Crónica del aislamiento. Día 12.

El fin de semana fue de vacaciones. No puse despertador, al abrir los ojos era de día, quedaba pan rico para desayunar, y naranjas para hacer zumo, y café. Qué más se puede pedir. Me quité de las espalda la necesidad de cumplir con obligaciones que yo misma me había impuesto. Corregir, preparar el tema 13, editar, hacer una serie de ejercicios, escribir este diario. Y pasamos tiempo juntos y tranquilos en la habitación blanca, y después me dio por cantar y grabar una canción, Moon River, que me viene a la cabeza en momentos en los que de alguna forma siento la necesidad de arropar, o consolar, o ponerme un poco cerca. Un poco más cerca. Y además, que utilice Huckleberry como adjetivo de friend, me parece maravilloso.

Ayer no digo que fuera mal día, pero me encerré a trabajar a las 8 de la mañana y a las nueve de la noche, con un descanso de una hora y media para hacer la comida y comer, entraste y me dijiste. Te vas a poner enferma. Enferma de qué, te contesté sin dejar de mirar la pantalla. De la cabeza, del cuerpo, de todo, ponte un horario, sal de ahí. Creo que en realidad es culpa mía, que me voy buscando obligaciones y ampliaciones y además me da la sensación de que tardo mucho en hacer cualquier cosa. Así que tomé la determinación de ocuparme de temas de mis clases de 8 a 15. Por las tardes a otra cosa. Después de cenar me tomé una copa de vino. Empezamos a ver Hunters. Se desarrolla en los años 70, en USA. Pot lo visto, nazis huídos después de perder la guerra, y camuflados como buenos americanos más, se organizan y comienzan una guerra de guerrillas para dar caza al judío. Eso supongo que obligará a su vez a un aguerrido grupo de judíos a aliarse para dar caza al nazi encubierto. Pero solo lo supongo. Hasta ahora solo han aparecido nazis matando judíos, muy rubios, muy arios, muy extremos en sus planeamientos y en su maldad, muy retorcidos en sus formas de matar, y ciertamente nostálgicos (a una abuela se la cargan instalando un sofisticado sistema de gas en la ducha de la casa y la gasean mientras la pobre canta en la ducha con el gorro de plástico puesto protegiéndola el pelo). En fin. Hoy por la mañana un compañero me enviaba un twitter de un abuelo americano Trumpista que decía que él se sacrificaba por sus nietos, que no se merecían una recesión por salvar a los viejos. Y me acordé de la serie.

Hoy el día ha sido un poco más equilibrado, aunque me reconozco llena de ruido y evadida. Con muro.

Estar en casa todo el día, sin embargo, no me genera ansiedad. A veces pienso si no me iré a encariñar demasiado.

Hoy les he pedido a mis alumnos de tercero que como actividad del día me enviaran un audio en el que me contaran qué les gustaba de estar en casa, qué echaban de menos y qué era lo primero que querían hacer cuando salieran. Los animé a compartir sus audios, porque si a mí me hacía ilusión escucharlos, a ellos también les gustaría oírse. Pero les puede la vergüenza, y, hasta ahora, los que lo han hecho me lo han enviado a mí sola. Una de ellas dice que lo primero que va a hacer en cuanto salga, que es lo que además lleva deseando desde el primer día de aislamiento, es ir al Burguer King. Me he reído mucho. Lo que más les gusta de estar en casa es unánime, y ninguno ha mencionado la consola. Poder pasar tiempo con su familia. Teniendo todos entre 15 y 16 años me ha parecido bastante tierno. Pero aún faltan muchos. El Fornite tendrá que aparecer en algún momento… Mañana tienen un cuento de Juanjo Millás. A ver si les gusta.

Crónica del aislamiento. Día 8.

No hay un baile de números. Ayer no escribí mi crónica diaria. No sé si enfocarlo como un indicio de decadencia, como saltarse un día una ducha, o comenzar a descuidar el aspecto físico. O interpretarlo como un ejercicio de libertad conmigo misma. Yo me pongo mis normas y yo me las salto si es que eso es lo que quiero. No seré yo quien me ponga a mí misma un yugo.

Lo cierto es que a última hora de la tarde, que es cuando suelo ponerme a escribir, recibí un email de la tutora de mi hijo. Que algunos profesores dicen que tiene tareas pendientes de entrega y se ha pasado de la fecha límite. Pues claro, es que no es tan sencillo para un adolescente de 14 años, que es un cabeza de chorlito por definición, entrar a diario en 12 cursos virtuales, uno por materia, y estar al tanto de lo que piden en cada una, de los plazos de presentación de cada una, de las formas, y sobre todo, de planificarse. Ni tampoco para su madre. Hay algunos de sus profesores que sí secuencian tareas para cada día. Otros que les dicen: estudia este temas, haz los ejercicios y dentro de una semana me los mandas por email escaneados. Y, si después de pasarse los diez días esperando a que les lleguen los trabajos les falta alguno, entonces escriben a la tutora para que la tutora le llame la atención a la madre, pero cuidándose muy bien de no decir en ningún momento qué es lo que falta y para quién. Así que la madre, o sea, yo, debe buscar entre los miles de cursos que hay en el aula virtual del instituto, los doce que se corresponden con las materias de mi hijo, ponerme a rastrear y contrastar con él qué ha hecho, qué no, de qué se ha enterado y de qué no. Dos horas me ha llevado esa tarea, y me falta por mirar Educación Física, Tecnología y Deporte. Que también les mandan tareas, claro.

Miguel todos los días hace ejercicios durante 2 horas y media, de forma autónoma, pero a su manera. Él está pendiente de hacer lo mínimo imprescindible, de no complicarse demasiado, de ponerse a jugar on-line, de escuchar música, de ver vídeos graciosos, de ser lo más obsceno que puede, de reír y hacer reír. Y en estos tiempos, su alegría y despreocupación apuntalan el humor de la casa. Sin embargo yo me he propuesto que cumpla las exigencias del claustro, le he organizado el plan de la mañana, y para ponerse al día va a tener que hacer ejercicios todo el fin de semana. Y eso que nos falta Educación Física y Tecnología.

El caso es que, cuando leí ese email me llené de furia y decidí no obedecer a la prudencia que me aconsejaba contestar a la pobre tutora a la mañana siguiente. Y dediqué mi tiempo y mis energías en compartir con esa mujer mi experiencia con el planteamiento de la educación a distancia. Esto va a durar mucho y alguien debería decirles que no lo están poniendo fácil. Podría parecer que esto pudo haber supuesto un desahogo, pero dar rienda suelta a mi enfado no me suele hacer sentir mejor sino lo contrario. Por la noche me tomé un benjamín y un gin tonic, y vimos un episodio de First Dates y otro de Pesadilla en la Cocina. Durante los anuncios volvíamos al coronavirus. Es insoportable. Es como un ruido constante que trato de no escuchar poniendo más ruido. Tampoco salté ni estiré.

Hoy tampoco he salido a la calle. Manu ha hecho compra por internet y solo ha ido a la panadería. Cuando ha vuelto, se ha quitado la ropa y lo ha echado todo a lavar, y hemos desinfectado los guantes. Me dice que todo está en su sitio pero que todo es diferente. Dice que la calle es amenazadora y se pregunta si, cuando acabe todo, podremos salir otra vez sin miedo.

Ahora he vuelto a mirar el correo. No he recibido respuesta.

Crónica del aislamiento. Día 5.

Hoy me he levantado tan despejada como ayer. Solo hemos retrasado media hora la alarma del despertador, que antes de la pandemia sonaba a las 6:20. Ahora estoy despierta antes de que suene. Me levantaba hoy con la esperanza de que me cundiera más el día que ayer. Parece mentira la cantidad de horas en casa para que no me diera tiempo a hacer ni la mitad de lo que quería, y todo eso con la lengua fuera. Ayer le echaba la culpa a que me había tocado ir a hacer la compra. Me puse la mascarilla y los guantes y me fui al supermercado. Pensaba que me iba a aliviar, pero no, paseo recelosa. Las personas con las que me cruzo me resultan amenazadoras. busco la distancia. Si alguien se acerca a menos de un metro me siento agredida. Hoy no tengo que hacer la compra. Eso se tiene que notar. También voy a pedirles a mis alumnos tareas que se corrijan más deprisa ya solo me quedan tres comentarios de bachillerato para corregir.

Hoy suena el despertador y ya estoy despierta. Me da la sensación de que me cuesta respirar. Pero me levanto de la cama y todo va bien. Ya estás con el desayuno. Me peso y he adelgazado 200 gramos. De puta madre. Para las tostadas sigue quedando pan de hogaza del sábado. La mía es integral. Zumo de naranja recién hecho, café y tostada con tomate y aceite. Eso desayunamos todas las mañanas. Como si siempre fuera domingo. Fuera llueve. Hemos pasado de la primavera al invierno enun día y medio. Ese es un hecho que creo que acompaña a a perfección al clima apocalíptico reinante. Hace juego.

Me pongo también aceite en el cuero cabelludo porque tengo un brote psoriasis y me escuece, y se me está extendiendo a la piel de la cara. Me ducho para quitarme el emplaste antes de empezar a trabajar. A las 8:30 ya estoy empezando a trabajar. Hoy te pones los auriculares. Ayer a la hora de comer me preguntaste si estaba bien. Sí, pero antes estaba un poco irritada porque haces ruido. ¿Cuándo he hecho ruido? Haces ruido todo el tiempo: o hablas por teléfono, o explicas deberes, o hablas en alto, o pones música. Y he intentado no decir nada pero lo cierto es que estoy irritada. Hoy te has puesto los auriculares y has pedido disculpas por una llamada de trabajo. Una cosa es hacer ruido todo el tiempo y otra no hacer ruido nunca. Hoy no has hecho ruido nunca.

Hasta las 9:30 no he terminado de preparar las tareas para enviar hoy a mis alumnos y ya tengo emails y mensajes de profesores, alumnos y grupos de whatsapp. Me pongo a corregir comentarios, tareas de ayer, a contestar mensajes… Tengo la sensación de que el día se me pasa contestando mensajes, que no hago más que contestar mensajes. Casi se me pasa la hora de despertar a hijos e hijastros. De hecho voy con media hora de retraso. Como no están muy mentalizados a lo que significan estos días, y les funciona mejor la cabeza si saben a qué atenerse, ayer me entretuve preparándoles un Horario pandemia, con las horas de despertarse, de estudiar y de tocarse los huevos -que a pesar de que las destinadas al estudio siempre les parecen demasiadas, las de tocarse los huevos siguen siendo mayoría-, y la hora de despertarse eran las 10 y ya eran las 10:30 y ellos todavía ahí, durmiendo.

Hoy es mi santo.

Miguel me pide ayuda para las tareas de lengua. Que cómo se escribe una carta a un amigo, y para qué querría él hacer algo así, y que cómo se escribe una carta a un director para pedirle un trabajo. Le preparo dos plantillas con la estructura y la pinta que más o menos deben tener -los millennials no han visto una carta en su vida- y entonces se entera de que hoy era su fecha límite para entregar unas taras de física y química, y me paso una hora intentando ver qué tareas tiene de cada asignatura para tratar de ayudarlo a planificarse, y tienen allí un cacao que no hay quien descifre, y la página se cae constantemente, así que, ni corta ni perezosa le escribo una tremenda carta -electrónica- a la jefa de estudios para hacerle partícipe de mi experiencia.

Voy a ver a pablo y está jugando en horas de estudio así que le quito el cable y le digo lo que tiene que hacer para que se lo devuelva. Al cabo de un momento viene Miguel a mi mesa y me dice que me ha traído un regalo por mi cumple. Es un dibujo de una gran polla con sus correspondientes huevos peludos. Recortada y todo. Le doy las gracias y la pego en mi pantalla. En ese momento pienso en ponerme a hacer videoconferencias solo para enseñarla.

Antes de comer he conseguido corregir dos comentarios y he contestado unos treinta mensajes. ASí en limpio se puede decir que no he hecho nada. Me voy a ver a Pablo y le obligo a que me cuente el tema 7 de historia de españa: desde la restauración borbónica hasta el desastre del 98. Aún se tiene que apoyar en el resumen que ha hecho, pero lo entiende. Y de literatura ha resumido con buena expresión el teatro de antes de la guerra.

En la comida Pablo se entera de que es mi santo. Miguel le cuenta que me ha hecho un regalo. Y Pablo seguro que es una polla. Sí, cómo lo sabes. Joder, porque conociéndote solo hay que pensar un poco, que eres más simple… ¿Y tú qué le has regalado, eh? Yo mejor espero a su cumpleaños. Pablo qué poco comes. Es que las cosillas tienen mucha grasa y además no tengo hambre. Ya estamos, con las quejitas. Ayer dije que el pescado estaba de puta madre.

Vemos dos episodios de Jojo’s. Estoy irritada porque me han pedido opinión para un asunto del trabajo, y han decidido algo diferente. Le digo a pablo que odio los trabajos en grupo porque siempre pienso que mi opinión es mejor que la de los demás. Y pablo me dice que a él le pasa lo mismo. Después me entero de que no es no me tuvieran en cuenta, que ni siquiera habían leído mi email. Pablo, dale a otro episodio. Después de leer mi email y de un millón de mensajes entre medias, mis sugerencias son aceptadas. Y yo me quedo más contenta. Eso me calma y me permite comedirme en otro trabajo que hago en grupo, que tengo que revisar y que reharía entero, hago un ejercicio de respeto, les doy la enhorabuena y presento aunque no esté hecho a mi manera. Es lo bueno de ser consciente de ser tan insoportable, que, dándome cuenta a tiempo puedo contenerme y dismularlo.

Hoy son las 20 de la noche y aún no he escrito mi crónica. Hoy no he leído, no he cantado, no he tocado la guitarra, no he editado, no he saltado, no he bailado y no he estirado. Los días no duran nada. Con suerte pueda escribir mi memoria diaria. Y después me voy a tomar una cerveza. Quedan dos Dunkel en la nevera y, aunque no es fin de semana, voy a beber alcohol.

Crónica del aislamiento. Día 3.

No hubo ni que salir a por el pan. Seguíamos teniendo buena parte de la hogaza artesana con harina ecológica y masa madre que sabe un poco ácida. Todavía no sabíamos en qué iba a consistir exactamente eso que llamaban el estado de alarma. El consejo de ministros estaba reunido. Pasaban las horas y sin noticias. Por la mañana intenté ponerme a limpiar las ventanas del salón, pero en cuanto me viste ahí subida de pie en el alféizar tu vértigo hizo acto de presencia y por respeto a tu miedo me bajé. Ahora mismo hay un cristal limpio y los otros tres sucios. Pero el limpio no está muy logrado, porque se notan las pasadas de la bayeta, y los sucios tienen más encanto, porque no parece sucio, sino más bien un filtro del Instagram. filtro nostalgia, slumber o el crema. Claramente fue un error esa limpieza.

Se me pasó por la cabeza limpiar la cocina pero lo deseché enseguida y me fui al ordenador a corregir. Entonces las horas comenzaron a pasar sin enterarme. Solo volví a levantar la cabeza cuando me llamaste gritando para que fuera al salón. Y te encontré allí, con las ventanas abiertas de par en par, sentado en el alféizar, con una cerveza y unas patatas fritas, desafiando al vértigo. Con el pánico que te ha dado siempre ese alféizar, y lo nervioso que te ponía cuando me sentaba a fumar ahí, en aquellos tiempos en los que fumaba. Lo aprecié como el gesto de amor que era y me senté contenta, en esa suerte de aperitivo en terraza que no es terraza pero que se le asemejaba bastante. Y cuando se terminó la Dunkel me fui a por la segunda. Yo te conté que me daba miedo que en esos días de confinamiento los cinco juntos termináramos aislados unos de otros, por muy paradójico que pareciera.

Comimos con las resoluciones del consejo de ministros y bromas varias. Hice tallarines con boloñesa, pero en lugar de hacerlos como los payos lo hice como los gitanos, con chorizo también, y fueron un éxito. Se lo tengo que decir a la alumna que escribió la receta y me dijo que los payos lo hacíamos todo soso. Yo me como una ensalada. Les pregunto que si les ha gustado el bizcocho de plátano y cacao. A miguel y a hugo sí. Pablo me dice que está un poco chicloso, que con tanta glucosa como debía tener eso por la fruta no le extraña, y que ese regusto a plátano nole terminaba de convencer. Miguel le dice que siempre tiene que sacar algún pero y tú lo apodas morrofino. Y pablo dice que si le pregunto que él contesta. y después nos estamos con lo del morrofino el resto de la comida. De momento el humor sigue en pie. Después de comer pablo y yo vimos dos episodios de anime. En concreto uno que se llama Jojo’s bizarre adventure. A pablo le ha dado por los animes desde hace un par de meses a esta parte. En ese tiempo ha visto unas 15 series, ha aprendido a dibujar estilo manga tanto con boli, como con acuarela, como con pluma como con tableta gráfica, y está estudiando japonés. Le hacía ilusión volver a ver conmigo esa serie. Y mientras, me va enseñando japonés. Pero como no tengo demasiado interés y poca memoria, no retengo demasiado. A mí me parece tierno que le haga tanta ilusión ver la serie conmigo, aunque no termine de gustarme el género. Y que quiera hacerlo me parece un signo positivo frente al temido aislamiento.

La tarde la pasé corrigiendo. A última hora me notaba apalancada. Físicamente. Y no era una sensación. Así que me puse a saltar. Y cuando digo saltar quiero decir literalmente saltar. Como si tuviera una comba pero sin comba. Saltos. Me descubriste y me delataste, y todos vinieron a verme hacer el ridículo saltando sola, y se burlaron, y yo seguí saltando, y después pensé que saltar con música dejaba de ser saltar para ser bailar, y puse música, y me acordé de los ejercicios de flexibilidad de jazz lírico, y los hice, y esta vez no me descubrió nadie. Y aún así 2.800 pasos. Menuda ruina. Pero un poco más estirada. Y entonces recordé que en la última clase a la que había ido había sonado un tema de La la land, y puse la banda sonora. Y volviste a entrar y sonaba City of stars. Y esta vez no te burlaste de mí. Me abrazaste con angustia. Y te pregunté si querías bailar. Y no dijiste nada pero bailaste. Y pensé que había sido un buen día de domingo apocalíptico con un aperitivo en el alféizar con sol de primavera, animes, risas en la comida y un baile sobre la alfombra donde un día estuvo una batería.

Crónica del aislamiento. Día 2

Ayer, uno de los hechos más remarcables fue salir a comprar con mascarilla de carpintero, como ya anticipé en el día uno. Propuse ir a una panadería artesana que hay muy cerca de casa y que han abierto hace poco, y así evitar el supermercado. El panadero había cambiado la barra de sitio para evitar las aglomeraciones. Dijo que todavía podía ponerla más cerca de la puerta y atender directamente a la gente en la calle. Lo que hiciera falta con tal de que no le hicieran cerrar. Él nos recibió a pelo, sin máscara ni guantes. Y yo me sentí ridícula y con necesidad de justificar mi atrezzo especial apocalipsis, imprescindible para comprar pan artesano con masa madre y harina ecológica a tres euros la hogaza. Tras escuchar la aventura con el señor del colmado de ayer, se justificó él también, diciendo que no llevaba mascarilla pero que se lavaba las manos muchísimo. De un panadero no esperaba otra cosa incluso en épocas no pandémicas. Estuvimos allí también un rato hablando. Nos contó que para evitar engordar durante el encierro -pero si él estaba trabajando fuera de casa- había tirado toda la comida basura que había en casa, que se les había roto el TPV, y que querían seguir haciendo pan. Pensé que permitiendo que abran los estancos la lógica me dice que permitirían la apertura de panaderías. Pero hace ya tiempo que trato de poner en cuestión mi lógica.

Uno de mis momentos preferidos es cuando después de comer me voy al dormitorio a leer. Llevaba tiempo sin hacerlo pero el aislamiento me lo va a permitir. Me dices que me puedo quedar a leer en el salón, que si quiero quitas la tele. Pero cambiar de espacio es como cambiar de mundo. En el dormitorio la luz es preciosa a esa hora, blanca tamizada, me desnudo, me cubro con las sábanas suaves, descanso en las almohadas y me sumerjo en Lectura fácil y las argumentaciones de Nati. Me asombra, me sorprende, me hace reír, me hace pensar. Luego llegaste tú y te metiste también en la cama. Al cabo de un rato me llegó un meme. Es la foto de un test que dice “Tú de la cuarentena qué crees que vas a sacar? a) kilos b) un bombo c) alcoholismo d) un divorcio e) todas las respuestas anteriores son correctas.” Tal cual.

Más tarde me puse a hacer un bizcocho. De plátano y cacao. De plátano para usar unos plátanos pochos que hay en la nevera. De cacao porque me apeteció. Me quedé sin harina especial para bizcochos con levadura incorporada y añadí harina de espelta integral. Me pregunté si con la levadura que había en la parte de harina especial para bizcochos que había puesto habría suficiente o si debería añadir algo más. En esa grave disquisición me hallaba cuando comencé a escuchar aplausos desde el salón. Los aplausos no paraban, y además retumbaban. Desconcertada me acerqué al salón y os en la ventana, aplaudiendo, y me asomé también y los vecinos aplaudían. Multitud de gente asomada a las ventanas. Y no paraban los aplausos. Me dijiste que se habían convocado para homenajear al personal sanitario. Por un lado me pareció emocionante ver a la gente asomada, no sé si con ganas de rendir homenaje, o de buscar compañía, o de participar en algo colectivo, o de todo eso junto. Por otro lado, me sentí un poco ridícula. Me dio la sensación de que nos estaban programando un entretenimiento diario. Pobre gente, démosles una excusa para salir a la ventana y liberar endorfinas. Y encima con cobertura en tele y en redes sociales. Lo siento, siempre me tiene que salir ese lado cáustico con reticencias para participar en colectividades. Yo soy más de quedarme de lado observando los comportamientos. En cualquier caso, aplaudiendo todo el mundo se pone contento. Mal no puede hacer.

Después de cenar hubo partida de monopoli con copas de vino. Volví a ganar. Otra vez. En mi historia reciente creo que no recuerdo haber jugado al monopoli y haber perdido. Con lo mala que soy para los negocios en la vida real y mi falta de ambición, que incluso ganar en el juego me resulta incómodo. Me gusta cuando voy consiguiendo barrios y maquinando la estrategia. Sin embargo, cuando ya sé que he ganado, cuando empezáis a caer en mis casillas llenas de casas y os descapitalizo, y no podéis pagar, y, además de todo vuestro dinero tenéis que malvender las pocas casas que tenéis e hipotecar vuestras calles, el juego pasa a ser una agonía con la que no disfruta nadie. Pero no se puede jugar a un juego sin intención de ganar. Sería fascista. Es tan legendaria mi fama de ganadora que Pablo ya no quiso jugar, se metió en su cuarto -de donde no había salido más que para comer y cenar- y pidió permiso para hacerse una copa. Se pone un Seagrams con limón. Miguel no juega desde que una vez jugó y perdió. El segundo vino que compramos, el Ribera, estuvo mejor.

Crónica del aislamiento. Día 1.

Me he propuesto en estos días de semiconfinamiento escribir a diario. No he llegado a tiempo. Hoy no es el primer día sino el segundo. Esto para empezar. Para seguir, he salido de casa por la mañana. A comprar el pan. No sé si estos antecedentes son los mejores.

Ha sido el primer día en el que me he disfrazado. Me he colocado unos guantes de látex y una mascarilla de bricolaje, que es todo lo que había en casa. En las farmacias hace ya muchos días que están agotadas. Esto tiene un motivo. Ayer por la noche, previendo que hoy el confinamiento sería oficial, y sin conocer las dimensiones del mismo, salimos por la tarde a terminar de comprar imprescindibles que nos faltaban para poder afrontar estos días. Mientras la gente llenaba los carros con lo poco que quedaba de carne, pollo y papel higiénico nosotros metíamos refrescos, vino y cervezas. Estuve un buen rato buscando un ribera afrutado. Te pedía ayuda pero ni me escuchabas ni me oías. Mirabas cada cosa que tocaba, cada botella que cogía, cada etiqueta que leía como un posible foco infeccioso que yo estaba tocando con mis manos, que ya dejaban de ser manos para convertirse en amenazas posiblemente infectas con forma de manos, con las que después tocaba mi cara, con las que te tomaba del brazo.

Después de dejar todo eso en casa, salimos a dar lo que bien podría ser nuestro último paseo en dos semanas. Ya era de noche y escogimos calles poco transitadas. Las terrazas ya las habían quitado. En los bares aún quedaba gente que tomaba cerveza, al margen del miedo. Esquivamos a cuantos peatones nos cruzamos, que fueron pocos. Justo antes de entrar en casa me di cuenta de que no habíamos podido comprar huevos en el supermercado, porque no quedaba ni uno, y pasamos junto a un pequeño colmado de barrio que aún estaba abierto. ¿Se puede? Sí, pasad, qué queréis. Huevos. Él nos los dio. Nos mantuvimos a bastante distancia. Le preguntamos al señor si iba a abrir estos días. Nos dijo que no lo sabía. Que dependía de la concreción del estado de alarma -bueno, no usó exactamente esas palabras-. Si cerraban Madrid no podría. Se daba la circunstancia de que vivía en una urbanización que linda con Toledo, y su casa, concretamente, había caído del otro lado de la frontera, en la zona manchega. Y fíjense, si me voy por la mañana a Mercamadrid, y lleno la furgoneta de fruta y verdura, y resulta que luego me para la policía y me dice los papeles, y me hace dar media vuelta, a ver qué hago yo con todo el género. Pensé que si había conseguido atravesar la frontera toledana y llegado a Mercamadrid, qué le iba a impedir llegar hasta su tienda. Y entonces llegamos al meollo del asunto y por fin el tipo dice que además lo más importante es la salud y quedarse en casa. Que él llevaba ya varios días atendiendo con guantes y con mascarillas. Que se ponía cuatro mascarillas, una encima de otra, y que los guantes le daban alergia, pero a ver qué iba a hacer, porque si le llegaban clientes que entraban en su tienda a pelo, como nosotros, pues qué iba a hacer, tendría que protegerse. Después ya comenzó con la soflama política en la que desvelaba abiertamente su apoyo a las medidas del gobierno autónomo y municipal, y su crítica a las del gobierno central, y después también nos contó el caso de la señora de ochenta y muchos años que tiene que estar haciendo la compra para la comida familiar de todos los fines de semana para todos los hijos y nietos, que se juntaban más de treinta personas y que si la iba a contagiar con lo delicada que estaba ya la señora. Y que dónde íbamos a parar. Para comprar una docena de huevos estuvimos en la tienda con el hombre arengando durante más de 15 minutos mientras nosotros nos resignábamos a escucharlo con docilidad, sin osar rebatir nada.

Antes de salir había llamado a mi tía. Tenía una llamada perdida suya desde hacía días. Mi tía me llama un par de veces al año para preguntarme por todos. Es la hermana mayor de mi padre. Me contó que cuando llamé acababa de llegar de la peluquería, y yo le dije, claro que sí tía, que el apocalipsis te pille peinada. Y me dijo pues sí, hija, me he hecho un moldeado, que ya que voy a tener que estar en casa, si me veo en un espejo al menos verme bien. También he estado en el mercao, y estaba desabastecido, hija, que me han puesto las dos últimas pechugas de pollo, pa hacerlas así rebozás, que están muy ricas. Y digo yo que lo primero que tenían que hacer era averiguar quién ha puesto el virus ese en el cielo, porque alguien ha tenío que ser. Yo creo que el Trump ese, que como veía que los chinos se le estaban subiendo a la chepa, pues les ha echao el virus ese y se le ha ido la mano. Pero seguro seguro que alguien ha tenío que ser, que no va a salir eso de la nada, o no? También la escuché sin rebatir absolutamente nada, a todo que sí.

Después fuimos a la tienda de vinos que hay debajo de casa, a mantener el último contacto del día. Nos llevamos uno de Navarra y un Ribera. El de Navarra era atípico pero tenía una etiqueta preciosa, y prometía reminiscencias a cereza madura y frutos azulados. Me pareció tan poético que tuve que cogerla. Está el dependiente joven y dice que cómo es que hemos elegido ese vino. Le contesto que por la etiqueta. Y me dice que a él le encanta, que nos iba a sorprender, que los vinos navarros no tienen ninguna fama pero que este era fantástico. Yo me enorgullecí del buen criterio que tenía mi instinto. Por la noche, al probarlo, me daría cuenta, una vez más, de que me había equivocado.

Y, volviendo al lugar donde comenzó todo esto, a la mañana de hoy, cuando hemos salido a por el pan, he pensado en el señor del colmado, y en entrar a pelo en una tienda, y que el dependiente se pueda sentir como si un desconocido lo estuviera follando sin condón, y me he puesto los guantes y la mascarilla de carpintero, convencida de estar siendo más considerada. Sin embargo, pocos minutos después, delante del panadero, me sentiría obligada a justificarme.