El cazo y la sartén

Ana era nueva en la oficina. Administrativa.

Ana era bajita, de ojos muy pequeños cubiertos con unas gafas de pasta, y cristal muy ancho. Tenía mucho pelo, fosco, y castaño, y lo llevaba corto, con flequillo y raya en medio. Su cuerpo era desproporcionadamente ancho con respecto a sus piernas, delgadas, que se juntaban a la altura de las rodillas. Andaba con una ligera cojera. Siempre usaba pantalón con raya, camisa metida por dentro,  jersey sobre sobre los hombros, y pañuelo en el cuello. Ana sufría una discapacidad que le impedía vocalizar. Había que concentrarse mucho para entender lo que decía, y cuando se le hablaba de algo, jamás contestaba con otro algo que guardara la más mínima relación, al más puro estilo de dónde vienes, manzanas traigo. Nunca aprendió a utilizar el pestillo del lavabo, ni tampoco su contraseña de Windows.

Isor era nuevo en la oficina. Informático.

Isor era de talla media y debía rondar los veinte años. Su pelo era grasiento en las raíces y estropajoso en las puntas, que llevaba teñidas de color naranja, y atadas por mechones formando coletitas. Comía con su MP3. Trabajaba con su MP3. Caminaba por los pasillos solitario y cabizbajo con su MP3, eludiendo cualquier saludo. Y cuando no podía eludirlos directamente no contestaba. Solía llevar pantalones con raya, camisa clara, jersey de cuello de pico de rombos, y corbatas ajadas de colores absurdos. Siempre llevaba su mochila a hombros y dentro guardaba un batido de chocolate que tomaba a modo de tentempié.

Una mañana, Ana me pidió ayuda para meter su contraseña. Pero cuando lo intenté ya era tarde, y la había bloqueado. De modo que llamé a Isor, el informático, para solicitarle el desbloqueo y una clave nueva. Isor llegó con sus mechas, sus coletas y su MP3, se sentó sin mediar palabra, restauró la contraseña y se marchó sin mediar palabra. Como Ana estaba visiblemente apurada, nada más marcharse Isor, traté de quitarle hierro al asunto, y le dije que no se preocupara, todos teníamos alguna vez problemas con la informática. A lo que ella me contestó algo que, traducido, era así como “desde luego, es que este chico es raro, raro, raro

A mí entonces, me dieron ganas de pensar “le dijo el cazo a la sartén”. Pero, visto lo visto, preferí concentrar mis pensamientos en la subjetividad de la realidad, con sus respectivas normalidades y rarezas.

La amigdalitis de Tarzán

Hace unos diez años leí La amigdalitis de Tarzán, de Bryce Echenique. Recuerdo que en aquel momento me encantó. Trata de la historia de dos personas, que se conocen en un momento y lugar equivocados, pero que no obstante, se quieren y mantienen el contacto durante toda una vida. Su amor va evolucionando a lo largo del tiempo: amor pasional, platónico, de amigos inseparables, de cómplices implacables, de hermanos… amor de todo tipo y tamaño, pero siempre del bueno.

Gran parte de sus vidas la pasan separados geográficamente, por lo que su comunicación suele ser epistolar. El libro comienza con las siguiente frase: “Diablos…Tener que pensar, ahora, al cabo de tantos, tantísimos años, que en el fondo fuimos mejores por carta.” A mí me sugiere ternura y tristeza. No tendría por qué serlo, pero a mí me resulta dramática.

 

No sé qué motivos me impulsaron al ver el libro en casa de mis padres, a llevármelo a casa y releerlo. Quizás el buscar de nuevo esa emoción de la primera vez. Pero la primera vez es la primera vez, y la emoción de una primera vez es irrepetible. En todo caso podría encontrar la emoción de una segunda vez. Lo cierto es que no está siendo lo mismo.

 

Hay gente que lee libros sin dejar huella en ellos. Como si de algo sagrado e inviolable se tratara. En cierto modo un libro es así, pero a mí, no obstante, quizás por la irreverencia que lo sagrado me inspira, sí me gusta dejar huella. En mis libros se puede ver, por las esquinas dobladas, donde detuve mis lecturas. Y ya casi nunca lo hago, los peros de leer en el transporte público, pero cuando leía en cama hasta altas horas de la noche, solía resaltar subrayando aquello que me parecía destacable. Por lo hermoso o por sentirme identificada, o por que me hiciera pensar.

 

El caso es que al volver a leer este libro me encontré en la página diecisiete la siguiente frase subrayada: “Me gustaría correr y encontrar un lugar seguro, en vez de correr y correr y estar siempre en ningún lugar.” La única en todo el libro.

En el texto el significado es literal. Pero en su momento creo que me resultaba una buena metáfora de lo que sentía. Me alegré enormemente de marcar mis libros, de ser irreverente, o poco cuidadosa, o lo que quiera que los lectores pulcros opinen de mi forma de leer, porque gracias a ello pude recordar lo que sentía tiempo atrás. Y sobretodo, me di cuenta de que hace mucho que eso es pasado. Ya no temo, ya no corro, ya no busco un lugar. Ya tengo el mío. Y tiene un nombre. Te quiero.

31 de diciembre

Cómo somos, necesitamos que un día nos de la excusa para poder decir en alto aquello que sentimos, normalmente cuando se trata de algún sentimiento blandito. Porque un día te puedes llenar de ira y mandar a la mierda a quien tienes al lado, pero lo que de ninguna manera puedes, es mirar a ese alguien fijamente a los ojos y decirle “deseo que seas muy feliz”. ¿Por qué? Porque es una mariconada. Porque es raro. Porque no se hace. Y punto. Porque hay unas normas. Porque la felicidad, tanto en masa como en particular, se desea el día 31 de diciembre, cuando acaba el año, cuando empieza el nuevo. Porque el año nuevo representa el futuro.

A mí me parece que desear felicidad, así en general, es lo natural. Desear la propia se da por supuesto. La de amigos y familiares también. Pero igualmente inmediato me parece el desear la de cualquiera a quien no conoces de nada. Por el mismo motivo por el que uno desea la de las personas a quienes quiere. Por egoísmo puro y duro. Y es que la felicidad es contagiosa, al igual que el sufrimiento.

Sin papeles

Cuando Rebeca se dio de baja para tener a su bebé, apunté a Miguel a una guardería y busqué a una persona que viniera un rato por las tardes para recoger a los niños, y cuidarlos mientras llego yo del trabajo. Hice una única entrevista. Nilda me gustó desde el primer momento, y además tenía varias referencias fiables que respaldaron mi primera impresión.

Como por las horas que iba a trabajar conmigo no me corresponde pagarle seguridad social no hablamos nada sobre el tema, pero lo cierto es que días más tarde, después de haber pactado condiciones y de haberle dado el trabajo, me enteré de que no tenía papeles.

Su caso es como tantos otros. Está separada, ha dejado a sus hijos en Bolivia, y vive compartiendo una habitación y gastando lo menos posible para poder enviar todo lo que gana a su familia y que tengan así un mejor futuro. Una separación que le pesa como una losa y que sabe será larga. Sin papeles no puede viajar a visitarlos, ni los puede traer con ella.

El pasado miércoles me llamó al móvil por la mañana.

Nilda, cuelga que te llamo yo.

No! Es que estoy detenida en Aluche!

¿Por qué?

Me pidieron la documentación a la salida del metro. Me van a tener detenida hasta esta tarde, y no me querían dejar llamar, pero necesitaba decirle que no me dará tiempo a recoger a los niños, llame a su madre.

Bueno, ¿y qué pasa ahora? ¿Puedo hacer algo?

No, me dejan salir esta noche, y me darán una carta de expulsión.

Bueno, después te llamo a ver cómo va todo. No te preocupes que ya soluciono el tema de los niños.

La llamo yo, que no me permiten tener el móvil conectado.

Mi primera reacción fue preguntarme si la policía no tiene mejor cosa que hacer que redadas para detener indocumentados que se ganan la vida honradamente. ¿No será mejor perseguir a quienes no se la ganan de manera precisamente honrada, tengan o no papeles? Supongo que esa gente da más problemas y es menos sumisa. Una redada a pie de metro es un trabajo mucho más fácil. Sí señor.

A Nilda la soltaron por la tarde. La trataron bien. Le dieron una carta de expulsión para dentro de seis meses. Eso significa que durante los próximos seis meses está de forma regular y no la podrán detener. Al finalizar ese plazo deberá tener su situación regularizada o bien irse. Es decir, estará en la misma situación que estaba justo antes de ser detenida.

¿Qué por qué no lo hace? Porque para obtener un permiso de trabajo debe volver a Bolivia y desde aquí el empleador solicitar autorización para que venga a trabajar con un contrato. Y ella esperar allí el que esa solicitud sea aprobada o denegada. Pero el hecho de que haya estado ilegalmente en el país es motivo de denegación.

Otra vía es legalizar su situación por arraigo. Para eso debe esperar a cumplir tres años de permanencia en el país y demostrar que ha estado trabajando y tiene trabajo. Nilda lleva casi dos años. Así que ante la perspectiva de tener que pagarse un vuelo a Bolivia y la posibilidad de que le denieguen el permiso y con ello la posibilidad de volver a España y el haber tirado por tierra todo el esfuerzo de su último año y medio, ha decidido esperar a hacerlo de esta segunda forma.

Yo puedo comprender que la inmigración deba realizarse de manera controlada. Pero lo que no puedo entender es la situación actual, en la cual, traer a un trabajador extranjero con los papeles en regla sea una tarea complicadísima, y sin embargo entrar en el país de forma ilegal sea cuestión de coser y cantar.

Y lo sé, porque la hermana de Nilda quiere venir a España y la estoy arreglando los papeles. Y cada día hay una traba nueva. Mientras que Nilda sólo tuvo que sacar un billete de avión y una visa de turismo.

Eso sí, después hay un policía a la salida del metro pidiendo papeles. Y una comisaría llena de inmigrantes ilegales a los que entregan cartas de expulsión.

A lo mejor soy un poco lenta. Pero yo no lo entiendo.


Acerca de la Navidad

Hace un par de años, estando de vacaciones, Eva me llamó al móvil. Patri, tengo que darte una mala noticia. Se ha muerto la madre de Borja. No jodas! ¡Pero si estaba mejor! Ha sido una neumonía, el ciclo la dejó muy baja de defensas. Es por si le quieres llamar. La van a enterrar en Zaragoza, así que igual para el funeral ya estás de vuelta.

Por supuesto escogí la opción más cómoda, nunca sé qué decir en esos casos ¿qué se puede decir? Y le envié un sms, que con las letras me siento más segura. Pero no dejé de pensar en él esos días. Al menos llegué al funeral, y terminamos en una cervecería. Me encargué de decirle a mis compañeros que cuando la diñe, también querría que mi gente me recordara tomando cañas.

Borja es un compañero de trabajo. En la oficina charlamos poco. Ambos somos de pocas palabras. Al menos yo, cuando además de trabajo tengo el correo abierto, y un montón de cosas con las que distraerme. Dame un ordenador y me harás muda. Alguna vez hago algún comentario en alto, del estilo “seré idiota!”. No sé por qué me empeño en hacer públicos mis fracasos.

El caso es que el otro día, Borja me dijo que no le gustaban nada las Navidades, y que ojalá pasaran pronto. Yo normalmente suelo responder a los ataques antinavideños. Porque me fastidia la gente que va de moderna y antialegría, y toda esa campaña que hacen. Que si la exaltación al consumismo, que si la familia es una mierda, que si lo de reunirse por obligación… Me parece absurdo que en lugar de buscar motivos para ser feliz, se busquen excusas para no serlo. Pero en este caso me callé la puta boca.

¿A tí te gusta la Navidad?

Sí. Contesté.

Claro, tú tienes niños. Con niños todo es diferente.

Yo pensé que sí. Pero me remonté hasta la fecha en que no los tenía. Cuando era adolescente me encantaban. Salir en nochevieja hasta tarde, los amigos, la fiesta. Cuando mis padres se fueron a vivir a Lima viajábamos allí con ellos y los veía. Y cuando volvieron… bueno, las primeras vacaciones que pasaron habiendo vuelto yo ya estaba embarazada.

Pero el caso es que siempre me han gustado. Por mucho trasfondo melancólico que tengan.

Aunque Borja no me había explicado sus motivos, pensé que no era necesario. Yo lo entendía. Las fiestas sin su madre debían ser tristes. Pero entonces me preguntó que si quería saber por qué nunca le habían gustado. Y yo le dije que sí, mientras deseaba por favor que no me soltara un alegato anticonsumismo. No lo hizo. Me dijo que no le gustaban porque eran unas fechas en las que las personas eran o muy felices o muy desgraciadas. Y que nunca le habían gustado esos contrastes. Supongo que eso significa que tampoco le gustaron cuando era de los que se suponía debía ser muy feliz. Me recordó a cuando era niña y nos daban las notas, y nunca me alegraba por las mías, porque siempre tenía a alguna de mis amigas llorando junto a mí por las suyas y era necesaria la palmada en la espalda, el ya verás como recuperas, o el seguro que tus padres no te matan. Pero sobretodo recordé de dónde viene esa melancolía, que a pesar de la alegría, llena estas fiestas.

Una vez más me quedé sin palabras. Pero sí me quedé pensando si la solución sería que nadie fuera feliz, para evitar los contrastes. O si tal vez, lo que merezca la pena, sea intentar contagiar si no la felicidad, al menos algo de alegría.