el camino de vuelta

En el camino de vuelta estuve más callada todavía. Intenté mantenerme activa, y en lugar de dejar la música en aleatorio -como suelo- puse Ser brigada como canción de despedida, y como una de esas declaraciones de intenciones que parece que van a durar siempre hasta que llegan los lunes y las obligaciones que van en contra de mi ser caótico, y me arrastran al suelo, del que intento despegar y al que trato de sujetarme a partes iguales.

Después dejé Valiente, porque saltó antes de poder cambiar de disco y odio cambiar un tema cuando está a medias, salvo que el odio hacia el tema sea mayor que el odio a dejarlo a medias, y te puse Sil Fono, que era el tema que estabas deseando que tocaran la noche anterior y no tocaron aunque hubiéramos ido hasta Granada para oírlo, y que probablemente tocarían ayer, mucho mejor, y al lado de casa, pero no pudimos estar. Es una cosa que nos pasa bastante. Lo difícil se nos da mejor que lo sencillo. Además fue una forma de decirte que, aunque discutiéramos ayer porque a mí me pareció que el grupo tuvo fallos, y sí, califiqué su puesta en escena inicial como pretenciosa, y a ti te sentó como si te hubiera tildado de pretencioso a ti mismo,  te sigo queriendo y te escucho cuando hablas, y también me sigue gustando Sil Fono aunque piense que ayer la puesta en escena fuera pretenciosa en el contexto de ayer.  Y cuando la oíste me preguntaste que si tenía puesto el modo aleatorio. No. Por supuesto que no. Aleatoriamente es prácticamente imposible que hubiera comenzado con Ser Brigada, después por Valiente y por último Sil Fono. Si hubiera ocurrido por casualidad habría resultado muy mágico, desde luego. Entonces me puse a pensar que las cosas que no suceden por casualidad, también puedes ser muy mágicas. Incluso a veces hasta más. Porque cuando algo ocurre como consecuencia de uno mismo, ese darse cuenta de que los propios deseos, convertidos en acciones, pueden dar lugar a resultados bonitos, es tremendamente mágico. Se trata de esos momentos en los que uno piensa, sólo soy una gota en el océano, una pequeña e insignificante chispa de vida que apenas dura unos segundos, pero he tenido el poder de que ocurriera algo maravilloso, he influido y contribuido a que ocurriera. A veces lo hacemos de forma consciente y voluntaria, pero otras veces ocurren cosas que parecen casuales y no lo son, las hemos provocado nosotros, sólo por ser lo que somos, y sólo nos damos cuenta después. Y me parece que es bastante más sorprendente eso a que un día se alineen los astros y manden señales, o hagan que el reproductor elija justo la canción adecuada para el momento preciso de manera aleatoria. Los astros, la suerte, las leyes físicas y el universo en su conjunto son mucho más poderosos que una persona, es natural que sean capaces de hacer magia y poesía.

Empecé a pensar en eso casi sin darme cuenta, y casi sin darme cuenta pasé a un estado de semi-inconsciencia. Dormida del todo no estuve porque recuerdo tener un recuerdo claro de cada canción que iba sonando, ya sí, en orden aleatorio. Pero en mi cabeza sólo estaba la música, nada más, sólo sentía la música. Y no fue intencionado, nunca lo es, pero no volví a pronunciar una palabra hasta tres horas más tarde. Qué solo me dejas. Me dices. Para compensar te lío un cigarro, uno bonito. Y te miro un rato, disfruto del hechizo, consciente de que le queda poco. Es domingo. En unas horas volveremos a ser calabazas.

Juegos entre taro, machado, y el pintor de batallas

Hace una semana leo por primera vez en mi vida el nombre de Gerda Taro en un correo electrónico. Al amigo que la cita no se lo cuento, que es la primera vez que oigo hablar de ella, sin embargo aquí sí. Me abruma la cantidad de cosas que no sé, que quizá debería saber, que se espera de mí que sepa. Sé muy poco. Tengo una memoria de detalle terrible. Como compensación tengo una asombrosa capacidad de asombro. Me encanta asombrarme. Entonces recuerdo unos versos de Machado que leí también hace muy pocos días, que tampoco había leído nunca, pues de haberlos leído no los habría olvidado, y me abruma la cantidad de versos que me faltan por leer. Y decía que no los habría olvidado porque identifiqué con ellos el propio mecanismo de mi recordar.

Sólo recuerdo la emoción de las cosas,

y se me olvida todo lo demás;

muchas son las lagunas de mi memoria

Y sigo, porque una semana después de haber visto escrito el nombre de Gerda Taro por primera vez, encuentro un artículo en El País acerca de Robert Capa y Steinbeck. Y pienso que qué casualidad. Y recuerdo de nuevo a Gerda Taro. Y los versos de Machado. Qué casualidad. Y entonces busco más acerca de Robert Capa y Gerda Taro. Al hilo de su historia me viene a la cabeza El pintor de batallas, de Pérez Reverte, que leí hace un mes escaso, por su paralelismo con Olvido y Faulques. Y pienso que Pérez Reverte sí debía conocer el nombre de Gerda Taro, y de Robert Capa, y que debieron formar una parte del conjunto de musas que inspiraron su libro. Nada surge de cero. Todo parte de algo, ¿recuerdas? eso creo que fue el lunes, y me viene ahora. Y al recordar esa lectura se me llena la boca de cenizas, y la mirada de un cinismo que daña, pero paradójicamente protege de una realidad que depedaza, que no deja más que ceniza, que no deja ni una tregua para tomar un poco de aire, porque no lo hay, aire, en todo el libro. Y de ahí el cinismo,  puro instinto de supervivencia.

Y me asombran todas esas cosas en mi cabeza, -¿casualidad?- y me asombra más todavía la forma que tienen de jugar entre ellas,  de descubrirse, porque un vez han entrado de ninguna manera se mantienen ahí en solitario, juegan, sí, se unen, a veces no inmediatamente, a veces cuando uno menos lo espera, con un hilo irracional, que es precisamente el que termina dando sentido…