¿Prefieres estar encerrado en una elección o tener una Idea?

“¿Una elección es una libertad que muere al pasar de tres o cuatro posibilidades a una sola, la que hemos elegido? ¿O bien hay en toda elección otra solución, además de esas posibilidades entre las que se limita la elección, que permitiría rechazar el principio mismo de elección, el de la exclusividad de las posibilidades, mortífero para la libertad?

¿Sería posible elegir no elegir? ¿Habría que soñar con vacilar perpetuamente? ¿Habría que privilegiar las decisiones que ofrecen un número acotado de posibilidades? ¿Habría que elegir diferir la elección, dejarla para más tarde? ¿O bien existe una salida a la encrucijada de elegir?

La lúdica sostiene que siempre es posible tener una Idea, inventar una solución no prevista que modifica incluso la posición de los escenarios, y que permite conservar intacta esa libertad que hemos intentado acotar, escindir y convencer para que se automutile. Siempre hay otra posibilidad. Una posibilidad  distinta de aquellas entre las que se duda,  sólo hay que pensarla pensarla. Siempre hay algo mejor que elegir:  hacer una Idea. Porque siempre es posible elegirlo todo: eso es una Idea.(…)

(…) Una Idea no se inventa, se encuentra. Porque siempre es real:  hace tiempo que todos y cada uno de los problemas han sido resueltos. Basta con encontrar en  algún lugar de la realidad el Imposible que buscamos. El sentimiento de imposibilidad es tal que cada uno renuncia de inmediato a buscar en la realidad lo que es imposible. Pero lo cierto es que, a poco que se aísle la sensación de prohibición, de desánimo o de pereza, se encuentra rápido y sin esfuerzo aquello que se busca.”

Traducción del artículo “Preferez vous être enfermé dans un choix ou avoir une idée?” del filósofo Jean Paul Galibert.

Estoy empezando a aficionarme a las traducciones, a Galibert ya lo sigo desde hace tiempo, aunque tengo que reconocer que no soy tan lista como para comprender siempre del todo lo que quiere decir a la primera y en otro idioma. Si me dedico a desentrañarlo, si le dedico el tiempo suficiente para entenderlo, sí. Pero no siempre lo hago. A veces lo leo en diagonal, no entiendo del todo y no insisto. Y normalmente, le dedico el tiempo, es decir,  me paro a pensar en aquellos artículos que me hacen pensar en algo en lo que ya antes de leer pensaba, cuando sería más lógico, digo yo, tratar de pensar en algo en lo que que previamente no hubiera caído, no? ¿Por qué? ¿Por reafirmarme? Y yo, con mi baja tolerancia a las renuncias, me pongo a leer acerca de encontrar los imposibles, acerca de Ideas con mayúscula, acerca de elegirlo todo, leo acerca de libertad, al fin y al cabo, y me vuelvo loca, y ya ves que no sólo es cosa mía. Y además, si antes decíamos eso de retomar el francés… Te he ganado.

Permitirse el lujo de elegir

La conversación comenzó a raíz de una noticia en el telediario de un festival de cine al que había asistido Alec Baldwin. Al verlo lo tildaste de mal actor, de haber participado en películas terribles. Me pregunté por qué una persona que se considera buena acepta proyectos mediocres que tiran por tierra su prestigio profesional.

-Bueno, incluso los mejores, incluso los valientes, los que después producen cine indie, firman de vez en cuando un taquillazo para hacer caja.

-Ya, pero a costa de qué. Podrían ser más selectivos.

-A lo mejor no siempre pueden, no se trata de algo frívolo. Es o una mierda o nada. Noveles, o actores pasados los cuarenta, no tienen más remedio que actuar en bodriazos porque es lo único que les ofrecen.

Me estaba empezando a irritar, ¿por qué me estaba irritando? No sé, pero me estaba irritando. Como si se tratara de algo personal:

-Pero diciendo sí a según qué cosas se están faltando al respeto a sí mismos. Cómo esperan que después se les siga considerando grandes cuando se humillan aceptando según qué papeles. Y estoy segura de que se pueden permitir el lujo de elegir.

El endurecimiento de mi postura, mi juicio, mi inclemencia, te hicieron saltar.

– ¡Y nosotros qué sabemos! ¡Qué sabemos nosotros de ellos, y de lo que pueden o no elegir!

Eso dijiste. Vehemente. Di por zanjado el tema porque estaba de muy mal humor, y ese mal humor me ponía de peor humor aún. Por qué tenía que terminar irritada por Alec Baldwin. Y qué me importa a mí ese tipo. Por qué me tengo que enfadar por los papeles que interpreta o deja de interpretar.  Se acabó la historia. O no. Porque al día siguiente, según iba a trabajar, le seguí dando vueltas. Y sí, claro que se puede elegir. Lo sabía. Y lo sabía porque yo misma acababa de aceptar un papel no terrible pero sí mediocre. Y había podido elegir. Entre eso y nada. Y eso es una elección. Podría haber elegido nada. Que puede que cuando la elección es entre dos opciones desagradables o difíciles la sensación de libertad se diluya, pero lo cierto es que se puede elegir. Es eso o un despido improcedente, es lo que había escuchado unos días antes en un despacho. Está bien, eso. Había contestado yo. Aunque eso fuera mediocre, aunque viniera de quien desprecio. Y había podido elegir. El blanco y el negro. Los absolutos. Lo digno y lo indigno. Pero es que en la vida no todo es blanco o negro, hay una extensa gama de grises. Eso lo he escuchado un millón de veces. Los grises. El miedo, la precariedad, la debilidad, las flaquezas, el miedo, los grises.

Y sí, claro, claro que se pueden comprender. Se pueden comprender porque todos estamos llenos de grises, porque todos tenemos miedos, porque ahí fuera planea el holocausto, porque hay tanta gente sufriendo, porque tenemos responsabilidades, porque no podemos ser inconscientes, por la sensatez, porque la dignidad se va haciendo diminuta, porque el miedo.

Se puede mostrar piedad, clemencia y comprensión frente al gris. Pero el blanco existe y el negro existe, los absolutos existen – lo sabes, cómo no lo vas a saber cuando eres uno de ellos-. Y ya sé por qué estaba tan irritada y de tan mal humor, por qué esos juicios tan duros contra ese dichoso actor, por qué ese desprecio. Porque yo era Alec Baldwin. Y sí, se puede elegir.

Lo importante y lo urgente

Cuando el otro día charlando con Manu lancé sin recordar ahora bien a santo de qué, aquello de distinguir entre lo importante y lo urgente, no era consciente de lo que eso mismo me iba a hacer pensar, desde ese mismo momento.

Desde que nacemos, el mundo tal y como está montado, y el hecho de que el tiempo sea tan limitado -y por tanto valioso- nos enseña a actuar priorizando en términos de urgencia. Todo tiene un plazo, todo tiene un tiempo, una hora, y un límite. Y todo nos empuja a convertir lo urgente en lo prioritario dentro de nuestro sistema de preferencias,  sin cuestionarnos siquiera su importancia.

Ese día, según pensaba en aquella frase, hice lo que suelo hacer cuando quiero analizar algo, y es llevarlo al terreno real, o a mi terreno, y dentro de eso pensé en la última decisión en la que habían intervenido la importancia y la urgencia. Y es que al final, cada decisión supone priorizar. Supongo que habría sido más urgente quedarme en la oficina terminando rápidamente el trabajo que estuviera haciendo esa mañana, pero sin embargo había considerado más importante emplear un rato  en compartir momentos,  café y un cigarro. Y me alegré por ello.

Me alegré de que últimamente estuviera analizando mis prioridades no tanto por su urgencia, sino  por su importancia. Eso me llevó a pensar también en mis estudios. Para mí es importante. Me gusta lo que estudio y sobretodo me gusta el por qué. Y el examen tiene un plazo.  Sin embargo le dedico poco más que un par de horas al día. Porque dedicarle más tiempo me supondría sacrificar el de mis chicos. Y ellos son más importantes. Hay sacrificios que no merecen la pena.  Frente al argumento de “es sólo un año” la respuesta es que es un año cuyos momentos no voy a recuperar. Como dice mi padre, la vida está hecha de momentos.  Y yo los quiero hechos de lo que para mí es importante.

La urgencia está casis siempre asociada a una meta, a un resultado, a un destino.  Y estamos acostumbrados a concentrarnos en eso,  en las metas, en el destino, y eso precisamente  nos aleja de la importancia del camino. La prisa, la urgencia por llegar a una meta, nos hace sacrificar el momento presente.  Y de pronto soy consciente de que llevo un tiempo entendiendo  que la meta, el destino,  no debe ser más que una guía para descubrir el camino por el que andar, pero nunca una presión, nunca un plazo, nunca una urgencia, nunca un espejismo que me desvíe de  lo que es verdaderamente importante: amar el camino, ser feliz caminando.