Crónica del aislamiento. Día 5.

Hoy me he levantado tan despejada como ayer. Solo hemos retrasado media hora la alarma del despertador, que antes de la pandemia sonaba a las 6:20. Ahora estoy despierta antes de que suene. Me levantaba hoy con la esperanza de que me cundiera más el día que ayer. Parece mentira la cantidad de horas en casa para que no me diera tiempo a hacer ni la mitad de lo que quería, y todo eso con la lengua fuera. Ayer le echaba la culpa a que me había tocado ir a hacer la compra. Me puse la mascarilla y los guantes y me fui al supermercado. Pensaba que me iba a aliviar, pero no, paseo recelosa. Las personas con las que me cruzo me resultan amenazadoras. busco la distancia. Si alguien se acerca a menos de un metro me siento agredida. Hoy no tengo que hacer la compra. Eso se tiene que notar. También voy a pedirles a mis alumnos tareas que se corrijan más deprisa ya solo me quedan tres comentarios de bachillerato para corregir.

Hoy suena el despertador y ya estoy despierta. Me da la sensación de que me cuesta respirar. Pero me levanto de la cama y todo va bien. Ya estás con el desayuno. Me peso y he adelgazado 200 gramos. De puta madre. Para las tostadas sigue quedando pan de hogaza del sábado. La mía es integral. Zumo de naranja recién hecho, café y tostada con tomate y aceite. Eso desayunamos todas las mañanas. Como si siempre fuera domingo. Fuera llueve. Hemos pasado de la primavera al invierno enun día y medio. Ese es un hecho que creo que acompaña a a perfección al clima apocalíptico reinante. Hace juego.

Me pongo también aceite en el cuero cabelludo porque tengo un brote psoriasis y me escuece, y se me está extendiendo a la piel de la cara. Me ducho para quitarme el emplaste antes de empezar a trabajar. A las 8:30 ya estoy empezando a trabajar. Hoy te pones los auriculares. Ayer a la hora de comer me preguntaste si estaba bien. Sí, pero antes estaba un poco irritada porque haces ruido. ¿Cuándo he hecho ruido? Haces ruido todo el tiempo: o hablas por teléfono, o explicas deberes, o hablas en alto, o pones música. Y he intentado no decir nada pero lo cierto es que estoy irritada. Hoy te has puesto los auriculares y has pedido disculpas por una llamada de trabajo. Una cosa es hacer ruido todo el tiempo y otra no hacer ruido nunca. Hoy no has hecho ruido nunca.

Hasta las 9:30 no he terminado de preparar las tareas para enviar hoy a mis alumnos y ya tengo emails y mensajes de profesores, alumnos y grupos de whatsapp. Me pongo a corregir comentarios, tareas de ayer, a contestar mensajes… Tengo la sensación de que el día se me pasa contestando mensajes, que no hago más que contestar mensajes. Casi se me pasa la hora de despertar a hijos e hijastros. De hecho voy con media hora de retraso. Como no están muy mentalizados a lo que significan estos días, y les funciona mejor la cabeza si saben a qué atenerse, ayer me entretuve preparándoles un Horario pandemia, con las horas de despertarse, de estudiar y de tocarse los huevos -que a pesar de que las destinadas al estudio siempre les parecen demasiadas, las de tocarse los huevos siguen siendo mayoría-, y la hora de despertarse eran las 10 y ya eran las 10:30 y ellos todavía ahí, durmiendo.

Hoy es mi santo.

Miguel me pide ayuda para las tareas de lengua. Que cómo se escribe una carta a un amigo, y para qué querría él hacer algo así, y que cómo se escribe una carta a un director para pedirle un trabajo. Le preparo dos plantillas con la estructura y la pinta que más o menos deben tener -los millennials no han visto una carta en su vida- y entonces se entera de que hoy era su fecha límite para entregar unas taras de física y química, y me paso una hora intentando ver qué tareas tiene de cada asignatura para tratar de ayudarlo a planificarse, y tienen allí un cacao que no hay quien descifre, y la página se cae constantemente, así que, ni corta ni perezosa le escribo una tremenda carta -electrónica- a la jefa de estudios para hacerle partícipe de mi experiencia.

Voy a ver a pablo y está jugando en horas de estudio así que le quito el cable y le digo lo que tiene que hacer para que se lo devuelva. Al cabo de un momento viene Miguel a mi mesa y me dice que me ha traído un regalo por mi cumple. Es un dibujo de una gran polla con sus correspondientes huevos peludos. Recortada y todo. Le doy las gracias y la pego en mi pantalla. En ese momento pienso en ponerme a hacer videoconferencias solo para enseñarla.

Antes de comer he conseguido corregir dos comentarios y he contestado unos treinta mensajes. ASí en limpio se puede decir que no he hecho nada. Me voy a ver a Pablo y le obligo a que me cuente el tema 7 de historia de españa: desde la restauración borbónica hasta el desastre del 98. Aún se tiene que apoyar en el resumen que ha hecho, pero lo entiende. Y de literatura ha resumido con buena expresión el teatro de antes de la guerra.

En la comida Pablo se entera de que es mi santo. Miguel le cuenta que me ha hecho un regalo. Y Pablo seguro que es una polla. Sí, cómo lo sabes. Joder, porque conociéndote solo hay que pensar un poco, que eres más simple… ¿Y tú qué le has regalado, eh? Yo mejor espero a su cumpleaños. Pablo qué poco comes. Es que las cosillas tienen mucha grasa y además no tengo hambre. Ya estamos, con las quejitas. Ayer dije que el pescado estaba de puta madre.

Vemos dos episodios de Jojo’s. Estoy irritada porque me han pedido opinión para un asunto del trabajo, y han decidido algo diferente. Le digo a pablo que odio los trabajos en grupo porque siempre pienso que mi opinión es mejor que la de los demás. Y pablo me dice que a él le pasa lo mismo. Después me entero de que no es no me tuvieran en cuenta, que ni siquiera habían leído mi email. Pablo, dale a otro episodio. Después de leer mi email y de un millón de mensajes entre medias, mis sugerencias son aceptadas. Y yo me quedo más contenta. Eso me calma y me permite comedirme en otro trabajo que hago en grupo, que tengo que revisar y que reharía entero, hago un ejercicio de respeto, les doy la enhorabuena y presento aunque no esté hecho a mi manera. Es lo bueno de ser consciente de ser tan insoportable, que, dándome cuenta a tiempo puedo contenerme y dismularlo.

Hoy son las 20 de la noche y aún no he escrito mi crónica. Hoy no he leído, no he cantado, no he tocado la guitarra, no he editado, no he saltado, no he bailado y no he estirado. Los días no duran nada. Con suerte pueda escribir mi memoria diaria. Y después me voy a tomar una cerveza. Quedan dos Dunkel en la nevera y, aunque no es fin de semana, voy a beber alcohol.

Crónica del aislamiento. Día 4.

Esto de escribir con un día de retraso me está empezando a paralizar. Porque me gusta escribir en presente pero sobre todo porque se me olvidan las cosas. Parece increíble, pero ahora mismo me da la impresión de que de hoy a ayer han pasado un millón de años, que ayer es un pasado remoto y no consigo recordar nada. Si hago un esfuerzo puede que recuerde los hechos, pero mi cabeza está a años luz. No se puede contar nada si se ha olvidado lo reciente, lo que rezuma y deja poso. El subtexto. Qué sentido tiene escribir texto sin más. Hilar oraciones con un sujeto un verbo y un predicado. Así que he decidido, en el día de hoy, en este preciso instante y de manera unilateral que el día cuatro me lo voy a saltar y voy directamente con el día cinco, es decir, hoy.

Crónica del aislamiento. Día 3.

No hubo ni que salir a por el pan. Seguíamos teniendo buena parte de la hogaza artesana con harina ecológica y masa madre que sabe un poco ácida. Todavía no sabíamos en qué iba a consistir exactamente eso que llamaban el estado de alarma. El consejo de ministros estaba reunido. Pasaban las horas y sin noticias. Por la mañana intenté ponerme a limpiar las ventanas del salón, pero en cuanto me viste ahí subida de pie en el alféizar tu vértigo hizo acto de presencia y por respeto a tu miedo me bajé. Ahora mismo hay un cristal limpio y los otros tres sucios. Pero el limpio no está muy logrado, porque se notan las pasadas de la bayeta, y los sucios tienen más encanto, porque no parece sucio, sino más bien un filtro del Instagram. filtro nostalgia, slumber o el crema. Claramente fue un error esa limpieza.

Se me pasó por la cabeza limpiar la cocina pero lo deseché enseguida y me fui al ordenador a corregir. Entonces las horas comenzaron a pasar sin enterarme. Solo volví a levantar la cabeza cuando me llamaste gritando para que fuera al salón. Y te encontré allí, con las ventanas abiertas de par en par, sentado en el alféizar, con una cerveza y unas patatas fritas, desafiando al vértigo. Con el pánico que te ha dado siempre ese alféizar, y lo nervioso que te ponía cuando me sentaba a fumar ahí, en aquellos tiempos en los que fumaba. Lo aprecié como el gesto de amor que era y me senté contenta, en esa suerte de aperitivo en terraza que no es terraza pero que se le asemejaba bastante. Y cuando se terminó la Dunkel me fui a por la segunda. Yo te conté que me daba miedo que en esos días de confinamiento los cinco juntos termináramos aislados unos de otros, por muy paradójico que pareciera.

Comimos con las resoluciones del consejo de ministros y bromas varias. Hice tallarines con boloñesa, pero en lugar de hacerlos como los payos lo hice como los gitanos, con chorizo también, y fueron un éxito. Se lo tengo que decir a la alumna que escribió la receta y me dijo que los payos lo hacíamos todo soso. Yo me como una ensalada. Les pregunto que si les ha gustado el bizcocho de plátano y cacao. A miguel y a hugo sí. Pablo me dice que está un poco chicloso, que con tanta glucosa como debía tener eso por la fruta no le extraña, y que ese regusto a plátano nole terminaba de convencer. Miguel le dice que siempre tiene que sacar algún pero y tú lo apodas morrofino. Y pablo dice que si le pregunto que él contesta. y después nos estamos con lo del morrofino el resto de la comida. De momento el humor sigue en pie. Después de comer pablo y yo vimos dos episodios de anime. En concreto uno que se llama Jojo’s bizarre adventure. A pablo le ha dado por los animes desde hace un par de meses a esta parte. En ese tiempo ha visto unas 15 series, ha aprendido a dibujar estilo manga tanto con boli, como con acuarela, como con pluma como con tableta gráfica, y está estudiando japonés. Le hacía ilusión volver a ver conmigo esa serie. Y mientras, me va enseñando japonés. Pero como no tengo demasiado interés y poca memoria, no retengo demasiado. A mí me parece tierno que le haga tanta ilusión ver la serie conmigo, aunque no termine de gustarme el género. Y que quiera hacerlo me parece un signo positivo frente al temido aislamiento.

La tarde la pasé corrigiendo. A última hora me notaba apalancada. Físicamente. Y no era una sensación. Así que me puse a saltar. Y cuando digo saltar quiero decir literalmente saltar. Como si tuviera una comba pero sin comba. Saltos. Me descubriste y me delataste, y todos vinieron a verme hacer el ridículo saltando sola, y se burlaron, y yo seguí saltando, y después pensé que saltar con música dejaba de ser saltar para ser bailar, y puse música, y me acordé de los ejercicios de flexibilidad de jazz lírico, y los hice, y esta vez no me descubrió nadie. Y aún así 2.800 pasos. Menuda ruina. Pero un poco más estirada. Y entonces recordé que en la última clase a la que había ido había sonado un tema de La la land, y puse la banda sonora. Y volviste a entrar y sonaba City of stars. Y esta vez no te burlaste de mí. Me abrazaste con angustia. Y te pregunté si querías bailar. Y no dijiste nada pero bailaste. Y pensé que había sido un buen día de domingo apocalíptico con un aperitivo en el alféizar con sol de primavera, animes, risas en la comida y un baile sobre la alfombra donde un día estuvo una batería.