Final de curso

Empieza por la primera palabra. El reloj de la cocina se quedó parado a las ocho menos veinte. Como es un reloj de manecillas podrían ser de la mañana o de la tarde. Pero sé que se refiere a la tarde.

Hace tanto que no escribo que a veces creo que se me ha olvidado. Es como si hubiera perdido algo. No sé qué, pero no tiene que ver sólo con escribir. Esa pérdida me ha dejado sin energías. El fin de fiesta ha sido duro, has tenido mucho trabajo. Me ocupa la cabeza cuadrar el verano, los fines de semana, los problemas con los niños, los estudios del mayor. Eres un buen niño. Tienes buen corazón, eres cariñoso. Pero eso no es suficiente. Aquí me ahorro el resto del sermón de tres suspensos. Mamá, tienes razón, pero me da pereza. Pienso en mis ocho horas diarias de trabajo y me da pereza. Pero lo hago. Y pienso en las tardes de batallas domésticas y me da pereza. Pero lo hago. Me pregunto si lo seguiría haciendo de tener otra opción. Quizá el problema sea ese. Que exista una opción. Supongo que mi papel con él es impedir que la tenga. Es un papel horrible.

Pienso en todas esas cosas que me dan tanta pereza y ya no pienso nada más.  Es como si a lo largo del año las cosas que me dan pereza, las que son áridas, hubieran ido erosionando todo lo demás. Y cuando me he querido dar cuenta el reloj de la cocina se ha quedado parado a las ocho menos veinte. De la tarde.

A veces me asalta el terrible y yo qué, y me convierte en un ser egoísta e injusto, porque no han sido las cosas que me dan pereza las culpables de la erosión, sino yo por no haberlo protegido, por no haber sabido encontrar la manera de contrarrestar la aridez. Hasta darme cuenta un día de que echo de menos estar alegre, dejar de sentir cansancio. Tomar conciencia de mi desierto me ha dejado abatida. He comprado jalea real.

Ayer tuve varias horas libres por la tarde. Cuando llegaste a casa seguía en la misma posición que cuando me instalé al llegar yo. Estaba sobre la cama fumando un cigarro mirando al techo, con la ventana abierta. El disco había dejado ya de sonar. No lo había puesto desde hacía demasiado. Sólo cuando después de tres horas de lectura compulsiva había terminado de leer el libro. Para digerirlo pulsé el play y encendí el cigarro. Pero cuando llegaste ya no sonaba, porque era un vinilo de The National, editado para colección en alto gramaje con tan sólo tres canciones por cara, y no me voy a repetir en que quizás para el coleccionista pueda tener la ventaja de que por el mismo precio en lugar de un vinilo se lleva dos, pero para mí presenta muchos más inconvenientes. Como tener que levantarme de la cama sin haber terminado siquiera el cigarro de después de muchas horas de lectura, ese cigarro de vacío de haber terminado un libro que me ha dejado arrasada y con menos energías aún que cuando lo empecé. Ni siquiera las imprescindibles para poder darle la vuelta al disco. ¿Qué has estado haciendo? Leer. ¿Toda la tarde? Hasta que lo he terminado. ¿Y qué tal? Necesitaba terminarlo. ¿Qué te pasa? ¿Te ha dejado mal cuerpo? Sí. ¿Te has quitado un peso de encima? Me he quitado una adicción. No podia empezar a hacer ninguna otra cosa hasta que no lo terminara. ¿Y ahora qué quieres hacer? No sé, ¿qué hora es? Las ocho menos veinte. Necesito salir de casa.

Y termina por la última. Lo peor son los ojos. Mirar esos ojos tan grandes. Los más bonitos del mundo mirarme fijamente. Me buscan y me encuentran solo a medias, como si se me hubiera perdido algo. Hace no mucho a veces resplandecía, y me sentía ligera. Preferiría que no me miraran así. Preferiría desaparecer antes de que sigan viendo lo que ven. Déjalo, deja de mirarme, estoy horrible. Si pudiera elegir la manera elegiría esconderme a solas y no salir hasta haberme encontrado, y que nadie tuviera que verme así. Y menos tú. Y cuando saliera te cantaría una canción. Y cuando me quitaras los pantalones se caería al suelo la pila que habría encontrado para el reloj.

Hoy he vuelto a tener una tarde libre y ayer terminé el libro. He estado cantando. No me pienso quedar de brazos cruzados lamentando mi erial. De niña pensaba que tenía algún tipo de poder sobrenatural. Casi nunca me ponía enferma, me daba la impresión de que a mí no me dolían cosas que a otras personas sí, y estaba segura de que en algún momento mi poder dejaría de algo más que una mera intuición para revelarse preciso y contundente. No ocurrió nada. Nada que se salga de los poderes que tenemos todos. Imprecisos e intuitivos. Como volar, irradiar luz, ilusionar, emocionar, hacer feliz… pero ni aparecen por casualidad ni caen del cielo, ni se da cuenta mucha gente. Imprecisos, intuitivos, e intermitentes. Pero estaría bien algo así de mágico ahora,  poder convertir lo que se ha puesto gris en algo bonito sólo chasqueando los dedos. La inmediatez es atractiva para un ser que adolece de  paciencia y que a veces pierde la calma en los procesos de espera y reconstrucción que se hacen eternos, ante relojes que marcan siempre las ocho menos veinte. A veces pierdo la calma y quiero estrellarlo y escuchar el cristal hacerse añicos. Por favor, no seas dura.

El proceso es necesario. Creo que tiene que ver con la fuente de energía y con encontrar lo perdido. Tengo que hacer más cosas.

Espérame.

El evangelio según Jesucristo

Lleva en su regazo el libro. No ha hecho falta que avanzara demasiado en sus páginas para que se reflejara en su rostro la crudeza de los grandes dolores humanos del existir, de las miserias humanas, de las miserias del cuerpo, pero las que se reflejaban en su cara eran las otras, esas que forman un nexo natural entre todos los seres humanos, todos, sin excepción, sin importar siglo o el milenio del calendario, el sexo, el clima, el lugar geográfico.
Ella camina con los hombros algo caídos, arrastrando el peso de una de las crudezas más crudas de aquellas que está leyendo.
“No es preciso tener culpa para ser culpable”
La culpa puede ser dimensionable como puede ser eterna y universal, hereditaria, por los siglos.
“La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, Es lobos de que hablas ya se comió a mi padre, Entonces sólo falta que te devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido o devorado, No solo comido o devorado, sino también vomitado.”
Amén.
Y con la lectura el lobo va tomando cuerpo, corre hacia ella y jadea en su nuca. Para qué. Para nada. No se sabe qué lobo es, si el de ella. No, no hay lobos personalizados, la persona es ella. Sólo hay un lobo. Es único.
Lee las crudezas sin detenerse. Y si se levanta del parque continúa al llegar a casa, y si el metro llega a la parada de destino continúa por las escaleras mecánicas, a ciegas por los pasillos, a trompicones por la calle. Engulle, además de la culpa, el miedo, la soledad, la incertidumbre, las preguntas que se abren con silencios por respuestas, la crueldad, la sangre, el dolor, la soledad, la ausencia de sentido.
“Dios es pavoroso…”
“el destino es lo más difícil que hay en el mundo…”
“Cuándo llegará, Señor, el día en que vengas a nosotros para reconocer tus errores ante los hombres”
“Hombres perdonadle, porque él no sabe lo que hizo”
Pero no se trataría de naturaleza humana sin el anverso de lo terrible: lo maravilloso. Y como muestra de justicia, ya que de lo terrible no ha escatimado el autor detalle ni limado arista, describe una concepción del amor que ella, en su regazo también reconoce en su lectura. Hace poco que ha leído en otros lugares que el amor tiene todas las formas. Pero sabe que no todo el mundo lo siente. Hay quien no ha amado nunca. Eso también se refleja en los rostros. No al menos ese amor que tiene todas las formas, que no tiene un principio o un final, que no es ni pequeño ni grande, sino todo, que simplemente es. Ese que les regaló a Jesús de Nazaret y María de Magdala:
Mi deseo será encontrarte siempre. Me encontrarías incluso después de morir”
“Aunque no puedas entrar, no te alejes de mí, tiéndeme siempre tu mano, aunque no puedas verme, si no lo haces me olvidaré de la vida, o ella me olvidará”.
“Se amaban y decían palabras como éstas, no sólo porque eran bellas o verdaderas, si es posible que sean lo mismo al mismo tiempo, sino porque presentían que el tiempo de las sombras estaba llegando a su hora, y era preciso, que empezaran a acostumbrarse, todavía juntos, a la oscuridad de la ausencia definitiva.”
Ese del propio Saramago y Pilar:
“A Pilar, que todavía no había nacido y tanto tardó en llegar”
“A Pilar, mi casa”
“A Pilar, mi casa”
“A Pilar”
“A Pilar, como si dijera agua”
“A Pilar, hasta el último instante”
“A Pilar, que no dejó que yo muriera”
Ese de…
ella lo reconoció, como todo lo anterior, también lo lleva en el regazo.

De domesticar la memoria selectiva.

Tengo una obstinada resistencia a la pérdida por olvido de aquello que considero bello, casi tanta como de perder lo que no.

No me doy cuenta de mis pérdidas o de mis carencias, no me molestan al preparar café, ni al cruzar las piernas cuando me siento, mientras uso el teclado, o en la ducha. De ninguna manera molestan, es, de hecho, esa ausencia de dolor precisamente la que distingue a las pérdidas por olvido de otro tipo de pérdidas, y ahí radica su perversión. Obstinadamente me resisto a olvidar.

A veces ocurre que descubro cosas bellas. Me pasó, por ejemplo, el otro día al escuchar a Forges pronunciando la palabra “provecto”. Dios, qué belleza encontré en el adjetivo, y cuánta más en boca de ese hombre, en el que el término resulta armonioso, y no por su edad, sino por su empleo del lenguaje, tan bello y preciso, tan al servicio de la lucidez y la inteligencia, tan dotado de significado. Tanto, que a mi juicio ofrecía un claro reflejo de su propia belleza, la de Forges, y aunque era la primera vez que lo veía y escuchaba al margen de sus viñetas, me cautivó de inmediato y de forma irremediable. Y  de inmediato te lo dije, aunque ya te habías dado cuenta.

Provecto.

Me resisto a olvidar aquello que no quiero olvidar, así que trato de evitarlo para no dejar ese aspecto tan relevante en manos de mi memoria selectiva, pues a saber cuáles son sus criterios. Para ello voy probando técnicas, todas ellas rudimentarias: igual que los enfermos diagnosticados de olvido anotan los nombres de las cosas mientras aún los recuerdan, yo escribo las palabras bellas descubiertas o redescubiertas en una libreta. Así puedo leer palabras como inefable, contumaz, impertinente, dédalo, entelequia o provecto. Sé que no basta con eso, así que trato de pronunciarlas e incorporarlas en mi habla habitual, y sé que si lo logro, sólo si lo logro, le habré ganado la batalla a la pérdida por olvido.

Para salvaguardar imágenes utilizo las fotografías, que además de imágenes bonitas también ayudan a evocar recuerdos de la propia vida. Y así el otro día te dije que de mis dos visitas a Barcelona, recordaba de la primera que estuve en el parque Guell, porque es del único lugar que tengo fotos, y eso que hace casi veinte años. Se trata de un recuerdo selectivo. El mero hecho de que me tomara la molestia de realizar una fotografía significa que lo seleccioné, al igual que con las palabras anoté entelequia pero no ampuloso. Recuerdo alguna otra cosa, no demasiadas, pero esos recuerdos son azarosos, no sé por qué quedaron esos y no otros, misterios de mi memoria selectiva. El olvido arrasó lo demás.

La memoria conserva el hilo argumental, eso no lo niego. Es selectiva sólo con los detalles, con pequeños momentos. Mi padre dice que la vida está hecha de momentos. Pero se producen al hilo de un argumento principal. No voy a olvidar, por ejemplo, que tengo dos hijos, cómo eran al nacer, si dormían bien o no, si eran sanos, su carácter…  no voy a olvidar el hilo argumental de mi propia historia. Pero sí que se me olvidan muchos momentos con ellos, detalles. No tenemos disco duro para conservarlo todo. Y según pasan los años se va uno quedando con una idea más general, y los detalles que han quedado se van haciendo borrosos.

Y algunos detalles son importantes, porque son preciosos. Y como no los podemos conservar todos, como refuerzo a mi propio hilo argumental del que en gran parte soy responsable, me gustaría estar hecha de los detalles preciosos.  Y no me parece justo el no poder ejercer ningún control, ni responsable que, pudiendo ejercerlo no lo ejerciera,  sobre lo que ha de perdurar y lo que voy a perder, ni esa sensación de vulnerabilidad ante la propia memoria, el no saber ni cómo ni el cuándo ni el por qué aparecerá un recuerdo remoto, que llegará por sorpresa sin que nadie lo haya avisado, que dejará en ocasiones un buen sabor de boca, otras no. Mientras que quizás otros, muy preciosos, deciden perderse para siempre y no volver.

Porque igual que cuando oigo o leo palabras que no quiero que se me olviden porque me gustan, tengo la técnica de anotarlas en un papel, y muchas veces funciona, cuando tengo la lucidez de estar viviendo un momento precioso me sorprendo aferrándome a él mientras pienso que no lo quiero olvidar, no lo quiero olvidar, y pienso también en la manera de que no se desvanezca nada, de que pase a formar parte de la colección de recuerdos que soy -entre otras cosas-.

Empleo para ello diferentes técnicas, pero en el fondo todas  se basan en una asociación entre el momento y alguna otra cosa a la que se pueda regresar de forma voluntaria, de manera que acudiendo a esa cosa pueda evocar fácilmente esa vivencia. Entre las cosas evocadoras me han resultado útiles las fotografías, la música -¡la música!-, las palabras, o algunos objetos como chapas, papeles o dibujos. Estoy dispuesta a admitir sugerencias.

Eso sí, es conveniente advertir que, si bien la pérdida por olvido no molesta en absoluto, en el hecho del recuerdo subyace el riesgo de la nostalgia: la consciencia de que los momentos son únicos e irrepetibles, y esos momentos tan preciosos ya no van a volver. Y ese sentimiento de pérdida, a veces justificado, y otras no -porque eso que originó el recuerdo de la vivencia pasada aún permanece y origina otras diferentes pero también preciosas-, sí que duele.

Y eso me hace pensar que, además de domesticar la memoria, tengo que estar atenta para domesticar la práctica de acudir a mis tótems evocadores. Y también que es un tanto paradójica esa resistencia mía a ser domesticada y al mismo tiempo esta férrea voluntad de autoamaestramiento…..

 

Nothing else

un día, murúa niño cantó.

Avatar de dannymacgillITAR

Amar sin ser correspondido. Valiente putada. Hasta ahí creo que todos estamos de acuerdo.

Sobre amar, sus maravillas y sus desastres se ha escrito desde que el ser humano escribe sobre algo. Vale, antes está lo de las leyes del Código de Hammurabi, pero también podríamos discutir si los abogados son humanos del todo… En fin, ya me entendéis.

Nothing else se inspira en un relato de Patricia donde se narraba la historia de Ulises y Calipso, desde el punto de vista de la ninfa. Si ya es jodido aceptar que no te quieran para los mortales de a pie que vamos al supermercado, imagínate cómo debe sentirse un ser inmortal al verse rechazada por un simple humano. Un humano al que le ofrece una vida eterna, llena de placeres y sin preocupaciones y que, en lugar de decir que se queda para siempre, escoge volverse a casa porque su…

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Felicidades

Se suelen dar por hecho muchas cosas cuando no hay por qué, incluso cuando a nivel teórico podrían considerarse imprescindibles. Como cuando una amiga me dice que odia que cuando le presentan a un hombre le vendan que su mayor virtud es ser una buena persona, puesto que para ella eso es un mínimo. Debería serlo, pero no tiene por qué.

Hay algunos temas muy sensibles en los que uno se pone el listón a tal altitud que apenas se ve porque quizás ni exista. Uno no quiere hacerlo bien, quiere hacerlo perfecto, ir a por el cum laude, es importante, muy importante, de vital importancia, por qué, porque lo que está en juego es la vida -y lo que es más importante: la felicidad- de quien más quieres. Es una responsabilidad vertiginosa. A veces, pensada en esos términos, hasta pesada. Y obliga a aprender a caminar sobre esa cuerda floja tan estrecha y tan poco nítida donde parece ser que se esconde el punto medio, el equilibrio, la virtud, y volvemos de nuevo al vértigo. El punto medio entre la mano izquierda y la derecha,  entre descuidar y sobre proteger. Y ese equilibrio cambia cada día, con cada humor, con cada circunstancia, hasta con el tiempo, si me apuras. No conozco a nadie que no haya perdido el equilibrio alguna vez, o que no se haya sentido perdido. Pero sí a quien después de caerse no ha vuelto a intentarlo y ha dado la guerra por perdida.

Y yo te admiro por tu amor, por tu dedicación y por tu esfuerzo, esos  que se dan por hecho como mínimos, pero no tienen por qué. Pero hay más. Ese más que se encuentra en altitudes que apenas se ven, y puede que haya quien dude de su existencia. Y es que un día las manos pequeñas se pusieron a jugar sobre las palabras escritas sobre la mesa, sin saber aún lo que implican, y yo lo ví y me dio un vuelco, y te miré, y creo que sabes que te miré, y que lo sé, que tú no pudiste evitar que la emoción te desenfocara.  Y eso supone que además de todo eso que se da por hecho y sin embargo tienes, está en ti ese respeto por las manos pequeñas, y el valor y la voluntad de enseñarlas y defender para ellas ese camino difícil que es el de ser libre y fiel a uno mismo.