llegados a este punto

Qué suerte que nacieras, y que viviendo todos estos años de un lado para otro, ahora estés justo donde estás, que es precisamente donde estoy yo. ¿No te parece una casualidad asombrosa? No, tú dices muy seguro que  las vidas que empezaron las otras veces que naciste, y las que vendrán cuando vuelvas a nacer, tienen en común que siempre llegas a este punto preciso donde estás ahora. Que es donde estoy yo.

En este punto somos jóvenes y valientes, en este punto estamos un poco locos, y es imprescindible permanecer desnudos.  Entonces aparecen los significados para nosotros. Aparecen por todas partes. En Amuleto de Bolaño, en el Mundo de Millás, en una bicicleta apoyada en una pared, en un robot de cajas de cartón, en una gata que se va a llamar Carmen, en la luna de medio día que aparece en zaragoza y se mete por mi ventana, en ese señor que estaba sentado en la mesa, y celebraba él solo con vino blanco y berberechos, en el mensaje que hay escrito en la pared, en la fuente de la república de españa, y en ese paisaje que algún día será tuyo.

Ya es mío. Es todo nuestro, ese es nuestro patrimonio de belleza y magia.

 

 

ser hoja

– Sabes, en el viaje estuve pensando una tontería, pero no te la conté.

– Ya, nunca me cuentas nada de viaje. Eres una compañera de lo más silenciosa.

-Porque me abstraigo, pero lo voy a compartir ahora. Es una cosa muy simple. ¿Te has fijado que las hojas son bonitas desde que nacen hasta que están a punto de morir? Mira el otoño, es abrumador. Con todas las hojas viejas, da igual lo viejas que sean, si sólo están un poco rojas o si ya son completamente marrones y están a punto de caer. Da igual, resultan bellas. No sólo bellas, abrumadoramente bellas. La belleza del ocaso, de la decadencia. La decadencia no tiene una connotación negativa en una hoja. Existe una cierta tristeza, una nostalgia, pero bella. Incluso voy más allá, hasta las hojas ya muertas, las que están en el suelo, los cadáveres de hoja, marrones y secos, muertos, son bonitos. Vamos pisando hojas muertas y son bonitas. Las percibimos como bonitas. Los niños las recogen del suelo para hacer trabajos en el cole, y decorar las paredes de clase. Las hojas son bonitas siempre. Desde que son brotes tiernos hasta que mueren. Siempre. ¿Verdad?

– Sí.

– Sin embargo las flores no. Las flores son bonitas justo hasta su madurez. Después se abren demasiado, se empiezan a poner mustias, marrones, se ajan, y ya medio muertas no le gustan a nadie. Cuando alguien las corta siempre lo hace cuando aún son jóvenes, y trata por todos los medios de alargar esa juventud en la medida de lo posible, con trucos absurdos como la aspirina en el agua, o en su forma más ingenua y despiadada, secándolas. La de la flor seca sí es una belleza decadente. ¿Verdad?

-Sí.

-Pues eso, que es una pena ser flor. Y nosotros somos flores.

– Bueno, hay personas que siguen siendo bonitas en su vejez.

-Pero me estás hablando de excepciones, de personas sueltas, de tu percepción particular… sin embargo, sobre el color del otoño, y la belleza de las hojas moribundas hay un amplio consenso. Para nosotros la vejez no es percibida como bonita, no abruma, no nos da un vuelco en las tripas. Más bien es fea, decadente. La máxima ambición es la juventud, ese es el mensaje que se bombardea. La eterna juventud. No somos capaces de ver belleza más allá. No nos emocionamos con la estética de la vejez. No la encontramos. Podríamos resultar hojas naranjas, pero nos vemos flores pochas. Podría ser una cuestión cultural. Pero también es posible que simplemente se trate de algo esencial. Es decir, que el ser humano sea flor y no hoja…

….pero ojalá fuera hoja.

Ceremoniales

Me dijeron que iban al Templo y los acompañé hasta allí. ¿Váis por el atardecer?, pregunté. Vamos para tomar algo en un sitio bonito.

EL Templo es bonito. En el Templo puede haber baile de capoeira, torneo con espadas láser, performances con  pintura, disfraz, preparados cámara acción, cursos de fotografía, picnics en el césped con manteles de cuadros, emparedados y globos, guerras de agua, campeonatos de fútbol, chinos vendiendo cerveza, tambores que acompasan los pálpitos y suecas en bikini. En el Templo puedes encontrar cualquier cosa porque el Templo es escenario de un ceremonial de alegría. Un lugar donde vale todo siempre que ese todo implique energía y disfrute. Y el clímax lo marca el sol al ponerse. En el Templo se ve el atardercer más hermoso de Madrid.

Nos despedimos junto a mi coche. A ver si nos llamamos un día. No nos llamaremos, nos hemos acostumbrado a que la casualidad nos regale algún encuentro. Que te vaya muy bien, dijeron. Que disfrutéis el atardecer, les dije.

Subí al coche y me alejé de allí sin ceremonial y sin atardecer. Otro día. Recogí a mis pequeños, y con ellos en el coche, una hora más tarde, en el paseo en el que está una de las casas donde habito de modo itinerante, vino a buscarme el sol al que hacía un rato había conjurado. Ese mismo que normalmente actúa discreto, saliendo por el este, escondiéndose por el oeste, iluminando cuando toca, y enrojeciendo la línea del horizonte. Vino, y vino para sacarme poderoso de mi mirada al frente, para impedir que continuara con semáforos y distancias de seguridad, vino para imponérseme, para obligarme a mirar a lo alto. A demostrar lo inmensa que puede llegar a ser una pequeña y lejana estrella cuando se lo propone, y lo pequeños que nos deja al resto de los mortales. A demostrar que es bello el día en que se propone serlo y que no importa el decorado, que no necesita un Templo, no necesita nada, nada más que a sí mismo para hacerme levantar los ojos, para obligarme a mirarlo, a mirarlo hasta hacer daño, y qué me importa si me duele, hasta conmoverme y caer de rodillas ante su absoluto furioso e inmenso.