible, y a la orilla hablaba con el murmullo del agua, y le contaba sus sueños, le decía que allí era feliz, que se iría de su casa y allí viviría, y se bañaría cada día, y cada día se asomaría para no olvidar su imagen, para no olvidar quién era.

 El río también era feliz, porque sentía que sus aguas tenían sentido en la medida en que daban forma al cuerpo de aquel chico, en que reflejaban su imagen, en que lo hacían feliz, y a fuerza de escuchar sueños aprendió a soñar también, y se soñó casa, se soñó eterno, se soñó siempre, se soñó real.

 Un día, el chico acudió al río con una mochila y un saco de dormir. Había decidido que era el momento. El río estaba tan contento que las aguas avanzaban torrenciales, brincando, contentas, y no eran ya susurro sino un estallido de espuma y júbilo. Y con tanto alboroto, el chico, al asomarse, no pudo ver su reflejo, sino un conjunto extraño de colores y formas. Y como no sabía quién era, sólo por los reflejos, se sintió perdido. Se desnudaba angustiado y se bañaba con frío y miedo, y sus ojos no brillaban. Porque aunque su pueblo no le gustara, era su pueblo, y echaba de menos su cama, pisar los caminos polvorientos. Y el haber llegado allí con mochila, con intención de quedarse, para descubrirse igual de perdido que siempre, hizo que de pronto el río le resultara extraño y hostil.

 El río, al sentir desde dentro la desdicha de aquel chico lleno de sueños, pensó primero que la desdicha se debía a su pasión desmedida. Y procuró calmar sus aguas, pero no pudo evitar las lágrimas, y tantas derramaba que sus aguas continuaban violentas y torrenciales. Sin embargo un día el río abrió los ojos y entendió. Aunque durante un tiempo había soñado ser casa, compañera, o  mujer, – una mujer, sí-, supo entonces que para él sería un río, y secreto, siempre. Un secreto siempre es un secreto, y sobre un río no se puede construir nada, ni una casa, ni unos sueños, ni una vida. Ni sobre un secreto que será siempre secreto. Y ni todo el bullicio de sus aguas, ni toda su transparencia, ni su fuerza arrolladora harían feliz a ese chico. Ni al revés. Esos pequeños hombros jamás podrían soportar sus crecidas con las lluvias, y se abrasarían bajo el sol cuando la sequía evaporase el agua. Él no soportaría todo aquello, pues sólo amaba al río en tanto en cuanto había creído que éste le descubriría quién era él y cuál era su sitio. Retenerlo supondría pasar de ser un rincón de libertad para convertirse en celda. Y el río se sabía río, y secreto, pero cárcel no, cárcel jamás.

 Las aguas del río que había sido el más bonito secreto poco a poco comenzaron a transcurrir serenas, pero no volvieron a reflejar ninguna imagen, ni sus murmullos dijeron más, para que él pudiera marchar sin pena, como último gesto de amor hacia ese chico al que ya amaría siempre. Y los sueños se fueron alejando a nado, para desembocar en un afluente mayor hasta llegar al océano, dejando, mientras se alejaban, un dolor sordo.

El río con pintura de dedos y pinceles

Smile

No se puede estar tan tranquila en un supermercado, escuchar algo así en el hilo musical, de sopetón  y sin avisar, y pretender seguir caminando entre los lineales,  comparando precios,  sin conmoverse.

Menos mal que fui precavida, y hacía la compra con gafas de sol.  Me pregunto dónde quedaron las inocentes y asépticas canciones del verano.

La Maga

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas.

Rayuela, Julio Cortázar

 

Come closer