Binta y la gran idea

Cartel cinefórum Binta

Organizar esta actividad me ha dado la oportunidad de ver de nuevo este corto y sonreír con él. De ilusionarme pensándola. De hablar con Sergio Martín, que ha puesto La luna de Madrid y su amabilidad a nuestra disposición. De contactar con Javier Fesser que ha puesto el corto y sus palabras de apoyo a nuestra disposición.  De hacer con mis medios rudimentarios el cartel para presentar la proyección del corto.

Tengo suerte. Me ha dado mucho.

Ahora sólo queda compartir el momento este viernes.

Feliz Navidad

El alma de un niño no es el que escribe una lista de regalos, ni adorna un árbol, ni mira boquiabierta las calles llenas de luces. El alma de un niño es la inocencia que permite mirar el mundo con otros ojos, la capacidad para ilusionarse, y sobretodo la capacidad para soñar. Los niños sueñan vivir aventuras, viajar al espacio, volar en un globo, crear inventos maravillosos, ser estrellas de cine, futbolistas… sueñan ser valientes, ser especiales, ser únicos. Sueñan que pueden hacer un mundo feliz. El alma de niño no tiene color, está hecha de sueños, y todos esos sueños están al alcance de su mano, no tienen límites. Los límites son inventos adultos. Los adultos inventamos dónde está la línea que separa lo posible de lo imposible, donde lo posible suele ser lo sencillo, y lo imposible lo difícil. Y más allá de esa línea no intentamos nada. Entonces, el alma de niño, aburrida por estar encerrada en un cerco tan pequeño, se duerme… Pero, ¿y si pudiéramos despertar ese alma de niño? ¿y si no se hubiera perdido para siempre? ¿y si de pronto traspasáramos esa línea y descubriéramos lo que hay más allá de ella? ¿y si hiciéramos que lo imposible fuera posible con el alma que un día tuvimos, y que no caduca cuando termina la Navidad?

Cuestiones de fe.

A veces me cuestiono el por qué creo en lo que creo. Sé que a veces tengo miedo de desapegarme de la realidad, o del realismo, y a veces las dificultades me tambalean. Me cuesta trabajo mantener mi seguridad en todo en general, y mis replanteamientos son constantes.

¿Qué quiero decir con esto exactamente? Bien, un ejemplo. La semana pasada una de las personas que colaboraban activamente con la Asociación se dio de baja. La Asociación Dar es Salaam es pequeñita. Somos unos cuarenta socios para construir un hogar escuela en Tanzania para sacar de la calle a unos doscientos niños, y que cuesta más de… ufff…  prefiero no concretar esa cifra acompañada de cinco ceros a su derecha, pues  me marea.  Por no hablar del futuro mantenimiento mensual. El caso es que leer la noticia de la baja me tambaleó, y no pude evitar lamentarme a César. César, cada vez somos menos, no damos abasto, no podemos hacerlo todo nosotros. Y César, inquebrantable como siempre, me contestó. No te preocupes. Tengo el presentimiento de que se está fraguando algo bueno. Habla del proyecto con las personas a las que admires.

Y eso bastó para perder el miedo, para continuar creyendo en lo que parece imposible. Y después de todo, ¿qué es un presentimiento? Un presentimiento no es nada. ¿O sí?  En realidad no es el presentimiento, es la seguridad. Es esa fe sin fisuras. Es esa fe la que me hace creer. Si tú crees yo creo.

Lo que quería decir con este ejemplo es que me doy cuenta de que no me basta para avanzar tener un bonito proyecto que me gustaría hacer realidad. Me doy cuenta de que sola es fácil que me pierda en el camino. Que necesito a mi alrededor personas que no se dejan cegar por las dificultades porque son capaces de mirar más allá, y hacen posible lo imposible. Y estas personas  son canalizadoras de mi propia fe. Y supongo que como todo, creer también es un aprendizaje. Y quiero creer que en algún momento de este camino, llegaré a aprender a tener fe también en mí misma.